Ilimitado (Generations 2) 12. Olas heladas y fuego demoniaco #3
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12. Olas heladas y fuego demoniaco #3

Wulfgar sabía que hubiera sido la última acción de su vida, a no ser que se contaran sus intentos por coger aire mientras se hundía en medio de las olas, después de que, por alguna razón que no podía entender, hubiera decidido lanzarse al océano.

Wulfgar se sintió complacido de que Bonnie Charlee no fuera tan tonta como para tirar su vida por la borda, literalmente.

Y esperó que Calico Grimm, cuando se recuperara de su encontronazo frontal, tampoco lo fuera.

Cuando Kimmuriel llegó a la proa junto a Wulfgar, ya resultaba evidente que la nave enemiga comandante había notado su aproximación y estaba virando para enfrentarse a su carga.

—Su espada es una hoja demoniaca —advirtió Kimmuriel—. Que no te toque.

—¿La de quién?

—Su comandante. Un Margaster, pero mucho más que eso.

Wulfgar asintió y cogió su martillo de guerra, Aegis-fang, palmeando la pesada arma fácilmente contra su otra mano abierta.

—¡Mago al frente! —llegó un grito.

—Entonces, dejemos que se vuelen ellos mismos —dijo Wulfgar.

Pero Kimmuriel negó con la cabeza.

—Una posesión como la que he realizado antes puede con un estúpido humano, pero no con la lanzadora de conjuros que se halla en la nave ante nosotros.

—¿Ya lo conoces…?, ¿la conoces? —preguntó Wulfgar, cambiando el pronombre cuando se fijó en la mujer sobre la proa del barco, profundamente concentrada.

Pero de repente no lo estaba, y retrocedió un paso tambaleante, parpadeando confusa.

—Te he conseguido unos minutos, capitán Grimm —gritó Kimmuriel—. Si vas más lento, la hechicera te atacará.

Grimm escupió sangre, pero le gritó a su piloto.

—¡Enfílala por la amura! ¡Dale fuerte y enreda las velas, y acabemos con esos perros!

—¡Agarraos! —resonó el grito por toda la cubierta del Reliquia de Joen , y hasta el último hombre y mujer de la tripulación supo qué se esperaba de ellos.

La rápida goleta había sido construida para embestir y enredarse.

Estaba reforzada en todas las áreas críticas, y la tripulación había sido seleccionada por su habilidad en el combate cuerpo a cuerpo, mientras que el piloto se había escogido por su talento y osadía.

Y en ese momento demostró las dos cosas, guiando al Reliquia de Joen a todo trapo en paralelo con la nave enemiga, tan cerca que las puntas de las vergas se tocaron, enredando las jarcias.

En ese preciso momento, la tripulación dejó caer las velas y el piloto viró con fuerza hacia estribor, juntando los barcos, rompiendo las jarcias y las velas, e impidiendo las maniobras, aunque la inercia de ambos los empujó en un giro de baile y levantó una gran ola.

Ambas tripulaciones corrieron a sus respectivas reglas, apuntando las ballestas y disparando. Un enorme ogro cargó por la cubierta del enemigo, saltó sobre la regala y voló hacia el Reliquia de Joen .

Un martillo de guerra en molinete encontró al bruto en el aire y lo golpeó con una fuerza tremenda, suficiente para cortarle la respiración y el impulso.

Su vuelo quedó corto y se golpeó contra el costado del Reliquia de Joen , aunque, de alguna manera, logró agarrarse a la regala con una mano extendida.

Pero Wulfgar estaba allí arriba.

El ogro gruñó y trató de izarse.

—Tempus —susurró Wulfgar, la orden que le devolvía el martillo de guerra a la mano.

Dejó que el ogro subiera lo suficiente para hundirle el martillo en el cráneo. El arma se encalló en el hueso y la dejó caer al mar con el gigante muerto.

—¡Ja! —oyó al otro lado, y alzó la vista justo a tiempo de ver a un enemigo apuntándole con su ballesta.

Wulfgar lo miró fijamente y se movió con la velocidad de una víbora cuando la saeta voló hacia él.

No fue lo suficientemente rápido para esquivarla completamente y le alcanzó en el costado, lo que le provocó un agudo dolor y una herida algo seria, pero Wulfgar estaba en plena ansia de batalla y el dolor le enfureció más de lo que lo limitó.

—¡Ja! —repitió el arquero del otro lado.

—Tempus —contestó Wulfgar, seguido de un «¡Ja!» y un lanzamiento propio.

El arquero se agachó, pero Wulfgar había apuntado bajo, esperando ese movimiento. El hombre se tapó tras la borda de su barco, lo que apenas importaba contra la fuerza bruta de Aegis-fang, que la atravesó, lo golpeó y lo envió al suelo despatarrado.

Unos tres metros separaban los cascos, y muchos tablones se fueron preparando por ambos nados. Pero Wulfgar no necesitaba eso. Una sola zancada a la carrera y un salto lo enviaron volando, mientras invocaba a su dios para recuperar mágicamente una vez más su martillo de guerra.

El pobre arquero herido gritó y arañó la cubierta tratando de escapar.

Wulfgar no le prestó atención, porque no se podía permitir ese lujo. En cuanto alcanzó la cubierta, un puñado de enemigos cargaron contra él.

Hizo rotar Aegis-fang salvajemente, con lo que detuvo la carga y los hizo retroceder.

En una vuelta, dejó volar el martillo y mató a una mujer, cuyo cadáver destrozado cayó sobre cubierta.

Al mismo tiempo que soltaba el matillo, el bárbaro se volvía a medias hacia el otro lado, luego se inclinó para esquivar la punta de una larga pica.

Agarró el palo limpiamente y con un repentino y brutal tirón lanzó al portador por los aires, por encima de la borda.

Wulfgar alzó el brazo izquierdo, doblado por el codo, para detener un hacha descendente, y recibió el golpe del mango en el antebrazo, que ni se inmutó.

Bajó el brazo y lo giró, rotando el hombro para lanzar al hombre un golpe cruzado por la derecha con tal fuerza que lo envió tambaleándose bien lejos.

Sabía que los dos enemigos que quedaban de ese grupo corrían hacia su espalda expuesta, pero un rugido le devolvió Aegis-fang a la mano, y esta vez, cuando se volvió y describió un poderoso arco con el arma, los pilló a los dos y los lanzó hacia atrás.

Las planchas ya se habían colocado y los luchadores cargaban de un lado y del otro, de cubierta a cubierta, y una furiosa melé fue creciendo a su alrededor.

Los enemigos ya no podían ir contra Wulfgar de un modo coordinado, así que él fue avanzando, destruyendo con facilidad a cualquiera que trataba de interceptarle.

Porque ningún escudo, con la posible excepción de magnifico broquel de telarañas de Bruenor, podía tener la esperanza de detener el poderoso martillo y ninguna parada de un guerrero que no fuera absolutamente excepcional podía desviar el objetivo del forzudo.

Los luchadores del otro barco no tardaron en darse cuenta de eso, y el camino se fue abriendo para Wulfgar.

Y no solo para él, se fijó, porque sus propios hombres estaban esforzándose mucho por evitar a otro guerrero, uno vestido con la espléndida armadura de un noble de Aguas Profundas que esgrimía una espada bastarda con una hoja curvada cubierta de pequeñas llamitas.

Al instante, supo quién era y pensó que, aunque no era probable que ese hombre lo conociera por su nombre, no había duda de que Brevindon Margaster había visto la devastación que Wulfgar había infligido a su tripulación.

Avanzaron el uno hacia el otro, ambos moviendo su arma hacia la derecha o la izquierda para detener o incluso matar a algún guerrero menor.

Lentamente se fueron acercando, hasta que solo quedaron unos pocos pasos entre ellos, cuando ambos, como si hubiera llegado a algún silencioso acuerdo, saltaron al aire y rugieron, para unirse en un repentino torbellino de furia.

Kimmuriel había advertido a Wulfgar de que ese hombre era más de lo que parecía, y Wulfgar se alegró de haber prestado atención al mensaje, porque en esos primeros momentos del combate, el bárbaro se dio cuenta de que ese enemigo era más similar a Drizzt o Entreri de lo que se podía esperar de un mimado señor de Aguas Profundas.

Movía la espada con tanta rapidez que se veía solo como una mancha, y en cada movimiento la enviaba a Wulfgar desde un ángulo diferente, a veces con un corte, a veces con una estocada, a veces con un golpe con el pomo.

El hombretón pronto se encontró defendiéndose más que atacando, con los golpes que le llegaban implacables y su oponente que gritaba como de un dolor incesantemente.

Wulfgar no tardó en localizar la razón de sus gritos, porque la sangre fluía de la mano del hombre, de las dos manos cuando hacía un doble agarre en esa horrible empuñadura de púas.

La espada lo estaba hiriendo y, a la vez, acrecentando su rabia, una furia que acompañaba cada ataque.

¡Si Kimmuriel no le hubiera advertido, Wulfgar suponía que ya hubiera sido herido una docena de veces!

Pero le había cogido la medida y entró en un ritmo: bloqueó, giró su martillo de guerra ante él, enviándolo hacia fuera con una mano, luego con las dos; desvió un tajo desde la izquierda y empleó el martillo para mantener la espada a la derecha, alzándolo verticalmente ante él y yéndose hacia la izquierda tras él, para luego agarrarlo horizontalmente hacia arriba con ambas manos e interceptar un poderoso tajo descendente.

Y ahí vio su espacio. Con remarcable agilidad en un hombre tan grande, Wulfgar transformó ese bloqueo en un inesperado golpe, al mover el martillo horizontalmente para conectar con fuerza con el hombro de su oponente.

El hombre retrocedió varios pasos tambaleándose, con una mueca de dolor y la hombrera rota curvándose ante él.

Wulfgar esperó hasta que el hombre comenzó a erguirse, y entonces le lanzó Aegis-fang directo al pecho, que lo hizo caer lejos.

—¡Tempus! —rugió Wulfgar victorioso, pensado que la pelea había acabado, pero mientras el martillo reaparecía en su mano, como esperaba, Brevindon Margaster se levantó de la cubierta, mirando con odio a Wulfgar, y se irguió como si la caída anterior no hubiera sido nada.