17. Atrapado
A TRAPADO
—Se me está acabado la paciencia —dijo la Matrona Soulez a Dab’nay, casi un año después del día en que la Casa Do’Urden había eliminado la Casa Ben’Zarafez—. La Matrona Malicia lleva ya quieta el tiempo suficiente para comenzar de nuevo a dar problemas y preferiría que eso no pasara.
Dab’nay asintió, pero no dijo nada. La Casa Do’Urden estaba acercándose a los rangos superiores de la jerarquía; por sus cálculos, pronto sería la decimoquinta, una ascensión sorprendente desde la adición de Zaknafein, hacía un siglo y un año.
Ese número era significativo y Dab’nay lo sabía, porque en ese rango la Matrona Malicia podría convertirse en una aliada atractiva para las casas gobernantes, sobre todo porque así, para seguir subiendo, tendría que escoger sus conquistas entre sus enemigos.
Cuando la Casa Do’Urden llegara a estar entre las quince primeras, los planes de la Matrona Soulez para la Casa Do’Urden se complicarían mucho más.
—Ganarás considerablemente, tanto en mi Casa como en la pequeña banda de Jarlaxle, cuando ambos estén muertos —añadió la Matrona Soulez.
—No es tarea fácil —replicó Dab’nay.
—Oh, esta vez, lo será —repuso Soulez—. Haz tu parte, sacerdotisa, y yo haré la mía. ¿Cuán afortunada serás de llamar a Soulez Armgo tu madre matrona?
—Afortunada más allá de todos mis sueños, Matrona —contestó Dab’nay, y era una respuesta sincera.
Le sorprendió lo difícil que esa tarea le estaba resultado emocionalmente. Porque tenía que ver con algo, con alguien, que también anhelaba tener, y más de lo que había creído posible.
Sin embargo, ya habían hecho la elección por ella. Si no hacía lo que la Matrona Soulez le exigía, Dab’nay no se haría ninguna ilusión de sobrevivir a ese año.
—Los vigilaréis —dijo la marchita y anciana Madre Matrona Baenre a sus tres hijos—. Muy de cerca.
—¿A los Armgo? —preguntó Triel, su hija mayor y la segunda de la progenie de la gran mujer, detrás solo de Gromph, quien también se hallaba junto a ella ese día, algo raro—. ¿Es realmente ese su nombre? ¿Están siquiera considerados como una única familia?
—Lo están —respondió la Madre Matrona Baenre, brusca, con sus resecos labios dejando ver sus dientes viejos y gastados.
De joven, Yvonnel la Eterna, la Madre Matrona de la Casa Baenre y de todo Menzoberranzan desde más allá de lo que el más viejo de los drow podía recordar, había sido considerada muy hermosa, a la par de Quenthel, su tercera hija, que también se hallaba ante ella.
Otras matronas y sacerdotisas de avanzada edad a menudo comentaban que Quenthel se parecía mucho a Yvonnel de joven.
Una pena que Quenthel no pudiera pensar como Yvonnel, se lamentaba Triel a menudo, pero no se lo decía a nadie excepto a Gromph.
Quenthel era la principal consejera de Triel, sobre todo porque la inteligente Triel podía manipularla fácilmente.
Quenthel servía como un buen amortiguador entre ella y sus otras dos hermanas, Bladen’Kerst y Vendes, un par de las sacerdotisas más peligrosas y crueles de la ciudad.
—¿Y a esos Armgo se les ha dado siquiera un rango?
—Cuarenta y tres —respondió Gromph—, aunque muchos los ponen en el cuarenta y siete.
—Y, sin embargo, no hay ni quince casas en la ciudad que pudieran ir contra las legiones de la Casa Barrison Del’Armgo y sobrevivir —añadió la Madre Matrona Baenre—. Tal vez ni diez.
—¿Por eso tendrás que vigilarlos?
—Quiero que vosotros, los tres, con cualquier ayuda que podáis necesitar, los vigiléis —clarificó la vieja madre matrona.
—¿Y qué estamos buscando?
—La Matrona Soulez Armgo irá contra alguna casa poderosa, no en una guerra total, pero para demostrar que puede hacerlo —respondió Gromph.
—Muy inteligente para ser varón —dijo la Madre Matrona Baenre, mostrando una clara admiración por su hijo—. Sí, eso hará.
—Contra la Matrona Do’Urden —añadió Gromph.
—Eso es lo que yo diría.
—¿Y es lo que quieres que hagamos, aparte de vigilar? —inquirió Triel.
—No será una guerra —respondió su madre—.
No será nada a una escala tan monumental o visible.
Seguramente, la Matrona Soulez buscará ralentizar las ambiciones de la Matrona Malicia.
No le ha gustado que la Casa Do’Urden acabara con la Casa Ben’Zarafez.
La Matrona Soulez reservaba a la Matrona Decliz como su gran jugada.
Incluso había rumores de que la Matrona Decliz Ben’Zarafez podría haber invitado a la Casa Barrison Del’Armgo a unirse a ella, en vez de simplemente dejarle que subiera de rango por encima de la Casa de la Matrona Decliz, como habían hecho muchas otras.
Y la verdad, si ese era el caso, ¿podría alguna casa por debajo de la Casa Ben’Zarafez representar una amenaza para la Matrona Soulez?
A la izquierda de Triel, Quenthel comenzó a asentir, mientras que Gromph, a su derecha, trataba con toda la intención de parecer muy aburrido, como si él ya hubiera resuelto todo eso hacía tiempo.
—Irá a por el maestro de armas y juguetito de Malicia, sin duda —razonó Triel—. El que va con Bregan D’aerthe.
La Madre Matrona Baenre se encogió de hombros, un curioso gesto en ella que además hizo que sus viejos huesos crujieran audiblemente.
—No estés muy segura de nada, porque eso te impedirá ver cualquier otra cosa.
—Sí, Madre Matrona —dijo Triel, con una profunda y respetuosa inclinación—. ¿Y quieres que interfiramos en los planes de la Matrona Soulez si los descubrimos?
—Ponédselo más difícil. Haced que le cueste.
Yvonnel la Eterna despidió a sus tres hijos con un gesto; estos salieron al gran complejo Baenre y se apartaron de cualquier posible curioso que quisiera oírlos.
—Será el maestro de armas —insistió Gromph, cuando estuvieron solos.
—¡Oírte dándome la razón! —exclamó Triel, con un suspiro cortado como si fuera a desmayarse—. ¡El gran archimago!
Gromph la miró ceñudo y luego a Quenthel, quien soltó una risita ante el sarcasmo de Triel.
—El juguete que más valora la Matrona Soulez Armgo no es muy diferente del de la Matrona Malicia —explicó Gromph.
—Uthegentel —concordó Triel, asintiendo—. Esa bestia.
—Excepto que Soulez no juega con su juguete como hace Malicia con el suyo, dicen los murmullos —añadió Quenthel.
—Cuando hables de las matronas, menciona su título —la riñó Triel—. Si te oyera Sos’Umptu, te exigiría una dura penitencia.
—Pero Sos’Umptu no está aquí, ¿no? —replicó Quenthel.
Hablaban de otra hermana más, la más devota a Lloth de toda la familia y la que, probablemente, algún día dirigiría Arach-Tinilith, la academia drow de sacerdotisas.
Como mínimo. De todas las hijas de la Madre Matrona Yvonnel Baenre, Sos’Umptu era a la que menos se veía por la casa; era la más conocedora de las cosas de Lloth y la más poderosa por ello.
En el orden de nacimiento, quedaba muy por detrás, pero muchos susurraban por lo bajo que ella, y no Triel, sucedería a la Madre Matrona.
—Pero podría decírselo —advirtió Gromph, y su expresión, ese rictus típico de aburrimiento y enfado que siempre lucía en el rostro, mostró que no lanzaba amenazas vanas.
El tema de conversación recordó a Triel, sin lugar a ninguna duda, que no debía tomarse esa tarea a la ligera. La Madre Matrona Baenre la estaba probando con eso, y fracasar podría costarle caro.
—Pondré ojos por toda la ciudad —dijo a sus dos compañeros de conspiración. Buscaré información sobre ese maestro de armas Zaknafein o cualquier otra cosa concerniente a los Armgo. Deberíamos hablar diariamente.
—Mis días están cargados de obligaciones; obligaciones importantes relacionadas con la ciudad y no la casa —le recordó Gromph.
Las otras dos lo miraron ceñudas.
—Sí, lo sé —replicó al ver esas miradas, y suspiró profundamente—. Cuando ocurra el incidente esperado, únicamente mis acciones determinarán el resultado. —Suspiró de nuevo.
Triel quería discutir con él, pero, para ser sincera, sospechaba que Gromph tenía razón.
Aun así, ella era la primera sacerdotisa de la Casa Baenre, la hija mayor.
Aunque eso no le importaba a Gromph, porque incluso la hija más joven estaba sobre él en rango, por muchos títulos que él se adjudicara.
Sin duda, las acciones del archimago podrían resultar cruciales, pero sería Triel quien las dirigiría, y eso era algo que estaba decidida a no dejar que su hermano mayor olvidara.
—No distingues la verdad de la mentira —susurró Dab’nay, inclinándose sobre la mesa para que, con voz baja, Zaknafein oyera hasta la última palabra.
El maestro de armas hizo rodar su vaso entre los dedos, digiriendo las noticias.
Jarlaxle le había asegurado que Arathis Hune había aprendido la lección y que todos los antiguos sentimientos se habían enterrado, y aunque confiaba en Jarlaxle, tanto como se podía confiar en el mercenario, tampoco podía dudar de la información de Dab’nay.
Su hermano Duvon ya había salido de la Cada Fey-Branche y había vuelto con Bregan D’aerthe.
Y ese, que siempre había sido un terco idiota, seguramente no habría olvidado la paliza que Zaknafein le había propinado en el callejón detrás de esa misma taberna.
Duvon susurraba al oído de Dab’nay, sin duda, y la encontraba muy poco receptiva. Tendría mucho sentido que se volviera hacia Arathis Hune para que lo apoyara.
—Te convencerán, inesperadamente, y cuando estés ahí encontrarás un enemigo donde esperabas un amigo —le dijo Dab’nay.
—¿Y entonces? —preguntó él, mientras Dab’nay volvía a recostarse en su asiento.
—Sigue vivo, mi único amigo —le rogó ella—. Necesito que sigas vivo.
Zaknafein clavó la mirada en el vaso y no respondió, ni alzó la mirada cuando Dab’nay se levantó y salió del Micónido Supurante. Simplemente permaneció sentado en un silencio amargo.
Por fin le habían permitido salir de la Casa Do’Urden, después de meses de lo que él consideraba un encierro, y había ido a la taberna en busca de compañía, pero solo había encontrado que la intriga sobre él en las calles salvajes de Menzoberranzan se había vuelto más peligrosa.