16. Muertes merecidas, muertes inmerecidas #2
El pobre guardia acabó por tirar las espadas a un lado y alzar las manos. Se dejó caer de rodillas, pidiendo clemencia.
Zaknafein le concedió lo que pedía…, más o menos. Le dio una patada en la cara; el soldado se golpeó con fuerza la cabeza contra la pared y también cayó al suelo. No estaba inconsciente como su compañero, pero tampoco se iba a levantar pronto.
Zaknafein abrió la puerta de una patada.
Se encontró en la sala del trono de la casa, en el lugar más sagrado, el sitio de mayor poder de la Casa Ben’Zarafez. Sin embargo, la casa estaba tan mermada que ahí solo se encontraba la Matrona Decliz, claramente asustada. No la rodeaban otras sacerdotisas o nobles de la casa. Solo estaba ella.
Y no hizo ningún movimiento para golpearle con conjuros o con su látigo de cabezas de serpiente, que yacía sin vida en la mesa ante ella.
Zaknafein miró hacia los lados y detrás, asegurándose de que ninguno de los dos guardias estuviera a punto de saltar para luchar. Satisfecho de que estuvieran acabados, entró cautelosamente en la sala y fue hacia la mesa en el lado opuesto a la matrona.
—Sin duda, tú eres esa criatura Zaknafein —dijo ella.
Él no contestó y fue avanzando con cuidado, mirando hacia todos lados en busca de trampas o de puertas ocultas, tratando de notar si había otras personas en la sala que pudieran estar esperando, sin ser vistas, a que él bajara la guardia.
—Hace mucho tiempo, podría haber pedido al Consejo Regente que desposeyera a mi casa de su rango —dijo la Matrona Decliz, y se encogió de hombros con resignación cuando Zaknafein volvió a fijarse en ella—. A fin de cuentas, toda casa ascendente aprende la verdad con mucha facilidad.
—¿Y qué verdad es esa, Matrona?
—Que la Casa Ben’Zarafez no es mucho más que una ilusión.
—Y, por tanto, simplemente les permitiste que pasaran sobre ti y aceptaras el descenso de rango.
Ella asintió.
—Sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que una casa deseosa de una victoria negara esa farsa y acabara con la Casa Ben’Zarafez. Incluso llegué a predecir que sería la Matrona Malicia; por lo que he oído de ella, siempre está ansiosa.
Zaknafein mantuvo una expresión impasible. No quería que se le escapase nada.
—¿Dónde está tu progenie, Matrona Decliz? —preguntó.
—Solo hay dos.
—Lo sé. ¿Por qué no están contigo?
—Los he sacado de la casa. Les he quitado el apellido. —Ofreció un triste encogimiento de hombros, pero uno que conmovió a Zaknafein. ¿Quería a sus hijos lo suficiente para llevarlos a un lugar seguro? Acciones así no eran muy habituales en Menzoberranzan.
—¿Y tus sacerdotisas?
—No queda ninguna. Solo estoy yo.
—¿Y esperas que me crea eso?
Ella soltó una risita ahogada.
—Espero que me mates. Para eso estás aquí, ¿no?
—Coge tu arma. Prepara tus conjuros.
La matrona se puso en pie y miró su látigo, pero lo dejó sobre la mesa mientras se apartaba de su asiento.
Zaknafein pensó rápidamente. Recordó a Dab’nay; ¿estaría Jarlaxle interesado en reclutar a otra sacerdotisa y quizá también a unos cuantos soldados?
—Alza tus espadas, maestro de armas —dijo la Matrona Decliz.
—¿Me pides una muerte compasiva?
Se rio de él, secamente, burlándose.
—Es la hora de que vaya con lady Lloth —dijo, y Zaknafein notó que su compasión desaparecía rápidamente—. Es un viaje que acepto con ganas. Si deseas torturarme antes de matarme, entonces, haz todo lo peor que se te ocurra, sucio varón. La Reina Araña me concede su favor. He rezado.
—Entonces, ¿por qué tu casa es tan débil y patética?
—Lloth valora cuánto más allá de nuestro tiempo la Casa Ben’Zarafez ha logrado sobrevivir —explicó la matrona—. Valora mi astucia. Me lo ha dicho por medio de sus sirvientas.
—Cuánta devoción —replicó Zaknafein, sarcástico.
—¿Existe algún otro propósito?
—Sin embrago, has apartado a tus hijos —replicó el maestro de armas en un intento de desbaratar esos ridículos argumentos.
Pero la Matrona Decliz se rio de él aún más.
—Se los entregué a Lloth, idiota.
Esa fue la última palabra que la Matrona Decliz Ben’Zarafez pronunciaría jamás, porque antes de que alguna otra pudiera salirle por la boca, antes de que incluso pudiera ahogar un grito de sorpresa, Zaknafein ya estaba allí frente a ella, cortándole el cuello expertamente con la espada.
Este se quedó mirando la ensangrentada espada mientras la mujer se desplomaba ante él. La matrona no había ni preparado algún conjuro defensivo. ¡Había sido un corte tan fácil!
Zaknafein meneó la cabeza, tratando de encontrarle sentido a todo eso. ¿Qué dios esperaría algo así de sus devotos seguidores? ¿Qué dios demandaría el sacrificio de los niños? Y Zaknafein sabía que el hijo de la Matrona Decliz había tenido solo una década de edad.
Sonidos provenientes del pasillo le hicieron volverse, entonces, se encontró a esa horrible bruja, Briza, jugando con los dos guardias que él había derribado.
Briza tenía a uno contra la pared, y el pobre hombre intentaba cubrirse mientras el látigo, con sus puntas de serpientes venenosas, siseaba y le mordía.
El otro guardia seguía tratando de ponerse en pie, pero Briza le pateaba y se reía de él.
La casa ya debía de estar completamente despejada; Zaknafein lo sabía, y también sabía que Briza torturaría a esos dos durante toda la noche.
Y luego los mataría; no habría clemencia para nadie de la Casa Ben’Zarafez, nada de escoger la esclavitud, nada de venderlos a Jarlaxle para Bregan D’aerthe.
En el nombre de Lloth, nadie de la Casa Ben’Zarafez sobreviviría a esa noche.
Esa era la regla de Menzoberranzan cuando una casa le hacía la guerra a otra: no podía haber testigos, porque inexistencia de testigos significaba que no había habido guerra.
Pero Zaknafein no podía soportar las serpientes juguetonas de la Sacerdotisa Briza. Los alaridos de dolor de las pobres víctimas llegaban al corazón del maestro de armas. Su propia malentendida clemencia hacia esos dos había precipitado esa predecible situación.
Zaknafein fue hasta la puerta.
—Me parece que la Matrona Decliz no está del todo muerta —le dijo a Briza. A esta le relucieron sus rojos ojos y corrió rápidamente hacia el interior, ansiosa de reclamar el mayor premio de todos.
En cuanto ella entró en la sala, Zaknafein tomó su lugar en el pasillo.
Miró a las tres sacerdotisas que habían acompañado a Briza y frunció el ceño como advertencia, luego puso sus espadas a trabajar rápida y violentamente y, con experta precisión, acabó con el tormento de los desgraciados guardias Ben’Zarafez.
Las princesas lo miraron pasmadas, una lazó un chillido y, detrás de él, en la sala, Briza se volvió para clavarle una mirada asesina, acompañada de un ceño casi salvaje. Zaknafein se volvió lentamente y le devolvió la misma mirada, sin parpadear.
Briza se volvió otra vez y saltó hacia delante, y Zaknafein supo que había adivinado su treta.
El charco de sangre se había extendido alrededor del cuerpo de la Matrona Decliz, y era evidente que la mujer ya estaba muerta antes de que Briza se le acercara.
La Primera Sacerdotisa de la Casa Do’Urden volvió furiosa hacia la puerta, con el látigo en la mano.
—Está muerta —afirmó.
—Ah, creía que aún le quedaba un poco de vida —replicó Zaknafein con un encogimiento de hombros intencionadamente y poco convincente.
Briza lo miró fijamente, luego miró al guardia tirado contra la pared, después al otro en el suelo, ambos sin vida.
—Te gustan los juegos peligrosos, maestro de armas —susurró como si creyera que bajando la voz podría ponerle nervioso.
Zaknafein trató de no sonreír. En ese momento de ultraje, esperaba que Briza fuera a por él, y decidió que, si lo hacía, la mataría y acabaría de una vez, y luego iría a por las tres sacerdotisas de su séquito, ya de paso.
Porque ellas hacían eso, todas ellas. Todas las sacerdotisas que prestaban oídos a la asesina llamada de la Reina Araña, la más horrible de las diosas.
Los guardias de la casa no se merecían morir, y menos aún la tortura; eso no era una guerra.
No, era un asesinato, y él era un asesino, un matarife que luchaba por una causa que no era noble, que no tenía ningún elevado propósito, una lucha surgida de la necesidad de defenderse a sí mismo o a alguien amado.
Zaknafein había entrenado toda su vida para ser un guerrero, un gran guerrero.
En ese oscuro momento, no se sentía como tal.
Dos horas después, Zaknafein se hallaba sentado en su mesa, en el Micónido Supurante, con una potente bebida en la mano. Sabía que Malicia lo castigaría cuando regresara a la Casa Do’Urden, algo que debió haber hecho inmediatamente después de que Briza declarara muerta la Casa Ben’Zarafez.
Que así fuera.
Necesitaba el alivio temporal que le ofrecía ese lugar, una sucia tabernucha con comida horrible y peor licor, pero fuera de las reglas de las malvadas matronas y su horrible diosa.
Sin embargo, al llegar, encontró que su alivio duraba poco, porque se enteró de la inminente llegada de un agente en concreto de Bregan D’aerthe.
Se entretuvo más de lo que tenía previsto hasta las primeras horas de la mañana, cuando finalmente Jarlaxle entró en la taberna.
—La Matrona Malicia estará contenta —dijo el jefe mercenario, mientras se sentaba frente a Zaknafein—. He oído que tu victoria no tuvo ningún coste.
Zaknafein no podía estar de acuerdo con esa afirmación, pero no se molestó en contestarle.
—¿Por qué estás aquí? —insistió Jarlaxle—. ¿Acaso Malicia no deseará asegurar su casa totalmente por temor a algún tipo de venganza después de ese ataque?
Zaknafein alzó su vaso para brindar.
—Brindo por la esperanza de que las asesinen a todas —dijo, y se tragó el contenido de golpe.
La expresión de Jarlaxle reflejaba una sincera preocupación, pero, aun así, Zaknafein tuvo ganas de pegarle un puñetazo ahí mismo.
—¿Qué? —preguntó el jefe mercenario.
—Lo has hecho volver.
—¿A quién?
La expresión de Zaknafein se endureció.
—Sí —admitió Jarlaxle, encogiéndose de hombros.
—Y supongo que no puedo matarlo.