13. En las sombras
E N LAS SOMbrAS
Regis no estaba seguro de si el intruso era un ser vivo o algún tipo de trampa, o incluso una combinación de ambos.
Parecía un montón de heces sujetas por telarañas que se desenrollaba como una tira cortada de tierra.
Con cada revolución, el intruso también se sacudía por los costados, creciendo, llenando la habitación.
El halfling no sabía muy bien hacia dónde ir. Se levantó de la silla, se dirigió a la izquierda, luego a la derecha y, entonces, se dio cuenta, horrorizado, de que había sido demasiado lento. ¡Y Dahlia también!
Artemis Entreri le dio directamente en el pecho, con un potente agarrón y empellón que envió a Regis rodando hasta el fondo de la habitación, hasta estrellarse contra la pared que daba al exterior, justo debajo de la ventana.
Al principio, este pensó que el asesino se había vuelto en su contra, pero entonces Dahlia también llegó volando, después de otro empujón de Entreri.
Este pegó un bote para subirse a la mesa, mientas la cosa monstruosa se acercaba rodando; luego saltó en la única dirección que podía, hacia arriba, y la bestia o la trampa o la telaraña, o lo que fuera eso, pasó rodando por debajo de él.
Entreri se agarró a una viga y se alzó todo lo que pudo, apenas por encima del lodo envolvente.
La cosa abisal rodó sobre la mesa. Entonces, la madera de las sillas y de la mesa comenzó a humear y se disolvió inmediatamente.
—¡Sal! ¡Sal! —gritó Dahlia a Regis, y rompió la ventana y las contraventanas con su vara metálica.
—¡Vete! —le dijo Regis, valientemente, mientras desenfundaba su florete, aunque no tenía ni idea de lo que este podría hacer contra esa cosa de lodo.
De todas formas, no importaba, porque Dahlia no iba a aguantarle esa tontería.
Antes de que Regis pudiera darse cuenta, lo agarró por el hombro y lo lanzó por la ventana.
Por segunda vez en cuestión de segundos, alguien lo había tirado, e incluso mientras se agarraba al alfeizar en el último instante, evitando así una caída de cinco metros, comenzó a fastidiarle que le fueran tirando así.
Comenzó a gritarle a Dahlia, pero cuando oyó el alarido se dio cuenta de que esta le había hecho un gran favor.
Rápidamente envainó su florete y, haciendo honor al apodo que le habían puesto de niño, comenzó a moverse como una araña por el muro, y se fijó que otras formas sombrías rondaban por las salidas del callejón.
—¡Salta! —le gritó Dahlia a Entreri mientas Regis caía por la ventana.
Al ver el apuro en que se hallaba su amante, que se encontraba colgado y casi sin control, con el lodo rodando bajo él, Dahlia saltó de vuelta al centro de la sala y alzó su vara encantada, la Aguja de Kozah.
Asestó un golpe de arco a la cosa, mientras liberaba la energía de rayo contenida en esa poderosa arma, que estalló entre el lodo y las telarañas; pero si con eso le causó algún daño, o incluso si se trataba de una cosa con vida, no se demostró de ninguna manera.
Peor aún, el impacto despidió lodo por los aires, la misma sustancia ácida que había derretido la mesa. Dahlia retrocedió cuando le alcanzó en el rostro, que la quemó y le nubló la visión.
—¡Artemis! —gritó desde la ventana.
—¡Sal! —le contestó él, y agarrando la viga con ambas manos el asesino comenzó a balancease.
Dahlia lo entendió inmediatamente, porque ya antes había sido testigo de la habilidad acrobática de Artemis Entreri y estaba segura de que él saldría por la ventana justo tras ella.
De todas formas, no tenía otra alternativa, porque el moco lodoso continuaba desenrollándose y ya casi llenaba toda la habitación. Lo único que podía hacer Dahlia era salir de allí.
—Ahora —le gritó a Entreri, mientras se lanzaba por la ventana rota.
Pero en ese último momento terrible se dio cuenta de que era como si le hablara al lodo, porque mientras ella salía miró hacia atrás y vio a Entreri en su último balanceo.
Entonces, justo antes de que este se soltara, la criatura de lodo se fue hacia arriba, con todo su perímetro alzándose en la habitación igual que algún tipo de trampa gigantesca.
Entreri saltó e inmediatamente Dahlia lo perdió de vista, tragado por el monstruo de lodo, envuelto por él; el asesino cayó al suelo en el interior de una especie de capullo de heces hediondas, lodo y telarañas.
Dahlia trató de agarrarse al cristal, intentó detenerse y volver adentro para salvar al hombre que amaba.
Pero no pudo cogerse, y empezó a caerse, arañando el muro del edificio en busca de algo que pudiera aminorar su caída, mientras lanzaba maldiciones y negaciones hasta llegar al suelo.
Cayó con fuerza, pero consiguió rodar sobre sí misma para absorber el impacto y evitar grandes daños.
Pensó en escalar la pared para volver a la habitación, pero antes de que pudiera comenzar, con las manos arañadas y en carne viva por la caída, la rodilla amoratada, un ojo hinchado y cerrado y el otro aún empañado, oyó unos pasos que se acercaban y, al volverse, vio soldados armados que iban hacia ella, tres por la izquierda y dos por la derecha.
Pero estaba demasiado magullada, desorientada y cegada para siquiera pensar en huir, así que Dahlia deslizó la mano hasta uno de los resortes de la Aguja de Kozah y la vara metálica se dividió en dos trozos, uno para cada mano.
Un segundo movimiento hizo que cada uno de esos se dividiera por la mitad y cada mitad quedara unida por una fina cadena de fuerte metal.
En el mismo proceso, fluido y especial, hizo rodar esos nanchaku en amplios círculos, moviéndolos de un lado al otro, por todas partes, con la esperanza de contener a los soldados el tiempo suficiente para recuperarse de la caída.
Pero los tres a su derecha exigieron toda su atención y, cuando por fin los había hecho retroceder lo suficiente para girarse hacia el otro lado, ¡los de ahí ya estaban demasiado cerca!
Pero de repente ya no estaba. Uno voló hacia atrás; luego, el otro cayó al suelo, cada uno con una aparición fantasmal de grotesca sonrisa alzándosele detrás, los espectros apretando cables con los que los estrangulaban arrebatándoles la vida.
Dahlia no entendió esa chocante escena en ese momento de confusión, pero tampoco dudó y se tiró hacia la izquierda, rodó por el suelo y se levantó justo ante los pies de los dos soldados desesperados, que no paraban de sacudirlos.
Los otros tres volvieron a por ella, pero la del medio se cayó de rodillas y luego al suelo cara abajo, con un pequeño dardo que le sobresalía de la nuca.
Una rápida ojeada más allá de la soldado caída respondió a las preguntas de Dahlia, porque allí, apoyado en un balcón del edificio adyacente, mirando por entre unas prendas colgadas para secarse, acertó a ver la gorra azul de Regis.
De algún modo, el pequeñajo había abatido a tres de sus atacantes en un momento, lo que dejaba solo dos a Dahlia, que ya se había sacudido el dolor en los ojos y de nuevo hacía girar sus nanchaku.
Regis miró hacia un lado, hacia la ventana rota, luego abajo, a Dahlia, y más allá de ella, al final del callejón. Sabía que estaban llegando más enemigos, seguramente desde todas las direcciones. Tenía que largarse, y rápido.
—Es hora de ser un héroe —susurró el halfling, y desenvainó su florete, la magnífica espada que había pertenecido al gran Pericolo Topolino. Miró abajo y luego esbozó una gran sonrisa al observar la cuerda de tender colgada en el balcón.
Saltó, la cogió, la cortó con un diestro golpe de su espada y cayó sujeto a ella; el galante héroe mediano volaba para rescatar a Dahlia.
Llegó demasiado alto, y su florete ni se acercó a los oponentes que se enfrentaban a Dahlia. Pasó oscilando de nuevo, y casi se cae de la cuerda al intentar mejorar el ángulo del movimiento pendular.
Pero, no, su segunda pasada no fue mejor, y el ángulo de retorno lo hizo rascarse contra la pared, lo que detuvo el impulso y lo dejó colgando a unos tres metros del suelo y lejos de donde luchaba Dahlia.
El halfling consiguió ponerse cabeza abajo, con la pierna enganchada en una espiral de la cuerda.
Devolvió el florete a su funda y trató de colocar una saeta en su ballesta, ¡lo que, en su posición, no resultaba una tarea fácil!
—Aguanta —imploró en silencio, mientras miraba hacia Dahlia, nervioso.
Y, entonces, casi se echa a reír al darse cuenta de que la mujer no necesitaba más ayuda de él.
Giraba entre sus asaltantes, con los nanchaku rodando para golpear contra sus armas y escudos, y luego se acercaba para dales a la vez, y cada golpe de los palos metálicos provocaba un arco de energía que la magia de la Aguja de Kozah creaba y mantenía en forma de rayo.
Dahlia hizo girar furiosamente esas extrañas armas por encima de la cabeza, mientras se acercaba rápidamente y se volvía hacia la izquierda, al mismo tiempo que bajaba el brazo izquierdo de repente, en un potente revés que envió su nanchaku contra el escudo del soldado más cercano.
Y ahí Dahlia liberó la energía, una repentina explosión que dobló el escudo y envió al pobre soldado volando por el estrecho callejón hasta estrellarse contra el muro.
Regis lanzó un gritó, tratando de avisar a Dahlia del ataque del soldado que quedaba.
Sin embargo, Dahlia continuó con su giro y eso dejó a su nanchaku izquierdo barriendo ante ella de nuevo, mientras que el derecho comenzaba un giro vertical que lo hizo bajar y acabar bajo su axila, donde lo detuvo apretando el antebrazo con fuerza, mientras rotaba la muñeca derecha hacia abajo, como tratando de liberarlo.