14. Si solo #3
«Alguien a quien no quieres hacer enfadar», oyó Zaknafein en la cabeza, y entonces cayó en la cuenta.
Ya había oído el nombre de Kimmuriel en relación con la Casa Oblodra, los que hacían la magia mental.
Magia mental, como el estallido invisible que había enviado tanto a Zaknafein como a Arathis Hune al suelo.
El mismo tipo que Hune había empleado contra él durante el duelo con Duvon.
Zaknafein se volvió a mirar de nuevo a Jarlaxle y se fijó en el parche del jefe mercenario, mientras se preguntaba si habría alguna manera de tomárselo prestado solo el tiempo suficiente para un único ataque.
Dab’nay seguía mirando el agua negra del cuenco de escrutinio, lo que traicionaba su estado nervioso.
Había arreglado la pelea para ganarse el favor de la Matrona Soulez, que estaba tratando de proteger a Uthegentel.
El enorme maestro de armas de la Casa Barrison Del’Armgo llevaba tiempo observando a Zaknafein, por lo que se decía.
Dab’nay no había tratado mucho a Uthegentel, pero con solo ese somero conocimiento de ese hombre ya tuvo claro por qué Soulez estaba tan interesada en librarse de Zaknafein.
Eso no solo heriría a la Matrona Malicia Do’Urden, siempre tan ambiciosa, sino que impediría que el valioso Uthegentel luchara contra él, una pelea que posiblemente ganaría el primero, aunque no se podía asegurar.
¡Qué desastre sería para Soulez Armgo si Uthegentel cayera ante Zaknafein!
Dab’nay miró a la matrona, que también seguía mirando hacia el agua oscura y no parecía estar muy contenta.
—¿Qué crees que puede haber pasado, Matrona? —se atrevió a preguntar Dab’nay.
La Matrona Soulez clavó la mirada en la sacerdotisa.
A pesar de su posición, Dab’nay creía que Soulez no era mucho mayor que ella.
Pero no había ninguna duda de su poder relativo.
Dab’nay aún estaba aprendiendo lo básico de su religión, mientras que Soulez era una poderosa suma sacerdotisa y ya una matrona.
Y Soulez jugaba al juego de Menzoberranzan mejor que casi todos: su casa no era claramente ambiciosa como la Casa Do’Urden, pero los Armgo seguramente sentarían a su matrona en el Consejo Regente antes, y, sin duda, Soulez estaba destinada a ocupar un asiento más importante en el consejo del que Malicia Do’Urden podría aspirar jamás.
Si las dos casas alguna vez iban a la guerra, Malicia seguramente estaría muerta al cabo de una hora.
Si Zaknafein no estaba ya por ahí para intervenir.
Él podría hacer que fueran dos horas.
El agua comenzó a removerse de nuevo, finalmente, y volvió a mostrar el callejón.
El callejón vacío.
—No hay sangre —observó Dab’nay.
—Irás a averiguar qué ha sucedido —le ordenó Soulez—. Inmediatamente.
Dab’nay se removió nerviosa. No tenía ni idea de cuál de los dos seguiría vivo o si ambos lo estarían.
No tenía ni idea de si alguien había intervenido, quizá alguien que se hubiera enterado de sus visitas a la Casa Barrison Del’Armgo y con eso hubiera adivinado su papel en la organización de esa pelea.
Arathis Hune sin duda la mataría si se enteraba de eso.
Zaknafein tal vez no la mataría, pensó, pero en cierto modo eso podría ser incluso más doloroso.
Porque en ese momento se dio cuenta de que lo amaba.
Y, sin embargo, lo había organizado para que, muy posiblemente, lo mataran.
Dab’nay pasó la mirada de la imagen en el cuenco de escrutinio a la Matrona Soulez.
Esa mujer le había ofrecido tanto…, demasiado para que ella lo pudiera rechazar.
Sin importar quién ganara la pelea, Dab’nay ascendería en el Bregan D’aerthe por medio de la simple eliminación del que estaba sobre ella, pero Soulez también le había prometido un lugar en la Casa Barrison Del’Armgo.
Se convertiría en sacerdotisa de una poderosa Casa y una a la que Dab’nay no podía evitar respetar, sobre todo por cuán expertamente la Matrona Soulez la había mantenido lejos del tipo de atención que podía llevar al desastre.
Una razón por la que no demostraban su poder, y también la razón que les daba gran parte de ese poder, era el modo en la Casa de Soulez empleaba a sus hombres, en concreto, cómo conseguía fuerza de sus guerreros y magos y no de su clero, que era poco impresionante.
Las arrogantes matronas de las otras casas no podían comprender, o no quería admitir, el poder de la Casa Barrison Del’Armgo sin el adecuado equilibrio de sacerdotisas.
Y, sin embargo, a pesar de su bajo rango aparente entre las casas, infravalorar a Barrison Del’Armgo podía ser un peligro para las otras matronas.
Teniendo en cuenta todo eso, ese camino le resultaba muy atractivo a Dab’nay.
Si podía entrar en la casa, su competencia en el altar sería parecía a la que había tenido en la Casa Tr’arach, una aún menor A parte de la Matrona Soulez, y quizá su prometedora y joven hija Mez’Barris, había poco poder divino que pudiera oponérsele.
Sí, a Dab’nay le gustaría eso. Y volvería a sentirse segura por primera vez desde su tiempo en la Casa Tr’arach.
Volvió a mirar el cuenco de escrutinio. Gran parte de ella esperaba que Zaknafein hubiera ganado la pelea y hubiera matado a Arathis Hune.
Pero una parte aún mayor esperaba que se hubieran matado el uno al otro.
No quería admitirlo, ni siquiera a sí misma, por lo que se repitió muchas veces que en Menzoberranzan no había sitio para el amor, y menos para el honor. Incluso si Zaknafein no había muerto a causa de su intromisión, ¿cuánto tiempo podría sobrevivir?
Y cuánto tiempo sobreviviría ella, se preguntó mientras partía de la Casa Barrison Del’Armgo.
Era una pregunta que se plantearía de nuevo poco después, cuando fue al Micónido Supurante y se enteró por el tabernero Harbondair que tanto Zaknafein como Arathis Hune habían salido por su propio pie de aquel callejón debido a la intervención del mismísimo Jarlaxle.
Dab’nay se retiró inmediatamente a una de sus muchas habitaciones repartidas por toda la ciudad y allí se quedó durante varios días, incluso invocando su propia comida y bebida para no acercarse a ningún asesino potencial.
Revisó todas las posibles situaciones que se le ocurrieron, dado el desastre del fracaso en el callejón.
¿Intentaría matarla Zaknafein? ¿Lo haría Arathis Hune?
¿O la Matrona Soulez? Debía estar preparada para las primeras dos eventualidades, pero no para la última y, sin duda, no para la posibilidad de ambas o de las tres.
Eso agravó su nerviosismo, porque esos dos hombres se plantearían la venganza de formas muy diferentes.
¿Y quién podría saber cómo actuaría la astuta matrona?
Por el momento, sin embargo, eran los dos hombres los que no se sacaba de la cabeza, sobre todo cuando pensaba que quizá ambos hubieran llegado a darse cuenta del papel que ella había jugado y supusieran por qué lo había hecho, y por tanto fueran a por ella a la vez.
Pocos en la ciudad podrían sobrevivir a un firme intento de asesinato por parte de esos dos.
Muchas veces, a lo largo de los cinco días siguientes, Dab’nay se dijo que estaba siendo tonta, que su papel en la pelea había sido algo sin importancia, después de todo, y que lo más seguro era que tanto Zaknafein como Arathis Hune le dieran las gracias, más que culparla, por haber tenido la oportunidad de matar al otro.
Aun así, cuando llamaron suavemente a la puerta en el quinto día de su exilio autoimpuesto, la pobre Dab’nay casi pega un bote.
Se dirigió a la puerta y escuchó.
—No te molestes en abrirla —le dijo una voz a su espalda, y al volverse vio a Jarlaxle, sentado en el borde de su cama—. Solo me he molestado en llamar para anunciarte que tenías una visita.
—Bien hallado, entonces —contestó Dab’nay, tratando de mantener la calma—. Estaba a punto de cenar algo…, me he vuelto muy buena invocando banquetes tan sabrosos como nutritivos. ¿Me acompañas?
—¿Cómo podría rechazar esa oferta? —respondió el siempre cauteloso mercenario.
Dab’nay no había mentido sobre su habilidad de invocar comida y bebida, y conjuró un festín digno del estatus de su invitado al que Jarlaxle añadió su toque personal con una botella vintage de vino feérico sacada de su bolsa mágica.
—Últimamente no se te ha visto por ahí —comentó Jarlaxle, casi en cuanto empezaron a comer—. Me preocupaba quizá haber perdido una poderosa aliada. Bregan D’aerthe no cuenta con muchas de las que poseen poderes divinos, claro.
—Justo eso, claro —contestó Dab’nay, con un poco más de recelo del que pretendía.
Mientras pensaba en su repuesta instintiva y en la expresión anonadada que pudiera tener Jarlaxle como respuesta, se dio cuenta de que, en ese momento, no le importaba.
Quizá ya era hora de que alguien pusiera en su lugar a ese arrogante renegado.
—¿Necesitas una declaración de interés y beneficio mutuo? —preguntó Jarlaxle.
—Ni siquiera sé lo que significa eso —respondió ella. Sabía lo que realmente quería, pero no lo iba a decir. La declaración que Dab’nay quería desesperadamente era de amistad y lealtad. Pero no lo iba a conseguir, y sabía que no podría.
Pocas veces un drow de Menzoberranzan se mostraría así de vulnerable.
—Me alegro de que estés bien, Sacerdotisa Dab’nay. De verdad. —Alzó su vino feérico para brindar con ella.
Ella lo aceptó, incluso chocó su copa con la de él y se dijo que debía darse por satisfecha con eso, porque era más de lo que la mayoría conseguiría de cualquier elfo oscuro.
Además, se lo creía, y hubiera creído a Jarlaxle si este la hubiera llamado amiga , igual que creía que a Zaknafein realmente le importaba.
Mientras tomaba su sorbo, se alegró de que la copa ocultara su ceño, porque se había dado cuenta de que la mujercita cruel con la que se había aliado, la Matrona Soulez Armgo, nunca la vería de ese modo.
Nunca.
—¿Cómo les va a tus dos lugartenientes? —preguntó ella.
—Tres.