17. Atrapado #2
¡Qué harto estaba de todo eso, qué tentado estaba a desenvainar las espadas y pelearse con todos y cada uno hasta que afortunadamente lo mataran!
Cerró los ojos y dejó que pasara ese momento de negra rabia, ese grito primario interno que, por un instante, podía apagar todas sus alegrías.
Respiró acompasadamente para calmarse y se recostó en la silla, tomando un sorbo de su vaso. No se atrevía a consumir mucho licor, y la idea lo hizo mirar hacia Harbondair, que estaba limpiando la barra. Este notó la mirada de Zaknafein y le contestó con un gesto de cabeza, cogiendo una botella.
Zaknafein negó con la cabeza y Harbondair asintió de nuevo, mientras imitaba un chasquido con los dedos para indicarle que lo único que tenía que hacer era pedirlo y le serviría rápidamente.
El maestro de armas se alegraba de no haberlo matado, no solo por el excelente servicio que Harbondair le había ofrecido desde entonces. No, la sensación de alivio de Zaknafein era mucho más profunda que eso. Se levantó de la silla y se sentó en la barra, que estaba casi vacía.
—¿Algo diferente, quizá? —preguntó Harbondair.
Zaknafein alzó la mano.
—Pronto debo regresar a la Casa Do’Urden. No me iría bien ir tambaleándome por el balcón.
—O en el dormitorio de la Matrona Malicia, ¿eh? —bromeó el tabernero, con una sonrisa cómplice que Zaknafein le devolvió alegremente.
—Por la Matrona Malicia —dijo, alzando el vaso—, la indomable.
Harbondair chocó su vaso con la botella.
—¿Es tanto como que se dice?
—Y más —respondió Zaknafein—. Inflige más heridas que una bestia desplazadora.
—¿Garras o succión?
—¡Sí! —contestó Zaknafein, y ambos rieron.
Cuando acabó la risa, los dos antiguos enemigos se quedaron mirándose desde ambos lados de la barra, muy cerca.
Zaknafein se sentía cómodo con esa nueva relación que se había formado. Le sorprendía darse cuenta de que confiaba en Harbondair, pero así era. Fuera cual fuera el complot del que Dab’nay le había advertido, estaba seguro de que no tenía nada que ver con ese hombre.
—¿Cómo le va a Duvon Tr’arach? —se atrevió a preguntar Zaknafein.
La pregunta pareció sorprender al tabernero.
—Es un hombre mejor de lo que lo era cuando entró en la Casa Fey-Branche, eso sin duda —contestó finalmente.
—¿Y por qué crees que es eso?
Harbondair se encogió de hombros.
—Ha visto el interior de una casa noble, con los complots constantes y las puñaladas por la espalda y por delante, pero sin el desastre de nuestra antigua casa. Creo que quizá esa experiencia haya ampliado la perspectiva de Duvon y le haya permitido valorar mejor Bregan D’aerthe.
Zaknafein asintió; sin duda lo entendía. ¡Cómo deseaba que Malicia le dejara libre, como la Matrona Byrtyn había liberado a Duvon!
—¿Y qué hay de Harbondair? —preguntó Zaknafein.
—¿Sigues dudando?
—No he dicho eso.
—Implícito —repuso el tabernero—. ¿Qué hay de mí? Estoy satisfecho, quizá más de lo que lo había estado en todos los siglos que laboré en la casa de la Matrona Hauzz.
—Las sacerdotisas lo llamarían blasfemia a eso.
—Las sacerdotisas saben mucho de blasfemias, estoy de acuerdo.
Era una respuesta sencilla, pero con varias implicaciones.
A Harbondair se le daba muy bien eso, según Zaknafein había ido aprendiendo.
Podía destilar una vida entera de frustración y subyugación, junto con una pila gigante de desprecio, en seis palabras: «Las sacerdotisas saben mucho de blasfemias».
Zaknafein valoraba ese talento.
Sin duda, se alegraba de haber elegido ser clemente con él.
Poco después, Zaknafein regresaba por las sinuosas calles de la ciudad, de vuelta a la Casa Do’Urden y a la Matrona Malicia, y allí se quedaría mientras pasaran las semanas.
Y, día tras día, se levantaba de la cama y pensaba que estaba cada vez más cerca de la muerte.
Y que eso, al menos, era algo bueno.
—¿Por dónde anda tu amigo? —le preguntó la Matrona Malicia un día, meses después.
La pregunta era críptica e inesperada, pero Zaknafein supo al instante que Malicia tenía que referirse a Jarlaxle, que llevaba meses sin pasar por la Casa Do’Urden, quizá incluso más de un año.
—Lo último que oí es que estaba fuera de Menzoberranzan.
—Ha regresado hace dos semanas, o eso dicen los susurros, pero no ha regresado con Zaknafein —comentó Malicia, que parecía intrigada.
—Sabe que no me dejarás salir, así que no le sirvo de nada.
—Parte del valor que tienes para mí es que siguas sirviéndole de algo a él. Querría mantener Bregan D’aerthe en términos amistosos con la Casa Do’Urden.
Zaknafein se encogió de hombros, impotente.
—Acaba tus lecciones con Dinin y podrías tener una noche libre —le concedió Malicia—. Una noche.
—¿Una noche y más si Jarlaxle tiene trabajo para mí?
La Matrona Malicia frunció el ceño, y Zaknafein contuvo una sonrisa al saber que ella lo aceptaría.
Kyorli se parecía mucho a una rata corriente, pero su pelaje estaba mucho más limpio de lo que se esperaría de una criatura que corretea por las alcantarillas, el lodo y las entrañas de Menzoberranzan.
Sin embargo, para Gromph Baenre, Kyorli era mucho más que eso.
Era su familiar, incluso su compañero. Era los ojos de Gromph donde este no podía acceder o donde no quería ser visto.
En el segundo callejón detrás de Narbondel, no lejos de la mansión privada de Gromph, una vez más Kyorli le demostró al archimago su valor.
En cuanto la rata vio al drow que se acercaba, contactó telepáticamente con el gran mago, que luego no tardó nada en teletransportase a ese lugar.
Gromph asintió en silencio su agradecimiento a Triel, que no se hallaba allí, porque su hermana había descubierto mucho en las semanas desde su reunión con la Madre Matrona Baenre, incluido y de un modo muy importante ese lugar en concreto.
La Madre Matrona Baenre le había dicho a Gromph en privado que, si iba a vetar un plan de los Armgo, como había hablado, lo debía hacer con el poderoso recordatorio de que él era, sin lugar a duda, el Archimago de Menzoberranzan.
Gromph supondría el poco sutil recordatorio de la Madre Matrona Baenre ante la Casa Barrison Del’Armgo y esa diletante Matrona Soulez de que no representaban ninguna amenaza para los grandes Baenre.
En cuanto se enteró de esa localización, Gromph se había familiarizado con todas las entradas, con todos los puntos ocultos, con cada grieta a lo largo de la parte posterior de las tres estructuras que formaban ese callejón.
Cualquier embustero tenía cuatro maneras de llegar al amplio extremo del callejón: una desde la calle y las otras tres desde cada uno de los tres edificios, a través de puertas secretas.
Aunque esas puertas ya no eran secretas para Gromph, y ya había dibujado sus glifos y runas en ellas.
En ese momento, de modo invisible, avanzaba por el callejón, haciendo servir esa magia. Uno, dos, tres, y tuvo que contenerse la risa ante lo bellamente diabólicos e insultantes que podrían llegar a ser esos pequeños túneles extradimensionales.
Al acabar el tercero, oyó movimiento en el fondo del callejón y se volvió para ver al hombre que se aproximaba y que se movía sigilosa y astutamente entre las sombras. Gromph lo conocía, aunque no de nombre. Lo había visto con Jarlaxle.