Ilimitado (Generations 2) 17. Atrapado #3
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17. Atrapado #3

Cebo, pensó, y mientras el asesino se dirigía hacia el extremo cerrado del callejón, Gromph se deslizó más allá de él y fue hacia el otro lado, hacia un curvado corredor casi natural, abierto al techo de la caverna, y luego a la calle, no lejos de Narbondel y ni de su casa.

Telepáticamente, le pidió a Kyorli que se quedara por ahí para poder ver el entretenimiento a través de los ojos de su amigo roedor.

Unos días después de su charla inesperada y sorprendentemente agradable con la Matrona Malicia, Zaknafein tuvo su oportunidad y pudo salir e ir a la ciudad, al Braeryn y al Micónido Supurante.

Pero su decepción fue en aumento mientras buscaba por la taberna y descubría que ni Jarlaxle ni ninguno de sus lugartenientes, ni siquiera Duvon Tr’arach, estaban por ahí.

Fue hasta la barra y esperó a un momento tranquilo para poder hablar con Harbondair a solas.

—He oído decir que Jarlaxle ha vuelto a la ciudad —dijo él.

—Sí —contestó el tabernero, a media voz—. He oído lo mismo, y he oído que te ha estado esperando. Un mensajero se ha acercado a mí poco antes de que llegaras con las noticias de que había salido de la Casa Do’Urden esta noche y que seguramente estabas de camino hacia la taberna.

—¿Jarlaxle ha estado buscándome?

Harbondair se encogió de hombros.

—Me informó de que Jarlaxle te está esperando ahora en el segundo callejón detrás de Narbondel —explicó Harbondair—. ¿Conoces el lugar?

—¿Te lo ha dicho él?

—No Jarlaxle —aclaró Harbondair—. El mensajero. No he visto a Jarlaxle en meses, ni a esa extraña persona Oblodran que a menudo está su lado, ni a Arathis Hune.

—Entonces, ¿quién te lo ha dicho? ¿Quién era el mensajero?

—Uno de los colaboradores, supongo.

Zaknafein notó que se le erizaban los pelos de la nuca. Jarlaxle pocas veces se reunía clandestinamente con él, y normalmente estaba en la taberna invitándolo abiertamente a compartir su mesa.

—¿Y qué hay de Dab’nay?

—Se pasa casi todo el tiempo en la casa de la Matrona Soulez Armgo. Ella también lleva semanas sin aparecer, como mínimo.

—¿Cuándo ha vuelto Jarlaxle?

Otro encogimiento de hombros.

—He oído que lleva en la ciudad las últimas dos semanas.

—¿Y no lo has visto?

—Jarlaxle siempre está ocupado. Seguramente en la cama de alguna matrona, o de diez.

Zaknafein asintió y sonrió agradecido a Harbondair, quien se fue a servir a otro cliente.

El maestro de armas se quedó sentado en la barra durante un largo rato, bebiendo muy lentamente y digiriendo esa información.

Le parecía que algo no cuadraba; en algún punto de su cabeza, la mayoría de lo que le acababan de decir le parecía… raro

Observó a Harbondair mientas este se ocupaba de su negocio, y Zaknafein se convenció de que el tabernero había sido sincero con él.

Pero sincero en contarle lo que le habían dicho, no en si había algo de verdad en ello o si era una traición.

—El segundo callejón detrás de Narbondel —susurró Zaknafein para sí, y empleó la pista verbal para recordar mejor esa localización, un lugar donde se había encontrado con Jarlaxle y con otros colaboradores de Bregan D’aerthe antes, aunque ya hacía tiempo.

Y para allí que fue, llevado más por sus sospechas que por cualquier sentimiento de deber.

Mientras se acercaba al punto de encuentro, dio un rodeo por la zona buscando agentes.

Sabía dónde se escondía, sobre todo en áreas como esa, donde Bregan D’aerthe se reunía a menudo.

No encontró a nadie. De nuevo, se le erizó el pelo de la nuca.

Recordó su última conversación con Dab’nay en la que ella le había advertido de una trampa, aunque en términos muy vagos.

De todos modos, Zaknafein entró en el callejón.

En los lados se apilaban cajas y grandes sacos que ofrecían múltiples escondites a posibles emboscados.

En silencio, se juró matar a Harbondair si eso resultaba una trampa, pero se lo repensó casi inmediatamente.

Creía que el tabernero había sido sincero y que solo le había transmitido lo que se le había dicho.

No mataría al mensajero. Pero, sin duda, pensaría en matar al mensajero del mensajero.

El callejón continuaba durante una docena de pasos, torcía a la izquierda y luego de vuelta a la derecha, por lo que recordaba. Aun así, no desenvainó sus armas mientras avanzaba.

Era Zaknafein, las espadas en las vainas le servían tanto como desenvainadas.

Recorrió la curva, luego torció rápidamente la esquina hacia la derecha para encontrar la pared que cerraba el vacío callejón.

Excepto que no estaba vacío.

—¡Sabía que serías tú! —dijo una voz conocida, y Arathis Hune saltó desde lo alto, con las armas en las manos, y aterrizó a un par de zancadas de Zaknafein, quien rápidamente se volvió y lo bloqueó con las espadas, que aparecieron en sus manos como si las hubiera tenido cogidas todo el rato.

Zaknafein pudo moverse hacia la derecha, presionando a su rival, ya que su parada lo había dejado en una posición ventajosa. Con su habilidad hubiera podido tener en vilo a Arathis Hune desde el principio y dejarlo así hasta el final.

Pero… algo no iba bien.

No avanzó.

Esa no era la trampa.