16. Muertes merecidas, muertes inmerecidas
M UERTES MERECIDAS, MUERTES INMERECIDAS
Los tres guerreros drow torcieron la esquina a la carrera, con las ballestas de mano preparadas. Alzaron las armas y dos dispararon al mismo tiempo que el tercer drow gritaba que esperaran al ver a alguien que iba hacia ellos.
La persona danzó brillante y veloz, rotando sobre sí mismo con su capa piwafwi , que se abrió para detener sin daño las saetas. Acabó el giro con un salto para cargar contra el trío, enfrentándose audazmente uno contra tres.
Cuatro espadas de los dos delanteros se desenfundaron para recibirle, mientras que el tercer, unos pasos más atrás, gritaba «¡No! ¡No! ¡Zaknafein!».
Los dos de delante atacaron al unísono con las espadas más cercanas, pasando el uno ante el otro en perfecta harmonía, una defensa tremenda y muy ensayada que hubiera matado, o al menos detenido, a cualquier guerrero drow.
Su oponente no cuadraba con esa descripción.
Se agachó casi hasta arrodillarse y detuvo los golpes alzando las espadas y les hizo subir las otras dos lo suficiente para que chocaran entre ellas.
Y el atacante se puso en pie, con las espadas en un ángulo perfecto para detenerse justo bajo la barbilla de sus respectivos objetivos, haciéndolos sangrar y ponerse de puntillas.
—Las armas o vuestra sangre al suelo —dijo el atacante—. A mí no me importa cuál.
Cuatro espadas repicaron contra el suelo.
—Idiotas —exclamó el drow que estaba más atrás, el noble segundo hijo de la Casa Do’Urden. Y luego le dijo al atacante—: ¿Ya has acabado de jugar, maestro de armas?
Zaknafein miró a Dinin por entre los dos soldados atrapados. Con una mueca burlona, giró las muñecas y envió al par tambaleándose hacia atrás, ampliando las heridas superficiales, y mientras los dejaba alejarse alzó el lado de su piwafwi y mostró las saetas colgando.
—Podrías haberte quedado al final del pasillo —dijo Dinin Do’Urden, muy seco.
—No vivo mi vida con incertezas como «podrías» —contestó Zaknafein.
—¿No nos has reconocido?
—Oh, claro que sí. Eso no significa que confíe en vosotros.
Dinin suspiró.
—La casa está casi despejada —dijo para cambiar de tema.
Los cuatro Do’Urden y una hueste de otros habían entrado en la Casa Ben’Zarafez, una casa débil cuya alta posición en la jerarquía se debía a la inercia de sus lejanos días de gloria, junto con la habilidad de su matrona para esquivar a cualquier casa ascendente que deseara sobrepasarla.
Esa situación desesperada había llegado a su fin cuando esa misma matrona, Decliz Ben’Zarafez, había planeado secretamente contratar a una hueste de mercenarios en un lamentable intento de recuperar algo de poder para su sobresituada casa.
Las consecuencias habían sido rápidas y severas: la Casa Ben’Zarafez se quedó sin mercenarios y sin sus redes externas de espionaje.
Después de eso, la Casa Ben’Zarafez se convirtió en un objetivo fácil para la Matrona Malicia.
Quizá no hubiera sido necesaria una guerra, porque la Matrona Decliz, herida como estaba, sin duda hubiera permitido que la Casa Do’Urden pasara a superarla en rango. Pero, al aceptar tal acuerdo Malicia, habría perdido una oportunidad demasiado tentadora de demostrar su poder.
Además, como le había dicho a la fuerza de ataque Do’Urden, ese sería un buen ejercicio de entrenamiento de cara a las guerras futuras contra casas más impresionantes, como la Casa DeVir, a la que no tardarían en enfrentarse.
Por tanto, ahí estaban, recorriendo los niveles medios de la estalagmita central y mayor de los tres montículos que albergaban las estructuras principales de la Casa Ben’Zarafez ante una resistencia mínima y sin que se hubiera producido aún ni una sola baja entre los soldados Do’Urden.
—La casa estaba ya casi despejada antes de que entráramos —replicó Zaknafein en tono de burla, y lo cierto era que creía que se encontraría con más resistencia si atacaba el Micónido Supurante que se habían encontrado ahí.
—Ya casi estamos en la cámara de la Matrona Decliz —informó Dinin.
Zaknafein casi ni le oyó, porque estaba fijándose en el guerrero que tenía a la derecha, que se apretaba el cuello con la mano para contener el sangrado y miraba a Zaknafein con descarado desprecio.
—Bueno, pues atácame si quieres —le dijo Zaknafein al soldado.
La mirada de odio se tornó en una de temor.
—No, maestro de armas, no, claro que no —respondió el soldado, mientras retrocedía un paso y tendía las manos en señal de sumisión.
—Si alguna vez decides volver a mirarme de esa manera, entonces, ataca, y ataca a matar —le advirtió Zaknafein—. Porque si no me matas, te mataré yo.
El aterrado soldado pareció a punto de caerse redondo.
Cuando Zaknafein volvió la mirada a Dinin, se encontró con que el joven lo miraba incrédulo, incluso pasmado. Lo mismo pasaba con el otro soldado, más a la izquierda. Cuando pensó en ello, Zaknafein comprendió su sorpresa, porque sus palabras al pobre soldado habían sido excesivamente duras.
Lo que no era normal en él.
Pero le daba igual. Ese desgraciado asunto le había dejado un sabor de lo más desagradable en la boca.
—La Matrona Decliz ha sido muy debilitada —le dijo a Dinin—. Sin duda, sus defensas serán mínimas.
Quería decirle a Dinin que fuera a por ella con los dos soldados, y casi lo hace.
Pero pensó que la reacción de la Matrona Malicia ante eso no sería agradable.
No quería que su joven hijo entrara en combate contra ninguna matrona, claro.
Había encargado específicamente esa tarea a Zaknafein; esa era parte de la razón por la que había pagado tanto para tenerlo en su casa y también era el mensaje que quería que se filtrara en las calles después de acontecimientos como ese para hacer crecer la reputación de Zaknafein y, por tanto, el estatus de la Casa Do’Urden.
Y a Zaknafein tampoco le molestaba esa tarea. Matar sacerdotisas de Lloth seguía siendo una de las pocas alegrías de su vida.
Pero sabía que la Matrona Decliz no estaría sola.
—Cuenta hasta doscientos y sígueme —le dijo a Dinin, y volvió por el pasillo hasta las escaleras que le llevarían al nivel más alto de la ahuecada estalagmita.
Ya había distinguido y desarmado dos trampas en la escalera curvada, así que Zaknafein corrió hacia arriba, cogiendo los escalones de tres en tres. Llegó a un replano con una pesada puerta.
Se llevó al ojo el monóculo que la Matrona Malicia le había entregado y, con cuidado, revisó los bordes del cierre. Al no encontrar ninguna trampa, alzó la mano y susurró una orden dentro de un anillo de ónice.
Oyó el clic de los pitones, pero la puerta no se abrió. Zaknafein meneó la cabeza y resopló, pensando que la Matrona Decliz solo estaba retrasando lo inevitable.
Lanzó una orden diferente por el anillo y esta vez envió una onda de energía disipadora para anular la sujeción mágica de la puerta.
Luego volvió a lanzar la primera orden, con lo que gastó los tres conjuros que Malicia había puesto en ese anillo, otro artefacto mágico para abrir puertas.
Esa vez, la puerta se abrió de par en par y dejó ver un pasillo curvado.
Zaknafein no vaciló; salió corriendo y subió por la pared en la curva para bajar al suelo con una maniobra de salto y rueda que lo lanzó hacia delante, derecho hacia los dos guardias que se hallaban ante los aposentos de la matrona.
Pudo ver el miedo en sus rostros, pudo ver la vacilación con que alzaron las espadas en lo que sabían que eran los últimos momentos de su vida.
Porque incluso si lograban derrotar a ese invasor, sabían que había una horda que los seguía de cerca.
Zaknafein se dirigió hacia la izquierda para enfrentarse directamente con el de ese lado, mientras estiraba la espada derecha hacia el lado contrario para desviar un golpe del otro.
El guardia ante él empleó una combinación de golpe y tajo que él bloqueó fácilmente, se agachó y luego lo bloqueó de nuevo, y después de detener el segundo golpe Zaknafein pasó la espada sobre la del soldado Ben’Zarafez, luego por abajo y de nuevo por arriba.
La pasó alrededor una tercera vez, con cada círculo que retorcía un poco más el brazo del soldado mientras el superado drow intentaba desesperadamente retirar su arma.
Porque la hoja de Zaknafein se movía demasiado deprisa para que el guardia pudiera seguirá, así que, como cabía esperar, el soldado trataba simplemente de retroceder.
Pero la espada derecha de Zaknafein detuvo otro golpe del otro soldado, se alzó para interceptar y detener un tajo descendente y lanzó un barrido bajo con esa arma para que el hombre cayera contra la pared. Así, el maestro de armas quedó libre para avanzar al paso de la retirada del primer soldado.
Este ya se encontraba contra la puerta de la matrona y sin espacio para seguir retrocediendo. Intentó maniobrar cuando Zaknafein se abalanzó sobre él con una repentina ferocidad, pero estaba arrinconado y cada movimiento que el guardia hacía con su espada era respondido con un resonante rechazo.
Zaknafein fue lanzándole golpes implacablemente hasta adormecerle el brazo de la espada que los detenía.
En esos primeros instantes de furia, el maestro de armas vio al menos tres oportunidades de superar con su hoja la torpe y desesperada defensa del soldado Ben’Zarafez y matarlo, pero no las aprovechó.
Desde la pared avanzó el otro soldado con las espadas por delante.
Zaknafein notó cada uno de sus movimientos.
El maestro de armas se puso de rodillas y giró bajo las espadas del guardia de la derecha.
A este también podría haberlo destripado, pero, en vez de eso, se alzó por dentro del alcance del hombre y, aun rotando, fue hacia la derecha para alcanzar con fuerza al guardia en la cara con el pomo de la espada, doblándole la cabeza hacia el lado. El soldado cayó al suelo bocabajo.
Zaknafein ya estaba de regreso por el otro camino antes de que el hombre llegara al suelo.
Sus espadas eran como una mancha, deteniendo cada estocada y cada golpe, y dándole a la espada de soldado dos o tres veces en cada bloqueo, superándolo por pura velocidad.