10. Clandestino
C LANDESTINO
Con las proezas mágicas de la extraña mujer drow, Regis, Athrogate e Yvonnel cubrieron las muchas millas hasta Aguas Profundas en solo unos días. Athrogate, aun gravemente herido, hizo todo el viaje sobre el disco mágico conjurado.
La ciudad, no la más poblada de los Reinos, pero considerada por muchos como la mejor de Faerûn, ya se podía ver desde lejos, hacia el suroeste, con sus grandes torres y palacios, sus puentes y sus estatuas gigantes.
Regis respiró hondo, mostrando la importancia y el peligro de la misión que había escogido.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Yvonnel.
—Los señores de Aguas Profundas deben saberlo. Me gustaría que vinieras conmigo.
—Mi vida ya es lo suficientemente complicada —contestó Yvonnel—.
Ni siquiera estoy segura del papel que he jugado en todo esto o de cuál podría ser en un futuro.
Llevarme ahí contigo aún complicará más tu mensaje, amigo mío; a los que se te oponen, les daría armas que usarían contra ti, cuando, de otro modo, simpatizarían con tus ruegos.
Regis asintió. Ya habían discutido eso ampliamente.
Aun así, Regis había sido testigo directo del poder de Yvonnel Baenre; ¡esa mujer había empleado una sola palabra para disolver a un demonio mayor!
Y Athrogate, ¿cómo podía mirar Regis a su machacado amigo enano y no reconocer que, sin las asombrosas capacidades curativas mágicas de Yvonnel, Athrogate habría muerto hacía días?
Incluso en ese momento, a pesar de todos los esfuerzos de Yvonnel, el poderoso enano dormía la mayor parte del día, con gruñidos y ronquidos, y siempre que tenía que salir del disco se cogía al hombro de Regis para mantenerse en pie.
—¿Lo vas a curar también hoy? —preguntó Regis.
—Todos los días, o morirá —respondió Yvonnel—. Fue herido con púas de los planos inferiores. El veneno es espeso. Lo cierto es que me sorprende que haya sobrevivido.
—Si creéis que ya me he muerto, apostad.
Que yo me quedaré vuestras monedas, porque aún no estoy muerto —dijo Athrogate, con una voz débil y temblorosa, pero con tono desafiante.
Normalmente, una carcajada acompañaba las frasecillas del enano de gran barba negra, pero no esta vez.
En absoluto. El enano hablaba con total seriedad, y le había dicho a Regis que no se iba a morir hasta haber vengado a su amada Ambargrís.
Regis oyó la voz de Athrogate y se dio cuenta de que ¡seguro que no apostaría contra ese viejo enano curtido!
—¿Cómo sabrás en cuál de los señores de Aguas Profundas confiar? —preguntó Yvonnel, volviendo al asunto que los ocupaba—. ¿Y quién entre ellos traicionaría a lord Neverember o a esos otros conspiradores?
—Tengo espías instalados en Aguas Profundas —contestó Regis—. Sé dónde encontrarlos, a uno en particular. No dudo de que ya esté separando amigos de enemigos.
—¿Artemis Entreri?
Regis asintió.
—¿Es tu amigo?
Regis soltó una risita.
—No creo que nunca le haya llamado así, pero en este asunto puedo confiar en él. Al menos, espero poder.
—¿Y si no?
Regis se encogió de hombros.
—¡Menudo Compañero del Hall sería yo si ni siquiera tuviera el valor de probarlo!
Yvonnel lo miró con curiosidad, porque era evidente que no había entendido la referencia.
—Brindo por la esperanza de que algún día estemos sentados ante mi chimenea en un Viñas Sangrantes reconstruido y pueda contarte todas esas historias, señora.
—Cuéntale sobre Ambargrís, Amber Gristle O’Maul —dijo Athrogate desde el disco flotante.
—Esos cuentos se los explicas tú —repuso Regis.
—Sí —dijo el enano, nada convincente. Suspiró profundamente—. Y, si no puedo, lo haces tú, ¿eh, Panza Redonda?
Regis no pudo evitar sonreír ante el apodo, su propio apodo y el que él le había puesto a su poni, uno que Bruenor le había puesto años antes, en las orillas del Mar Dualdon en el Valle del Viento Helado.
—Lo haré —le prometió, y luego dijo a Yvonnel—: Mantenlo vivo. Cúralo. —Se bajó resbalando de su montura y le entregó las riendas a la drow—. Y cuídalo bien, también. Es un buen compañero.
La bellísima Yvonnel, cuyos ojos Regis notó que eran lila en ese momento, para hacer conjunto con los de Drizzt, asintió.
—¿Y adónde iréis? —preguntó Regis.
Yvonnel miró a Athrogate.
—Encontraremos nuestro camino. Finalmente, de vuelta con Drizzt. Pero puede que hagamos algo bueno por aquí fuera.
—Thornhold —dijo Athrogate, tosiendo sangre al hablar.
Yvonnel agitó la mano en el aire para indicar que se calmara.
Le había advertido que no se exaltara demasiado y que no hablara muy alto o con fuerza durante un tiempo.
Yvonnel se volvió hacia Regis de nuevo y se encogió de hombros con deferencia, haciéndole pensar que sí que irían a visitar la vieja y destartalada fortaleza donde Amber había muerto y donde Athrogate había resultado tan mal herido.
El halfling asintió despidiéndose, respiró hondo para calmarse y torció hacia el sudoeste, hacia la ciudad que le esperaba en la distancia.
Pensó en sus amigos, atrapados en un agujero bajo la montaña.
Pensó en Donnola, Drizzt, Bruenor, Wulfgar y Catti-brie.
Recordó por qué había aceptado la propuesta de Iruladoon, el mágico bosque del más allá, donde a Bruenor, Catti-brie, Wulfgar y a él se les había dado la oportunidad de volver a nacer.
En esa ocasión, cuando se planteó esa elección, Regis no había vacilado, y se había alegrado de tener la oportunidad de vivir su vida una vez más, sobre todo porque juró que esa vez sería diferente, sobre todo en su relación con sus queridos amigos.
Esta vez no sería simplemente una carga.
Esta vez, había jurado, decidido, y se había entrenado durante toda su segunda vida para asegurarse de no ser al que tenían que cuidar los otros.
No; esta vez, Regis se ganaría de sobras su puesto entre los Compañeros del Hall.
Y, en ese momento, eso significaba que tenía que entrar en un nido de víboras poderosas: los Margaster y sus aliados. Literalmente, villanos demoniacos.
—Me necesitan —susurró por lo bajo; se enderezó el cinturón y dio su primer valiente paso hacia Aguas Profundas.
Dahlia circulaba cuidadosamente por el gran salón, agitando las pestañas ante los caballeros y ofreciendo educadas, aunque algo frías, inclinaciones de cabeza a las damas del baile.
Durante sus años en Thay, la elegante elfa había perfeccionado esa actuación, y así sabía fundirse sin fisuras con esos lores y ladies a los que consideraba, sin excepción, muy aburridos y despreciables.
¿Alguno de ellos se había ganado realmente su lugar en esos círculos exclusivos?
Linaje y nada más, estaba segura de que era eso para la mayoría, y para Dahlia había pocas cosas peores que la posición sin mérito.
Pero ella sabía cómo jugar a ese juego y cómo emplear sus encantos para conseguir cualquier información que necesitara.
La información era poder y a Dahlia le gustaba el poder, sobre todo habiendo acabado de recibir noticias de Jarlaxle sobre los problemas que se avecinaban.
Entreri le había encargado averiguar cómo se posicionarían los lores y las ladies con respecto a lord Neverember y al rey Bruenor.
Dahlia esperaba conseguir mucha más información que esa, especialmente al darse cuenta de que muchos hombres jóvenes, y más de unas cuantas mujeres jóvenes, no dejaban de lanzarle miradas hambrientas.
Dibujó una bonita y recatada sonrisa cuando unos jóvenes lord y lady se acercaron a ella, él sujetando una copa extra de buen vino feérico.
—No estoy seguro de haber tenido el placer —dijo, y se presentó a sí mismo y a su amiga, remarcando lo de amiga y no esposa o compañera . Dahlia estaba muy segura de lo que quería.
—Dahlia Syn’dalay de los Syn’dalay de Shakebrook —contestó con sinceridad, porque estaba segura de que nadie ahí conocería a ese distante y minúsculo clan elfo.
Lo dijo con la practicada altivez de una elfa de buena cuna, lo que era, o hubiera sido, si no la hubieran raptado horribles netherilianos a sus tiernos doce años.
Sin duda, su traje de color carmesí, sin mangas y con la espalda al aire encajaba totalmente con el resto de personas invitadas.
Era alta para ser una elfa, casi metro ochenta, y tenía el pelo negro en el que se había teñido mechones de color rojo cardenal.
Durante la mayor parte de su vida, se había afeitado la cabeza, conservando una única trenza que le caía por la espalda y sobre el hombro, que la mordisqueaba cuando estaba preocupada o confusa, pero últimamente se había dejado crecer el pelo por el lado derecho, y también por el izquierdo, aunque lo mantenía bastante más corto para que no le cubriera la oreja izquierda, que estaba completamente cubierta por una fila de pequeños diamantes.
Esos diamantes significaban mucho para ella, y no por cuestiones de vanidad.
Últimamente, no llevaba ningún pendiente de botón en la oreja derecha; no lo había hecho desde que llegó a comprender la verdad de su relación con Artemis Entreri. La idea de añadir otro diamante por él ni se le había pasado por la cabeza, excepto muy al principio.
Porque esos pendientes de botón querían decir algo, significaban amantes a los que pensaba matar; una vez lo hacía, los transfería a la oreja izquierda, con su diamante correspondiente, para alardear de los que había asesinado.
Había llegado a llevar hasta cinco en la oreja derecha, pero en ese momento solo podía haber uno, para un hombre al que no tenía ninguna intención de hacer daño nunca, un hombre que la comprendía porque sus experiencias de juventud habían sido terriblemente similares a las de ella.
Artemis Entreri había superado esos demonios, finalmente, y estaba ayudando a Dahlia a hacer lo mismo. O eso esperaba ella.
—Bueno, lady Syn’dalay, estoy realmente encantado de conocerte —dijo el hombre, y en ese momento Dahlia se dio cuenta de que debería haber prestado más atención para poder recordar los nombres de sus compañeros de conversación.