Ilimitado (Generations 2) 12. Olas heladas y fuego demoniaco #4
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12. Olas heladas y fuego demoniaco #4

Y ahí, ante los ojos de Wulfgar, el hombre comenzó a cambiar.

Empezó a encogerse sobre sí mismo, pasando del cuerpo musculoso de un humano a una forma más ligera y parecida a la de un elfo.

El rostro se le volvió muy rojo, y al principio Wulfgar pensó que era la sangre de la furia.

Pero, no, porque toda su piel adquirió un tono marrón rojizo.

Se arrancó la coraza, que ya no le ajustaba, y la tiró a un lado y, finalmente, lo más revelador: un par de alas correosas le salieron de detrás de los hombros para alzarse ancha y siniestramente.

Su tripulación lo vitoreó. Lo habían sabido.

La tripulación del Reliquia de Joen , al menos los pocos que se hallaban en esa otra nave, retrocedieron horrorizados.

Wulfgar miró hacia un lado, pensando en retirarse. Pero vio que no había a dónde correr, porque los esbirros del demonio estaban ganando a los del Reliquia de Joen y parecía estar en control de esa nave tanto como de la que él se hallaba.

Así que Wulfgar cogió Aegis-fang, pensando al menos en matar a esa criatura demonio.

«Estoy contigo —oyó una voz en su cabeza—. Lucha sin miedo. Ataca cuando sea el momento y no temas la hoja de tu oponente.»

Wulfgar no estaba seguro de qué significaba eso, pero había sido testigo de los extraños poderes de Kimmuriel Oblodra las veces suficientes para saber que el drow debía de haber puesto algo retorcido en marcha.

El bárbaro saltó hacia delante, rugiendo el nombre de su dios y acercándose al demonio con una serie de golpes cortos y potentes de su martillo de guerra.

Hizo retroceder a la criatura, y podría haberle derribado y aplastado ahí mismo de no ser por las alas, que se sacudían en el aire y mantenían al demonio en pie; en un momento llegaron incluso a levantarlo de la cubierta, de modo que el bloqueo del golpe de Wulfgar le envió más atrás de lo que el bárbaro hubiera esperado e hizo que este se fuera hacia delante por el impulso.

Intentó retroceder, pero era demasiado tarde, y esa horrible espada flamígera superó el bloqueo de Aegis-fang y descendió con fuerza sobre su antebrazo…

Y no le hizo nada, lo que sorprendió tanto a Wulfgar como al demonio.

No, no nada, se dio cuenta Wulfgar, ya que notó la energía del golpe repicando en su interior y eso le resolvió el misterio.

Porque ese era un truco que Kimmuriel había empleado antes, hacía poco, con Drizzt en Menzoberranzan: creaba una barrera telequinética que absorbía la energía de cada golpe, ya fuera mágico o físico, y la retenía, lista para que la persona con esa armadura mágica la proyectara de vuelta.

Con una feroz sonrisa, Wulfgar cargó con rabia, sin siquiera tratar de defenderse, y recibió los golpes del demonio para alcanzarle él con algunos.

No soltó la creciente energía, no aún, porque deseaba acumular la suficiente para destruir totalmente a ese ser cuando le devolviera sus propios golpes.

Pero se dio cuenta de que eso pasaría antes de lo que se esperaba al notar una saeta de ballesta golpearle en la espalda, sin penetrarle.

La tripulación del demonio cargaba contra él, atacándolo con palos y garfios, espadas y lanzas.

Wulfgar se los quitó de encima con unos golpes de Aegis-fang, mientras trataba de mantenerse centrado en el demonio, pero este lo esquivó con un salto volador, que lo llevó a media cubierta, cerca del palo mayor.

Wulfgar se volvió y cargó, desesperado, porque comprendió que no podría contener toda esa energía durante mucho más rato.

Quizá ni un instante más, porque notaba que la sangre le comenzaba a bullir y supo instintivamente que, si no soltaba toda esa energía cinética, implosionaría en su interior y acabaría con él.

Así que cargó contra el demonio, sin prestar atención a los otros, y saltó lanzándole un potente golpe lateral.

Pero el demonio lo esquivó.

Aegis-fang se estrelló contra el palo mayor y Wulfgar no tuvo más remedio que liberar la energía contenida.

El impacto sacudió ambos barcos; el martillo de guerra atravesó fácilmente el grueso tronco de roble y lo separó por completo de la base, lo que hizo que cayera directamente sobre la cubierta, como una pica gigantesca que lo destrozó todo a su paso, cortó cabos de ambos barcos y se hundió profundamente en el casco.

Después de la sacudida de esa caída, nadie quedó en pie sobre esa cubierta, ni siquiera Wulfgar, pero el demonio, alzado en el aire, había escapado a sus efectos.

El mástil había caído hacia la derecha, hacia el lado contrario del que se hallaba el Reliquia de Joen , crujiendo y chirriando. Las jarcias se partieron, una verga cayó suelta y el mástil resbaló más y escoró la nave a estribor.

Los hombres y las mujeres se resbalaban por la inclinada cubierta; algunos se agarraron a la borda, pero esa no tardo en estar también sumergido. Wulfgar se aferró a la base del mástil y aguantó ahí, hasta que el demonio descendió y le cruzó la espalda con la espada.

La barrera telequinética de Kimmuriel ya no lo protegía, y notó como se le rasgaba la piel, sintió el feroz mordisco de la hoja serrada y notó el letal veneno demoniaco.

Se estaba resbalando, pero casi ni se daba cuenta.

Y, entonces, ya estaba en el agua. Desde algún punto, notó el profundo frío, aunque conscientemente casi ni lo registró.