Ilimitado (Generations 2) 8. Comandante Zhindia #3
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8. Comandante Zhindia #3

De nuevo, Inkeri y Alvilda intercambiaron una mirada, ambas intrigadas.

La inesperada llegada de la Casa Melarn, con su pequeño ejército de poderosas drañas, las había puesto nerviosas.

Drañas y algo más, o eso creían. Cualquier ventaja que Zhindia pudiera tener, ella, segurísima de sí misma, solo la insinuaba.

Quizá fuera un simple farol, pero en tal caso, Zhindia había perfeccionado ese arte. Su seguridad era contagiosa.

Pero también las inquietaba de gran manera.

—Entonces, no importa —continuó Zhindia—. Enviad a este estúpido enano y sus fuerzas a su casa de la costa, donde puedan servir de vanguardia. —Miró alrededor—. Mi casa se hará cargo de este campo de batalla.

—Bronkyn quiere Gauntlgrym por encima de todo —comentó Alvilda.

—Entonces, quizá debería comportarse como si el premio mereciera su precio —replicó secamente Zhindia.

El explorador drow llegó a lo alto del túnel de salida, donde el tranvía de Gauntlgrym dejaba la montaña para entrar en la plataforma de la estación de Viñas Sangrantes, una estación que, como casi todo lo demás en el pueblo halfling, había sido destruida.

A Drizzt eso no le preocupaba demasiado en ese momento, porque sabía que los enanos ayudarían a Regis, Donnola y los ciudadanos a reconstruirla con toda magnificencia.

Si lograban sobrevivir.

Drizzt miró al pueblo bocabajo, desde el techo, porque no había superado el punto final del giro mágico de la gravedad que permitía al tranvía rodar «colina abajo» sobre el techo del túnel.

Ese punto quedaba marcado simplemente con el giro de las vías al descender del techo para colocar el tranvía otra vez bocarriba, en el área que no estaba afectada por la inversión mágica.

¡Qué maravillosa creación había sido!, pensó. Y en ese momento, esos demonios estaban decididos a destrozarlo todo.

¿Qué podían hacer para impedirlo? Drizzt se lo preguntó y se planteó las opciones.

¿Debería ir y tratar de decapitar a los atacantes?

Sin duda, sus aliados y él tendrían que derrotar a los demonios mayores que había entre los enemigos, o esa escoria seguiría pasando por las puertas a los demonios menores para lanzarlos contra ellos, un suministro inexhaustible.

Esa idea cristalizó unos momentos después cuando una horda de enemigos se hizo visible, cruzando el destrozado pueblo y dirigiéndose directamente hacia los túneles del tranvía.

Casi sin pensar en el movimiento, actuando por puro instinto, el explorador drow saltó hacia delante, más allá de la línea de inversión, se cogió a una agarradera y encajó los pies en los raíles descendentes al comenzar a caer.

Se alzó sobre las vías y se encajó de nuevo en el techo.

Drizzt aplicó su entrenamiento tanto de monje como de explorador para contorsionarse a la perfección y desaparecer totalmente de la vista desde abajo.

Y justo a tiempo, porque un enjambre de demonios —humanoides deformes tambaleándose como los no-muertos, chasme voladores, poderosos vrocks bípedos semejantes a pájaros y todo tipo de bestias malformadas— comenzó a pasar bajo él.

Si la situación no hubiera sido tan crítica, puesto que Gauntlgrym iba a entrar, sin duda, en otra feroz lucha en la caverna de entrada, Drizzt hubiera encontrado divertida la siguiente situación, porque los demonios, evidentemente desconocedores de la permanente inversión de la gravedad en el túnel, comenzaron a caer y caer… ¡hacia arriba!

Incluso los chasme voladores, con sus rostros humanos hinchados y sus narices como probóscides, viraron, giraron y se estrellaron contra las paredes, el techo y el suelo una y otra vez, por lo desorientados que estaban.

Pero eso no detuvo su avance. La fila de demonios a la carga seguía y seguía, y mientras los mayores parecieron comprender el extraño encantamiento, los monstruos menores seguían entrando en el túnel y cayendo hacia arriba para estrellarse contra el techo.

Cualquier pequeño daño que sufrieran podría ayudar abajo, pensó Drizzt, y mientras la horrible procesión seguía y seguía, esperó que esa inesperada caída realmente hiriera a muchos.

Porque, de no ser así, había muchísimos enemigos a los que enfrentarse.

Quizá demasiados.

Los observó mientras cargaban por debajo de él durante mucho, mucho rato, y se dio cuenta de que, seguramente, un número igual debía estar entrando por el túnel en la parte derecha de la destrozada estación del tranvía, y este no estaba encantado con gravedad inversa; este permitía al tranvía simplemente bajar por la montaña hasta la estación de Gauntlgrym, situada mucho más abajo.

Finalmente, Drizzt salió sigilosamente del túnel, gateando por el techo, y luego cruzó la estación en ruinas hacia el otro túnel y comenzó a bajar. Pero miró hacia atrás antes de perder de vista el pueblo, y, entonces, entendió mucho mejor ese inesperado asalto.

Drañas.

Si había drañas allí, entonces, había drow también; y si había drow ahí, entonces, Drizzt tenía pocas dudas de su papel como dirigente de esa invasión demoniaca.

Lo que planteaba la siguiente pregunta: ¿por qué no lo sabía Jarlaxle?

Sin embargo, en ese momento no podía preocuparse por eso, ya que los demonios ya estaban lejos, muy por debajo de él, en el túnel, y seguramente acercándose a la caverna de entrada de Gauntlgrym. Era incluso posible que la batalla ya hubiera comenzado.

Drizzt hizo sonar el silbato que llevaba al cuello y comenzó a correr túnel abajo.

Andahar, su gran corcel unicornio, no tardó en alcanzarlo; entonces, saltó sobre el amplio y fuerte lomo del animal y se agarró a su crin de color blanco brillante.

Juntos cargaron hacia la oscuridad de las profundidades de la montaña.

—No es tan confuso como parece —explicó Bruenor a Jarlaxle y Zaknafein, cuando los tres subieron a la plataforma del tranvía para tener una visión más completa de la enorme cámara subterránea—.

Tenemos lanzadores, sobre todo catapultas laterales apuntando a cada corredor.

Lanzan rocas, ardiendo si se quiere, aunque contra demonios seguramente no, ¿eh?

—No parece haber muchos de esos pasillos rectos —repuso Zaknafein.

—Más de los que crees —le aseguró Bruenor—. Los cortamos, así que son difíciles de ver, y tenemos otros con muros diseñados para que el proyectil tuerza la esquina.

Zaknafein miró a Jarlaxle, y Bruenor lanzó una gran carcajada cuando vio que Jarlaxle simplemente se encogía de hombros y asentía.

—Nadie mejor para crear zonas de muerte, elfo. Nadie —insistió el rey enano—. Tenemos cada punto del suelo en la mira, listos para iluminarlo, listos para fundirlo.

—¿Cuántos enanos hay aquí fuera? —preguntó Zaknafein.

—Una docena disparando catapultas, media más ocupándose de las balistas, unos cien muchachos con ballestas, todos en lo alto, y, como siempre, una docena de Revientabuches cubriendo cualquier retirada —enumeró Bruenor—.

Tenemos túneles cortados por el techo para llevarnos a la mayoría de ellos a este lado del lago, y cien guardias en el otro lado del muro a nuestra espalda, en la sala del trono, listos para salir y echar una mano.

Y puedo ofrecer otros quinientos aquí en un rato, no lo dudes.

—Muy satisfecho consigo mismo, Bruenor cruzó los brazos sobre su amplio pecho, desafiante.

—Los necesitarás —dijo Zaknafein antes incluso de que Bruenor hubiera completado la acción

—¿Eh?

—¿Qué es lo que sabes? —preguntó Jarlaxle.

—Shhh —chistó, pidiendo silencio—. Los oigo.

Acababa de decir eso cuando el muro del fondo de la caverna estalló en llamas y gritos, y una sombra alargada de monstruos deformes parpadeaba y bailoteaba contra las manchas de luz feroz y, luego, mágica.

—Muchos —admitió Bruenor—. ¿Qué tienes para mí, elfo?

Jarlaxle miró a Zaknafein.

—Esta caverna parece todo un reto —dijo Zaknafein, astuto—. Montones de paredes irregulares y un millón de cornisas, y suficientemente anchas para los que las saben notar. —Guiñó a Zaknafein y desenfundó las espadas—. ¿Crees que aún puedes saltar y botar, dar volteretas y giros?

A pesar de la grave y evidente situación, con gritos y las explosiones que se acercaban por momentos, una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Jarlxle.

—Ahora soy más viejo, así que por la mañana me dolerá todo, estoy convencido. Pero seguro que te puedo seguir el paso.

—Ni en toda tu vida.

—Puede que así sea —repuso Jarlaxle, con una carcajada.

—Muchachos —interrumpió Bruenor—. Que hay una lucha ahí fuera.

—Evidente. ¿El mejor pasillo para matar, rey Bruenor? —preguntó Jarlaxle.

—¿Eh? —Bruenor meneó la cabeza y luego apuntó hacia el fondo de la caverna, a la izquierda de la estación—. Un pasillo largo y amplio, con montones de gente…

El enano calló y meneó de nuevo la cabeza, porque los dos drow ya se habían ido saltando el muro de la estación para caer a la piedra de abajo.

Bruenor los captó en un último vistazo: Jarlaxle subía a toda velocidad por el costado de una estalagmita a la izquierda y Zaknafein hacía lo mismo por la derecha.

El enano pegó un bote, asombrado, cuando ambos saltaron el uno hacia el otro, con botes y giros que Bruenor no podía acabar se seguir, cruzándose en el aire y luego ocupando la posición inicial del otro mientras seguían corriendo.

—Todo comenzó cuando mi niña encontró a Drizzt en la ladera de una colina, en el Valle del Viento Helado —masculló Bruenor, y llamó a los comandantes de su guardia, sacó una jarra de cerveza de su escudo mágico, la vació de un solo trago y luego la lanzó con sonoro eructo.