Ilimitado (Generations 2) 8. Comandante Zhindia #2
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8. Comandante Zhindia #2

—Y diles a los magos de la Torre que hagan arder ya las condenadas puertas que dan a la Marca Argéntea con su magia —dijo Bruenor, después de dirigirle una larga mirada al mercenario drow.

Había estado cerca de Jarlaxle lo suficiente para confiar en ese tipo excéntrico, pero también para saber que este siempre se pondría a sí mismo por delante.

Aun así, tenía que aceptar la promesa del mercenario como lo que era—.

No voy a echarlos, pero dame esas puertas y traeré a los muchachos de Mithril Hall, Felbarr y Adbar, y entonces verás lo que es papilla de demonios, ¡no lo dudes!

Jarlaxle rio y asintió con la cabeza, mirando a Zaknafein, que no parecía entender nada.

El problema no era el idioma, porque con la ayuda de Catti-brie el maestro de armas ya había conseguido hablar bastante bien la lengua común de las razas de superficie de Faerûn, sino el significado de las palabras.

—Tres ciudadelas enanas en una tierra llamada la Marca Argéntea —le explicó Jarlaxle—. Aquí nuestro buen Bruenor fue rey de Mithril Hall, dos veces, antes de reclamar este hogar más antiguo de los enanos que es Gauntlgrym.

Zaknafein arqueó una ceja blanca al oír eso.

—Si las puertas de teletransporte se abren en el lugar adecuado, en los túneles entre esas tres ciudadelas, el rey Bruenor puede traer a diez mil soldados enanos bien pertrechado en muy poco tiempo.

—Barreremos a esos perros hasta la Costa de la Espada y los ahogaremos en el océano —afirmó Bruenor, y Jarlaxle asintió sin dudar de esa afirmación.

—Aún tardarán un tiempo, por lo que me ha dicho Gromph —explicó Jarlaxle—. La magia está creciendo, pero dado el peligro del primordial, tiene que cultivarse con mucho cuidado.

—Ya, mi niña dice lo mismo —masculló Bruenor, y comenzó a subir la escalera que subía al puente y cruzaba el estanque hasta la plataforma del tranvía—. Así que tenemos que aguantar.

—Está todo en un silencio tan raro… —comentó Jarlaxle, cuando se colocó al lado del enano en el puente, y ambos, junto a Zaknafein, miraron hacia el oscuro bosque de árboles de piedra.

—Oh, están ahí fuera, no lo dudes —le aseguró Bruenor.

—Mi hijo está ahí fuera —añadió Zaknafein.

—Y tampoco dudo eso —repuso Bruenor, con una risita—. Confía en él. Ha estado muchas veces por todo el mundo y contra todo lo que puedas pensar. Confía en él —repitió.

Zaknafein miró con curiosidad al enano de pelo naranja, y parecía haber bajado la guardia.

A Jarlaxle se le ocurrió que Zaknafein no había pensado ni por un momento que esa persona, un rey enano, le ofrecería consuelo por Drizzt.

Pero Jarlaxle sabía, naturalmente, que Bruenor era más amigo de Drizzt de lo que nunca lo había sido Zaknafein.

No por culpa de Zaknafein, no, sino porque Drizzt y Bruenor habían pasado siglos juntos, apoyándose el uno al otro, defendiéndose el uno al otro, contando con el otro.

Su amigo le estaba mirando a él, y Jarlaxle asintió hacia Zaknafein. Drizzt podía arreglárselas solo.

No, lo que le preocupaba eran sus adversarios.

—No dudo de que están ahí fuera, buen enano —dijo Jarlaxle—. Pero esos son demonios. Demonios. El caos personificado. Siempre hambrientos de sangre. Están ahí fuera, pero ¿qué están haciendo? ¿Por qué está todo tan silencioso?

—Ya, me estaba preguntando lo mismo —indicó Bruenor. Miró a Zaknafein y le ofreció una cálida sonrisa, cuyos blancos dientes le brillaban bajo la luz de la antorcha desde la maraña de su barba color naranja—. Probablemente tus muchachos los han matado a todos.

—No sería la primera vez —añadió Jarlaxle, seco, y los tres miraron hacia el otro lado de la enorme antecámara de Gauntlgrym.

—No, siguen estando ahí —decidió Bruenor—. Escoria de demonios. Los puedo oler.

—Debéis presionarles sin descanso —la matrona de ásperas facciones ordenó al trío de jefes en Viñas Sangrantes, bajo la sombra de unos árboles frente a los dos túneles que conducían al interior de la montaña.

Bronkyn miró a la mujer de pelo blanco y meneó la cabeza varias veces, incrédulo.

Era muy bonita, pensó, para ser elfa…, aunque necesitaba engordar; aparte de eso, el enano de gruesos miembros no sabía realmente qué pensar de ella.

Su vestido, sin duda de materiales y diseño fabulosos y caros, tenía tantas arañas encima que a Bronkyn le rodó la cabeza.

Estaba seguro de que algunas de ellas, al menos, eran arañas de verdad, vivas y correteando, y no solo puntadas decorativas o broches.

Los Margaster le habían advertido que esta, especialmente, era una ferviente devota de la Reina Araña, pero en realidad a Bronkyn toda esa devoción le parecía excesiva.

Incluso la manera en que hablaba le enervaba; cada palabra le hacía sentir como si alguien le estuviera pasando la corteza de un viejo roble retorcido por la nuca.

Parecía que esa drow casi ni podía sacar las palabras por su boca de tenso que tenía el mentón, y cuando salían tenían el timbre chirriante de una hoguera bajo un chaparrón.

Lo cierto era que quería golpearle, pero Inkeri y Alvilda le habían advertido de que esa drow era muy importante para su causa; que esa Matrona Zhindia de la Casa Melarn les daría la oportunidad de derrotar Gauntlgrym y apoderarse de todas las tierras costeras al norte de la gran Aguas Profunda.

—Así lo haremos, matrona —prometió Inkeri—.

Con estos magníficos trastitos que vuestros socios nos han dado, haremos que los enanos se queden encerrados en su agujero.

—Miró a una de las del séquito, una que Bronkyn conocía bien: Charri Hunzrin, quien había entregado muchas de las filacterias mágicas al clan Stoneshaft.

Esa tampoco le caía bien.

—Esa caverna es un matadero —intervino Bronkyn—. Nos superaran diez a uno.

—Eso es lo bueno de nuestros aliados demonios —le dijo la Matrona Zhindia—. Deja que los enanos de Bruenor maten a los manes y a otros demonios menores. Los grandes demonios simplemente abrirán los portales mágicos al Abismo y traerán más.

—Ya, pero no vas a poder ir reemplazando a los Stoneshaft, así que no enviaré a muchos de mis chicos al picador de carne del rey Bruenor.

La drow bufó, con claro desprecio, y pasó su mirada crítica sobre las dos mujeres Margaster.

—Es de esto que he estado preocupándome, y estoy necesitando una respuesta tuya —continuó Bronkyn—.

Así que dime, y dímelo ahora. Algunos de mis chicos tienen a tus amigos demonios en sus gemas y joyas, y los demonios aparecen con poder y furia.

Pero pierden, he visto a algunos perder, y luego se vuelven todo humo y desaparecen.

Y a veces mi enano se vuelve a levantar, inestable pero vivo, y a veces mi enano no se levanta.

Entonces, ¿de qué va? ¿Qué les pasa a mis chicos cuando el demonio pierde?

—Pregúntale a los que se levantaron —le contestó la Matrona Zhindia, con frialdad.

—Te lo pregunto a ti —replicó él, igual de frío.

—Es como dices, enano. Algunos sobrevivirán al impacto de la destrucción de su demonio acompañante y otros no.

—Entonces, me entenderás cuando te digo que no estoy dispuesto a enviar a todo el clan Stoneshaft a esa caverna llena de catapultas, ballestas y balistas. Tenemos suficientes demonios que no están emparejados con mis enanos para enviar ahí abajo, pero…

—¿Pero? —le interrumpió tajante la Matrona Zhindia—. Tenemos a Bruenor y sus amigos encerrados en un agujero.

—Un buen lugar para ellos —aseguró Bronkyn.

—Sí, hasta que puedan abrirán sus portales a la Marca Argéntea al este, y todos los enanos del norte se unirán contra ti.

—Contra nosotros —le corrigió Bruenor.

Pero la Matrona Zhindia se encogió de hombros y sonrió con su horrible mueca. Después de todo, tenía un lugar donde huir, al que los enanos de Bruenor no se atreverían a perseguila. ¿Podía decir lo mismo el clan Stoneshaft?

—Presionadlos —dijo, más a las dos Margaster que a Bronkyn.

—Bronkyn Stoneshaft dirige esas fuerzas —le informó Inkeri, y Zhindia miró otra vez al enano, conteniendo a duras penas su mueca despectiva.

—Así que esas arañas que se te pasean encima —preguntó Bronkyn, conteniendo con esfuerzo su gruñido despectivo—, ¿las guardas de aperitivo?

—¿Aperitivo? —repitió la Matrona Zhindia, al parecer auténticamente confundida, y, más allá de ella, ambas mujeres Margaster miraban a Bronkyn negando con la cabeza, rogándole que cambiara de tema.

El enano lanzó una risita.

—Enviaré a los demonios, hordas enteras de esas bestias, pero no meto a mis chicos, carne de mi carne, en esa zona de muerte hasta que hayamos suavizado un poco a Bruenor.

—¿Aperitivos? —preguntó Zhindia de nuevo.

Bronkyn carraspeó y lanzó un escupitajo al suelo; luego se alejó, vociferando órdenes a sus fuerzas para que se prepararan para el asalto.

Detrás de él, la Matrona Zhindia dirigió su ceño fruncido hacia las dos Margaster.

—El clan Stoneshaft presionará duramente a Bruenor —prometió Inkeri—. Los demonios mayores han estado creando portales para traer a sus esbirros desde que destruimos este pueblo halfling. Son muchísimos.

—Y todos están hambrientos —añadió Alvilda, con una sonrisa torcida.

—Vosotras dos dirigiréis —dijo la Matrona Zhindia. Las Margaster se miraron una a la otra, pero negaron con la cabeza al unísono cuando volvieron a mirar a Zhindia.

—Debemos ir enseguida a Aguas Profundas —explicó Inkeri—. Están sucediendo muchas cosas al mismo tiempo y es imperativo que estemos a disposición de lord Neverember para ayudarle a mantener a los señores de Aguas Profundas en sus palacios y lejos del campo de batalla.

—Si las fuerzas en bloque de esa ciudad vinieran contra nosotras, perderíamos esta lucha —añadió Alvilda.

Zhindia torció los labios en una odiosa sonrisa.

—No estéis tan seguras de eso —dijo, sin alterarse.