7. Al desnudo #3
—Ah, claro. Hace décadas que no has estado en la Grieta de la Garra —dijo Dab’nay—. Una pista fácil, mi amante. ¿Quién en Bregan D’aerthe se beneficiaría más de la muerte de Zaknafein Do’Urden?
—Pero yo ya no soy de Bregan D’aerthe…
—Oh, sí que lo eres —insistió Dab’nay—. Sigues siendo el favorito de Jarlaxle, y lo sabes. Y para el otro eso sigue siendo inaceptable.
Zaknafein trató de mantener el rostro inexpresivo mientras consideraba ese razonamiento.
Pero de todas formas se encontró haciendo más de una mueca, y más de dos, mientras trataba de procesar las graves implicaciones de todo eso.
Podría costarle la vida, claro, pero pensaba que era peor, porque ¡eso podría forzarlo a permanecer en la Casa Do’Urden!
—¿Por qué me cuentas todo esto? —quiso saber.
—Porque perdí una gran bolsa de oro. —Su expresión era torva, una que Zaknafein estaba mucho más acostumbrado a ver en una sacerdotisa de Lloth, y en ese momento, de haber tenido una espada, podría haber atravesado a Dab’nay.
Pero un instante después, ella simplemente volvió a encogerse de hombros, como recordándole que así eran las cosas entre los drow, incluso entre aliados, y, a pesar de todo, Zaknafein se alegró de no haber tenido una espada a mano.
No iba a seguir enfadado con Dab’nay porque esta hubiera tratado de aprovecharse de cierta información confidencial.
¿Habría hecho él algo diferente si los papeles hubieran estado invertidos?
Jarlaxle se sorprendió al ver a Zaknafein regresar esa noche al Micónido Supurante, pero cuando se fijó en su ceño al acercarse a la mesa fue capaz de suponer una razón.
—Lo sabías —dijo Zaknafein en un gruñido, de pie, sin querer sentarse justo al lado del jefe mercenario.
—Sé muchas cosas.
—Nada de juegos, Jarlaxle.
—Amigo mío, todo es un juego. ¿Te importaría acotar más el horizonte de esa pregunta?
—Me importaría sacarte al callejón y cortate a trozos.
—No me gustaría demasiado.
—¡Jarlaxle!
Jarlaxle alzó las manos para que las viera Zaknafein, mostrándole que las tenía vacías; luego, se levantó lentamente.
—Vayamos a la parte de atrás.
Zaknafein iba a discutir, pero le hizo un gesto a Jarlaxle para que fuera delante y lo siguió a una habitación justo al lado de la sala común. Sin duda, habría orejas pegadas a la puerta, pero Jarlaxle sacó su agujero portátil e hizo una seña a Zaknafein para que se metiera dentro.
El maestro de armas vaciló, mirando a Jarlaxle con clara sospecha.
Jarlaxle suspiró profundamente, luego dejó la bolsa del cinturón a un lado y entró en el agujero, y cuando Zaknafein finalmente entró tras él tiró de los bordes para crear un espacio extradimensional.
—Date prisa —dijo—. No quiero que me roben la bolsa.
—Sabías… sabes… quién lo hizo —comenzó Zaknafein.
—¿Hizo qué?
—Atacar mi mente durante mi combate con Duvon Tr’arach —soltó Zaknafein—. Arathis Hune.
—Quavylene Oblodra, seguramente.
—Pagada por Arathis Hune —insistió el maestro de armas, apretando los dientes.
—Eso es lo que suponía, sí —confirmó Jarlaxle.
—¿Dónde está?
—En ninguna parte que te importe, Maestro de Armas de la Casa Do’Urden.
Zaknafein lo miró con la boca abierta.
—Lamento ser tan formal, pero no me dejas elección. Si matas a Arathis Hune, entonces, la Casa Do’Urden habrá dado un fuerte golpe a Bregan D’aerthe, y la Madre Matrona Baenre seguramente tendría unas palabras, o más posiblemente un flagelo, para la Matrona Malicia.
—¡No juegues a eso!
—Todo es un juego.
—¡Cierra la boca! —rugió Zaknafein, frustrado—. Solo cállate. ¿Por qué no lo has castigado? ¿Por qué sigue vivo?
—Porque me resulta valioso.
—Intentó matarme.
El encogimiento de hombros de Jarlaxle desinfló a Zaknafein.
—Somos drow, amigo Zaknafein. Todos somos drow. Tú eres drow. Esta es nuestra carga, así es como vivimos. Por tanto, siempre estamos en guardia y de ese modo sobrevivimos.
—¿Y si la traición se revela?
—¿Por quién? ¿En qué corte? ¿Quieres que lleve tus cargos al Consejo Regente? Estoy seguro de que las matronas lo tomarán en la debida consideración.
—No seas tonto. Él intentó matarme, así que yo mismo lo mataré.
—No.
—¿No?
—Ya hemos pasado por esto. Me resulta valioso, y lo necesito ahora, que tú pasas los días al servicio de la Matrona Malicia. No puedes matarle.
Zaknafein lo miró mal.
—¿Pretendes matar a todo drow que pueda usar tu defunción para sacar un provecho personal? —preguntó Jarlaxle—. De ser así, o estarás muerto o estarás solo.
—¿Eso incluye a Jarlaxle?
—Buena pregunta, amigo mío. Entonces, estarás solo excepto por mi maravillosa compañía.
—Y eso es lo que tienes que decir para seguir vivo, ¿no es cierto?
—Ah, Zaknafein, te lo prometo, aunque estuviéramos los dos atrapados en una cueva muriéndonos de hambre, no te mataría. Pero si murieras primero, no puedo prometerte que no te comería.
Zaknafein negó con la cabeza, tratando de borrar los inicios de una sonrisa.
—No encontrarás aliados, ni siquiera yo, si sigues con esto hasta el final que tú deseas —le advirtió Jarlaxle, con toda seriedad—. Olvídalo. —Jarlaxle salió del agujero y se dirigió a la sala común, consciente todo el rato de la mirada de Zaknafein clavada en su espalda.