12. Olas heladas y fuego demoniaco #2
—¡Velas por el norte! —Llegó el grito desde lo alto de la cofa.
Brevindon se alegró de esa distracción, de cualquier distracción.
—¡Muchas velas! —gritó el hombre de arriba—. ¡La flota de Luskan, sin duda!
Brevindon sonrió, recordando que Luskan estaba bajo el control de los elfos oscuros, los amigos de Bruenor y, por tanto, los enemigos de lord Neverember.
Esta era una lucha, se dijo con resolución, contra enemigos dignos de sentir la afilada hoja de su espada.
Pero, entonces, de nuevo hizo una mueca, pensando en la nueva espada negra que le colgaba por la espalda: una espada bastarda, curvada y cruelmente serrada, con una empuñadura de pinchos quebrados que se le clavaban en las manos cuando la blandía, hundiéndole las puntas profundamente en la carne.
La espada torturadora le sanaba al mismo tiempo que lo hería, dejándole sin lesiones, pero provocándole un tormento constante.
Un recordatorio para acabar rápidamente con los enemigos, le había dicho Asbeel.
Brevindon aún no había empleado la espada acabada en combate; los encantamientos y el borde mágico solo se habían completado en el pueblo de Port Llast después del saqueo, pero podía imaginarse su horrible poder.
Cuando tenía la espada en la mano, solo con pensar en un enemigo esta cubría su metal de un hiriente fuego rojo, y aunque no tenía telepatía en el sentido estricto de la palabra, Brevindon podía sentir claramente su hambre.
Había sido diseñada con un único propósito: infligir un horrible dolor.
Hecha con un objetivo, el arma buscaba siempre satisfacer su ansia.
—«Tu imaginación no es lo suficientemente fuerte para comprender realmente el placer» —la voz telepática de Asbeel le resonó en la cabeza, melodiosa y aguda, como la voz de un elfo, pero retorcida e irritante.
Brevindon intentó concentrarse en la tarea que tenía por delante, en recordarse que Luskan estaba bajo el control drow y, por tanto, este ataque estaba justificado, y al mismo tiempo en apartar sus pensamientos de la diabólica espada.
La espada de Asbeel. La terrible, odiosa y diabólica espada.
Como un fantasma, los pensamientos incorpóreos de Kimmuriel volaron sobre la fría agua y se acercaron velozmente a la flota enemiga.
Con una rápida ojeada, creyó saber con seguridad cuál era la nave comandante, una mucho mayor y más elegante que las demás.
Le dejó mucho espacio, alzándose mucho. Un hombre, vestido con una cara armadura y con una gran espada negra atada a la espalda, era el que daba las órdenes ahí.
Kimmuriel paso junto a él y se dirigió a la rueda del timón delante del castillo de popa, hasta un hombre grueso y grasiento que parecía bastante simple.
Mucho mejor.
Un momento después, el psiónico parpadeaba a través de unos ojos humanos, y se sorprendió de lo oscura que se había vuelto la tarde al carecer de su aguda visión de drow.
No importaba, porque el piloto podía oír al capitán del barco.
Kimmuriel no tardó en confirmar, en la mente del hombre al que había poseído, que el capitán era el comandante de la flota.
Ese hombre, muy bien vestido y llamado lord Brevindon (lo que averiguó por su rehén), volvió la cabeza de golpe para mirar a Kimmuriel o, al menos, al hombre que Kimmuriel había poseído.
Seguro que Brevindon no podía saberlo.
El capitán despachó a una mujer que se acercaba a preguntarle algo, luego esbozó una malvada sonrisa, desenfundó la terrible espada por encima de su hombro y dio un paso hacia Kimmuriel.
Kimmuriel miró en sus pensamientos.
El psiónico drow flotó fuera del piloto poseído justo antes de que lord Brevindon, con el mentón apretado como si sintiera dolor, cortó al hombre casi por la mitad; la cruel espada le entró al desgraciado por el hombro, le cruzó el pecho y le salió por el otro lado de la cadera.
Sabiendo ya la verdad sobre el comandante y sus esbirros, incluida una hechicera que parecía humana, pero que seguro que no lo era, Kimmuriel no miró atrás, sino que voló por las aguas hacia su propio cuerpo a toda velocidad.
—¿Bien? —le preguntó Calico Grimm en cuanto abrió los ojos y se movió.
—No habrá parlamento —contestó Kimmuriel.
—Así que lucharemos —dijo el capitán, mientras se volvía hacia Bonnie Charlee y asentía. La mujer se alejó rápidamente para ordenar que alzaran todo el trapo.
—O huimos —replicó Kimmuriel a media voz.
—¿Eh? —soltó Calico Grimm—. ¿Qué?, ¿no tienes el valor para una buena pelea, delgaducho?
Wulfgar negó con la cabeza, sin sorprenderse de la sugerencia, con el cinismo típico del sardónico drow.
El bufido de Kimmuriel en respuesta fue todo lo que necesitaba. El capitán se lo tomó como si le drow simplemente estuviera respondiendo al desafío sobre su valor, claro, pero Kimmuriel miró a Wulfgar y supo que el veterano guerrero comprendía el auténtico contexto de esa despreciativa respuesta.
A Kimmuriel no le importaba si luchaban contra la flota o no. Había pasado años viviendo entre los ilícidos; no le preocupaba mucho que fueran a matarlo en una batalla tan burda.
Las tripulaciones de todas las naves alrededor cantaban canciones diferentes y desafinadas, e incluso con letras distintas a las de esas canciones que trataban de coordinar, pero la energía que se creaba era infecciosa y estimulante, y con el rocío en la cara y la batalla a la vista contra un enemigo meritorio, a Wulfgar no se le podía borrar la sonrisa del rostro.
Era un guerrero de pies a cabeza, en esa vida y en la anterior. Vivía y disfrutaba en el límite del miedo, porque en ningún otro lugar se podía sentir tan vivo.
Casi en ningún otro lugar, se corrigió, y se imaginó entonces entre los brazos de Penelope. Deseó que ella estuviera allí y al mismo tiempo se alegraba de que no fuera así, y por tanto se dijo a sí mismo, se juró a sí mismo, que sobreviviría a ese combate para regresar con ella.
La primera escaramuza comenzó lejos, hacia un costado del Reliquia de Joen , con el resplandor de un rayo y el destello de una bola de fuego desde dos naves que entraban a distancia de alcance, y ambas comenzaban con la intervención de un mago.
—¿Deseas morir aquí, amigo de Drizzt? —le preguntó Kimmuriel, y Wulfgar giró en redondo para mirar al extraño drow, tan sorprendido de que iniciara una conversación con él como por la ridícula pregunta.
—¿Conoces algún hombre que desee la muerte? —replicó Wulfgar. Inmediatamente vio que su sarcasmo no servía de nada con el drow—. No, claro que no —respondió más serio.
—¿No sería una muerte honorable para ti?
—Sí, claro —respondió un confundido Wulfgar.
Kimmuriel asintió, luego apuntó más allá del gigante, hacia un elegante navío, el mayor y más decorado de los que se veían.
—Sus comandantes, creo —comenzó—. Deberíamos ir…
—¡Bola de fuego! ¡Mago! —llegaron gritos desde atrás.
—Sigue el curso de ese barco y quizá encontremos la victoria —le dijo Kimmuriel a Wulfgar, y el drow se volvió y fue de vuelta a la entrecubierta, donde Grimm, Bonnie Charlee y otros corrían cada uno por su lado, tratando de cubrirse.
Siguiendo sus miradas, Wulfgar comprendió su temor, porque en un barco que se acercaba por estribor se hallaba un hombre con una túnica decorada, agitando los dedos exageradamente, de los que le salían pequeñas llamitas.
En la entrecubierta, el capitán seguía gritando a Kimmuriel, un sonoro recordatorio de que habían llevado al drow porque el Gran Capitán Kurt le había dicho específicamente que Kimmuriel cubriría toda la defensa mágica del barco que necesitasen.
Cuando Kimmuriel no respondió, el volátil Grimm comenzó a lanzar insultos contra Kurth por haberle impuesto el drow.
Wulfgar miró hacia allí y se relajó al ver la postura de Kimmuriel. Había estado pensando en salir por el costado hasta la cadena del ancla, cerca del agua y cubierto del rocío de la popa como protección contra la bola de fuego que vendría, pero decidió que no, y simplemente se quedó donde estaba.
Porque sabía de lo que era capaz Kimmuriel.
Calico Grimm gritaba furioso, incluso empujó al drow, que cayó inerte sobre la cubierta; lo que solo hizo que el capitán se enfureciera más, hasta el punto de que sacó su sable.
—¡No lo hagas! —gritó Wulfgar, al mismo tiempo que otro tripulante gritaba que todo el mundo se pusiera a cubierto.
Porque al otro lado, el mago llegó a los últimos momentos de su conjuro, con las manos en llamas, creando una ardiente bomba. Se movió para lanzarla por encima del agua e incendiar el Reliquia de Joen , pero entonces se quedó paralizado y simplemente mantuvo su postura.
Seguía sujetando la bola de fuego cuando esta estalló y cubrió su propio barco de hirientes llamas.
Wulfgar rio.
Kimmuriel se apartó y se arregló la ropa.
—Bueno, vaya —dijo Calico Grimm, a modo de disculpa.
—Deberías tener más fe —le dijo Kimmuriel, a lo que el capitán contestó con un bufido—. Y deberías arrepentirte de tus acciones.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Bonnie Charlee.
Kimmuriel miró fijamente a Calico Grimm.
—¿Y bien? —insistió la primera oficial.
Calico Grimm resopló, pero entonces su rostro hizo una mueca extraña, una cara de absoluta sorpresa, una combinación de asombro y terror. La cara de un hombre que no estaba solo en su propio cuerpo y mente.
Entonces, se volvió y salió corriendo, pasando ante sus sorprendidos compañeros para estrellarse de cara contra el palo mayor del Reliquia de Joen . Cayó sobre cubierta con un buen golpe, la sangre manándole de la nariz y un par de dientes volando hacia las tablas.
Bonnie Charlee ahogó un grito, luego miró más allá del capitán, que gemía, a Wulfgar, que reía y que solo se encogió de hombros como respuesta.
Claramente agitada, incluso rabiosa, la mujer puso las manos sobre las empuñaduras de las dagas que llevaba al cinturón y se volvió para seguir a Kimmuriel mientras este se acercaba a Wulfgar.
El hombretón negó con la cabeza. Bonnie Charlee, inteligentemente, no desenfundó.