11. Metomentodo en el sarcofobuloso #2
Con Taulmaril el Buscacorazones en la mano, el explorador calculó el progreso de los dos drow, maravillándose de su coordinación y movimientos, y descifrando inmediatamente los elementos que marcaban sus saltos y cruces, aparentemente al azar.
Drizzt pasó por detrás del montículo de una estalagmita y vio a los dos drow, que completaban un amplio giro ante él; luego, se fijó en un grupo de demonios chasme, que pretendían interceptarlos.
Lanzó sus flechas, que dejaron estelas de plata con el poder de los rayos mágicos, y estas sobrevolaron a Zaknafein y Jarlaxle para alcanzar tras ellos a los demonios en sus bulbosos rostros.
Los chame fueron cayendo, girando y estrellándose, uno tras otro. Y mientras disparaba la última andanada, Drizzt se volvió y retorció el arco mágico, desmontándolo de nuevo para que le cupiera en la hebilla del cinturón, mientras salía corriendo.
Jarlaxle y Zaknafein salieron por otra esquina, y, esta vez, un tercer compañero saltó con ellos; giró ante Zaknafein mientras saltaba y aterrizó frente a Jarlaxle, y salió corriendo junto a ellos para mantenerse a su altura.
—¡Orbes! —gritó Jarlaxle mientras torcían otra esquina y quedaban a la vista de del muro defensivo exterior, a la izquierda de la estación del tranvía.
Zaknafein y él saltaron en paloma cruzándose, y ambos sacaron puñados de bolitas de cerámica portadoras de luz.
Mientas, Drizzt corría hacia el lado, se metía en un recoveco sombrío en el montículo de una estalagmita y una vez más sacaba su arco mágico de la hebilla del cinturón.
Llegaron los demonios en persecución, voraces, demasiado centrados para darse cuenta de que, de nuevo, estaban chafando bolitas de luz que revelaran su posición.
Bolas de catapultas y dardos de balistas llenaron el pasaje hacia ellos, arrasando, derritiendo y empalando, y la carnicería aumentaba con el explorador drow y su arco recurvado, ya que Drizzt Do’Urden fue lanzando flecha tras flecha, misiles que se volvían más potentes ante la horda de demonios detenida, porque las flechas de Taulmaril atravesaban su primer objetivo para alcanzar letalmente al siguiente en la fila, e incluso al tercero, en muchas ocasiones.
Los demonios se derretían bajo la avasalladora andanada, y tardaron mucho en darse cuenta de la presencia de Drizzt y su arco.
Cuando lo hicieron, la persecución tomó una nueva dimensión, pero Drizzt estaba preparado para ellos.
—Guenhwyvar, te necesito —pidió a su estatuilla mágica, y la neblina gris se fue materializando ante él cuando la leal pantera acudió a su llamada, formando ante un vrock que atacaba y abatiendo al demonio buitre con tanta facilidad como un leopardo real podría haber cazado un gallo.
Drizzt empezó a correr con las cimitarras en la mano.
Se fijó en otra zona iluminada por las bolas de cerámica mágicas, y, entonces, toda la caverna se sacudió con la estruendosa resonancia de las catapultas laterales.
Saltó a lo alto de un bajo muro, vio a una demonio márilith, con una espada en cada uno de sus seis brazos, y fue a interceptarla.
Drizzt viró hacia su izquierda, saltó a una piedra más baja y dio una voltereta desde ahí para atacar con fuerza a la criatura.
Sus armas resonaban limpiamente contra las múltiples cuchillas de ella.
Hacia fuera fue su hoja derecha, Muerte Helada, y desvió tres de las espadas de la demonio márilith; luego, se ocupó del otro lado y volvió de nuevo, parando los ataques que la demonio iba lanzándole con las diferentes armas.
Por arriba y por abajo fue la cimitarra, y Drizzt dio una vuelta para lanzarle una patada alta y rápida, que se estrelló contra la cara de la demonio para atontarla.
Con un siseo de protesta, la márilith se alzó y abrió los seis brazos, como un águila coronada a punto de devorar su presa.
Pero cuando la criatura se erguía y se echaba hacia atrás, se dio con un misil vivo de músculo, garras y dientes.
Drizzt no pudo esperar y salió corriendo, disparando flecha tras flecha para iluminar el camino ante él y limpiarlo de demonios, y Guenhwyvar no tardó en correr a su lado.
De nuevo se había separado de Jarlaxle y su padre, pero estos no lo necesitaban, y, al contrario, porque al ver su precisión se temió que su presencia podría hacerles fallar.
Ellos sabían que él también estaba allí, corriendo y disparando, saltando sobre los montículos de estalagmitas y torciendo demasiado a menudo y deprisa para que los invasores pudieran perseguirlo.
Y, si lo hacían, Drizzt conocía esa caverna mucho mejor que ellos. Sabía dónde estaban los enanos ballesteros y también sabía cuáles eran las trayectorias de las catapultas y las balistas.
Los demonios estaban a punto de pagar un alto precio por perseguirle.
El fuego demoniaco rugía por toda la caverna. Las formaciones de chasme volaban por las estalactitas, muchas huecas y ocupadas por ballesteros y ojeadores. Al lanzarse contra ellos, los demonios encontraban fuego fulminante, saeta tras saeta, que los derribaba.
Pero había demasiados; a pesar de toda la masacre en el corredor, casi toda infligida a los invasores, los enanos se veían obligados a retroceder una y otra vez, corriendo por túneles junto al techo hasta la siguiente posición defensiva, y a medida que esas posiciones se iban tomando más enanos se veían obligados a pasar al otro lado del muro del tranvía, deslizándose por lisos postes en el interior de conductos construidos.
—El tercio más lejano está perdido —informó McCorbis Gemcutter a su rey y dos reinas desde ese muro.
—¿Han conseguido salir todos? —preguntó Bruenor.
El enano, sangrando por los muchos arañazos y golpes recibidos al arrastrarse rápidamente por los estrechos túneles de piedra, solo se encogió de hombros.
—No he visto a nadie morir, pero he oído gritos. Gritos de enano.
Bruenor asintió sombrío y palmeó al enano en el hombro; luego, miró hacia la caverna mientras la batalla se acercaba lentamente.
—Los estaremos conteniendo aquí, no lo dudes —dijo la reina Tannabritches.
—Sí, y luego los haremos retroceder por el corredor y arriba por el túnel, y puede que les pase un tranvía por encima en la Rampa, ¡solo para divertirnos!
Desde algún punto, a la derecha, se oyó disparar una ballesta.
—¡No disparéis, muchachos! —gritó Bruenor, y luego añadió para los que estaban cerca—: Quizá lleguen más de los nuestros. —Miró a sus reinas y asintió, y las dos corrieron para hacer correr la voz.
Pero apenas se habían alejado una zancada cuando se vio un destello cegador seguido de una atronadora réplica en la caverna, por lo alto del techo. Cayeron piedras y las siguieron enanos desde lo alto.
—¡Están encontrando los túneles de paso! —gritó Bruenor—. ¡Preparad los arcos para arriba! ¡Ivan! —Miró hacia atrás y vio a los hermanos Bouldershoulder de pie junto al oscuro estanque, entre la plataforma del tranvía y el muro de la derecha—. Van a llegar muchachos corriendo —les gritó Bruenor.
Ivan señaló hacia las puertas en esa parte del muro, ante las cuales Pikel y él habían estado caminando.
—Estas. —El viejo barba amarilla gritó de vuelta a Bruenor—. ¡Tráelos a estas puertas!
Ivan se volvió y lanzó un agudo silbido, y Bruenor miró al otro lado del estanque y vio a docenas de enanos preparando sus pesadas ballestas.
Otra enorme explosión sacudió la caverna y salió fuego de uno de los montículos de estalagmita vaciados, que arrasó catapultas laterales ardientes.
—¡Exprimidores! —gritó Bruenor.
Sus bien entrenadas fuerzas ya estaban a ello, rodando las pesadas máquinas aplastadoras sobre el puente del estanque; luego, las bajaron por un camino que se bifurcaba hasta la puerta de la entrada principal.
Las máquinas no eran más que enormes arietes de punta plana con largas varas extendiéndose por detrás para que las empujaran enanos corriendo.
Era difícil echar a rodar una de esas cosas con alguna velocidad, pero mucho más difícil era detenerlas cuando se conseguía.
—Vuestros hermanos y hermanas van a venir corriendo —gritó Bruenor a los enanos que se alineaban en los parapetos—. Con demonios justo detrás y demonios volando por encima. ¡Dadles a esos perros un rápido viaje al infierno que los engendró!
Zaknafein subió corriendo y se lanzó hacia atrás, estirando los brazos y las piernas para acortar el salto, que lo llevó a varios pasos de un poderoso demonio con pinta de jabalí.
La feroz bestia saltó hacia él, cegada de furia, demasiado hambrienta para darse cuenta de la presencia de un segundo cuerpo, que se aprovechaba del corto salto de Zaknafein.
Jarlaxle apareció entre el demonio y Zaknafein, cortando de izquierda a derecha ante su amigo, sus espadas trabajando con furia mientras pasaba; en cuanto estas dejaron de alcanzar su objetivo, comenzó a flexionar el brazo para lanzar primero una espada y luego una daga tras otra, que iban apareciéndole en la mano desde la bolsa mágica que llevaba en la muñeca; una lluvia de punzantes misiles cayeron sobre el demonio.
La extraña criatura, que corría encorvada, casi a cuatro patas, chillaba al clavársele cada una de las dagas, pero de algún modo consiguió mantener su objetivo en Zaknafein y cargó en su contra
Pero Zaknafein ya no estaba allí; había realizado una fácil pirueta lateral hacia la izquierda, pero se giró a medio salto, cayó de pie y volvió directamente.
Alcanzó a la bestia demoniaca cuando esta se volvía hacia él y la pilló por detrás de los colmillos.
Con sus buenas espadas, acabó el trabajo que Jarlaxle había comenzado.
Mientras el demonio caía hacia un lado, ya deshaciéndose y humeando al regresar su fuerza vital a los planos inferiores, Zaknafein se fijó en que la expresión de Jarlaxle no era de victoria.
—Nuestro juego se está acabando —dijo Jarlaxle, e indicó hacia la izquierda con la barbilla, hacia lo más hondo de la caverna, detrás de Zaknafein.