Ilimitado (Generations 2) 12. Olas heladas y fuego demoniaco
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12. Olas heladas y fuego demoniaco

O LAS HELADAS Y FUEGO DEMONIACO

Aunque el aire del ocaso no era especialmente cálido, el frío del agua que salpicaba con fuerza y barría la cubierta le producía a Wulfgar una agradable sensación en los brazos.

Le resultaba revitalizante y acogedora, y le disponía la mente exactamente como la necesitaba para cumplir las obligaciones de ese día.

Las gotitas volaban sobre él, atrapando los últimos rayos del sol que relucían sobre el agua ante ellos, a la derecha, en el horizonte occidental, que en ese momento el sol parecía haberse tragado.

Se hallaba en un barco rápido, el Reliquia de Joen , saliendo del Puerto de Luskan a toda vela con mar de popa, cortando las olas para encontrar una flotilla de invasores que se aproximaba.

Esta se componía sobre todo por humanos, pero también por otras criaturas más notables, incluyendo un barco, o eso habían informado los barcos de reconocimiento, cuya tripulación se componía únicamente de crueles gnolls.

La esperanza era poder negociar, con Luskan mostrando una poderosa fuerza propia, con casi cien bajeles que representaban a los cinco grandes capitanes de la ciudad, incluyendo refuerzos menos aparatosos pero aún más poderosos, como el drow que se hallaba no lejos de Wulfgar, en esa misma cubierta.

—No vamos a arriar ninguna vela —oyó a Calico Grimm, el capitán del barco, decirle a ese extraño drow en un tono que a Wulfgar le pareció demasiado seco.

—Está ocupado —dijo Wulfgar, volviendo la cabeza hacia él.

—¿Ocupado? —La confusión del capitán no le sorprendió.

Kimmuriel estaba ahí de pie, apoyado en la baranda de la cubierta superior de proa.

Por lo que parecía, solo estaba mirando, pero Wulfgar sabía que no era así.

La consciencia de Kimmuriel no estaba en su cuerpo en ese momento, sino muy lejos, informando a Jarlaxle.

Le había pedido a Wulfgar que lo vigilara o, mejor dicho, que vigilara su cuerpo impotente mientras su espíritu estaba lejos.

Wulfgar no respondió, por lo que el capitán lanzó un bufido, y Wulfgar se volvió de nuevo para asegurarse de que el tonto Grimm no golpeara al extraño drow.

¡Sin duda eso no habría ido nada bien ahí, en las aguas abiertas!

Calico Grimm era duro, sí, pero le iría mejor si no buscaba pelea con ese elfo oscuro en particular.

Incluso sin contar la posición de poder de Kimmuriel en Bregan D’aerthe, cuyo completo dominio de Luskan era un secreto a voces entre las tripulaciones, ese drow no era para tomárselo a broma.

Wulfgar prefería antes enfurecer a Jarlaxle, o incluso al propio archimago Gromph Baenre, que tener cualquier conflicto con Kimmuriel y su extraña e inquietante psiónica.

Wulfgar podía entender una bola de fuego, y, aunque esquivar una no sería una experiencia agradable, esa explosión contra Kimmuriel tendría lugar dentro de su propia cabeza, una ilusión que sería demasiado real y contra la que no habría ningún lugar donde esconderse o cubrirse.

El agua estaba muy fría, y por primera vez ese día Wulfgar se estremeció.

—¿Te he pedido que hagas eso? —llegó una pregunta carente de emoción de Kimmuriel; una supuesta respuesta a la primera declaración de Calico Grimm.

Wulfgar volvió la cabeza para mirar al drow.

¿Kimmuriel tendría algún otro tipo de respuesta?

Wulfgar sacudió la cabeza, seguro ya de que Kimmuriel volvía a tener el control de su cuerpo y, por tanto, de la situación que le rodeaba, y miró por encima de la proa, guiñando los ojos para protegerse del rocío y pensando, no por primera vez, si Kimmuriel estaba realmente vivo o era solo un constructo animado, o incluso algún tipo de cosa no muerta carente de emociones.

—Estás pidiendo parlamentar —repuso Calico Grimm.

—Estoy diciendo que sería lo mejor. No conocemos la disposición de esa flota o qué les trae tan hacia el norte.

—Ya sabes lo que ha pasado en los Riscos y en Port Llast —le recordó Calico Grimm.

—Lo sé.

—Tienen gnolls navegando con ellos —añadió Bonnie Charlee, la primera oficial, una mujer con cicatrices de mil batallas, la grasa de los cabos y el rocío del mar.

—Admito que no tiene el aspecto de un encuentro feliz —repuso Kimmuriel.

—¿Eh? —preguntó el capitán.

—Dice que nos van a disparar —indicó Bonnie Charlee.

—Discerniré su propósito antes de que nos aproximemos lo suficiente para que se dé cualquier intercambio significativo de palabras o misiles —les aseguró Kimmuriel.

—¿Y cómo te propones…? —comenzó a preguntar el capitán.

—Solo créele —intervino Wulfgar. Giró cogido a uno de los cabos guía para quedar de cara al trío—. Créele —repitió—. Lo sabremos todo de esa flota que se acerca mucho antes de que ellos sepan algo de nosotros.

Calico Grimm y Bonnie Charlee intercambiaron una mirada y se encogieron de hombros.

—Si quieren parlamentar, entonces, lo haremos de un bote a otro—dijo Calico Grimm a Kim—. Y nada de arriar velas o descargar catapultas. Si esto es una lucha y ellos pierden, huirán. Si perdemos nosotros, perdemos nuestro hogar también. No te olvides de eso cuando pidas parlamentar, ¿eh?

—Oh, sin duda —replicó Kimmuriel, desdeñoso.

Wulfgar miró de nuevo la flota que se aproximaba, luego se volvió y vio que Kimmuriel iba hacia él, mientras el capitán y su primera oficial miraban enfadados la espalda de psiónico, que parecía estar a punto de decir algo desagradable.

Lentamente, Wulfgar negó con la cabeza, mirándolos, y se sorprendió al ver que los dos permanecían callados.

Los cuatro observaron acercarse las velas.

—Voy —anunció Kimmuriel en ese momento.

—¿Adónde vas? —preguntó Calico Grimm.

El drow cerró los ojos y pareció hundirse en sí mismo.

—A parlamentar —contestó Wulfgar por él.

—Eh, eh, ¿qué quieres decir con eso?

—Paciencia, capitán —pidió Wulfgar—. Cuando el drow nos vuelva a hablar, sabremos mucho más sobre esos que navegan contra nosotros.

Brevindon Margaster iba de arriba abajo en la cubierta de la carabela de cuatro palos, preguntándose cómo la situación había llegado a esto y preguntándose también si podía dejar el camino que había tomado simplemente quitándose el collar mágico, la filacteria que contenía el espíritu de un malvado cambión.

Parecía muy simple, a fin de cuentas. Quitarse el collar y tirarlo al mar. Podía hacerlo, luego volver con su hermana, Inkeri, y quitarle su collar y los de los otros nobles Margaster, y así librarse de los demonios.

Tan simple.

Pero las manos no se le movían, y sus dudas fueron creciendo.

¿Qué le pasaría a él, a todos ellos, cuando los señores de Aguas Profundas se enteraran de la verdad sobre la familia Margaster?

¿Cómo podría alguien protegerlos cuando todos los poderes del norte se dieran cuenta de que los Margaster habían estado blanqueando dinero con lord Neverember, robando millones a la ciudad?

Al principio, Brevindon había pensado que todo eso era divertido; a fin de cuentas, ¿no eran solo un juego todos esos tratos oscuros y todas las traiciones?

Todo el mundo era corrupto, claro, así que ¿qué habría de malo?

También, lord Dagult Neverember, que había hecho planes con Inkeri, era uno de los hombres más respetados y poderosos de la Costa de la Espada.

Como muchos hombres de su edad en Aguas Profundas, Brevindon había crecido idolatrando al apuesto Dagult.

Todas las mujeres lo deseaban; todos los guerreros querían entrenar con él.

Entonces, ¿qué importaba que los Margaster se unieran a Neverember para crear un nuevo poder en la ciudad de Neverwinter, quizá para rivalizar con la propia Aguas Profundas en los años venideros?

¿Por qué iban a ser ellos peores que los señores que en ese momento gobernaban, esencialmente, toda la Costa de la Espada al norte de la Puerta de Baldur, con la única excepción de Luskan, que, según los rumores, estaba controlada por piratas?

Todas esas justificaciones no le acababan de convencer, y Brevindon suspiró hondo, preguntándose cómo la situación había llegado a este punto.

¿Cómo era que estaba capitaneando una flota de sinvergüenzas y estafadores, asesinos impenitentes cada uno de ellos y acompañados por un barco lleno de gnolls?

¿Cómo había sido que el ejército enviado contra el rey Bruenor estuviera mandado por demonios, demonios reales, sacados del Abismo para llevar la destrucción a los enemigos de Neverember?

Brevindon ni siquiera recordaba quién había dado la orden o cuándo se había decidido marchar contra Gauntlgrym. Un pequeño paso había llevado a otro, y a otro, y a otro, y al parecer de repente ahí estaban.

La flota acababa de salir del desafortunado asentamiento de Port Llast, que había dejado casi totalmente en ruinas, con los ciudadanos sobrevivientes trabajando en las canteras al servicio de la Casa de Margaster.

—«No puedes hacer grandes cosas si temes los pequeños… inconvenientes»— dijo una voz en la cabeza de Brevindon, la voz de Asbeel, el cambión contenido en el interior de la filacteria que le colgaba del cuello al noble Margaster.

No, contenido no, pensó Brevindon. Quizá inicialmente había sido así, pero esa palabra ya no describía adecuadamente la filacteria o la relación entre Asbeel y Brevindon.

Asbeel estaba en los pensamientos de Brevindon como Asbeel prefería, no Brevindon.

Asbeel podía ocultarse de él, pero esa baratija encantada ya no era una barrera en ambos sentidos.

¿Había algún lugar donde Brevindon pudiera ocultarse de Asbeel?

—«No» —contestó la voz en su cabeza.

Brevindon soltó una triste carcajada.

—«Cuando Luskan sea nuestro, comenzarás a ver el beneficio y la gloria de todo esto, huésped impaciente» —le comunicó Asbeel telepáticamente.

Brevindon intentó estar de acuerdo mentalmente o fingir que estaba de acuerdo o algo, lo que fuera, para evitar que la bestia mirara más a fondo en sus pensamientos.

Y, claro, también supo que Asbeel había sentido ese esfuerzo.

Pero antes de que el demonio pudiera responder, un grito resonó por todo el barco.