14. Si solo
S I SOLO
A ÑO DEL F ALSO A CUERDO
Dab’nay se despertó de su profundo sueño, removiéndose entre las gruesas y cálidas pieles.
No abrió los ojos, porque quería centrarse solo en la suavidad y el confort.
Sabía dónde estaba: en una silenciosa cornisa de la pared este de Menzoberranzan, un lugar seguro por donde pocos drow pasaban, sobre todo porque la zona apestaba al hedor de los monstruos esclavos.
Allí había goblins y kobolds, pero estaban abajo, en sus sucias chozas, y ninguno se atrevería a subir para enfrentarse a una sacerdotisa y a un maestro de armas.
Así que allí, irónicamente, Dab’nay y su amante podían hallar un momento de calma.
Finalmente, se estiró y abrió los ojos, y mientras se le ajustaban a la tenue luz de ese extremo más oscuro de Menzoberranzan pudo distinguir la silueta de Zaknafein, sentado en la cornisa con las piernas colgando, contemplando la ciudad.
Se arrastró hasta él por detrás y le envolvió el cuello y los hombros con los brazos.
—Es bonita, sí —comentó ella. Lejos, a casi unos tres kilómetros, la gigantesca columna de Narbondel mostraba su resplandor de las primeras horas de la mañana, un tono levemente anaranjado en medio de una mar de estalagmitas y estalactitas decoradas con fuego feérico, sobre todo de color azul y lila, pero con todos los colores del espectro presentes.
La gigantesca caverna entera parecía ser algo vivo que respiraba, con las luces que cambiaban de tono e intensidad para satisfacer los gustos estéticos de la exigente matrona de cada casa.
Las grandes casas sobre el Qu’ellarz’orl mostraban los dibujos más magníficos en sus luces acentuadas.
Una fachada serena para la siempre tumultuosa Ciudad de las Arañas, la ciudad dedicada a la Señora del Caos.
A Dab’nay se le ocurrió pensar que cualquiera que entrara en la gran caverna desde ese extremo sin conocer a los drow tendría una primera impresión de Menzoberranzan que seguramente lo mataría o lo esclavizaría.
Exactamente lo que pretendían las matronas.
Nunca antes Dab’nay había considerado que esa apariencia podría ser táctica y no simplemente una bonita decoración. Pero en ese momento, allí, eso tenía todo el sentido.
—Debe ser bonita —contestó Zaknafein, bastante agrio.
—Piensa en el poder que se concentra ahí, entre esas luces y esas sombras —repuso Dab’nay, acurrucándose más—. ¿Quién, aparte de los dioses y los grandes señores de los planos inferiores, podría ir contra nosotros y sobrevivir?
—El poder de construir lo que queramos —admitió Zaknafein—, excepto que estamos tan ocupados matándonos entre nosotros que no nos atrevemos a mirar más allá de nuestros muros. Muros que hemos construido contra nosotros mismos más que contra cualquier intruso.
—Tan ocupados matándonos entre nosotros —repitió Dab’nay, astutamente, con una sonrisita irónica—. Algo que Zaknafein es muy aficionado a hacer, creo recordar.
—De no ser así, hace tiempo que estaría muerto. ¿Y acaso importa? Si yo no las matara, estoy seguro de que encontrarían a otros que ofrecerían sus armas para esa tarea.
—Me pregunto cuántos otros piensan igual —replicó Dab’nay.
—No los suficientes —contestó él—. Y de ese modo se perpetúa, quizá, hasta que nos hayamos matado lo suficiente para dejar que otra gente entre y se vengue de nuestra crueldad.
—¿Nuestra crueldad? ¡Fue su crueldad la que nos puso aquí para empezar!
La risita de respuesta de Zaknafein estaba tan cargada de resignación que Dab’nay se quedó parada.
—Fue Corellon Larethian quien nos traicionó —le recordó Dab’nay—. Corellon, que es el dios de los elfos de los mundos de la superficie, fue el que nos entregó a Lloth, nos entregó como si fuéramos un rebaño de rothés.
—Sin embargo, tú amas a Lloth —replicó Zaknafein.
Dab’nay supo que su vacilación seguramente sería muy reveladora, pero la había cogido realmente desprevenida y no pudo reaccionar con suficiente rapidez.
Amor no era la palabra que ella usaría para describir sus sentimientos hacia la Reina Araña.
Temía a Lloth y comprendía su obligación para con ella, por lo que le era devota, porque de ser de otro modo en Menzoberranzan representaba ser abandonada y seguramente estar pronto muerta.
—¿Acaso la mayoría de la gente de cualquier raza no ama a sus diosas? —preguntó, tratando de encontrar algún modo de apartarse de esa incómoda discusión, sobre todo con alguien tan directo y cínico como Zaknafein Do’Urden.
—¿Lo hacen? ¿O aman tener mitigado su temor a la muerte?
—La devoción es más que miedo —insistió ella.
—Puede serlo, pero con la idea de los dioses y una vida después de la muerte supongo que generalmente no es así —replicó Zaknafein—.
El miedo a la muerte es demasiado prevalente, como lo es el miedo a no volver a ver a aquellos a los que amamos.
—Soltó otra de sus risitas de impotencia, cargada de resignación y veneno—.
Pero, claro, tenemos tanto miedo que no nos atrevemos a amar, ¿no es así?
Dab’nay hundió el rostro en el pelo de Zaknafein y no contestó. Al menos, no con palabras, pero él notó sus sollozos y eso tuvo que bastarle.
—Estamos todos atrapados —susurró él a la ciudad y a sí mismo, pero ella supo que no específicamente a ella—. Hemos sido gobernados por el miedo durante tanto tiempo que tememos tener miedo.
—Lloth nos enseñó que somos superiores —dijo entonces Dab’nay, porque sí que tenía miedo de ese momento, miedo de que incluso una conversación así le hiciera perder el favor de la Reina Araña.
Una sacerdotisa sin ese favor, incluso una que ya no tenía el título oficial, sería realmente vulnerable—.
¿O preferirías que nos arrastráramos bajo los malvados elfos o nos inclináramos en las minas de los apestosos enanos o les suplicáramos su aceptación a los estúpidos humanos de corta vida?
—No, claro que no —contestó él, y Dab’nay oyó colársele un cierto sarcasmo—. Mejor que nos aferremos a un agravio que ha ido pasando de generación en generación, sobre un incidente que puede haber ocurrido o puede que no, y que quizá o quizá no de la manera en que se nos ha ensañado.
—Blasfemia —susurró ella con una seria advertencia.
—Pero ¿lo es? ¿Iría contra los edictos de la Reina Araña que la Madre Matrona Bruenor, o cualquier otra matrona, modificara ligeramente la propia historia de la raza élfica para su propio beneficio? —respondió Zaknafein.
Era una pregunta que Dab’nay se había hecho para sí muchas veces y que suponía que casi todos los drow se habrían formulado muchas veces.
—Prisioneros —susurró Zaknafein—. Todos nosotros, en jaulas que nos hemos construido nosotros mismos.
—¿Es la vida tan mala contigo, Zaknafein? —preguntó ella, y le abrazó con más fuerza mientras le hundía el rosto en el cuello—. Pensar eso ahora, en este momento en concreto…, bueno, la verdad, me haces daño.
Eso le hizo sonreír y ella se alegró de verlo. Ambos guardaron silencio y se quedaron contemplando el bailoteo y el resplandor de los fuegos feéricos de Menzoberranzan, disfrutando de la silenciosa belleza.
Aunque supieran que era una mentira.
Solo un par de días después, Zaknafein se metía en un callejón oscuro del Braeryn. Pensó que era un estúpido por ir allí, solo por lo que le había dicho Dab’nay, y supuso que estaba caminando hacia su fin.
Pero el premio era demasiado grande para pasarlo por alto.
Al final de un paseo recto entre dos estructuras, rodeó cuidadosamente una estalagmita que formaba la esquina derecha del torcido callejón y miró hacia delante.
Esa segunda sección también estaba vacía, y aunque el camino variaba de anchura, no era suficiente para crear ningún recoveco oculto.
Zaknafein no conocía de antes ese lugar, pero ya había rodeado los edificios y las estalagmitas que formaban esa red de callejones y estaba seguro de que, si el premio estaba esperando, se hallaría tras aquella segunda esquina.
Avanzó tan silencioso como la muerte. Miró al otro lado.
Ahí se hallaba, a solo diez pasos, apoyado en la pared del callejón, con una puerta a la izquierda para tener una salida rápida.
Zaknafein sabía que podía convertir esto en una emboscada, viendo la postura del hombre. Arathis Hune no tenía ningún arma en las manos. Estaba esperando a alguien, pero no a Zaknafein. No, estaba esperando a Dab’nay, y por eso no tenía razón para estar demasiado alerta.
Si torcía la esquina en plena carga, Zaknafein tendría la iniciativa y, como era superior a Arathis Hune, sería fácil que la lucha acabara incluso antes de comenzar realmente.
Pero Zaknafein negó con la cabeza y caminó normal, abiertamente, con las armas envainadas para enfrentarse a su enemigo.
La expresión de Arathis Hune reveló su sorpresa. Se apartó de la pared para erguirse, mientras se llevaba las manos a los costados.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Esperabas a otra persona? —repuso Zaknafein.
—O no estaba esperando a nadie.
—¿Vienes aquí para meditar sobre el sentido de la vida?
Arathis Hune lo miró ceñudo.
—¿O quizá para pensar en el engaño que guía cada uno de tus movimientos? ¿La traición que te llena el corazón? ¿La incapacidad de distinguir entre amigo y enemigo?
Zaknafein continuaba caminado mientras hablaba, y se detuvo a tres pasos del otro hombre.
—¿Qué baba te cae de los labios, Zaknafein? —preguntó Arathis Hune.
—¿Lo niegas?
—Probablemente —respondió Arathis Hune con una risita—. ¿Qué estoy negando?
—Mi pelea con Duvon Tr’arach —contestó Zaknafein— no se jugó limpiamente.
—¿Por el juego? Las apuestas fueron abiertas y, para muchos de nosotros, bastante provechosas.
—Limpia —reiteró Zaknafein—. Duvon hizo trampa, o alguien hizo trampa por él.
—Pues no lo hicieron muy bien —replicó el hombre, secamente.
—Por lo que he oído, a Arathis Hune no le fue tan bien con sus apuestas —soltó Zaknafein.
—Pregúntale a Jarlaxle por las bolsas de oro que le llevé.
—El oro de Jarlaxle. ¿Qué hay del tuyo?
—¿Y por qué iba a importarle eso a Zaknafein?
—Porque alguien hizo trampa a favor de Duvon.
—¿Me estás acusando?
—Sí.