10. Clandestino #2
—Sí, bueno, para eso son estas reuniones, ¿no?
—susurró, y se inclinó hacia delante para cogerle la copa que le estaba ofreciendo.
Lo miró a los ojos mientras lo hacía, y decidió intentar conseguir su nombre, porque sabía que él haría casi cualquier cosa para hacerla feliz.
Sí, sería muy importante para este joven lord ganarse el favor de Dahlia Syn’dalay.
Y su acompañante también lo sabía; Dahlia lo podía ver por el ceño mal disimulado con el que observaba cómo los ojos del joven seguían la inclinación de Dahlia; un ceño que extendió a Dahlia, sabiendo muy bien que la mujer elfo se había inclinado hacia delante de un modo consciente e intencionado.
Por primera vez en la noche, se estaba divirtiendo; no porque tuviera ninguna intención de llegar a besar a ese pomposo imbécil, sino porque disfrutaba del juego de confundir, frustrar y enfadar a esas almas vacías, empolvadas y perfumadas.
Así que empezó inmediatamente con esa tarea, o lo intentó, porque por el rabillo del ojo vio que entraba otra impresionante figura.
El hombre era casi la mitad de su altura, aunque su gran sombrero azul le hacía parecer un poco más alto.
Mientras que parecía gozar de buena salud física, no era muy corpulento; sin embargo, de algún modo, el halfling parecía mucho más grande de lo que era, con su bigote perfectamente recortado, las puntas hacia arriba sobre sus anchos labios y un rastro de barba recorriéndole el centro de la barbilla.
Vestía con el elegante sombrero y una capa a juego, gruesa y lujosa, además de un buen chaleco de cuero sobre una camisa roja y un carcaj de saetas de ballesta de mano, que cruzaba del hombre izquierdo a la cadera derecha.
Un brillante florete le colgaba sobre la cadera izquierda, así como una daga de tres puntas de una artesanía fantástica, con los guardamanos exteriores con forma de cobra a punto de atacar.
Sus botas negras con hebillas de plata estaban tan pulidas que Dahlia pensó que podría peinarse con su reflejo.
Sí, tenía una apuesta figura, con la capa tirada hacia atrás sobre el hombro izquierdo para permitir una completa visión de ese maravilloso florete y el chaleco abierto solo lo suficiente para insinuar la existencia de otra arma bajo el chaleco: una ballesta de diseño drow.
—Araña Parrafín —masculló Dahlia, porque conocía al recién llegado.
En realidad, lo conocía mejor por Regis, un amigo de su antiguo amante, Drizzt, y de su banda, los Compañeros del Hall—.
¿Qué estás haciendo aquí, pequeño liante?
—masculló para sí, pero, al parecer, no lo suficiente porque el hombre que se hallaba ante ella lo oyó.
—¿Perdona? ¿Liante? Bueno, sí, supongo…
—Cállate —le dijo la mujer que iba con él, y el hombre se calló.
—Oh, lo siento muchísimo —se disculpó Dahlia—. No pretendía… Son esas voces que no me dejan en paz. Bueno, una voz, baja y rasposa, que me dice que haga todo tipo de cosas terribles…
El hombre palideció, la mujer ahogó un grito y ambos dieron un paso atrás.
—Corren tiempos muy extraños —dijo la mujer, tratando, claramente, de llevarse al hombre de allí.
—¿A quién estás visitando en Aguas Profundas, buena señora Syn’dalay? —preguntó el hombre, decidido a continuar su conversación con la elfa.
Dahlia contuvo una sonrisa, pensando que se había topado con una tangente que podía ser posiblemente beneficiosa.
—A unos amigos. Pensaba que estarían en el baile, pero no veo a nadie. Me temo que no conozco a nadie aquí, lo que me sorprende.
—¿Qué amigos? —preguntaron los dos al mismo tiempo.
—¿Por qué lo preguntáis?
El modo en que se miraron el uno al otro dijo muchas cosas a la perceptiva Dahlia. Esos dos habían oído rumores sobre extraños acontecimientos, y podía adivinar en qué casa de Aguas Profundas debían de estar pensado como anfitriones de Dahlia.
—Ninguna razón en concreto —contestó la mujer hacia ella—. Es solo que quizá los conozcamos y así podamos sugerir alguna forma para ocuparte de esa…aflicción.
—¡Oh, no es una aflicción! —exclamó Dahlia, teatralmente—. Ni nada nuevo. Me pateó un poni obstinado…, pero me estoy repitiendo… cuando yo… —Calló al intuir que el hombre estaba a punto de hablar.
—No son los Margaster, ¿no? —preguntó, y de nuevo Dahlia hizo bien en ocultar su sonrisa, porque eso era exactamente lo que había querido oír.
—Me pateó cuando era niña —acabó—, y esas voces me han seguido desde entonces. ¡Para mí que esa bestia me metió un espíritu en la cabeza con esa coz! —Finalizó con una carcajada, luego hizo una pausa y añadió—: ¿Margaster? —como si nunca antes hubiera oído ese nombre.
Los jóvenes volvieron a mirarse; la mujer puso los ojos en blanco y el hombre, una expresión de decepción.
—Bueno, disfruta del baile, con tus voc… eh, amiga —dijo la mujer, alejándose y arrastrando a su compañero con ella, lo que le dejó a Dahlia el camino abierto para Regis.
Dahlia los observó unos momentos más, poniendo los ojos en blanco como una loca cuando la mujer se volvió para mirarla. Sabía que no debía llamar la atención con sus fingidos problemas, pero a veces no se podía resistir.
Acabado el juego, fue hacia Regis, que estaba en el guardarropa, justo al entrar, en el salón principal; entregaba su cinturón con la espada, el carcaj y, finalmente, con aparente gran desagrado, su preciosa ballesta de mano.
Él se volvió antes de que ella llegara y se le iluminó el rostro al reconocerla, pero rápidamente Dahlia se llevó la mano al ojo para frotárselo, la señal de Bregan D’aerthe para fingir que no eran compañeros o que incluso no se conocían.
—Una elfa tan hermosa en el baile de Aguas Profundas —dijo Regis con la voz bien alta al verla acercarse, y le hizo una elegante reverencia—.
No estoy acostumbrado a tales placeres inesperados.
—Le cogió la mano y se la besó, y ella pensó que parecía bastante estúpido haciendo eso—. ¿Cómo te llamas, hermosa dama?
—Dahlia Syn’dalay —contestó ella.
—Araña… —comenzó a decir él.
—Parrafín —concluyó ella por él—. Sí, claro que he oído hablar de ti y de los Ponis Risueños que protegen la Ruta del Comercio. ¿Quién no ha oído hablar del elegante halfling?
Ella intentó no reír al ver la expresión de confusión de Regis.
—Lo cierto, mi héroe, es que he venido a verte —dijo Dahlia—. ¿Quizá podamos encontrar un lugar tranquilo en el que discutir nuestros planes para la noche? Para ver si quizá coinciden, me refiero.
El hombre que recogía las capas y las armas esbozó una sonrisita cómplice, e incluso le guiñó el ojo a Dalia por encima de la cabeza del halfling.
Regis dio la vuelta para recoger sus armas.
—Acabo de llegar —dijo, fingiendo cierta decepción—. Pero ¿cómo podría rechazar a alguien con tus evidentes encantos?
«Toca uno de esos evidentes encantos y te mato», pensó Dahlia, de corazón, pero no dijo nada. No tenía mucho aprecio a los halflings en general, y menos aún a los Compañeros del Hall.
—Volveremos enseguida —le informó Dahlia al hombre, mientras recuperaba su capa; luego agarró a Regis por el brazo y lo sacó apresuradamente de la sala.
Atravesaron la gran antesala y bajaron por un pasillo lateral, donde varias habitaciones se habían dispuesto para el baile, algunas como dormitorios y otras como salitas de conversación, completas con un tabernero y mesas separadas para mantener charlas privadas.
Dahlia no confiaba en esas salas, porque Artemis Entreri había asistido a un baile anterior con otro socio de Bregan D’aerthe y había dejado caer algunos rumores en ellas, solo para ver si se esparcían, lo que había sucedido.
Esas salitas no se libraban de los curiosos que escuchaban todo lo que se decía.
Sin embargo, los dormitorios parecían ser seguros; una familia de Aguas Profundas había sido pillada escuchando cierto devaneo y hasta ese día seguía siendo evitada por su voyerismo y mala voluntad.
A fin de cuentas, las familias nobles de Aguas Profundas, más aún, las familias nobles de cualquier parte, no eran tan diferentes de los drow de Menzoberranzan o de los Magos Rojos de Thay, y Dahlia lo sabía: se podía hacer de todo mientras nadie se enterase, pero cualquiera que interrumpiera esos juegos secretos o cotilleara sobre ellos nunca más sería aceptado entre la «gente bien».
Dahlia empujó bruscamente a Regis dentro de uno de esos dormitorios y cerró la puerta tras ellos, mientras el halfling gritaba: «Señora, ¡sois de lo más agresiva!».
—¿Qué estás haciendo aquí? —quiso saber Dahlia, en cuanto cerró la puerta.
—He…
—¿Quién te ha dicho que vinieras esta noche? ¿Estás tratando de que me descubran, imbécil?
—Señora, no. Hay mucho… Quiero decir, no he tenido elección.
—Explícate —exigió Dahlia, cruzándose de brazos y mirando furiosa al pequeño halfling.
Regis miró alrededor, nervioso.
—Nadie nos puede oír —aseguró Dahlia.
Entonces, Regis se explicó. Le habló de Thornhold y de los demonios, del ataque a Viñas Sangrantes y Gauntlgrym, y de cómo los otros Ponis Risueños y él habían decidido que tenían que llegar a Aguas Profundas para rogar su intervención, o todo podría perderse, incluso Luskan, con una flota invasora navegando hacia el norte por la Costa de la Espada.
Dahlia no pudo seguir enfadándose mientras él seguía explicándose, y los brazos le fueron bajando por los costados.
—Solo he venido aquí porque he pensado que os podría encontrar a Entreri y a ti —acabó Regis—. No sé en qué lores confiar, y una palabra donde no debo podría causar un desastre.
Dahlia asintió. Sabía que Regis había hecho lo correcto, y su cautela era meritoria.
—No le digas nada a nadie —le advirtió Dahlia—. Vuelve al baile y pasa la noche como puedas, ¡sin bebidas ni humos intoxicantes!