11. Metomentodo en el sarcofobuloso
M ETOMENTODO EN EL SARCOFOBULOSO
—Sí, pero es que no lo entendéis —le dijo Ivan Bouldershoulder a la reina Mallabritches Battlehammer—. Este es el sarcófago de Thibbledorf Pwent. El Pwent.
—¡Sarcofobuloso! —rio Pikel, que estaba en la escalera opuesta—. Jee, jee, jee.
—Oh, pero lo estamos entendiendo de maravilla —replicó la reina Tannabritches—.
Estamos entendiendo que un par de enanos subidos en escaleras en la sala del trono de nuestro esposo, ni a veinte pasos del Trono de los Dioses Enanos, están tratando de romper un monumento que el rey Bruenor puso ahí.
¿Qué es lo que hay que entender, condenado Bouldershoulder metomentodo?
—Por qué lo estamos haciendo —contestó Ivan.
—Metomentodo en el sarcofobuloso, jee, jee, jee —proclamó Pikel.
Los otros tres suspiraron al unísono.
—¿Porque estás esperando que Bruenor ponga su puño en tu ojo? —aventuró Mallabritches.
—¡Bah! —resopló Ivan.
—¡Sois murciélagos! —declaró Mallabritches.
—No, pero estamos pensando que Pwent podría serlo —repuso Ivan, y las reinas de Gauntlgrym se miraron la una a la otra con curiosidad.
Antes de que ninguna pudiera decir nada, la sala del trono, que estaba justo al otro lado del muro próximo al oscuro estanque de la gran caverna de entrada, se sacudió bajo el peso de una explosión en el exterior y un centinela enano abrió de una patada la puerta exterior.
—¡Lucha! —gritó—. ¡Los demonios vuelven a la carga! ¡A las armas!
—Bruenor está ahí fuera con Jarlaxle y el papá de Drizzt —le dijo Tannabritches a su hermana, y las dos corrieron a buscar sus armas y armaduras.
—Bueno, vayamos a cargarnos unos cuantos demonios —dijo Ivan a Pikel, pero este negó con la cabeza y agitó el dedo hacia su hermano.
—Uh, uh.
—¡Ya las ha oído!
Pikel no parecía estar escuchándole, y se estaba dedicando a abrir uno de los cierres del sarcófago que habían soltado de la pared.
—¿De verdad lo crees? —preguntó Ivan.
—Siiíp, síp.
El sarcófago cerrado se movió un poco cuando Pikel metió la mano por detrás; Ivan arrugó el rostro, pensando que su hermano estaba a punto de agarrar la punta de un cuerpo podrido.
—Nop —dijo Pikel.
—¿Nop? ¿Qué? ¿No está ahí?
—Nop —repitió el enano, agitando su cabeza de pelo verde.
—Bueno, ¿dónde? —preguntó Ivan.
Como respuesta, Pikel siseó con la boca muy abierta y se llevó las manos a los labios, con dos dedos hacia abajo para imitar los colmillos de un vampiro.
—¡Para con eso!
—Jee, jee, jee. Nop.
Ivan suspiró.
—Eh, tonto Pwent, ¿por dónde paras? —susurró este.
Se agarró a los laterales de la escalera y se deslizó rápidamente los cuatro metros que lo separaban del suelo, mientras Pikel volvía a cerrar y colocar el sarcófago.
El viejo Ivan Bouldershoulder se rascó la barba amarilla, sin saber muy bien cómo le iba a decir a su amigo Bruenor que podía ser que tuvieran otro problema.
Una nueva explosión sacudió la sala. Ivan agarró su hacha.
Primero lo primero.
Desde el alto andén de la estación del tranvía, al otro lado del estanque subterráneo, Bruenor observaba la batalla que se desarrollaba en la enorme caverna de alto techo.
En ese momento, la acción estaba al fondo de todo, con llamas estallando y rayos destellando, y los fulgores de las repentinas luces mostraban, inevitablemente, los deformes demoniacos soldados de a pie.
Los cuernos hacían sonar notas que coordinaban la defensa desde las posiciones estratégicas de los enanos, y los gritos resonaban, pidiendo refuerzos de una estalagmita a otra, o llamando a la retirada a posiciones que seguramente no tardarían en ser sobrepasadas.
Bruenor intentó con todas sus fuerzas sacarse eso gritos y esos cuernos de la cabeza. Sus fuerzas habían practicado y practicado para ese día. Sabían lo que debían hacer, cuándo luchar, cómo luchar, cuándo retroceder, qué posiciones entregar y en cuáles resistir hasta el último enano.
También Bruenor tenía un papel asignado, justo ahí, en la última línea de defensa, ante el muro que conducía a la propia Gauntlgrym.
Thibbledorf Pwent ya no estaba con él. Athrogate y Ambargrís ya no estaban con él. Dagnabbet era la reina de Mithril Hall y no podría llegar a su lado hasta que esos portales mágicos por fin se pudieran abrir.
Drizzt estaba ahí fuera, en alguna parte. Wulfgar no se hallaba ahí sino en Luskan. Tampoco estaba Regis, que había cabalgado hasta Aguas Profundas. Ni Catti-brie, muy preñada y en casa en Longsaddle. El rey enano se sintió muy solo.
Miró hacia la derecha, por donde Jarlaxle y Zaknafein habían saltado el muro.
—Así que a esto hemos llegado —masculló, pero no dejó que ninguna de sus dudas disminuyera su obstinada e irreductible determinación. Era Bruenor, el rey Bruenor, que se había adentrado en el Valle del Guardián para levantar un ejército.
Era el rey Bruenor, que había reclamado Mithril Hall y lo había llevado a nuevos máximos de prosperidad y fama, que había recuperado Gauntlgrym y había controlado al primordial que alimentaba la forja más mágica de Faerûn.
Era el rey Bruenor, que había unido, o uniría pronto, a los enanos delzou en una única fuerza.
Invencible.
Aun así, se sintió mucho mejor cuando dos viejos amigos corrieron a unirse a él en esa plataforma del tranvía centrada en la pared exterior, al otro lado del estanque que lo separaba de lo que realmente era Gauntlgrym.
—¡Ahé! ¡Ahé! —imploraba Pike a su hermano, señalando un trozo del suelo entre la pared de la estación tranvía y el lago, hacia la derecha, cerca del lugar por donde se habían marchado los dos drow.
—Mi hermano quiere que tú… —comenzó Ivan, pero se detuvo cuando Pikel lo interrumpió con «¡Mi hermanito!».
—Sip, quiere que traigas a tus enanos a través de la puerta hacia la derecha —acabó Ivan, señalando el lugar que Pikel había indicado—. Tiene una pequeña sorpresa para parar a los demonios que los persigan, una que te los pondrá en bandeja para tus ballestas y catapultas.
Bruenor miró de un Bouldershoulder al otro, y finalmente asintió para asegurarles que confiaba en ellos.
—Y aquí, si me permites —añadió Ivan, mientras alzaba un gran carcaj lleno de pesadas saetas de ballesta de un diseño poco común. Cogió una del grupo y se la tendió a Bruenor para que la viera—. Diseño antiguo —explicó—. Hecha por Cadderly.
—¡Cadderly! ¡Buum! —dijo Pikel.
—Sip, buum —repitió Ivan, y señaló el centro abierto de la larga saeta, donde se hallaba una minúscula botellita llena con algún líquido y sujeta solo por finos hilos de material desde la mitad de la parte delantera hasta el final—. Cuando se clava, se dobla. Y cuando se dobla…
—¡Buum! —exclamó Pikel, alegremente.
—Aceite de impacto —comentó Ivan—. Sin duda dejará su marca.
—Repártelas por ahí, buen enano —dijo Bruenor a Ivan.
—¡Ahé! ¡Ahé! —reiteró Pikel, señalando con su único brazo insistentemente el punto a la derecha.
—Sí, ahé. —Bruenor le siguió la corriente, empleando la propia palabra del enano.
—Jee, jee, jee.
—¡Buscar la luz! —gritó Bruenor a sus comandantes a lo largo del muro—. ¡Decid a los muchachos por toda la caverna que tenemos amigos dirigiendo su fuego!
—¿Por dónde nos vas necesitando, mi rey?
—llegó desde detrás, en la voz de una mujer, y Bruenor se volvió y vio a sus dos reinas, adecuadamente apodadas Puño y Furia, corriendo a unirse a él en la plataforma.
Marcadas por cien batallas y con tanta pelea dentro como Thibbledorf Pwent en una taberna goblin, las reinas hermanas, poderosas y preparadas, sin duda fueron una inyección de ánimo para Bruenor.
—Junto a mí —les contestó, y sí que las necesitaba, y también a los Bouldershoulder.
El rey Bruenor Battlehammer asintió e hinchó su musculoso pecho. No estaba solo.
De voltereta a giro, de pared a suelo, de suelo a pared, Jarlaxle y Zaknafein se iban cruzando en cada carrera y cada salto, las espadas de uno siempre cubriendo los movimientos del otro.
Pasaron demonios grandes y pequeños, mataron a gordos y flacos, y siempre se habían ido antes de que algo pudiera tocarlos, corriendo libres, como Zaknafein decía, alrededor de la siguiente estalagmita, dando saltos mortales, volteos, palomas y carreras, con una creciente horda de demonios furiosos persiguiéndolos.
—Punto de retorno —gritó Jarlaxle, mientras bajaban por una extensión, un carril derecho y ancho que culminaba en un par de estalagmitas con pasarelas construidas en lo alto.
Zaknafein metió la mano en la bolsa y sacó un puñado de bolitas de cerámica recubiertas especialmente con aceite encantado para encerrar la energía de su interior. Las tiró a su espalda, seguro de que alguno de la horda que los perseguía de cerca quebraría el revestimiento y liberaría la magia.
Corrió hacia la derecha, ganando altura en la cuesta de un montículo, luego saltó y giró en el aire para caer corriendo a toda velocidad y cruzando el camino de Jarlaxle, mientras el jefe mercenario corría de igual modo en el otro sentido.
Esa avenida tras ellos se iluminó cuando la horda de demonios que los perseguía aplastó las bolitas y liberó la brillante luz mágica encerrada en su interior.
La respuesta fue casi instantánea: las catapultas laterales soltaron su munición y los dardos de las balistas vibraron en el aire sobre la cabeza del par de drow.
Detrás de los compañeros, los demonios menores murieron por docenas bajo esas andanadas.
El par rodeó el enorme montículo, luego cruzó un canal lateral y corrió alrededor de otro, torciendo y orientándose de nuevo en la dirección aproximada de Gauntlgrym, buscando otro pasaje adecuado para una nueva carnicería.
Desde una posición lateral, no lejos del par que corría, Drizzt observaba a su padre y su amigo con creciente admiración y alegría; ¡alegría de ver a su padre tan dispuesto a arriesgar su vida por la causa de la buena gente de los Riscos!