7. Al desnudo #2
Zaknafein se encogió de hombros como si eso no importara, porque, naturalmente, no importaba.
Una sacerdotisa tenía que hacer mucho más que simplemente perder el favor de Lloth para perder también sus conjuros, sobre todo los encantamientos menores que rozaban los límites de los mediocres poderes de Dab’nay.
Tendría que enfurecer a Lloth hasta el punto de que la diosa quisiera dejarla impotente para enfrentase a los ejecutores de su enfado.
Ese no era el modo en que la Reina Araña jugaba a su juego de caos.
—A menudo era mala con Duvon cuando era un niño —admitió Dab’nay.
Su mirada fue más allá de Zaknafein, y este supo que no se dirigía a ningún punto concreto de la habitación.
Su pensamiento estaba lejos, en un día remoto en la Casas Tr’arach—.
Incluso más de lo que debía serlo. Me gustaba: los azotes, la pura dominación que yo ejercía sobre él.
Era un elixir intoxicante ese poder. Se me dijo que no me preocupara por su dolor, sus gritos, su corazón, y yo quería creer eso, así que lo creí. Y lo hizo todo muy fácil.
—Pero os fuisteis acercando —razonó Zaknafein.
—En absoluto. Yo suponía que moriría cuando atacamos la Casa Simfray. Suponía que moriría por el filo de tus espadas, Zaknafein. —Lo miró directamente a los ojos—. Incluso tenía esa esperanza.
—Pero ¿ahora me agradeces que no lo haya matado?
Dab’nay volvió a encogerse de hombros. Zaknafein vio que eso le estaba costando. Y ¿por qué no iba a ser así? Su corazón la llevaba, en un sentido diametralmente opuesto, a todo lo que le habían enseñado a creer y practicar; algo de lo que él sabía mucho.
—Algo cambió después del desastre en el complejo de la Casa Simfray —admitió ella.
—Yo no lo considero un gran desastre.
Eso hizo que Dab’nay mirara a los ojos a Zaknafein.
—Y supongo que yo tampoco, cuando me paro y lo miro pasados estos cien años —reconoció ella—.
He aprendido mucho con Bregan D’aerthe. O quizá sería más exacto decir que he desaprendido mucho.
Me sorprendió que Jarlaxle pudiera mantener a raya a mi hermano, y no fue solo porque mi hermano tuviera miedo de él.
—Se sentía feliz —concluyó Zaknafein.
Dab’nay asintió.
—Y, ahora, vuelve a ser Duvon —dijo—. Y tú hubieras estado justificado si lo hubieras matado. Aún lo estarías, y quizá eso sería lo mejor que podrías hacer.
—Pero tú no quieres que lo haga.
—Te ruego que no lo hagas.
—Y, de nuevo, tengo que preguntar: ¿por qué?
—Porque algo incluso mayor ha cambiado en mi interior —respondió ella—.
Fuera de mi casa, fuera de mis rituales diarios ante la Reina Araña y de los constantes recordatorios de la inferioridad de los varones, he llegado a ver el mundo…
, no solo a Duvon, sino el mundo que me rodea de un modo muy diferente.
—Fue el turno de acariciar el rostro de Zaknafein—.
Encuentro que los hombres son mucho más placenteros cuando yacen conmigo por decisión y deseo.
Zaknafein le agarró por la muñeca y le apartó la mano, sujetándosela con fuerza.
—Y, de nuevo, me quedo con la verdad de que aún mantienes grandes poderes de lady Lloth.
—No tan grandes —admitió Dab’nay—. Nunca eso. Nunca conjuros lo suficientemente poderosos para requerir el permiso o el interés divino. Pero sí, aún me otorga conjuros —reconoció—. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Acabas de decir por qué.
—No te mientas a ti mismo ni te engañes, Zaknafein, el siempre enfadado —replicó ella—. Jarlaxle también tiene el favor de la Reina Araña y siempre lo ha tenido.
—Nunca lo he visto rogarle a ella o nadie.
Dab’nay no le ofreció ninguna respuesta, solo otro encogimiento de hombros.
—¿Me prometes que no habrá ninguna venganza hacia mí por parte de Dab’nay? —preguntó Zaknafein, bruscamente.
Otro movimiento de hombros.
—Eso depende de si me haces enfadar o no —contestó ella, con falsa modestia—. O quizá de si no consigues satisfacerme cuando estemos jugando.
—¿Vuelvo a ser tu siervo?
—¡Voluntariamente!
Zaknafein se encontró igualando su sonrisa.
—Aun así, intentaste hacer trampa en mi combate contra Duvon, y ¿habría contenido su espada si tu trampa hubiera dado el resultado esperado?
Ella pareció sinceramente perpleja ante esa pregunta.
—¿Mi trampa?
—¿No admites que hubieras preferido que ganara Duvon?
—Hubiera preferido que no lucharais, y no solo poque perdí una gran bolsa de oro.
—Apostaste por Duvon.
—Sí.
—Pero lo conoces bien, y sabes que no habría podido derrotarme.
—Eso también es cierto.
—¿Porque hiciste trampa?
—No hice nada.
Zaknafein la miró dudoso, y luego entendió el porqué de sus respuestas esquivas.
—Porque sabías que alguien más hacía trampas.
Dab’nay se encogió de hombros y no lo negó.
—¿Quién?
—El ataque hacia ti durante el combate no fue divino ni arcano —afirmó Dab’nay.
—Creo que fue parecido a lo que has intentado hacerme esta misma noche en el callejón.
—No. No era un conjuro dado por Lloth, ni ninguno lanzado por un mago. —Como Zaknafein no parecía entenderla, lo dijo con mayor claridad—. ¿Quién entre nosotros está en la cama, literalmente, con un Oblodra? —preguntó Dab’nay.
—La magia de la mente —susurró el maestro de armas, más para sí que para Dab’nay. Ni siquiera había pensado en un ataque psiónico, porque, sin duda, los Oblodran no eran de los que solían molestarse con asuntos como los duelos en el Braeryn.
—¿Quién? —preguntó Dab’nay de nuevo.
Zaknafein solo pudo encogerse de hombros, porque no tenía ni idea.