Ilimitado (Generations 2) 10. Clandestino #3
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10. Clandestino #3

—Ya he tomado las precauciones adecuadas, señora —repuso con una sonrisa astuta; luego, en un impulso, susurró: «Por el amor de las perlas rosas», que era la frase clave para su bolsa, que en realidad era un saco sin fondo, porque contenía un gran bolsillo extradimensional.

Metió la mano y sacó una pequeña botella, y luego otra.

—Esto evitará que te envenenen, incluso con alcohol o cualquier otra cosa intoxicante —le dijo a Dahlia, pasándosela—.

Y esta otra… —Sonrió malicioso, y alzó la botella en alto, agitándola, mostrándole el ovoide rosa que flotaba en un líquido algo translúcido—.

Esta te permitirá acceder a los pensamientos de otra persona, preferiblemente de alguien que se haya excedido un poco con la bebida.

Esa también se la pasó.

—Puede que la encuentres útil, aunque seguramente no la necesitas para discernir lo que piensa cualquier hombre con el que estés hablando.

—¿Juegas con mi vanidad? —replicó Dahlia—. Qué encantador.

—Simplemente digo la verdad, y no finjas que no lo sabes y no sabes cómo usarla —dijo Regis, y cuando Dahlia alzó una ceja añadió con sinceridad—: Porque yo hago lo mismo, al igual que mi encantadora esposa, Donnola.

Al menos, eso hizo que Dahlia soltara una risita.

Esta miró alrededor, aunque estaban en una habitación cerrada y no había nadie más; luego se acercó a Regis y le susurró una dirección al oído.

—Ala Sur —indicó—. Esta noche, pasada la medianoche. Y lleva mucho cuidado por el camino. Sería mejor que aún no te mataran.

Regis asintió, luego cerró los ojos y repitió en silencio la dirección para memorizarla, igual que en sus años en la Casa Topolino en Aglarond, donde las pistas de papel significaban ladrones ahorcados, le habían enseñado.

Cuando abrió los ojos, Dahlia ya había salido de vuelta al baile.

Regis se encogió de hombros e hizo lo mismo. Tenía varias horas que matar, así que, mientras tanto, más le valía divertirse y averiguar todo lo que pudiera.

—Estás despierto.

—Sí, podría llamarlo así. Ojalá no lo estuviera.

—El sonido de su propia voz, temblorosa y quebrada, le recordó a Athrogate lo mal y débil que se sentía, como si cada articulación en su cuerpo hubiera sido atravesada por una estaca, como si le hubieran arrancado la piel y se la hubieran vuelto a poner, pero con un forro de bichitos mordedores.

Tenía demasiado calor y demasiado frío, todo al mismo tiempo, y con solo pensar en comida ya le entraban ganas de vomitar.

—No tardaré en tener más conjuros que ofrecerte para aliviarte el dolor —dijo Yvonnel.

Haciendo un gran esfuerzo, el enano se alzó apoyándose en un codo y miró alrededor.

Seguía sobre el disco mágico, que se estaba moviendo, siguiendo a Yvonnel, que avanzaba lentamente por el camino llevando el poni de Regis por las riendas.

Norte, se dio cuenta Athrogate, ya que el agua estaba a la izquierda.

—¿Aún en la costa? —preguntó, dejándose caer, porque la sensación de movimiento, mientras la tierra pasaba bajo el disco, había hecho que se le revolviera el estómago.

Este tardó un buen rato en calmársele lo suficiente para que pudiera añadir—: Pensaba que iríamos hacia dentro, para los Riscos y Gauntlgrym.

—Un ejército de demonios está rodeando ese lugar —explicó Yvonnel—. No serviríamos de nada allí, sobre todo en tu estado.

—¡Bah! —Notó que el disco se paraba. Entonces, tuvo a Yvonnel sobre él, mirándolo fijamente.

—Buen Athrogate, te advierto que aún no estás curado, y lejos de estar recuperado —afirmó—. Estoy haciendo todo lo que puedo y continuaré haciéndolo, claro, pero no lo malinterpretes pensando que tu supervivencia está asegurada.

—Bien —masculló él en cuanto hubo descifrado ese comentario pedante y algo obtuso.

Yvonnel lo agarró por el cuello de la camisa y lo obligó a mirarla.

—Podría dejarte morir —dijo con calma—, si realmente creyera que prefieres morir o que tu creencia inmediata de que preferirías la muerte no está solamente causada por el gran dolor provocado por la pérdida de tu ser amado.

—¡Bah! ¿Y tú qué vas a saber? —preguntó el enano.

—Mucho más de lo que crees —replicó la mujer drow—. Crees que soy joven, pero tengo los recuerdos de la persona más longeva que jamás podrías encontrarte. Más vieja que Jarlaxle por un milenio.

Athrogate carraspeó incrédulo.

—Mírame, enano —le pidió Yvonnel a media voz, y él lo hizo, aunque con un ceño que no podía borrar de su rostro—. Comprendo tu dolor. Es un dolor por el que he pasado muchas veces.

Sorprendido, Athrogate la creyó.

—Seguirá ahí, pero disminuirá, y disminuirá para ti, sobre todo para ti, si sabes que has resuelto esto de un modo que honre la memoria de tu querida Ámbar.

—Entonces, ¿crees que la conocías?

—Ojalá lo hubiera hecho —admitió ella, con sinceridad—. Pero sé de ella. Sé lo que los otros dicen de ella. Sé lo que tú has dicho de ella. Ámbar no era ninguna cobarde, y si estuviera aquí ahora y Athrogate fuera el que estuviera muerto…

—¡Ojalá fuera así!

Yvonnel sonrió y asintió con la cabeza, admitiendo su razón.

—Ella hubiera dicho exactamente eso, dándome la razón.

Eso le llegó a Athrogate; no podía negarlo.

—Y ella, creo yo, saldría de la oscura sombra de su corazón para honrar la pérdida de Athrogate. Ella, si era todo lo que los otros y tú decís, aceptaría mi ayuda y lucharía por recuperar la salud, aunque solo fuera para infligir mayor dolor a aquellos que te hubieran apartado de su lado.

Athrogate no tenía réplica para eso. Muy lista esta mujer, pensó, capaz de darle la vuelta a las cosas de esa manera.

Yvonnel se le acercó mucho.

—Voy a hacer que vuelvas a estar sano y fuerte —le susurró—. Si te gusta tanto la idea de tu propia muerte, entonces, no temerás castigar a los monstruos que te han arrebatado a tu amor.

—Ya, moza, buen argumento me das.

—Y yo estaré a tu lado, Athrogate. Entonces, ¿qué dices? ¿Por Amber Gristle O’Maul de los O’Maul de Adbar?

El enano sonrió, una sonrisa amplia y cálida, luego cerró los ojos mientras Yvonnel comenzaba un conjuro, uno que le envió oleadas de cálida sanación por todo el cuerpo y lo hizo caer en un profundo sueño.

—He pasado en esta maldita ciudad casi toda mi vida desde que regresé de la Infraoscuridad —explicó Artemis Entreri a Regis cuando el halfling se reunió con él y Dahlia en su apartamento del Ala Sur de Aguas Profundas, mucho más tarde esa noche—.

Y ninguno tenemos ni idea de quién es amigo y quién enemigo.

—Y no tenemos tiempo para averiguarlo —replicó Regis.

Trató de mantener la voz firme, trató de recordar todo lo que estaba en juego ahí y que la auténtica razón por la que había decidido tener una segunda oportunidad de vida era para tener éxito justamente en esa situación.

Aun así, no podía negar que Artemis Entreri le intimidaba.

Regis sabía todo lo que se decía sobre ese hombre, de cómo había madurado y se había convertido en una persona mejor, un aliado.

Pero Regis no paraba de juguetear nerviosamente con el muñón de su dedo meñique, perdido en esta vida, y que casualmente imitaba casi exactamente al muñón que había tenido durante la mayor parte de su primera vida, después de que ese mismo Artemis Entreri le hubiera cortado el dedo para enviárselo a Drizzt como mensaje.

¿Había tiempo y una cantidad de hazañas suficientes que pudieran borrar eso totalmente?, se preguntaba Regis.