11. Metomentodo en el sarcofobuloso #3
Cuando el maestro de armas se volvió, lo entendió, porque los demonios se estaban organizando bien e iban expulsando a los enanos de un atrincheramiento tras otro.
Las ballestas restallaron en el muro exterior, el muro del tranvía.
—A la izquierda del tranvía, ha dicho Bruenor —le recordó Zaknafein—. Llevemos a los enanos una hueste que masacrar.
—Ya están luchando desde el muro —dijo Jarlaxle—. Puede que los enanos se estén retirando del todo.
—¿Hasta qué punto confías en el rey Bruenor?
Jarlaxle sonrió levemente.
—Llevémosle una hueste.
Salieron corriendo, hacia el fondo de la caverna, una ruta circular que los llevaría de vuelta al muro del tranvía, por todo el contorno izquierdo de la vasta caverna.
Tuvieron cuidado de no volver a enfrentarse directamente con ningún monstruo; su objetivo era incitarlos, no quedarse atrapados en combates.
Tomaron atajos y saltaron alto. Zaknafein se deslizó de rodillas por debajo del silbante golpe de un martillo gigante, blandido por los gruesos brazos musculados de una enorme bestia rechoncha que salió por uno de los callejones laterales.
Jarlaxle prefirió saltar; incluso tocó brevemente el martillo para impulsarse en una voltereta y una rueda que lo dejó de nuevo de pie y corriendo.
—¿Tienes tu juguete? —gritó Zaknafein, cuando una hueste de chasme y otros monstruos voladores aparecieron en lo alto y se lanzaron sobre ellos.
Jarlaxle se agachó, rodó por el suelo y se puso en pie con un extraño objeto parecido a una rueda en las manos y una sonrisa astuta en el rostro.
—A veces tengo demasiados juguetes para acordarme de todos —explicó, manipulándolo rápidamente para sacar cuatro plumas del objeto y clavarlas en cuatro agujeros equidistantes en la rueda interior.
—Akadi —ordenó, y también dijo el nombre de un poderoso ser aéreo y siguió corriendo, con Zaknafein a su lado.
Jarlaxle se aseguró de sujetar el objeto lejos de sí, mientras las plumas comenzaban a girar cada vez más deprisa, creando un pequeño vórtice.
Lo sujetaba con dificultad, y Zaknafein se fijó en que Jarlaxle parecía tener dificultad con algo más, como si tuviera miedo del poder que tenía entre las manos.
—¡Hazlo ya! —gritó el maestro de armas, y Jarlaxle rugió y agarró el objeto con más fuerza; gritó de nuevo la orden con más insistencia, exigiendo al objeto todo lo que le pudiera dar.
Y ya sujetaba el extremo inferior de un tornado, que alzó moviéndolo de un lado al otro y enviando demonios aéreos dando vueltas de cualquier manera.
Lo bajó hacia el camino por el que habían llegado, pensando en desbandar a los perseguidores más cercanos, pero en cuanto el objeto se puso de lado el encantamiento cesó de golpe, aunque había sido suficiente para que ganaran algo de tiempo.
—¡Corre! —gritó Zaknafein, y eso hicieron.
Una horda de enemigos, con docenas de demonios menores y unos cuantos seres poderosos como vrocks, glabrezus u otros monstruos deformes, enormes y terribles, le siguió en una atronadora persecución.
Drizzt se lanzó al suelo en una voltereta, al parecer desesperado por alejarse de las llamas demoniacas que fluían de lo que parecía ser el poderoso comandante de ese asalto: una gigantesca monstruosidad bípeda que creaba un campo de llamas a su alrededor y blandía una reluciente espada roja y un látigo que lanzaba rayos al restallar.
Un bálor. El mismo del que había huido en la estación del tranvía, en la superficie.
Drizzt conocía muy bien ese tipo de demonio, porque había luchado conta ellos y contra uno en particular, Errtu, en varias ocasiones. Conocía los escudos de llamas que fluían de sus enormes cuerpos, retorciéndose y humeando cada vez que el monstruo pisaba. Conocía sus terribles látigos.
Los conocía.
Pero ese bálor en concreto no lo conocía a él, al parecer, porque podía oír su cruel risa victoriosa mientras él rodaba y se movía entre las llamas.
Porque si el demonio hubiera sabido con quién estaba tratando, habría sabido que esas llamas no tocaban a Drizzt Do’Urden, no mientras tuviera Muerte Helada en la mano, una hoja que ansiaba absorber la mismísima fuerza vital de esos seres de fuego.
Pero Drizzt no quería que el bálor averiguara eso, porque los conocía. A esos seres crueles les gustaba jugar con su presa antes de matarla.
Así que Drizzt rodó y gritó. El látigo chasqueó muy cerca y sí que le pinchó, así que gritó de nuevo y luego se hizo un ovillo.
Rodillas y codos en el suelo. El rostro sobre el suelo caliente.
Oyó acercarse al monstruo, tan seguro de sí mismo que ese demonio mayor ni siquiera trató de disimularlo.
Alzó su enorme pezuña para aplastar a Drizzt…
… y el drow rápidamente rodó sobre su espalda y plantó el pomo de Muerte Helada contra el suelo, sujetándola con todas sus fuerzas y determinación cuando el ardiente demonio la pisó con todo su peso detrás.
¡Cómo aulló el bálor!
¡Cómo se sacudió de un lado al otro!
Pegó un bote, rugiendo mientras Muerte Helada se tragaba su esencia vital, y lanzó una patada con toda su gigantesca fuerza, tanto que envió a Drizzt rodando por el suelo.
El drow rodó y contorsionó el cuerpo perfectamente para absorber el impulso de ese lanzamiento y transferirlo, mientas se levantaba en un alto salto y una patada circular que llevó su pie a la cara del mastodonte que le perseguía.
Normalmente, un bálor casi ni notaría una patada así de un mero elfo, pero esa no era una cualquiera.
El aprendizaje de Drizzt con el Gran Maestro Kane le había enseñado a controlar su propia energía vital y a guiarla por los miembros con un efecto devastador.
Así que, cuando golpeó la cara del demonio con el pie, le tiró la cabeza hacia atrás y lo hizo retroceder tambaleándose, con lo ojos rojos desenfocados y la lengua colgándole entre los serrados dientes.
A Drizzt le hubiera encantado cargar contra él y enzarzarse en una pelea, pero el demonio no estaba solo, sino todo lo contrario, y muchos otros aparecieron no muy lejos.
Su vacilación le costó cara.
El bálor extendió sus gigantescas alas de murciélago e hinchó el pecho, mientras lanzaba el brazo hacia delante y enviaba el horrible látigo en toda su extensión. Drizzt notó el dolor mientas huía, agudo y cargado de fuego y veneno.
Bruenor observaba nervioso desde la parte derecha del muro defensivo exterior, lejos de la estación del tranvía y sobre las puertas que Ivan había indicado.
Divisó un gran grupo de enanos que huían corriendo a toda velocidad con una horda de monstruos pisándoles los talones.
El rey enano hacía una mueca de dolor cada vez que un retrasado era atrapado para ser devorado por los demonios.
—Dadles cobertura —gritó a los ballesteros—. ¡Tirad más alto que un enano y más bajo que un demonio! ¡Y matad a esas malditas moscas gordas!
Las ballestas comenzaron a cantar desde el muro, pero esas andanadas parecían de risa ante el puro volumen de la presión demoniaca.
—¡Corred, mis muchachos! —gritaba Bruenor a las fuerzas que se retiraban, golpeando su hacha llena de muescas contra su reluciente escudo—. ¡A mí! ¡A mí! ¡Por vuestra vida, a mí!
Un demonio chasme, por delante de la horda y por delante de los enanos que huían, se lanzó desde la oscuridad superior sobre el rey enano.
Pero Bruenor lo vio. Con gran temple, mantuvo su postura, como si no lo hubiera localizado hasta el último segundo, y, entonces, se volvió rápidamente y lanzó el brazo derecho con toda la velocidad y la fuerza que el rey enano poseía.
Y su hacha, esa arma legendaria, encantada de nuevo en el fuego de la Gran Forja de Gauntlgrym, seccionó el demonio desde el rostro humano hasta el culo de insecto, partiéndolo casi por la mitad.
Los enanos vitorearon. Las ballestas dispararon de nuevo.
—¡Corred, Battlehammer! —gritó una docena de voces, luego cien, animando a sus hermanos.
Bruenor miró hacia abajo, al interior del muro, y vio un grupo preparado para abrir la amplia puerta. Apartó un poco la mirada del muro y vio a Pikel Bouldershoulder firmemente de pie, con los ojos cerrados y mascullando algo.
—Confía en el loco duu-dad —se recordó Bruenor en silencio.
Los enanos en retirada se acercaban a las puertas, y las andanadas de las ballestas se hicieron más afinadas y devastadoras, con varios ballesteros trabajando en conjunto para enviar algunas hacia los demonios más grandes que podía ver entre los monstruos a la carga.
—¡Puertas! —gritó Bruenor, pero no había acabado de pronunciar la palabra cuando llegó un grito desde el otro extremo del muro, lejos, hacia la izquierda, avisando que una segunda horda de demonios llegaba con fuerza.
Bruenor se mordisqueó el labio, pensando que debían de ser Jarlaxle y Zaknafein, que traían monstruos para ser masacrados.
Pero él no podía estar allí, no con un gran grupo de Battlehammer en retirada a punto de ser atrapados.
Asintió mientras se recordaba una vez más que debía confiar en sus fuerzas, porque en el otro extremo del muro, a la izquierda de la estación del tranvía, estaba la posición más fortificada de todas, cargada de artillería y comandada por generales bien capaces.
Bajo él, las puertas se abrieron y los muchachos en retirada fueron entrando.
Los arqueros se apoyaron sobre los parapetos, disparando a los demonios más avanzados, tratando desesperadamente de conseguir algo de espacio.
Aun así, nunca cerrarían las puertas a tiempo, y muchos enanos lo gritaron, preocupados.
Pero Bruenor solo sonrió, preparó su hacha y su escudo y observó a los primeros incursores.
Luego echó una mirada a Pikel, que volvía a tener los ojos abiertos, agitando su único brazo y sus dedos.
Y vio que las plantas nacían de la arena y de las grietas de las piedras, que salían ante la llamada del poderoso e inusual druida enano.
Esas plantas sorprendieron a los enanos que corrían, pero no les hicieron tropezar.