Ilimitado (Generations 2) 15. Todos los ángulos #2
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15. Todos los ángulos #2

—Del mismo modo que te llevé a ti —contestó Dab’nay, casi sin pensar en la repuesta, aunque no era totalmente cierta.

Zaknafein había ido allí esperando luchar con Arathis, pero este había ido esperando un encuentro con Dab’nay y otro maestro de armas diferente, uno al que muchos consideraban el mejor guerrero de la ciudad.

Captó una cierta duda en los ojos de Zaknafein cuando este la miró. Solo un destello, un instante que o pasó tan pronto como comenzó o había sido controlado antes de que pudiera notarse.

Muchos días después, una noche ya tarde, Dab’nay estaba sentada sola en uno de sus apartamentos, leyendo algunas de las historias de Menzoberranzan que Jarlaxle le había prestado. Estaba sola, y, peor que eso, estaba aburrida.

Esperaba que Zaknafein no tardar en volver. Esperaba que Jarlaxle comenzara con una diablura u otra; algo, lo que fuera que le volviera la vida más excitante.

Sobre todo, deseaba que la Matrona Soulez le hubiera valorado más sus esfuerzos para conseguir que Zaknafein y Arathis Hune se pelearan, cumpliendo así su promesa, y que hubiera admitido formalmente a Dab’nay entre los rangos de su prometedora casa.

Sí, eso sería estupendo, pensó. La Casa Barrison Del’Armgo estaba llena de hombres, y tener a tantos para que le satisficieran todas sus necesidades parecía más agradable que su solitaria existencia.

La llamada a la puerta la sobresaltó; era un golpeteo seco e insistente. No como llamaba Zaknafein.

En silencio, Dab’nay dejó el libro a su lado, se levantó y revisó la habitación, fijándose en sus rutas de escape. Con gran cuidado, se dirigió descalza hasta la puerta y escuchó.

—No me hagas esperar, sacerdotisa —llegó una voz desde el pasillo, la voz de una mujer que Dab’nay reconoció.

Contuvo el aliento, casi presa del pánico, con los pensamientos revueltos entre grandes esperanzas y temores.

¿Qué estaba haciendo la Matrona Soulez al otro lado de su puerta a esas horas?

¿Cómo habría sabido la matrona dónde encontrarla?

El instinto de Dab’nay le dijo que huyera, que corriera a una de las salidas secretas de la habitación, a través de los estrechos túneles entre las paredes para salir del todo del edificio.

Estuvo a punto de hacerlo, incluso llegó a dar un paso hacia la chimenea con los estantes falsos al lado.

Sin embargo, se contuvo y sacudió la cabeza ante su propia estupidez. Se trataba de una matrona y, además, de una muy poderosa. Soulez no estaría llamando a la puerta de Dab’nay si toda el área por dentro y por fuera de la pequeña posada no estuviera plagada de sus agentes. Huir no era una opción.

E incluso si de algún modo consiguiera huir, había muy pocos lugares en los que podría esconderse de la Matrona Soulez; la llamada en la puerta de su apartamento secreto era prueba de ello.

Y, en ese momento, otra seca llamada hizo que casi pegara un bote fuera de sus suaves zapatillas. Esta vez sin vacilar, abrió la puerta de golpe.

—Te pido disculpas, Matrona —dijo, y comenzó a alisar la arrugada tela de su túnica.

La Matrona Soulez la apartó para pasar al interior de la habitación. Dab’nay consiguió mirar a ambos lados del pasillo y se alegró de ver que la poderosa mujer parecía estar sola.

—¿Qué has averiguado? —preguntó Soulez, impaciente. Pasó la mirada por la habitación un momento, luego se hizo con el sillón más grande y cómodo.

—Intervino Jarlaxle —contestó Dab’nay, mientras cerraba la puerta.

—Sí, claro. Pero ¿qué has averiguado? Has visto a Zaknafein Do’Urden, ¿sí?

Dab’nay asintió con la cabeza.

—Sí, y conservo su confianza.

Soulez la lanzó una mirada que parecía más de reprimenda que de intriga.

—Si solo alguien que contara con la confianza de Zaknafein pudiera encontrar la manera de librarnos de él —dijo—. Eso sería un gran regalo para mí.

Dab’nay trató de digerir eso.

—Arathis Hune regresa mañana a Menzoberranzan —informó Soulez.

—¿Quieres que arregle otra… entrevista entre esos dos?

—¿Crees que conservas también la confianza de Arathis Hune?

—Ee… ee… —Dab’nay no sabía realmente cómo tomarse eso.

—Solo le has dado a Zaknafein lo que él desea, niña tonta —la riñó Soulez—. Arathis Hune no pudo derrotarle en el callejón, dado el modo en que organizaste el encuentro. Zaknafein fue sabiendo que tendría que luchar, y su rival no.

—Pero Zaknafein no se aprovechó de esa ventaja.

—Porque no lo necesitaba—replicó Soulez—. Arathis Hune sirve mejor desde detrás de su enemigo. No podía vencer a Zaknafein en una lucha como la que organizaste. Él lo sabe, Zaknafein lo sabe y tú lo sabes.

Dab’nay recordó la mirada que le había lanzado Zaknafein cuando ella le había respondido a su pregunta de cómo había persuadido a Arathis Hune para que fuera al callejón, ese instante de sorpresa del astuto maestro de armas.

—Si eso es cierto, entonces, al menos Jarlaxle habría perdido a su lugarteniente más antiguo, en el que ha confiado desde antes de la guerra entre Tr’arach y Simfray —repuso Dab’nay.

—Herir a Jarlaxle me complacería, sí. Pero Arathis Hune no tiene ninguna importancia para mí. Lo que deseo es segar la ambición de la Matrona Malicia Do’Urden. Sus acciones complican mi propio ascenso.

—¿Qué estás diciendo, Matrona?

—Tu tarea es librarme de Zaknafein como puedas. ¿Otra pelea con Arathis Hune? Sí, eso estaría bien, pero esta vez no será una pelea limpia. No dependeré de la espada de Arathis Hune para derrotar al gran Zaknafein.

Dab’nay tragó saliva con fuerza y no tuvo respuesta.

—Últimamente, Zaknafein ha estado saliendo de nuevo, y Arathis Hune regresará pronto. Soy poseedora de una gran paciencia, niña, pero ya llevo meses esperando. Cuando estés lista, te proveeré de los recursos que necesitas para completar adecuadamente esta tarea.

—Sí, Matrona —respondió Dab’nay, porque, a fin de cuentas, ¿qué otra cosa podía decir?

—Pues aquí estamos —les dijo Jarlaxle a Zaknafein y Arathis Hune; los tres se hallaban sentados en sus estancias, en la Grieta de la Garra, bajo la Casa Oblodra—. Confío en que haya pasado el tiempo suficiente para que se hayan limado los bordes de ese odio mutuo que os profesáis.

—Infravaloras mi determinación —respondió Zaknafein, mirando mal a su enemigo.

—Sobrevaloras el tiempo pasado —añadió Arathis Hune, respondiendo a esa mirada con otra igual.

—Y ambos olvidáis el coste de vuestra rencilla —replicó Jarlaxle. Hizo un gesto hacia el pasillo, y un cuarto participante se unió a la reunión, un varón menudo, vestido con galas dignas de una casa noble. Llevaba el pelo corto y bien arreglado.

—Debido a vuestra… terquedad, me he visto en la necesidad de hacer venir a otro confidente —explicó Jarlaxle—. Alguien que, estoy seguro, rápidamente pasará por encima de vosotros dos en la jerarquía de la banda.

—Bien por él. Ahora yo soy de la Casa Do’Urden, por exigencia de Jarlaxle —replicó Zaknafein, como si eso explicara y, por tanto, justificara el poco caso que hacía de esos comentarios.

—Y eso puede resultar ser temporal, y podrías volver a necesitarme algún día, Zaknafein.

El maestro de armas se encogió de hombros.

—¿Deseas separarte totalmente de Bregan D’aerthe?

Zaknafein lanzó una hosca mirada a Jarlaxle, pero no contestó.

—De ser así, te lo permito y, entonces, podrás continuar tu persecución de Arathis Hune, ya que lo harás simplemente como un agente de la Casa Do’Urden —explicó Jarlaxle—.

Las implicaciones que esto tiene quizá sean peores de lo que crees en ese momento, así que te daré todo el tiempo que necesites para averiguarlo.

—¿Qué quieres de mí, Jarlaxle? —quiso saber Zaknafein.

—¿Y de mí? —añadió Arathis Hune.

—No os caéis bien —contestó Jarlaxle—. Lo entiendo. ¡Solo quiero que no os matéis el uno al otro! Eso es todo. Nada de pelearos.

—Entonces, mantennos separados —exigió Arathis Hune—. Sin duda tus muchos planes están lo suficientemente extendidos para que yo nunca tenga que volver ver a nadie como Zaknafein.

—Ni yo a él —coincidió Zaknafein.

—Insufribles —comentó Jarlaxle, mirando a Kimmuriel, que parecía totalmente aburrido con todo eso.

El jefe mercenario soltó un profundo suspiro y los despidió a todos con un gesto de mano.

Lo jugara como lo jugara, sabía que iba a ser un asunto muy delicado, y todo esto se estaba volviendo muy peligroso para Dab’nay. Se temía que tratar con la Matrona Soulez estaba muy por encima de sus capacidades, por no hablar de Zaknafein y Arathis Hune.

Resultaba muy difícil no pensar en eso mientras yacía junto a Zaknafein esa tranquila noche. Miró hacia los pies de la cama, donde el maestro de armas había colgado su cinturón y en el que veía los pomos de esas magníficas espadas relucir bajo la luz de las velas.

Se inclinó sobre él para observar su respiración.

Muy rítmica y tranquila. Sin duda estaba dormido.

Dab’nay podría acabar con todo eso muy fácilmente.

Después de todo, era Zaknafein a quien la Matrona Soulez quería muerto.

Y en ese momento, fácilmente, Dab’nay podía concederle a Soulez su deseo de librarse de él.

Dab’nay entraría en la Casa Barrison Del’Armgo como una sacerdotisa de pleno derecho, quizá incluso con la posibilidad de llegar a ser algún día una suma sacerdotisa.

Y también volvería a ser una mujer noble y no una pícara sin casa.

Dado el odio infinito que Zaknafein profesaba a la Reina Araña, supuso que ¡lady Lloth también bendeciría esa acción!

Lo único que tenía que hacer era coger una de esas espadas y atravesarle el corazón mientras dormía.

Miró fijamente las armas.

Las odiaba y odiaba lo que podrían hacer.

Si cogía una, estaría atravesando su propio corazón tanto como el de Zaknafein.

Pero ¿qué alternativa tenía? Se había colocado en una situación insostenible, que seguramente iba a provocar su muerte si cualquier cosa salía mal.

Dab’nay hundió el rostro en el pelo de Zaknafein.

La espada la llamaba.

No se volvió para mirarla. No podía.