14. Si solo #2
—Sabes cómo funcionan las cosas en Menzoberranzan, maestro de armas, así que te advierto ahora, como amigo tuyo, que tengas cuidado. Uno no hace esas acusaciones sin…
—No te las des de mejor que yo y trates de enseñarme cómo opera nuestra gente. Soy bien consciente de lo que digo. Pero que sepas esto: solo te hago la acusación a ti, abiertamente y solo aquí de pie ante ti.
—Una acusación que niego.
—Claro que lo niegas, pero, por mi experiencia, la mayoría de los tramposos también son mentirosos.
Arathis Hune soltó una risita.
—Había cien ojos sobre esa pelea. ¿Qué podría haber hecho yo…?
—Quavylene Oblodra —le interrumpió Zaknafein.
La expresión de Arathis Hune cambió drásticamente en ese momento, y de repente pareció muy poco interesado en responder.
Ambos se dieron cuenta de que no había nada más que decir.
Ambos desenfundaron sus armas; Zaknafein, dos espadas; Arathis Hune, una espada y un cuchillo largo.
Zaknafein avanzó rápidamente, haciendo que su oponente alzara las armas.
Corrió hacia la derecha y saltó sobre la pared del callejón, luego inmediatamente saltó hacia el otro lado con una voltereta lateral y aterrizó con los pies firmes, doblando las piernas para absorber el impacto y redirigirse hacia delante para acabar la carga que había comenzado.
Pero Arathis Hune ya no estaba frente a él, porque había seguido sus saltos a ambos lados con los ojos y la postura.
Tuvo que hacer una parada cruzada con la espada, moviéndola de derecha a izquierda para interceptar el tajo descendente de la espada derecha de Zaknafein.
Luego, dio un ligero giro para enganchar la espada de Zaknafein antes de deslizarla rápida y secamente hacia el otro lado.
Entonces, sorprendió al maestro de armas al no completar el bloqueo de regreso con esa espada contra la estocada de la segunda de Zaknafein.
En vez de eso, Arathis Hune pasó la mano derecha bajo las espadas enzarzadas y su cuchillo paró limpiamente la de Zaknafein, que torció con un tajo hacia el interior mientras volvía la cadera hacia el otro lado.
Arathis Hune había escapado del ataque inicial, y corrió dos zancadas para saltar contra la pared trasera del callejón en un ángulo tal que su segundo salto lo llevó hacia la pared, a la izquierda de Zaknafein.
De allí, hizo que su tercer salto, al que añadió una apretada voltereta, le llevara junto al punto, pero en ese momento hacia un lado y listo para tomar la iniciativa.
Pero Zaknafein ya no estaba allí.
Porque, cuando Arathis Hune inició su retirada, Zaknafein había medido instantáneamente los ángulos y saltos más probables que el otro habría planeado, y así había corrido y saltado desde la pared de la derecha hacia lo alto y se había cogido a un saliente.
Después, había saltado de nuevo aún más arriba desde ese punto, lanzando su espada derecha al aire mientras agarraba lo alto del marco de la puerta con la mano derecha para comenzar un arco que le envió de nuevo hacia la pared trasera.
Finalmente, rebotó en lo alto y dio una voltereta hacia atrás.
Se fijó en el avance de Arathis Hune mientras ejecutaba ese movimiento y encogió las piernas para calcular adecuadamente su propio aterrizaje.
Tocó suelo menos de un segundo después que Arathis Hune y apareció de repente ante el confuso hombre.
Zaknafein detuvo su espada descendente en lo alto mientras su izquierda se movía con rapidez para alinear la espada y la daga de su oponente, manteniéndolas demasiado bajas para poder desviar el golpe por arriba.
Y, así, Zaknafein le tuvo a su merced.
—El maestro de armas Do’Urden podía haber conseguido una gran ventaja si hubiera cargado directamente en vez de comenzar a charlar con su enemigo —dijo la Matrona Soulez Armgo a su visitante.
Las dos mujeres miraban hacia un cuenco escrutador de agua quieta para observar los acontecimientos que se desarrollaban en el callejón prescrito.
—Zaknafein no haría eso —le contestó Dab’nay Tr’arach a la poderosa matrona. Se removió nerviosa, pensando, y no por primera vez, si habría cometido un terrible error—. Es demasiado honorable.
—Demasiado estúpido, querrás decir. No sobrevivirá mucho tiempo. La Matrona Malicia sin duda se ha conseguido un gran luchador, pero a no ser que se convierta en un gran asesino, pronto solo será otro cadáver pudriéndose.
Dab’nay estuvo a punto de replicarle, pero se contuvo y simplemente asintió con la cabeza.
Intentó no hacer ninguna mueca que pudiera revelar sus emociones hacia Zaknafein, pero en su interior el estómago se le retorcía de ansiedad.
Era más doloroso de lo que había creído posible cuando había aceptado el trato que le ofrecía la Matrona Soulez, y había arreglado sigilosamente esa pelea.
Se centró en las imágenes que mostraba el agua mágica y observó a su magnífico amante peleando con un oponente capaz por segunda vez en una semana.
Por muy magnífico que Zaknafein hubiera sido contra Duvon, en ese momento, con más espacio y menos observadores, lo vio en toda su gloria, saltando, rotando, cayendo en línea para el siguiente ataque.
Dab’nay comenzó a respirar un poco más tranquila, cada vez más segura de que Arathis Hune no podría derrotar a Zaknafein.
Pero, entonces, inesperadamente, la imagen parpadeó y se volvió negra.
Zaknafein se lanzó a matar, con su espada dirigida perfectamente al cráneo del asesino.
Pero, entonces, Zaknafein recibió un golpe; lo sintió como si un gordo rothé le hubiera pateado. Su sensibilidad lo abandonó, sus pensamientos se enmarañaron y se le fueron por sacudidas tangentes. Trató de alzar las espadas defensivamente, pero se dio cuenta de que ni siquiera seguía sujetándolas.
Eso fue un gran sobresalto, porque comprendió que estaba impotente y desesperadamente vulnerable.
Se tambaleó hacia un lado, hacia la pared trasera del callejón, pero ni siquiera pudo controlar los músculos lo suficiente para mantener el equilibrio y se desplomó, esperando a que Arathis Hune se alzara sobre él y lo hiciera pedazos.
Pero cuando por fin se situó, sentado contra la pared, se dio cuenta de que su rival también había sido alcanzado. Arathis Hune estaba de cara a la entrada del callejón, dando pasos inseguros, tratando de mantenerse en pie, pero sin éxito, porque se desplomó sobre las piedras.
Zaknafein oyó el golpe seco de la cara de Arathis Hune estrellándose contra el suelo de la caverna. No le encontraba ningún sentido a eso, a nada de eso, hasta que miró más allá de Arathis Hune y reconoció una silueta caminar tranquilamente por el callejón.
Jarlaxle se inclinó delante de Arathis Hune, le cogió las armas y las lanzó hacia el otro extremo del callejón. Luego Jarlaxle agarró las espadas de Zaknafein, las hizo rodar en las manos y las alzó en guardia.
Zaknafein seguía grogui y aún estaba tratando de asimilar lo que ocurría ante él, fuera lo que fuera.
—No era… —oyó decir a Arathis Hune, con una voz rasposa y entrecortada, mientras él también trataba de recuperarse de lo que fuera que los había golpeado a los dos.
—No me importa —replicó Jarlaxle, con severidad—. Os he dejado muy claro a los dos lo que pienso sobre esto.
—Zaknafein me atacó —explicó Arathis Hune, con una voz que se iba volviendo más firme.
—Ve a buscar tus armas y márchate —le ordenó Jarlaxle—. Sal del callejón, sal del Braeryn. Tú y yo nos encontraremos mañana cuando la luz de Narbondel comience de nuevo a brillar.
Arathis Hune estuvo a punto de replicar, pero Jarlaxle le interrumpió con un «¡Vete!».
Zaknafein consiguió incorporarse y miró por el callejón, observando a su enemigo alejarse y a otro drow, que no conocía, acercarse y cruzarse con el asesino sin ningún tipo de saludo, por lo que Zaknafein pudo ver.
—Y tú —dijo Jarlaxle, dirigiéndose al socio desconocido—. ¿Qué voy a hacer con Zaknafein?
—Ya lo has hecho —le recordó Zaknafein—. Porque Zaknafein es Do’Urden, no Bregan D’aerthe.
Jarlaxle suspiró.
—Tú eres de los que apuestan —continuó Zaknafein—. Otro combate. Mete a ese horrible Hune en el callejón y no apuestes contra mí. En este, te lo prometo, no apuestes contra mí.
—Ya hemos hablado de eso —replicó Jarlaxle.
Zaknafein miró al drow recién llegado, un hombre muy joven al parecer, que se quedó a unos cuantos pasos por detrás de Jarlaxle y parecía estar bastante aburrido de todo eso.
—Los dos me sois muy valiosos —dijo Jarlaxle, mientras llamaba de nuevo su atención—.
Más valiosos que unos cuantos sacos de monedas de oro.
Los tres tenemos muchos años de creciente poder ante nosotros, amigo mío, y que estéis tratando de mataros el uno al otro representa un importante obstáculo en mis planes.
—¡Al Abismo con tus planes! Intentó matarme. ¡Haciendo trampa! Si Arathis Hune se hubiera salido con la suya, yo habría muerto a manos de Duvon.
Jarlaxle se encogió de hombros.
—Somos drow. Así es como lo hacemos. Matamos cuando vemos que nos reporta algún beneficio.
Pero si uno de vosotros dos muere, aquí nadie ganará nada.
Quizá Arathis Hune aún no acabe de comprender el verdadero poder de Bregan D’aerthe, pero acabará viendo lo que nos beneficia tener a Zaknafein de nuestro lado.
—Eres un imbécil muy listo —replicó Zaknafein. Y trató de no mostrar su rabia en el tono de sus palabras—. Y más imbécil todavía cuando crees que estás siendo el más listo.
—Te lo repito, somos drow. ¿Aún no te has dado cuenta de lo que eso significa?
—Dime, Jarlaxle, ¿qué significa? ¿Que debemos esperar el engaño y la traición? ¿Que no se puede confiar en ninguno de nosotros?
—¡Sí a ambas!
—Sin embargo, tú me pides que confíe en ti —continuó Zaknafein, y Jarlaxle, por una vez pareció no saber qué decir.
Detrás de Jarlaxle, el joven soltó una risita despreciativa.
—¿Quién eres? —preguntó Zaknafein, molesto.
—Este es Kimmuriel —contestó Jarlaxle.