Ilimitado (Generations 2) 13. En las sombras #2
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13. En las sombras #2

Cuando completó el giro y quedó de frente al solado que atacaba, y más en concreto, al escudo que el soldado ponía por delante, Dahlia dejó escapar el nunchaku y lo lanzó hacia delante como una serpiente que ataca.

Ese también liberó toda la carga contenida al conectar con el escudo, y tan potente y concentrado fue el golpe, tan directa la liberación del rayo, que el nanchaku atravesó el escudo, atravesó el antebrazo que sujetaba el escudo y atravesó la armadura del soldado, y detuvo bruscamente al fornido guerrero e incluso lo envió volando hacia atrás.

Regis se alzó, se soltó la pierna y bajó rápidamente por la pared del edificio.

Corrió más allá de Dahlia, que lo observaba con curiosidad, hasta los dos guerreros que habían sido estrangulados por los espectros, quienes aún seguían tirando de las cuerdas que rodeaban los cuellos de sus víctimas, cuerdas que habían sido las hojas serpiente laterales de la daga mágica de Regis.

Este conocía el profundo secreto de esos espectros y lo empleó en ese momento: pinchó a uno después del otro con su florete y ese simple toque hizo que el monstruo desapareciera.

Ninguno de los soldados tendidos se movió; el halfling no sabía si estaban inconscientes o muertos, pero no tenía tiempo de comprobarlo.

—¡Corre! —le dijo a Dahlia, que se hallaba bajo la ventana rota con su bastón de nuevo unido en toda su longitud—. ¡No! —añadió cuando pareció que ella se disponía a regresar por la ventana.

Como para darle la razón al halfling, en ese momento, una bestia demoniaca gruesa y chaparra apareció por la ventana y le lanzó a Dahlia una pesada piedra de la pared. La ágil elfa saltó hacia un lado y esquivó por los pelos la pesada piedra, que se estrelló contra los adoquines.

—¡No puedo abandonarle! —le gritó a Regis.

—No le podemos servir de nada si estamos muertos —contestó el halfling.

Les llegaron gritos desde ambos extremos del callejón. En la ventana, aparecieron más demonios lanzando piedras.

Ambos corrieron al otro lado; Regis saltó sobre el muro del edificio y comenzó a escalarlo; Dahlia colocó su palo entre dos adoquines y se impulsó hacia arriba hasta llegar al primer balcón.

Flechas y piedras los persiguieron por la pared del edificio. Regis llegó primero al tejado y tiró de Dahlia tras él mientras corría.

—A Yasgur —le dijo Dahlia; ese era el nombre de una casa franca que todos los de Bregan D’aerthe y Casa Topolino conocían.

Ella se movió hacia un lado, corrió por el tejado, saltó al contiguo y luego hasta el final de ese, donde encajó de nuevo la Aguja de Kozah e, impulsándose en un gran salto, cruzó la ancha calle para caer en un tejado distante, donde se incorporó y siguió corriendo.

Regis pensó que era un salto impresionante, pero no podía parar para admirarlo, porque también estaba corriendo por su vida. Oyó gritos abajo y detrás, y pesados pasos de botas de armadura sobre los adoquines de las calles.

No podía correr más que ellos. Pensó en usar su gorra mágica para disfrazarse, pero era muy temprano por la mañana y las calles estaban desiertas. ¿Qué aspecto podría adoptar para engañarlos?

Llegó a lo más alto de un tejado y se dio cuenta de que se estaba quedando sin camino, porque los edificios ahí estaban más apartados y no podía seguir saltando de tejado en tejado.

Fue hacia una chimenea cercana, que era demasiado estrecha para que pudiera meterse dentro. Descolgó la bolsa mágica del cinturón, la dejó sobre los ladrillos y la abrió todo lo que pudo.

Un momento después, esa bolsa caía en el hogar de una casa privada de Aguas Profundas.

Con su habilidad para el salto y su palo, Dahlia se alejó de los perseguidores en un momento.

Bajó a la calle y retrocedió con la intención de rodear a los soldados por detrás y de regresar a la habitación y a Entreri.

Volvió a los tejados y se acercó en un ángulo que le permitía ver la ventana, ahora en la oscuridad.

¿Podría llegar allí?

Estaba considerando cómo hacerlo, decidida a intentarlo, cuando vio la procesión.

Dahlia se echó hacia atrás, tratando de recuperar el aliento.

Bajo ella, marchando por el callejón, pasaba una hueste de soldados que supuso que serían soldados Margaster, junto a un cuarteto de criaturas demoniacas, gruesas y bajas como los enanos; cada una de ellas sujetaba un palo de una litera que contenía la cosa que se había desenrollado sobre ellos en la habitación, y que en ese momento estaba envuelta formando la escultura fecal de un tulipán cerrado.

Dahlia sabía lo que había en el interior de esa flor repugnante y letal.

Ese día, Foresby Young tenía mucho trabajo. El arquitecto había recibido el encargo de rediseñar el espacio de almacenaje para un gremio de mercaderes, y querían ver los planos del proyecto esa misma semana.

Fue a su taller, que había sido la sala de estar familiar (y sabía que volvería a serlo en cuanto se le agotara la paciencia a su esposa), y extendió sus pergaminos sobre la mesa de dibujo.

Pensó que le iría bien encender la chimenea.

Siempre le inspiraban las llamas bailarinas de un buen fuego, incluso en los calurosos días de verano.

Cogió un leño de la pila y se agachó para colocarlo, pero se detuvo de golpe.

—¿Qué? —exclamó; dejó el leño en el suelo y acercó la mano a los restos del fuego del día anterior, donde se hallaba una bolsa de cuero—.

Vaya, ¿cómo…? —comenzó a preguntarse mientras la abría, pero el final de esa pregunta se convirtió en un grito ahogado cuando un pequeño dardo salió volando de la bolsa y se le calvó bajo la barbilla.

Foresby trató de gritar, pero no pudo, porque ya se caía hacia atrás, al suelo.

Se quedó profundamente dormido incluso antes de tocarlo.

De la bolsa, del maravilloso saco sin fondo, se arrastró Regis hacia el exterior y respiró bien hondo después de la agobiante estrechez del bolsillo extradimensional.

Miró alrededor, vio que había llegado el alba y luego se dio unos golpecitos en la gorra.

Poco después, una niña humana salía de la casa de Foresby Young.

Correteó, saltó, soltó unas risitas e hizo el tonto como solían hacer los humanos jóvenes, mientras avanzaba decididamente hacia la casa del granjero Yasgur.

Donde Dahlia esperaba.

Zumbidos… Picotazos… Pequeños estallidos de ardiente dolor destellosbrillantesynaranjas…

Me están subiendo por debajo de los calzones, mordiéndome, miles de avispas, mil miles, incontables. Demasiadas .

¡Diogdisdios, ah! ¡En la boca! Están en… ¿Por qué no puedo moverme?

¡Avisas! ¡No avispas!

Ardientedolordestellosbrillantesynaranja… matadme. Matadme, por favor .

Dahlia… Dahlia…