16. Muertes merecidas, muertes inmerecidas #3
—Preferiría que no lo hicieras. La cantidad de monedas para recomprar a Duvon Tr’arach no fue insustancial. La Matrona Byrtyn Fey negoció ferozmente.
Zaknafein bufó.
—¡Te ofreció una pelea mejor de la que esperabas! Admítelo, amigo mío.
—En Menzoberranzan, el segundo mejor espadachín normalmente está tan muerto como el peor de todos —replicó Zaknafein, seco.
—No deseo verlo muerto —admitió Jarlaxle.
—¿Así que lo traes de vuelta para que intente matarme de nuevo?
—No lo hará —insistió Jarlaxle.
—Ah, sí, Jarlaxle de Bregan D’aerthe. Tan seguro de sí mismo; el que tira de las cuerdas. —Hizo un gesto para pedir otra copa, luego volvió a clavarle la mirada a Jarlaxle—. Hasta que el baile de los títeres se tuerce y, entonces, haya sangre.
—Duvon no buscará venganza —reiteró Jarlaxle.
—Si lo haces, tu dinero se perderá, no lo dudes.
—No lo hago.
Zaknafein rio, pero no con la intención de tranquilizar al hombre que tenía delante.
—¿Y tú que, entonces? —preguntó Jarlaxle.
—Yo haré que me pagues las copas esta noche.
—Sin duda, de acuerdo. Pero ¿y tú qué, Zaknafein? —repitió.
—¿Yo qué de qué?
—Duvon regresa. Quizá sea Zaknafein el que busque acabar lo que Duvon comenzó en aquel lejano día.
—No tan lejano.
—¿Zaknafein?
La conversación se detuvo cuando Harbondair pasó entre los dos y les colocó un vaso delante a cada uno mientras le lanzaba a Zaknafein una mirada muy poco amistosa.
—No mataré a Duvon —prometió Zaknafein, y Jarlaxle alzó el vaso para brindar por eso.
Pero Zaknafein no había acabado.
—Me conformaré con el otro —añadió.
Esa inesperada petición dejó confuso a Jarlaxle, que lentamente bajó su vaso.
—¿El otro?
Zaknafein volvió la cabeza para mirar al hombre que se alejaba de ellos, el tabernero que había tratado de envenenarle la noche que Duvon había atacado.
—¿Harbondair?
—Harbondair Tr’arach —le recordó Zaknafein.
—Es un buen tabernero.
—Cuando no está intentado envenenar a sus clientes, querrás decir.
—Sin embargo, confías en él lo suficiente para venir aquí y beberte lo que te pone delante —razonó Jarlaxle.
—Porque me tiene miedo y, si me hiciera enfadar, no tiene apoyos. Quizá eso cambie cuando regrese Duvon.
—No, no será así. No haré…
—No tienes elección —le interrumpió Zaknafein y se llevó el vaso a los labios—. Eliges tú o elegiré yo. O quizá me lleve por delante a los dos.
—Olvidas tu posición dentro de Bregan D’aerthe.
—No me olvido de nada. Esto me lo debes.
Jarlaxle miró a Zaknafein y luego a Harbondair, y de vuelta. Negó con la cabeza, pero luego soltó un profundo suspiro mientras una tremenda decepción se le pintaba en la cara.
—Todavía parece un desperdicio.
—Con la derrota de la Casa Ben’Zarafez, la Matrona Malicia estará tranquila un tiempo, así que me encontrarás a tu lado más a menudo.
—Si te concedo eso, tendrás que aprender a preparar adecuadamente las bebidas —le advirtió Jarlaxle.
Zaknafein ni siquiera sonrió ante ese intento fracasado de chiste.
—No mates a Duvon —ordenó Jarlaxle directamente; se levantó de golpe y se marchó.
Zaknafein asintió mientras observaba la puerta cerrarse detrás del jefe mercenario. Luego volvió a su bebida, que sabía que no estaba envenenada.
Pasó toda la noche en el Micónido Supurante, sentado, simplemente sentado con la espalda contra la pared. Cuando todos los clientes se hubieron ido, miró fijamente a Harbondair, quien se estaba poniendo cada vez más nervioso.
—¿Quieres beber algo más?
—No.
—¿Quizá algo de comer?
—No.
—Ya ha llegado la mañana —dijo Harbondair—. Debo marcharme.
—¿Y quién te lo impide?
—Bueno, tengo que cerrar…
—Sabes quién soy; sabes a quién sirvo, a quién servimos.
—Sí, pero…
—Márchate.
El hombre se movió con cuidado, sin apartar la mirada de Zaknafein hasta que estuvo al otro lado de la puerta.
Zaknafein alzó el vaso y lo vació, el mismo que había estado bebiendo con Jarlaxle horas antes. Se puso en pie, se cubrió con su piwafwi y fue hacia la puerta.
Miró a la derecha, miró a la izquierda y salió corriendo, subiendo el montículo de una estalagmita; saltó, rodó y dio volteretas, para llegar al suelo en un equilibrio perfecto.
En la siguiente curva del callejón, subió la ladera de otro montículo y luego dio una voltereta hacia atrás desde allí, torciéndose en el aire para aterrizar sobre el tejado de una estructura más baja.
Tres zancadas lo llevaron a un camino paralelo, y allí, sin ni siquiera mirar, saltó y se giró de nuevo en el aire, para caer ligero en la calle, de cara a la dirección del Micónico Supurante.
De cara a Harbondair.
—Desenfunda tus armas —le dijo Zaknafein.
—Ehh…
Do’Urden sacó sus espadas.
—¡Ahora! ¡O me tomaré mi tiempo con tu carne!
Harbondair desenfundó una espada y un largo puñal, con manos temblorosas.
—No deseo luchar contra ti.
—¿De verdad? —de burló Zaknafein, y mantuvo las espadas cada una hacia un lado.
Como esperaba, Harbondair mordió el anzuelo y cargó contra él.
Lanzó una fuerte estocada, y con sorprendente puntería, pero Zaknafein se desvaneció, cayó hacia un lado, apoyado extrañamente por una sola pierna.
Salió de la curva con un bote y una voltereta, y tocó tierra de cara al hombre.
Estaba agachado, con la espada izquierda agitándose furiosamente con movimientos de molinete para sacarle la espada de las manos Harbondair y hacerla volar, mientras la de la derecha iba por debajo del puñal del hombre y se lo levantaba muy arriba.
Zaknafein pasó bajo el brazo, dejó caer su espada derecha y agarró con la mano libre el puño de Harbondair. Con una fuerza tremenda, el maestro de armas le retorció la mano hacia abajo, dolorosamente, tanto que el puñal cayó.
Y, en ese instante, Zaknafein le alzó el brazo al hombre aún más arriba, rotó bajo él y se puso cara a cara con el horrorizado tabernero, con la espada directa al cuello, pellizcándole la tierna piel.
Con esa espada y el brazo libre, Zaknafein le empujó cruzando la calle para estrellarlo contra la pared de un edificio.
—Por favor, por favor —dijo Harbondair, casi sin voz.
—No supliques —le ordenó Zaknafein.
Harbondair cerró los ojos.
—Me envenenaste aquella noche cuando Duvon volvió a la taberna —le acusó Zaknafein.
Harbondair abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¡No, no!
—Admítelo —repuso Zaknafein con clama, demasiada calma, y el tabernero comenzó a desplomarse, y se hubiera caído si Zaknafein no lo hubiera estado sujetando con tanta fuerza.
Harbondair estaba conteniendo las lágrimas y Zaknafein lo sabía. El tabernero lo miró, tratando de negar un poco con la cabeza, pero con cuidado para que su propio movimiento no hiciera el trabajo de la espada.
—Soy un hombre paciente —le susurró Zaknafein.
—Lo hice —soltó de golpe Harbondair—. Solo para que fueras más lento. Temía por Duv…
Zaknafein lo apartó de la pared y volvió a estrellarle contra ella, con fuerza.
—Esta noche has vuelto a envenenarme —afirmó.
—¡No! —contestó el tabernero, sin aire.
—¿Por qué no? ¿No te hubiera ido mejor si simplemente me hubieras matado? ¿O temías no poder?
—No lo haría. No tengo por qué —balbuceó el hombre.
—Esta noche he matado a dos hombres que no merecían morir —explicó Zaknafein, con una voz repentinamente triste, y de verdad le dolía incluso hablar de ello—. Ellos no se lo merecían, pero tú sí —concluyó.
Harbondair solo se lo quedó mirado, paralizado por la incerteza.
Zaknafein negó con la cabeza.
—Pero no. A ellos no puedo resucitarlos. Así que a ti te otorgo la vida, y no volveré a amenazarte, tabernero…, a no ser que me fuerces la mano.
Harbondair no se movió, ni siquiera parecía respirar, y era evidente que no se fiaba de nada de lo que estaba oyendo.
Pero Zaknafein simplemente se agachó y recogió la espada que había tirado, luego envainó esa y la otra.
—Adiós, Harbondair Tr’arach —se despidió, y se marchó.
Los fantasmas de los Ben’Zarafez muertos le siguieron por las calles casi desiertas de Menzoberranzan.
Pronto, a su espalda, la luz de Narbondel comenzó a sugerir la llegada del día, mientras antes él se alzaban la Pared Oeste de la ciudad y el complejo de la Casa Daermon N’a’shezbaernon, la Casa Do’Urden.
Mientras daba esos últimos pasos hacia la madriguera de la Matrona Malicia, fue reflexionando sobre la diferencia entre Jarlaxle y los demás, entre Bregan D’aerthe y aquellos que seguían los mandatos de la malvada Lloth.
Recordaba la funesta batalla contra la Casa Tr’arach el siglo anterior.
Había tratado de conservar la vida de todos los invasores varones que pudo. ¡Harbondair había sido uno de ellos!
Sin embargo, esta vez, y en todas esas nuevas batallas en las que Zaknafein se encontraba, no podía esperar ofrecer esa clemencia.
Hacerlo suponía dejar testigos de la agresión de la Matrona Malicia.
En sus aventuras para eliminar rivales y casas sobre ellos en rango, la Casa Do’Urden no podía hacer prisioneros.
Zaknafein nunca se había sentido tan atrapado por la ruindad de Lloth.
Pensó que, quizá, por eso no había matado a Harbondair esa noche. Tal vez necesitaba tener clemencia con alguien, con algo, y saber que no había nadie que fuera directamente tras él para malbaratar esa clemencia.
Incluso si eso significaba dejar vivir a alguien que, en una ocasión, había tratado de matarle.