8. Comandante Zhindia
C OMANDANTE Z HINDIA
E L AÑO DEL R ENACIMIENTO DE LA R AZA E NANA
—¿Nos reuniremos con ellos? —preguntó Kyrnill Melarn, la primera sacerdotisa de la Casa Melarn, a la Matrona Zhindia.
Ellas y sus seguidores, los trecientos cincuenta soldados de la Casa Melarn, la mitad de ellos goblins, kobolds y más de cien drañas, habían salido de la Infraoscuridad en medio de la región rocosa y cubierta de colinas conocida como los Riscos, a solo unos cuantos kilómetros de la ahora ruinosa ciudad halfling de Viñas Sangrantes y de la entrada trasera al complejo enano donde Bruenor Battlehammer era rey.
Y más importante que dónde reinaba era el hecho de que Bruenor era el mejor amigo del hereje Drizzt Do’Urden, a quien Zhindia pretendía capturar o matar, junto con el padre de este, Zaknafein, quien, de algún modo misterioso, había sido sacado de su tumba y devuelto a la vida.
Para Zhindia, el robo de un alma había sido el mayor insulto imaginable a su querida lady Lloth.
—Debemos hacerlo —contestó Zhindia a la sacerdotisa—. Son nuestra carne de cañón para sacar a los enanos de sus agujeros.
—¿Por qué los necesitamos? —preguntó Kyrnill, volviéndose para mirar a los otros «soldados» que la Casa Melarn había llevado a la superficie: un par de gigantescos golems con forma de araña.
Esas bestias realmente monstruosas, las recuperadoras, se hallaban entre los más apreciados constructos de los planos inferiores, habían sido creadas, a un alto coste y sacrificio, con un único propósito, y las empleaban los demonios mayores y las diosas demonio.
Una recuperadora se construía para llevar de vuelta, vivo o muerto, a un único ser.
Solo los más valorados criminales justificaban un gasto tal, y la Reina Araña, la diosa Lloth, por medio de sus sirvientas yochlol, había estado de acuerdo con la estimación de Zhindia de que Drizzt y Zaknafein se calificaban como tales.
—¿Pueden los enanos detener nuestras…? —Kyrnill trató de buscar una palabra que describiera a las poderosas criaturas que tenía delante, y finalmente se decidió por arañas benditas —. ¿Algo puede?
—Nunca seas imprudente —le riñó Zhindia—. Nuestra diosa nos ha confiado a los más valiosos constructos del Abismo. La arrogancia está de más.
—¿Qué las puede detener, a parte del logro de su misión?
—No son invencibles. No —respondió ella, cortando otra protesta—, no subestimo sus poderes.
Han sido creadas por los más importantes demonios mayores y son poderosas aliadas que hay que mimar; su poder es mayor que el de cualquiera otra cosa que podamos lanzar a nuestros enemigos.
Pero no son inmortales, y nunca pienses que lo son.
Sí, capturarán a Drizzt Do’Urden y a Zaknafein, no lo dudes, pero entonces se marcharán de vuelta al Abismo y nosotras seguiremos aquí enfrentándonos a un formidable enemigo atrincherado.
—Pero habrás alcanzado la grandeza, mi matrona —dijo Kyrnill, con una reverencia—. Habrás logrado hacer lo que los Baenre no hicieron, y cuando regresemos…
—Cuando hayamos derrotado a los dos herejes, y luego conquistado la ciudad enana y las tierras que la rodean, regresaremos con una auténtica victoria.
Solo entonces realizaré lo que Lloth más se merece: que su matrona más devota y amante se convierta, por fin, en la Madre Matrona de Menzoberranzan.
El tiempo de las Baenre se acerca a su fin.
Ya es hora de regresar a la devoción pura de la Señora del Caos, hora de que las drow se conviertan en las gobernantes de toda la Infraoscuridad, con hilos elevándose incluso hasta la superficie para recordar a los herejes de arriba que somos nosotras, y no ellos, los seres elegidos de la auténtica diosa.
»Pero, primero —continuó ásperamente—, debemos proteger lo que tenemos. Las recuperadoras han sentido que Drizzt y Zaknafein están cerca, por abajo. Sin mi control, y ¡cómo flaquea!, correrían directamente hacia los túneles para estrellarse contra los muros del rey Bruenor.
—Y los tirarían abajo.
—Lo harán si somos listas. Nuestros aliados entre los humanos y los enanos, con el ejército de demonios que los mercaderes de la Casa Hunzrin han sembrado, herirán a los enanos y nos mostrarán sus puntos fuertes y débiles, y a través de esas debilidades las recuperadoras abisales asestarán un golpe demoledor al rey Bruenor y sus amigos.
—Perdona mi imprudencia —rogó Kyrnill, con otra reverencia.
La Matrona Zhindia esbozó una sonrisa atípica, ya que era una sincera.
La Primera Sacerdotisa Kyrnill, que había sido la matrona de la Casa Kenafin y podría haber luchado por esa misma posición cuando esa casa se fundió con la Casa Horlbar, nunca había ofrecido un respeto honesto a su rival, Zhindia.
Pero las cosas habían cambiado desde que esta última había castigado adecuada y despiadadamente a Ash’ala, la tercera hija de Kyrnill.
Desde que la habían dejado en un baño de leche, donde lentamente se la iban comiendo las moscas, Kyrnill había comprendido finalmente cuál era ahí el auténtico equilibrio del poder.
Esa era una de las razones por las que Zhindia había decidido ser tan cruel, claro.
Ash’ala sin duda se merecía ese grotesco y doloroso destino, pero lo que era igualmente importante para Zhindia era que la siempre peligrosa Kyrnill lo viera.
—Es fácil volverse arrogante, incluso demasiado confiado, con tanto poder a nuestro alcance —dijo Zhindia en un raro gesto de comprensión—. Todos debemos ser adecuadamente cautelosos cuando el futuro parece tan maravilloso.
Los dos enanos suspiraron al unísono y menearon la cabeza a la vez, sus reacciones, gestos y apariencia eran tan similares que cualquiera que los viera podría pensar que eran padre e hijo.
—¿No nos quejábamos de que ese estúpido Athrogate fuera amigo de los elfos oscuros? —preguntó, sarcástico, Frenkyn, el más joven de los dos.
Bronkyn suspiró de nuevo y se rascó la cabeza; llevaba el pelo rubio recogido en varias filas de tensas trenzas de raíz que le colgaban por encima de los hombros para mezclarse con su enorme barba rubia.
Por su parte, Frenkyn dejaba su rubia melena suelta y enmarañada, pero aun así alzó la mano casi al mismo tiempo que su tío Bronkyn para rascarse la cabeza como él.
Bajo el saliente ante ellos, se hallaban dos humanas, dos mujeres Margaster, junto a un puñado de drow, acompañados de horribles criaturas, medio drow, medio araña, que correteaban alrededor de las mujeres drow, entrando y saliendo de las muchas sombras del bosque.
Docenas de esos horrible mutantes rondaban por ahí e incluso para los enanos, que estaban tratando con demonios, esas malditas enormidades parecían simplemente… incorrectas.
—Estoy pensando que no deberíamos haber escuchado a esos malditos Margaster —admitió Bronkyn—. Aunque nos consiguieran Thornhold.
—Y nos van a conseguir Gauntlgrym —dijo Frenkyn, con una gran sonrisa.
Bronkyn se encogió de hombros, sin estar dispuesto a contar con eso todavía.
—Ahora la mitad de nuestros chicos son medio demonio, y vamos a tener a todos los del norte odiándonos.
—Solo si no ganamos —le recordó Frenkyn.
Bronkyn tuvo que asentir, porque esa era la verdad.
A pesar de todas sus proclamaciones en contra, para todos los supuestos nobles lores y ladies de la Costa de la Espada, «poder para hacer lo correcto» era un concepto anticuado y público, mientras que «el poder lo hace correcto» era más cercano a la realidad.
Y mirando el ejército de demonios, que ocupaba todo el pueblo halfling destruido, al que en ese momento ya se les había unido los drow y sus monstruosas drañas, y con todo el dinero movido y apilado entre los Margaster y lord Neverember, ganar parecía ser lo evidente.
Gracias a ese trato con Inkeri Margaster, Bronkyn Stoneshaft se convertiría en el segundo rey de Gauntlgrym, con todo el poder del fuego primordial, toda la influencia de la mayor forja mágica de Faerûn y la amistad de lord Dagult Neverember de Neverwinter y Aguas Profundas, y de Luskan también, porque esa ciudad no tardaría en caer.
Todo eso compensaba la terrible sensación en sus entrañas que le sobrevenía cuando miraba a sus aliados.
«Gana primero y preocúpate de libarte de los demonios después», se dijo Bronkyn a sí mismo, en silencio.
El tranvía a Viñas Sangrantes estaba parado sobre la plataforma elevada al otro lado del oscuro estanque subterráneo, mirando desde las murallas de Gauntlgrym.
Más allá se alzaba la enorme caverna de entrada, como un oscuro bosque de estalagmitas y estalactitas.
Los enanos que se encontraban en las posiciones fortificadas situadas en algunas de esas estructuras ahuecadas de vez en cuando lanzaban una bengala, para iluminar un área u otra justo el tiempo necesario para que las cuadrillas de las catapultas laterales apuntaran a esa zona o lanzaran misiles a algunos intrusos.
Pero, en su mayor parte, la gigantesca caverna estaba en silencio, un silencio enervante. Los demonios estaban ahí fuera, en grandes cantidades. Todos los enanos ahí dentro podían sentirlos, como leones agazapados listos para saltar.
Esperando y planeando.
Y la espera era lo peor.
—¿Cuánto puedes darme? —preguntó el rey Bruenor. Caminaba con Jarlaxle y Zaknafein a lo largo de la orilla del estanque subterráneo más cercana a la muralla de la ciudad.
—¿Qué quieres que te diga, amigo mío? —contestó Jarlaxle—. No tengo muchos soldados, y no sé si sus tácticas encajarían bien con las de tus enanos.
—Cogeré lo que me des —repuso Bruenor—. Envía a tus muchachos arriba, a Viñas Sangrentes, para que pinchen a esos malditos monstruos.
—Veré qué puedo hacer —prometió Jarlaxle.