Ilimitado (Generations 2) 11. Metomentodo en el sarcofobuloso #4
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11. Metomentodo en el sarcofobuloso #4

Esas plantas no fueron vistas por la hambrienta horda hasta que comenzaron a agarrarles las piernas, sujetándolos con fuerza.

—¡Bueno, a por ellos! —oyó Bruenor gritar a Ivan Bouldershoulder, y el aire se llenó con el chasquido de cientos de pesadas ballestas que lanzaban unas saetas muy largas y especiales sobre los demonios ralentizados.

Cada saeta que alcanzaba un objetivo, o casi, se doblaba sobre sí misma y el vial central se rompía en el impacto; los dos pesados extremos chocaban con el aceite entre ellos.

Un centenar de atronadoras explosiones envió trozos de demonio por los aires e hizo volar la punta de las saetas a través de la bestia alcanzada, para llevarse por delante a una segunda, una tercera e incluso una cuarta de las de detrás.

De nuevo cantaron las ballestas; aullidos y chillidos sobrenaturales cubrieron la caverna, y el humo de los cadáveres que se deshacían le llenó la nariz a Bruenor.

¡Qué olor tan hermoso y desagradable, a la vez, el hedor más dulce y horrible del mundo!

Los Battlehammer que habían estado huyendo se volvieron todos de golpe, con las brigadas de Ivan apresurándose a unírseles y los arqueros cargando para lanzar una tercera andanada devastadora.

—¡Cerrad las puertas! —gritó Mallabritches, cuando esa tercera andanada voló por los aires y cayó sobre la horda, disminuyendo la cantidad de demonios de tal manera que no cabía mucha duda de que Ivan y los otros podrían destrozarlos sin problemas.

Así que, sí, lo lógico era cerrar las puertas, asegurar el muro, hacer que la horda retrocediera e irlos abatiendo desde el parapeto.

Pero el rey Bruenor tenía otra idea.

—¡Battlehammer! —gritó, y para sorpresa de todos el poderoso rey Bruenor saltó desde el muro, y no a la parte interior, para unirse a Ivan Bouldershoulder, sino a la exterior, entre los demonios desorientados y destrozados.

A pesar de ese movimiento inesperado, las reinas Puño y Furia enseguida saltaron para flanquearlo, entre trozos de demonio volando hacia todas partes con cada pasada de esa poderosa hacha.

Una veintena de enanos con escudos, todos ellos Revientabuches, la guardia de élite de Bruenor, corrieron a saltar el muro y rodearon a sus reyes, ansiosos de batallar.

E Ivan Bouldershoulder y sus muchachos acabaron con los demonios atrapados dentro del muro, y no tardaron en cruzar las puertas, el propio viejo Ivan en la punta de esa cuña voladora de destrucción.

Con las puertas abiertas, los ballesteros de Ivan apuntaron sus ballestas y saetas explosivas más arriba y, pronto, chasme destrozados y otras amenazas voladoras fueron cayendo arremolinados como las nieves agitadas de una ventisca en el Valle del Viento Helado.

Jarlaxle se inclinó mucho hacia la izquierda, enganchó los dedos en una grieta de la piedra y se impulsó alrededor de la base de un montículo, alzando los pies y dando un salto lateral para aprovechar el impulso mientras cubría el brusco giro.

No tenía tiempo de bajar el ritmo, ni Zaknafein tampoco, quien corrió detrás del casi horizontal Jarlaxle, saltó sobre la amplia base de la estalagmita, se impulsó en un salto hacia delante hasta un punto más alto y, luego, con un segundo salto, llegó al borde, estiró las piernas para aprovechar la rampa y corrió por ella con la misma increíble habilidad con la que su hijo se había ganado su reputación.

Llegó al suelo detrás de Jarlaxle, que ya se incorporaba y corría, pero con más impulso, el suficiente para estar enseguida corriendo al lado del renegado.

Ya estaban en el último tramo de su carrera, con el muro exterior de Gauntlgrym a la vista, con las explosiones, los gritos y los chillidos de la batalla resonando ante ellos y hacia la izquierda.

Jarlaxle se preguntó si los enanos habrían sufrido una presión excesiva en otras zonas; ¿la defensa coordinada que había sido prometida en este lado del tranvía ya no podría ser? El mercenario dejó de lado esos pensamientos. No tenía tiempo para eso. No tenía tiempo para nada excepto para avanzar.

Zaknafein y él siguieron corriendo, un último esprint para cubrir los últimos cientos de zancadas hasta el muro.

Y, entonces, ¿qué? Porque no había una puerta abierta ante ellos, ni escalerillas de cuerda o madera que colgaran para ayudarles a ponerse a salvo.

Se abrieron trampillas en el muro, mostrando las relucientes puntas con pinchos de unos enormes dardos de balistas. Otras dos trampillas en el muro cayeron, y mostraron catapultas laterales cargadas hasta el tope, a punto de disparar.

Y aparecieron enanos en lo alto del muro, apuntando pesadas ballestas.

—¡No nos esperéis! —gritó Zaknafein.

—¿Qué? —jadeó Jarlaxle al oírle.

En lo alto del muro, algunos enanos dispararon apuntando a lo alto y con las saetas cortando el aire; algunas alcanzaron demonios; otras, estalactitas y todas se plegaban y estallaban con potencia y belleza.

—¡Disparad, muchachos! —se oyó un grito desde el muro.

Zaknafein gritó, al ver que la andanada se dirigía directa hacia su cara.

Pensó que resultaba ridículo haber regresado a esa vida, junto a su hijo, solo para que lo mataran tan rápido.

¿Y por enanos? Aun así, esos eran los amigos de Drizzt, se recordó.

Si su último acto en su renacimiento era ayudar en esa defensa, pues que así fuera; tendría que confiar en Jarlaxle y en su hijo para que su sacrificio valiera la pena.

Pero, entonces, muy de repente se encontró volando, cayendo por un inesperado pozo, golpeándose de lado a lado y arañando el suelo para mantener su precaria estabilidad.

—¡Déjate ir, imbécil! —le gritó Jarlaxle, desde detrás.

Entonces, Zaknafein lo entendió y, cuando la balista disparó, dos enormes lanzas cortaron el aire con una cadena pesada y afilada que colgaba entre ellas, y mientras las catapultas laterales, una, dos, tres por la izquierda, y una, dos, tres por la derecha, lanzaban su carga, Jarlaxle y Zaknafein caían en el agujero mágico.

Jarlaxle cogía el borde trasero al pasar y Zaknafein se llevaba el de delante sin darse cuenta, mientras caían juntos para convertir, así, el pozo en un espacio extradimensional.

Estaban fuera de la matanza, aunque la oían: gritos demoniacos de sorpresa y dolor. Y la olían, mientras los cadáveres de los demonios se deshacían en los humos abisales que llevarían la esencia vital del huésped de vuelta a los planos inferiores.

Sin embargo, en la oscuridad, no pudieron verlo.

La matanza y el caos se intensificaron cuando los primeros exprimidores rodaron por esa calle izquierda.

La artillería y las andanadas de las ballestas ya había destruido a muchos demonios y habían creado la confusión entre los restantes, lo que hizo que, en muchos casos, se volvieran unos contra otros.

Los exprimidores hicieron un buen trabajo ocupándose del resto.

Pero siempre había más.

Con Bruenor, Puño y Furia a la cabeza, los enanos no iban a ceder su ventaja. Avanzaron en un apoyo y una coordinación perfectos: los exprimidores abrían zanjas en el bloque de demonios, las formaciones de cuña de los enanos atacaban a los restantes y los hacían pedazos.

Y ahí estaba el rey, en el vértice de una de esas cuñas, animando a sus fuerzas tras él.

Su poderosa hacha llena de poder de la forja de Gauntlgrym y su portador repleto de la fuerza mágica del Trono de los Dioses Enanos se abrían paso a través de cualquier defensa que los demonios trataran de oponer.

Mientras los enanos presionaban calle abajo, pasando al invisible refugio de los dos drow, Jarlaxle lanzó una ojeada por el borde de su agujero portátil.

La horda demoniaca había sido diezmada y los que quedaban, sorprendentemente, le habían dado la espalda y huían por la entrada de la caverna, de vuelta por donde habían entrado, con las fuerzas enanas persiguiéndolos sin descanso.

—¿Cuándo han aprendido los demonios a retirarse? —preguntó Zaknafein, pero Jarlaxle solo pudo encogerse de hombros.

La risa del bálor se fue quedando atrás mientras el explorador aceleraba alejándose, serpenteando por el laberinto de estalagmitas.

El monstruo creía que el veneno mataría a Drizzt, sin duda, y de haber sido Drizzt alguien de menos talla, de no haber sido entrenado por el Gran Maestro de las Flores, seguramente lo habría hecho.

Incluso mientras corría, el drow flexionaba y relajaba los músculos, notando el veneno en la herida, empujándolo fuera de su carne.

Para cuando hubo hecho el tercer giro, el veneno había sido eliminado y el explorador siguió corriendo.

Al llegar al fondo de la caverna, Drizzt también se sorprendió por el repentino y violento cambio de situación en el muro exterior, por la pura carnicería que tan de repente había sido infligida a los demonios invasores.

Se fue hacia el lado todo lo que pudo y encontró un agujero resguardado junto a la Rampa, desde el que podría lanzar una andanada de flechas de luz.

Dejó que los primeros demonios pasaran: monstruos menores y, sobre todo, los manes, monstruos deformes y como zombis.

Siempre que se acercaba un demonio mayor, Drizzt notaba que torcía hacia la derecha, moviéndose por la caverna hacia la salida de la Rampa, lo que tenía sentido porque a solo unas cuantas docenas de pasos las criaturas estarían corriendo colina abajo, en vez de cubrir la pronunciada subida hasta la superficie de ese túnel.

Pero condujeron a todos los mejores demonios, su carne de cañón, hacia el túnel que subía seguramente para dividir la fuerza enana que los perseguía.

Un hábil movimiento, pero Drizzt no acababa de entenderlo. Estaban retirándose. Eran demonios y estaban huyendo, llevándose con ellos su carne de cañón, que consideraban prescindible.

El drow salió de su resguardado recodo, a la vista de unos manes que se aproximaban…

… y que no parecieron verle en su camino por el túnel.