9. Epler veien
E PLER VEIEN
—Las Melarni han marchado —dijo Kimmuriel a Gromph, en las habitaciones del archimago, en la Torre de lo Arcano—. Una gran fuerza, todos, y la Casa Hunzrin junto a ellos, imagino.
—¿Cuándo? —preguntó Gromph—. ¿Y dónde has estado?
Se sentía especialmente nervioso, sintiendo susurros por todas partes de una flota hostil acercándose a Luskan y las noticias del sur sobre el avance de las hordas de demonios.
—Se me envió a hablar con la sacerdotisa Ash’ala.
—Eso fue hace una semana.
—Lo que me insinuó requería confirmación, así que la busqué, pero ninguna que se pudiera encontrar en este plano de existencia.
—Fuiste a la mente colectiva de los ilícidos —afirmó Gromph.
Kimmuriel asintió.
—¿Por las decisiones de la diminuta Matrona Zhindia Melarn? —preguntó, incrédulo, el gran mago—. ¿Te inquieta tanto que vas corriendo a los azotamentes? ¿Quieres que la busque y la destruya?
La expresión de Kimmuriel no varió ante el sarcasmo de Gromph o la jactancia del gran mago, que, en circunstancias normales, era perfectamente razonable.
—¿Y bien? —insistió el nervioso Gromph.
— Arachna’chinin’lihi’elders —contestó Kimmuriel—. La Matrona Zhindia no está sola.
Gromph miró con curiosidad al pequeño psiónico durante unos instantes, repitiendo la extraña palabra en la cabeza. Era un idioma antiguo, mucho más que él, más antiguo que Menzoberranzan. Abrió mucho los ojos, sorprendido, cuando por fin lo descifró.
—¿Una recuperadora? ¿A Zhindia le han concedido una recuperadora? —Gromph calló y respiró hondo para calmarse, luego negó con la cabeza—. ¿Estás seguro?
Kimmuriel ni parpadeó.
—Entonces, no fue Lloth quien sacó a Zaknafein de su sueño eterno, no —razonó Gromph—. Y, ahora, la Reina Araña lo quiere de vuelta, y ¿ha elegido a la Matrona Zhindia Melarn como su arma? —De nuevo negó con la cabeza—. Zaknafein, ¿sí? Debe de ser Zaknafein.
—Es una palabra antigua —dijo Kimmuriel—. Quizá no la he dicho bien.
—Entonces, ten más cuidado —le respondió Gromph—. No deseches una perspectiva como la de una recuperadora…
— Arachna’chinin’lihi’eldernai —se corrigió Kimmuriel, empleando la forma correcta para pluralizar esos constructos demoniacos.
— ¿Eldernai? —Gromph repitió, corto de aire—. ¿Plural?
—Dos —confirmó Kimmuriel.
—Entonces, Lloth realmente está con ella —admitió Gromph—. Y debemos pensar que nuestras vidas y alianzas…
—No sabemos si es Lloth —le interrumpió Kimmuriel.
—Entonces, ¿quién? —preguntó Gromph, desdeñoso, pero la pregunta cobró relevancia antes incluso de que Kimmuriel respondiera.
—Hay otro gran demonio, que se otorga a sí mismo el título de Príncipe de los Demonios, que no está nada contento —le recordó el psiónico.
Demogorgon, pensó el archimago, traído al plano material por Gromph y destruido en su forma corpórea por medio del poder de Menzoberranzan, canalizado a través de la dominante mente colectiva ilícida y en cuya canalización habían participado, y no de una forma menor, justamente esos dos drow.
—Supones que los objetivos son Zaknafein y, posiblemente, Drizzt Do’Urden, claro —continuó Kimmuriel—.
Pero hay otros que se han ganado la enemistad de demonios lo suficientemente poderosos para crear recuperadores.
No creo probable que a Drizzt lo quieran cazar así, aunque la Matrona Zhindia sin duda lo aborrece, ya que Lloth lo tuvo en los túneles de Damara y no lo destruyó. Quizá ambos sean para Zaknafein.
Ahora fue Gromph quien negó con la cabeza.
—No puedes dirigir dos de esas bestias hacia el mismo objetivo porque se atacarían la una a la otra, ya que están centradas en una única tarea.
—Gromph se dispuso a analizar mentalmente todos los ángulos.
La Matrona Zhindia dirigía esa carga; eso era lo único que le permitía esperar no ser uno de los objetivos.
Zhindia odiaba a Drizzt y a Jarlaxle, y al humano Entreri, porque los tres habían atacado su casa y había asesinado a su única hija, y con la horrible daga de Entreri, o eso decían los susurros, de modo que no podía ser resucitada.
Pero ¿Zhindia, o Lloth, gastarían una recuperadora en un simple humano?
A Gromph no le parecía probable.
—No es Artemis Entreri —le dijo Kimmuriel, una sutil indicación de que el psiónico le estaba leyendo el pensamiento.
—Entonces, debemos averiguar para quién es —exigió Gromph, enfadándose—. Debe estar confirmado. ¿Te has enterado de algo con los azotamentes?
—La mente colectiva no está para responder mis preguntas en función de mi horario —replicó Kimmuriel.
—Presiónalos.
—¿Presionar? Uno no presiona a los ilícidos.
—¿Necesito recordarte que fue Kimmuriel quien hizo intervenir el poder de la mente colectiva contra Demogorgon? Es posible que esos golems imparables estén aquí por ti.
Kimmuriel volvió a encogerse de hombros.
—¡Huirías con los ilícidos de ser así! —le acusó Gromph.
—Como haría, como hará Gromph si descubre que son para él.
—Esta no es una situación en la que desee participar —repuso el archimago—. Debemos averiguar qué alianzas se hallan tras este alzamiento de la oscuridad. Quién otorgó los arachna’chinin’lihi’eldernai y por qué.
—Quien quiera que fuera, y por quien sea, nuestro mundo ha cambiado, archimago —afirmó Kimmuriel, y ante eso Gromph solo pudo asentir.
Si una de esas bestias tenía a Gromph como objetivo, este pasaría las siguientes décadas, incluso siglos, huyendo constantemente, cambiando de plano, hasta que fuera atrapado o, de algún modo, encontrara la manera de derrotar a lo que era virtualmente imbatible e imparable.
Penelope Harpell se metió sigilosamente en el lado que le correspondía del gran lecho de sus cómodos aposentos de la Torre de lo Arcano.
Se detuvo y miró la espalda desnuda de su amante, enorme y fuerte, gruesa y dura como el granito, y con líneas claras que dibujaban cada músculo.
Penelope creía que, si él se levantara y se inclinara hacia delante, con los brazos abiertos, podría poner el mundo entero en esa espalda y él lo sostendría en alto.
La mujer esperó un momento más antes de acurrucarse en la cama, detrás de él, mientras este se incorporaba y se sentaba cerca de los pies de la cama, con las piernas cruzadas por delante y, al parecer, ignorante de que ella había regresado.
Wulfgar tenía muchas cosas en la cabeza, y ella lo sabía.
Las noticias del sur, de Gauntlgrym, cuyo rey enano se trataba de su padre adoptivo y donde residían muchos de sus más queridos amigos, no eran buenas.
Y Viñas Sangrantes, el pueblo que él había ayudado a construir con su amigo Regis, había sido completamente arrasado, los viñedos destrozados, la estación del tranvía de la Rampa convertida en una ruina.
Y Wulfgar había estado ahí durante todo aquel súbito ataque a Gauntlgrym y había visitado a Penelope, con quien quería compartir su lecho.
Todo parecía relativamente seguro en Gauntlgrym, al menos de momento, y Bruenor había enviado un aviso a través del portal mágico para que Wulfgar se quedara en Luskan como su emisario.
Penelope comprendía que eso también se le había hecho difícil al guerrero.
Lo que más quería era atravesar el portal y unirse a la lucha en el frente con sus amigos.
Sin embargo, no iba a desobedecer a Bruenor en eso, así que había vuelto con Penelope.
Pensar que Wulfgar había buscado consuelo y distracción en ella hacía que Penelope sintiera escalofríos en la espalda, y sobre todo en ese momento, mientras miraba su cuerpo, enorme y cincelado, un cuerpo que tendría unos veinte años de edad, aunque la conciencia de ese hombre era mucho más vieja que eso, incluso mucho más vieja que la propia Penelope.
Ella se encontraba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, con canas comenzando a iluminar su oscura melena y unas cuantas arrugas más en el rostro, sobre todo alrededor de los ojos, de tanto guiñarlos en el estudio de libros sobre conjuros y viejos pergaminos.
Aún estaba fuerte y sana, aunque con partes del cuerpo un poco más voluminosas de lo que deseaba y otras no tan firmes como antes.
Todo eso no le importaba demasiado, pero era agradable saber que aún podía captar la mirada de un hombre como Wulfgar.
Él seguía volviendo a su lecho con ganas, feliz.
Ella se puso de rodillas detrás de él, le rodeó el cuello con las manos y le hundió los pulgares para masajearle las bandas de duros músculos que le recorrían los hombros.
—Mi magnífico hombre —dijo ella—, ¿por qué vuelves a estar aquí en mi lecho?
—¿Y por qué no? —respondió él, alzando la mano izquierda hacia atrás para colocársela sobre la de ella.
—¿Existe alguna mujer en la Costa de la Espada que no se haya abierto para ti?
¿Hay alguna chica joven y bonita que no quisiera estar rodeada por tus fuertes brazos?
—Mientras le hacía esas preguntas, iba bajando sus manos por los hombros hasta el gigantesco bíceps—. Y, sin embargo, estás aquí, conmigo.
Wulfgar soltó una pequeña carcajada.
—¿Penelope Harpell, la gran dama de la Mansión Yedra, duda de sí misma? —Volvió la cabeza para dejarle ver su expresión de incredulidad—. Pocas cosas me sorprenden, mujer, pero, sí, estoy sorprendido.
—No es duda —replicó ella, dándole una juguetona palmada en el hombro—.
Es simple sinceridad. —Ella se movió para ponerse a su lado y poder verle mejor los ojos de un azul cristal.
¡Ah, esos ojos! Incluso los ojos de Wulfgar hablaban del contraste sorprendente y maravilloso que era ese hombre.
Era la oscuridad y era la luz; era duro y fuerte pero también tan tierno…
—Eres joven —dijo ella—, y yo no soy una mujer joven.
—Tenía un siglo y cuatro años cuando me mató un yeti —le recordó Wulfgar con una risa sincera y cálida.
—Sí, pero renaciste y se te dio juventud y fuerza, y toda la belleza que conllevan. Podrías tener casi a cualquier mujer, pero estás aquí. ¿Por qué?
— Epler veien —respondió Wulfgar, tras un breve momento.