Ilimitado (Generations 2) 11. Metomentodo en el sarcofobuloso #5
45%

11. Metomentodo en el sarcofobuloso #5

Por pura intuición, Drizzt se arriesgó: apuntó Taulmaril y disparó hacia el grupo; le hizo un agujero a un mane y luego al que iba detrás de él; ambos cayeron como humeantes carcasas.

Incluso con ese ataque, el resto siguió su decidida marcha hacia la entrada de la Rampa y del túnel que se alzaba después.

La inmediata reacción de Drizzt fue aprovecharse de esa circunstancia extraña e inesperada, y empleó Taulmaril con un efecto devastador.

Los manes caían de dos en dos o incluso de tres en tres; los chasme caían desde lo alto, destrozados por los misiles encantados del arco conocido como Buscacorazones.

Drizzt siguió disparando e incluso fue hasta el túnel de entrada del tranvía y subió detrás de los manes y otros demonios menores, mientras lanzaba flecha tras flecha entre sus filas, esperando que se volvieran

Pero no lo hacían.

Algo iba muy mal ahí.

Salió del túnel, de vuelta a la caverna, y vio a otro grupo de demonios acercándose en medio de una feroz lucha…, pero, no, no era lucha, era matanza… Detrás, los enanos los perseguían, abatiendo monstruos.

El otro lado parecía estar más tranquilo, pero un segundo grupo de enanos se acercaba con fuerza; Drizzt lo vio sobre todo por las saetas explosivas que hacían volar por los aires piedras y demonios rezagados.

El no saber por qué los demonios estaban retrocediendo heló a Drizzt.

Sabía que era una temeridad, pero, de todas formas, sopló el silbato que le colgaba del cuello para llamar a Andahar.

Subió a él y el unicornio salió corriendo, subiendo el túnel del tranvía.

Drizzt cubrió su ascenso con una andanada de flechas, luego redujo el arco, lo devolvió a la hebilla del cinturón y sacó las dos cimitarras.

No necesitaba guiar a Andahar con las manos, porque el corcel mágico entendía telepáticamente sus órdenes.

Se acercó a la retaguardia de los demonios, que siguieron sin prestar atención a su presencia, e hizo que Andahar se metiera entre ellos.

Atropelló a los monstruos que tenía directamente delante mientras las espadas de Drizzt destruían a los de ambos lados.

Drizzt sabía que era arriesgado, incluso quizá estúpido: ¿y si de repente los monstruos se volvían contra él y lo atrapaban entre las dos hordas?, pero tenía que averiguar cuál era la causa de eso.

Andahar cargó cuesta arriba. Más demonios cayeron bajo el cuerno, los cascos y las relucientes cimitarras. Más adelante, un alboroto hizo que Drizzt apretara las piernas y se echara hacia atrás mientras gritaba telepáticamente a su montura que se detuviera.

Con su aguda visión, Drizzt pudo distinguir que algo pasaba, pero no pudo estar seguro de qué. Los manes y otros demonios menores estaban subiéndose rápidamente a los costados del túnel, pero no podía ver exactamente por qué.

Cogió Taulmaril de nuevo y disparó una flecha de luz directa por el túnel, apuntando solo a la distancia.

A Drizzt se le abrieron los ojos del horror, y de repente lo entendió.

Porque allí, aún lejos, pero yendo hacia él a gran velocidad, vio a la bestia, a una araña monstruosa correteando por el techo del túnel.

Instintivamente supo que eso no era simplemente una araña gigante, o incluso una de las arañas de jade guardianas que había visto en Menzoberranzan.

No, por el modo en que los demonios evitaban a esa catástrofe animada, lo supo.

Eso era un gran demonio o algún otro horror de los planos inferiores.

Disparó otra flecha, luego una tercera, apuntando más arriba.

La primera dio en el techo justo por delante del monstruo, que no redujo la velocidad; la segunda dio a la araña en toda la cara, o eso pareció por el destello de rayo explosivo.

Pero, de nuevo, la araña no bajó el ritmo, y si la flecha mágica le había causado algún daño Drizzt no lo veía.

—¿Qué monstruo es este? —susurró, y disparó de nuevo y de nuevo. Las flechas se elevaron por el túnel y alcanzaron su objetivo.

O quizá no. No pudo saberlo, porque la criatura en ningún momento vaciló.

La araña corrió por el túnel y Drizzt hizo volverse a Andahar para huir…

Pero ya era demasiado tarde.

Jarlaxle y Zaknafein se dejaron caer desde el agujero extradimensional al suelo de la caverna, ante el muro de los enanos y en medio de la carnicería, con trozos de demonio, miembros, sangre y sesos.

—¡Avísame cuando lances eso! —le reprendió Zaknafein, aún jadeante y seguro de que se había quebrado más de una costilla después de volar por el inesperado pozo y chocar contra la pared opuesta.

Jarlaxle no lo escuchaba, sino que observaba la disposición de la batalla. Los enanos ya estaban lejos y se alejaban más. Podía ver la luz de sus antorchas y oír sus gritos de victoria.

Zaknafein pasó ante él.

—¿Vienes?

Pero Jarlaxle negó con la cabeza.

—No hay ninguna razón —contestó, e hizo un gesto a Zaknafein para que lo siguiera hacia el muro, donde los centinelas que quedaban les habían lanzado unas escalerillas de cuerdas.

Subieron y pasaron al otro lado, al complejo en sí, a través de la sala del trono, donde Jarlaxle oyó un susurro en su cabeza y reconoció la llamada. Empujó a Zaknafein a una cámara lateral donde Kimmuriel Oblodra lo esperaba.

—¿Qué sabes? —preguntó Jarlaxle—. ¿Qué noticias hay de Luskan?

—Aún ninguna —respondió Kimmuriel—. La armada se acerca. Pero no es por eso por lo que he venido a verte.

—Entonces, por favor, dínoslo —rogó burlonamente Zaknafein, provocando un ceño en el psiónico, quien con cierta petulancia apretó los labios y cruzó sus flacos bazos sobre el pecho.

—Déjanos —ordenó Jarlaxle a Zaknafein inmediatamente, y con un bufido el maestro de armas salió al comedor.

—No estás realmente aquí, ¿verdad?

—No, en la mente —contestó el espectro.

—¿Y tu cuerpo dónde?

—En un barco saliendo de Luskan, navegando para averiguar cosas sobre nuestros enemigos.

—Pero necesitas hablar conmigo antes de tener respuestas —repuso Jarlaxle, en un tono que dejaba claro su intriga y preocupación. No era propio de Kimmuriel tomar desvíos cuando se hallaba en una misión importante.

—Debes saber lo que pronto irá contra vosotros —explicó el psiónico—. La matrona Zhindia marcha con la horda demoniaca.

—Lo cual no me sorprende en absoluto —repuso Jarlaxle.

—Lleva amigos. Herramientas de gran poder. Dos de ellos, con objetivos específicos.

—¿Grandes demonios?

—Constructos de demonios.

El rostro de Jarlaxle se retorció en confusión mientras repasaba sus propios pensamientos en busca de alguna indicación de lo que eso podía significar.

—Uno para Drizzt y otro para Zaknafein —añadió Kimmuriel.

Jarlaxle pensó otro momento antes de que los ojos se le abrieran por completo y la boca se le aflojara.

Se apresuró a ir en busca de su más viejo amigo.