15. Todos los ángulos
T ODOS LOS ÁNGULOS
El joven guerrero drow miró sigilosamente por encima del borde de la balconada, tratando de mantenerse fuera de la vista.
No quería que el varón en la cámara casi vacía que se abría bajo él supiera que se hallaba allí.
Para él, era como mirar a una mujer desnudarse o a una sacerdotisa en oración.
Si el objeto de contemplación sabía que él estaba allí, mirando, la excitación no sería la misma ni lo serían los conocimientos que esperaba adquirir.
Dinin Do’Urden, el segundo hijo de la casa, se había esforzado mucho en manipular esa área de la balconada que rodeaba el gimnasio de entrenamiento de la Casa Do’Urden para poder observar lo que pasaba abajo sin ser detectado.
Y, por fin, sus esfuerzos se estaban viendo recompensados.
Bajo él se hallaba Zaknafein, el drow cuya reputación se estaba extendiendo a lo largo y ancho de los sinuosos caminos de Menzoberranzan. Desnudo de cintura para arriba, con los fibrosos músculos brillantes de sudor, Zaknafein ya había acabado la parte más enérgica de su rutina de práctica diaria.
En ese momento estaba tranquilamente de pie, sin dar la espalda del todo a la posición de Dini.
Los brazos le colgaban por los costados; estaba adoptando una pose relajada, una postura normal en una situación sin amenazas.
Ante él y hacia la derecha, una gran rata se hallaba sentada sobre las patas traseras, royendo algún resto que había encontrado.
Dini no lo entendía. Se suponía que no había ratas en el complejo de la Casa Do’Urden; ¿cómo se podría haber colado una en esa sala?
La alimaña lanzó un chillido y comenzó a corretear, y entonces Dini comprendió que, de algún modo, esa criatura era parte de la sesión de práctica, porque Zaknafein entró rápidamente en acción.
Llevó las manos hacia delante, acompañadas de las espadas que iba desenfundando.
La de la mano izquierda empezó a girar mientras se alzaba por encima del hombro derecho para estocar con la punta hacia abajo, detrás de la espalda, e inmediatamente la movió hacia arriba por la parte trasera del hombro derecho.
Mientras esa espada cruzaba, el maestro de armas envió un golpe de revés hacia detrás con la espada derecha. Y después comenzó a girar y fue bajando la espada izquierda ante él.
El instinto guerrero de Dini le dijo que Zaknafein barrería con esa espada, formando un circuito completo que la haría cortar de un lado al otro mientras acababa la vuelta y retrocedía, para separarse del asesino imaginario que había intentado atravesarle por la espalda.
Pero ¡no!
Zaknafein detuvo el arco de la espada, invirtió su agarre y lanzó un golpe hacia atrás, como había hecho con la derecha, y se fue volviendo con él mientras recuperaba la espada derecha y lanzaba un tajo amplió y letal en un ángulo descendente.
Dinin había visto a Zaknafein cientos de veces, incluso había practicado con él.
Pero nunca lo había visto así.
Zaknafein enfundó sus armas y le lanzó una miga al suelo a la rata.
De nuevo, el roedor se sentó y comenzó a comer, y de nuevo Zaknafein adoptó su postura relajada, exactamente como antes, excepto que ahora Dinin podía ver al hombre ante él.
La rata chilló y se movió, y fue como si las espadas le aparecieran en las manos al maestro de armas; la izquierda se movió hacia arriba con una fluidez sorprendente y cautivadora.
Dini clavó la mirada en la mano izquierda de Zaknafein, en el intrincado movimiento de los dedos del maestro de armas durante ese exacto y brillante giro de la espada.
Ni un solo movimiento superfluo. Ni uno.
Dini trató de fijarse en la rutina: los barridos, los golpes, las segundos e inesperados golpes y, finalmente, ese devastador tajo.
Cada movimiento se fundía con el siguiente.
Cada giro, vuelta o cambio de equilibrio al completar un movimiento posicionaba, marcaba el ángulo, posicionaba y preparaba a Zaknafein para ejecutar el siguiente.
Otra miga voló hacia la rata. Zaknafein estaba usando esa criatura viva porque no se podía predecir en qué momento se movería. Era la rata y no Zaknafein quien marcaba esa furiosa reacción.
Dinin pensó que era una idea brillante. En vez de decidir el comienzo de su práctica, lo que, naturalmente, no era una opción para un hombre que se estuviera defendiendo de una emboscada real, ese soberbio maestro de armas estaba dejando que una criatura, algo totalmente caótico, lo decidiera por él.
Y lo que resultaba aún más remarcable era que la secuencia de lucha que veía Dinin estaba diseñada para una situación específica y única: un inesperado ataque desde un ángulo único.
¿Cuántos cientos de horas había trabajado Zaknafein para perfeccionar esos pocos movimientos secuenciales? ¿Cuántas otras rutinas similares habrían preparado y perfeccionado para otras amenazas específicas?
Arriba, sobre el balcón del gimnasio de prácticas, Dinin Do’Urden llegó a comprender la verdad de Zaknafein.
Dinin se consideraba un joven guerrero drow muy prometedor y había visto en acción a muchos de los mejores espadachines de Menzoberranzan; incluso un duelo real entre maestros, en dos ocasiones diferentes.
Comprendía las artes marciales y la belleza de la danza con la espada.
Pero ¿eso? Eso era algo más. Eso era un nivel de perfección y de peligro como Dinin nunca se había imaginado.
De nuevo, Zaknafein realizó toda la rutina y luego otra vez más. Dinin supo que lo haría una docena de veces más. Quizá hasta dos docenas. ¡Tal vez hasta cien veces!
Meneó la cabeza y retrocedió en silencio hasta salir del gimnasio a través de la pequeña puerta que se había construido.
Mientras caminaba por los pasillos de la casa, solo podía menear la cabeza, con sus pensamientos perdidos en algún punto entre la pura belleza de lo que había contemplado y su repentino e intenso desagrado por el maestro de armas Zaknafein.
En cierto momento, se detuvo, cerró los ojos y repasó la secuencia: la espada girando, el golpe y el giro, el tajo.
¿Cuánto tendría que sacrificar para siquiera acercarse a ese nivel de precisión y velocidad? ¿Podría llegar a lograr tal maestría si se dedicaba a ello cada hora de su vida?
Dinin valoraba a Zaknafein.
Dinin admiraba profundamente a Zaknafein.
Dinin odiaba a Zaknafein.
Dab’nay casi lanza un grito de sorpresa cuando Zaknafein entró en el Micónido Supurante, más de siete semanas después de la lucha que ella le había preparado contra Arathis Hune en el callejón. No podía negar que se alegraba de verlo, pero tampoco podía pasar por alto su profunda inquietud.
El corazón la arrastraba hacia el maestro de armas.
La cabeza le decía que saliera corriendo.
Era extraño en Dab’nay, o en cualquier elfo oscuro, que el corazón ganara, pero en esta ocasión no prestó atención a las sensatas advertencias de salir corriendo y, en vez de eso, se encontró de pie junto al maestro de armas, sentado.
Zaknafein la miró y le ofreció una sonrisa cálida y seductora, y ella pensó que era sincera. Él le hizo un gesto para que se sentara a su lado, y ella lo hizo.
—Esperaba encontrarte aquí —le confesó.
—¿No has venido a petición de Jarlaxle?
Dab’nay alzó dos dedos e hizo un gesto a Harbondair.
—No he visto ni oído a Jarlaxle desde… desde el día en el callejón, cuando me interrumpió la victoria.
—¿Victoria?
—Oh, sí —le aseguró Zaknafein—. Y Arathis Hune lo sabía. Me han dicho que ha dejado Menzoberranzan.
«Quizá temporalmente», pensó Dab’nay, pero no lo dijo.
Harbondair llegó con un par de bebidas y las dejó ante sus clientes. Pero en cuando se volvió y enfiló hacia la barra, Zaknafein apartó su vaso.
Dab’nay lo miró con curiosidad.
—No pensarás que…
Zaknafein le cogió el vaso y puso el suyo ante ella. Se reclinó en la silla, con los brazos cruzados en esa pose típica y potente suya, subiendo una mano lo justo para indicarle que bebiera.
Dab’nay miró el líquido ámbar que se movía en el vaso, luego a Harbondair, que no miraba hacia ellos.
Se encogió de hombros y agitó los dedos de una mano sobre el vaso para lanzar un conjuro menor, luego lo cogió, lo alzó en un brindis y se lo llevó a los labios.
En cuanto lo dejó, Zaknafein le puso el otro y le hizo un gesto para que lo purificara también.
—Ese era el mío —protestó—. ¿Crees que Harbondair decidiría envenenarme?
Zaknafein alzó las cejas y sonrió astutamente, pero no atinó a descruzar los brazos o a coger el vaso.
Dab’nay comenzó a reír, pero se contuvo al darse cuenta de las implicaciones de las continuadas dudas de Zaknafein. Este sabía que Harbondair no envenenaría a Dab’nay, pero ¿acaso el tabernero, quizá con la ayuda de Dab’nay, esperaba que cambiaran los vasos?
La mujer rio y lanzó otro conjuro; no dejó de notar la intensidad de la mirada de Zaknafein mientras realizaba los movimientos precisos y pronunciaba las sílabas exactas. Cuando acabó, iba a deslizar el vaso hacia él cuando este la sorprendió al ponerse en pie.
—Vámonos de aquí —dijo.
Dab’nay iba a coger el vaso, pero decidió que no lo haría al notar la mirada de odio que Zaknafein lanzaba hacia la barra. Se levantó para seguirlo, pero decidió que ya estaba bien. Llevaba demasiado tiempo sin estar en brazos de Zaknafein.
Un rato después, estaban tumbados uno junto al otro, con la suave luz de las velas lanzando leves destellos al reflejarse en las gotas de sudor que cubrían a ambos.
—Te he extrañado —dijo Dab’nay.
—Espero que la espera haya valido la pena.
—Tú has valido la pena —le corrigió, y le pasó los dedos juguetones por la punta de la nariz.
—Salí de la Casa Do’Urden tres veces en los días que siguieron a la pelea. Pero, ay, ¡no te pude encontrar!
—No sabía qué pasó en el callejón, y ¡sigo sin saberlo! —contestó ella—. Y cuando no regresaste inmediatamente, tuve miedo. Pensé que era mejor que me ocupara de otros asuntos.
—Una cosa por la que tengo curiosidad —comenzó Zaknafein—. Dime, ¿cómo conseguiste que Arathis Hune entrara en ese callejón esa noche?