Ilimitado (Generations 2) 9. Epler veien #2
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9. Epler veien #2

— Epler … —Penelope también calló, y pensó en la raíz de esa lengua; conocía la mayoría de los dialectos del norte, y reconoció eso como una frase de los bárbaros de Uthgardt. Aún se sintió más confusa cuando la descifró, y se le vio en el rostro.

—Manzanas de campo —dijo Wulfgar.

—¿Crees que soy caca de cierva?

—Creo que eres sincera —contestó Wulfgar—. No solo con los demás, sino contigo misma. Te considero maravillosa y refrescantemente egoísta.

—Los cumplidos van fluyendo de tus bonitos labios —repuso Penelope, con una sonrisa y una sacudida de la cabeza. Se apartó de su hombro y lo miró una poco de reojo.

—Quizá egoísta no sea la palabra correcta, pero no lo digo como un insulto —explicó Wulfgar—.

Todo lo contrario. Penelope Harpell sabe lo que quiere y hace por conseguirlo.

Eres sincera contigo misma y lo suficientemente valiente para proclamar esa sinceridad a tu alrededor.

Rompes las ataduras de la convención y la tradición, y… las señales.

—¿Señales?

—Sí —repuso Wulfgar asintiendo, ya con la cabeza más clara—. Señales. Están por todas partes, escritas o habladas, reglas y leyes, y algunas importan, pero otras están ahí porque sí, porque en alguna parte, alguna vez, alguien las puso ahí.

—Como las manzanas de campo.

Wulfgar rio.

—Exactamente. Y nadie ha tenido el valor o el sentido común de arrancarlas. Pero tú no entras en eso, no. No hay nada fingido en Penelope. No hay una Penelope oculta. ¿No lo entiendes, mi hermosa y maravillosa amiga? No eres solo a quien deseo, eres lo que deseo de mí.

Penelope tardó un instante en digerir eso.

—¿Soy tu amante o tu maestra? —preguntó.

—¡Sí, y más! —proclamó Wulfgar. Juguetón, le tocó el interior de la rodilla mientras esta se arrodillaba a su lado; luego le pasó los dedos por el interior del muslo con suma delicadeza, tanta que quizá ni la tocaba.

Penelope se puso ante él y se sentó a horcajadas sobre sus piernas, sin apartar los ojos de la intensa mirada del bárbaro. Lanzó un grito ahogado cuando él la empujó hacia delante para unirse a ella.

—Pero hay tantas chicas bonitas —dijo ella, que solo estaba jugando con él— ¿No querrías…?

—¿Cuándo me has dicho que no debería?

Penelope inclinó la cabeza hacia atrás y lo miró atentamente.

—¿Estás celosa? —peguntó Wulfgar con una sonrisa juguetona.

Ella le devolvió la mirada.

—Solo si no estoy aquí contigo —bromeó ella, y se le acercó para besarlo, y mantuvieron ese beso durante todo el acto, un beso largo y único, hasta que se hundieron juntos entre las mantas y abrazados cayeron en un sueño profundo.

Algo más tarde, Wulfgar y Penelope se despertaron con el sonido de las campanas al vuelo.

—¿Qué? —preguntó el hombretón, y cuando se dio cuenta de la procedencia de las campanadas, justo fuera de la puerta de Penelope, se echó a reír—. Claro —le dijo mientras ella se incorporaba apoyada en los codos y se sacudía el pelo de la cara—. No aceptas un simple toque en la puerta.

—Eso no es obra mía —le aseguró la mujer. Se dio la vuelta, se incorporó y se cubrió con la ropa de cama.

—¿Puedo entrar, señora? —preguntó Gromph Baenre desde el otro lado de la puerta.

Wulfgar estaba confuso. Los aposentos de Penelope, como los de muchos de los grandes magos alojados en ese lugar inusual, eran extraplanares, bolsillos de espacio extradimensional mucho mayores que el espacio físico que habitaban en la Torre de lo Arcano.

Pero sonaba como si Gromph estuviera justo al otro lado de la puerta física, a pesar de que ni siquiera estaba en el mismo plano de existencia que el archimago en ese momento.

¿O sí?

—Los magos son criaturas muy desconcertantes —masculló el hombre.

—Entra —respondió Penelope, y agitó la mano.

La puerta se abrió y aparecieron dos de las personas menos favoritas de Wulfgar: Gromph Baenre y Kimmuriel Oblodra. Con muy pocas excepciones, los magos ponían nervioso a Wulfgar porque no los entendía, pero comparado con Kimmuriel, Gromph podía resultar un agradable compañero de mesa.

Los dos avanzaron hacia el pie de la cama, mientras Kimmuriel miraba fijamente a Wulfgar y ofrecía un bufido claramente burlón.

—Se avecinan problemas —dijo Gromph.

—Lo he oído —repuso Penelope.

—Has oído lo de Viñas Sangrantes y la presión sobre Gauntlgrym, pero estamos hablando de un evento diferente —le corrigió Kimmuriel.

—Una gran flota se dirige a Luskan, una gran armada de guerra —explicó Gromph—. Creemos que Port Llast ha sido saqueado, aunque no ha habido noticias directamente de la ciudad, y la flota partió de allí hacia el norte.

—Hacia Luskan —repuso Penelope.

—Eso parece. El Gran Capitán Kurth está reuniendo los barcos para zarpar y enfrentarse a ese desafío, para que, al menos, podamos enterarnos de sus intenciones —continuó Gromph—. Suponemos que pretenden atacar directamente, pero necesitamos saber más sobre su organización y su fuerza.

Penelope asintió.

—Yo descubriré todo eso —explicó Kimmuriel—. Y me gustaría llevarte a ti conmigo, Wulfgar, para protegerme.

—Claro —dijo Penelope, apretando las sábanas contra su pecho. Miró a su amante y le prometió—: Los detendremos.

—Tú no, señora —le dijo Gromph—. Él. Tú te vas a casa, a Longsaddle.

Penelope se burló de eso sin rodeos, mirando enfadada a Gromph.

—Gromph no de… —comenzó a decir.

—Ve con Catti-brie, señora —le interrumpió este—, y mantenla a salvo.

—Ella se puede mantener a salvo solita —replicó Penelope, enfadada, y habría seguido de no ser porque Wulfgar le puso la mano en el hombro para calmarla.

—¿Qué es lo que sabéis? —preguntó Wulfgar.

—La oscuridad es mayor de lo que puedas comprender —explicó Gromph, hablando más para Penelope que para Wulfgar—.

Ha aparecido algo muy maligno y se dirige hacia un solo propósito, y ese propósito es cierta gente elegida.

Creo que se dirige hacia el hombre que Catti-brie más ama, pero no puedo estar seguro.

De ser ese el caso, entonces, ella también podría correr un gran peligro, por tanto, te ruego que vayas con ella.

—Catti-brie es más poderosa que yo —replicó Penelope—. Si ella no puede defenderse, entonces, ¿qué podré hacer yo?

—Poner los ojos de la Mansión Yedra por todas partes —le contestó Gromph—. Y si la oscuridad se acerca, entonces, enviarla lejos, muy lejos, a los confines de Faerûn, o incluso a otro plano.

—¿De qué estás hablando, mago? —exigió saber Wulfgar. Avanzó, con las mantas cayéndosele a sus pies, mostrando los músculos de los brazos y pecho en tensión.

Gromph no le hizo caso.

—¿Querrías que Drizzt soltara su último aliento sabiendo que Catti-brie murió antes que él? ¿Sabiendo que su hijo fue asesinado por su culpa? —preguntó a Penelope.

El tono de su voz sorprendió a la mujer, porque estaba cargado de inesperada humanidad.

—Señora, ve con Catti-brie y asegúrate de que esté a salvo —repitió el mago, contundente.

Penelope se volvió hacia Wulfgar, ambos con expresiones de confusión y urgencia.

—Debemos irnos —le dijo Kimmuriel—. Debemos descubrir la terrible verdad de esa armada que navega contra Luskan. Nuestros barcos se están preparando.

Wulfgar asintió.

—Vas a morir allí fuera —susurró Penelope.

—Esta es mi verdad —contestó Wulfgar a media voz—. Odio las señales. Te amo porque no haces caso de las señales, pero esto… esto no lo puedo pasar por alto. La señal de la amistad es algo que agradezco y que no quiero ni puedo ignorar. —Le cogió el rostro para mirarle a los ojos—. Ni puedes tú.