7. Al desnudo
A L DESNUDO
Con paso inseguro y sinuoso, Zaknafein salió del Micónido Supurante más tarde esa misma noche.
Desde el final de la barra, Jarlaxle lo vio partir, sonriendo comprensivo cuando Zaknafein dio un paso hacia un lado, demasiado lejos, y se estrelló contra la hoja de una puerta, en la que se apoyó de una forma nada sutil.
El jefe mercenario se acabó su bebida tranquilamente antes de marcharse.
Al salir, rodeó el edificio y luego torció una segunda esquina, que lo llevó al callejón donde había tenido lugar el combate.
Allí, en un punto concreto, empleó su agujero portátil y volvió a entrar en el edificio, a una sala que sabía que estaría vacía; luego se apartó y retiró el agujero de la pared.
Lanzó un conjuro con el anillo de su mano izquierda y, luego, invisible, se coló por la puerta abierta de la sala, caminó silenciosamente por el pasillo y atravesó la sala común, pegado a la pared, para salir de nuevo de la taberna.
Aceleró el paso, avanzando rápidamente por un el camino que sabía que tomaría Zaknafein. Esa noche, no había agentes Do’Urden vigilando desde los tejados para proteger al maestro de armas.
Lógicamente, Jarlaxle sabía que no debía preocuparse.
Con sus técnicas para saltar cavernas y su entrenamiento, Zaknafein podía eludir a casi cualquiera, incluso con una buena cantidad de licor corriéndole por las venas; después de todo, ¿cuántas veces había recorrido el Braeryn solo?
Sin embargo, por alguna razón, quizá algo que hubiera notado subconscientemente, la piel de la afeitada nuca de Jarlaxle se le erizaba.
Corrió todo lo rápido que pudo, con sus botas mágicas manteniendo sus pasos en un silencio total. Sintió que se estaba acercado a Zaknafein cuando notó que había alguien más, alguien que lanzaba un conjuro de cara al callejón que él suponía que Zaknafein estaría atravesando.
Jarlaxle corrió hacia el edificio más cercano; se tocó el emblema de su noble casa, uno de la Casa Baenre que le había dado la propia madre matrona; saltó desde el suelo y se elevó hasta el tejado. Lo cruzó lenta y cuidadosamente para mirar sobre el callejón.
Allí se hallaba Zaknafein, inmóvil.
Totalmente quieto. Sin parpadear, sin parecer siquiera respirar.
Una mujer se le acercó, una que Jarlaxle no tuvo problemas para reconocer. Caminaba hacia el maestro de armas, haciendo rodar una daga en la mano.
—Oh, Dab’nay —susurró para sí Jarlaxle, meneando la cabeza y pensando que todo eso era un terrible desperdicio.
—¡Ah, maestro de armas! Realmente me ha sorprendido tu estupidez —dijo Dab’nay, de pie frente al espadachín de la Casa Do’Urden—.
¡Un enemigo no te puede envenenar, sin embargo, te envenenas a ti mismo con la bebida!
—Meneó la cabeza y suspiró—. No me habría esperado que bajaras la guardia tan rápido.
¿Acaso creías que no habría consecuencias, ningún rencor, después de un combate como el que tuviste con mi hermano?
¿Cuántos personajes siniestros perdieron monedas en esa batalla?
Hizo rodar la daga de la mano y lentamente la puso ante el rostro de Zaknafein.
—Cuando eres el jugador principal en una partida donde se gana y se pierde, ¿no crees que sería inteligente tomar precauciones suplementarias? —preguntó—. ¿O es que estás tan cargado de odio hacia ti mismo que nada te importa?
Se rio de él.
—Y así, incluso el gran Zaknafein baja su guardia y se encuentra atrapado en mi conjuro; un encantamiento que nunca me atrevería a lanzarte sino estuvieras ebrio. Parece que quizá sobrestimé tu habilidad, tu disciplina mental y tu búsqueda de la perfección. Eso me decepciona.
Dab’nay suspiró de nuevo.
—Esta noche has tenido suerte, Zaknafein Do’Urden —dijo, bajando la daga—. Porque no tengo ningún deseo de hacerte daño. Ninguno.
Sobre el tejado, con la varita alzada y lista para abatir a Dab’nay, Jarlaxle casi se echa a reír en alto del alivio.
Entonces, Zaknafein movió el brazo, exactamente como había practicado todos los días, desenvainando la espada y haciendo de eso un ataque en el mismo movimiento, prácticamente en el mismo instante.
La hoja acabó su golpe junto al cuello de Dab’nay, antes de que Zaknafein, después de mirar un momento a la mujer a los ojos, le diera la vuelta y la envainara casi con la misma velocidad.
—Si has creído que realmente podrías acercarme esa daga, entonces, yo soy el que debería estar decepcionado —contestó Zaknafein, tranquilamente, a la sorprendida sacerdotisa, que parecía a punto de caer de espaldas.
—Ven conmigo —dijo Dab’nay después de recuperarse, y se llevó a Zaknafein.
Jarlaxle se sintió aliviado, muy aliviado, casi tanto como asombrado ante todos esos sorprendentes acontecimientos. No sabía qué pensar de todo eso, incluido de esos dos improbables compañeros que se marchaban juntos.
¿Habría alguien a quien Dab’nay quisiera matar más que a Zaknafein, dado lo que el maestro de armas le había hecho a su hermano, con quien le unía un lazo inusualmente estrecho?
¿Habría alguien a quien Zaknafein quisiera matar más que a una sacerdotisa de Lloth, a cualquier sacerdotisa de Lloth?
No le encontraba ningún sentido.
Así que fue detrás de ellos.
Los siguió hasta una posada donde sabía que Dab’nay se alojaba en esas ocasiones en que no se hallaba en el complejo de la Grieta de la Garra de Bregan D’aerthe.
Secretamente espió sus movimientos desde el exterior del edificio y vio la luz de la vela en la habitación de la esquina del último piso, que sabía que era la de Dab’nay.
Levitó hasta el tejado sobre ese punto. Esperó lo suficiente para que se acomodaran y, luego, con todo cuidado, colocó de nuevo su agujero portátil, manteniéndolo pequeño para poder mirar a través sin atraer atención, o eso esperaba.
Los oyó antes de acabar de colocar su mirilla, pero no terminó de registrar con claridad lo que oía, y así su sorpresa fue completa cuando miró hacia abajo y vio la planta de un pie desnudo y luego un segundo pie, ambos alzados al aire. Las piernas de Dab’nay…, y a Zaknafein ente ellas.
Un aturdido Jarlaxle recogió el agujero y se alejó tambaleante. Notaba como si el suelo bajo sus pies se hubiera convertido en arena movediza; se le habían desarmado sus ideas preconcebidas sobre esos dos.
Tenía que repensar muchas cosas: la jerarquía en su banda de mercenarios, las posiciones de sus lugartenientes, su propia existencia. ¿Por qué Zaknafein jugaría voluntariamente con una sacerdotisa de Lloth, a no ser, claro, que en ese juego se incluyeran armas letales?
Durante todo el camino hasta su cuartel en la Grieta de la Garra, el inamovible Jarlaxle no pudo parar de mover la cabeza, perplejo.
—Te agradezco que no lo haya matado —dijo Dab’nay, tendida de lado junto a Zaknafein, apoyada sobre el codo.
Zaknafein no podía negar su belleza, sus delicadas líneas y curvas, su elegante cuello, su larga melena que caía sobre él. Tuvo que recordarse muchas veces que se trataba de una sacerdotisa de Lloth y que, por lo tanto, esa belleza seguramente era más un señuelo que un sueño.
Sin embargo, ella creía haberle pillado indefenso en el callejón y no le había atacado. ¿Por qué tenía que dudar de ella ahora?
¿Quizá porque era una sacerdotisa de la Reina Araña y dejarlo vivo simplemente le permitiría utilizarlo para alguna maldad mayor? ¿O tal vez para poder jugar con él antes de matarlo?
Zaknafein no tenía intención de bajar la guardia, por mucho que, para su sorpresa, quisiera hacerlo.
—No estoy acostumbrado a sacerdotisas que se preocupan por sus hermanos —contestó—. O por ningún varón.
Dab’nay se encogió de hombros, luego meneó la cabeza y la melena le cayó por la espalda, ofreciendo a Zaknafein una visión completa de su cuerpo desnudo.
—O por nadie, resumiendo —insistió Zaknafein.
Eso le hizo soltar una carcajada.
—Me gustaría poder negar tus palabras, pero, ay, sí que parece que nos ponemos muy por encima de todos y cada uno de los demás. Así nos lo enseña Lloth.
—Pero ¿tú no estás de acuerdo?
—Yo no he dicho eso.
—No te ha hecho falta. —Zaknafein esbozó una media sonrisa mientras le pasaba el dorso de la mano suavemente por la angulosa mejilla. Ella cerró los ojos cuando él le tocó la oreja, solo un roce como el de la brisa, luego fue bajando su mano por el cuello—. Y, sí, sí que lo has dicho.
Dab’nay abrió los ojos de golpe y le lanzó una rápida mirada de furia, una que Zaknafein, que se había pasado toda la vida bajo el pulgar de las sacerdotisas de Lloth, sin duda conocía bien.
Pero pasó, muy rápido.
—¿Cuándo?
—Duvon, ¿o debería decir Avinvesa Fey?, ya no tiene ningún valor práctico para ti ni nunca lo tendrá —explicó Zaknafein—. Cuando Jarlaxle vendió a Duvon a la Matrona Byrtyn, también te ofreció a ti.
Dab’nay tensó el rostro.
—Eso ya lo sabías, claro —continuó Zaknafein—.
Y sabías por qué Jarlaxle intentó hacerlo.
Tener una sacerdotisa de Lloth en medio de su banda de mercenarios alzaba su perfil más allá de lo que le resultaba cómodo.
Y con razón. La noble Dab’nay Tr’arach podría haber portado la ruina a Bregan D’aerthe.
—Pero no lo hizo.
—No —reconoció Zaknafein—. Y la Matrona Byrtyn no te quiso, y eso a un precio más barato del que pagó por tu hermano, un simple varón. Me sorprende que eso no te enfureciera, ni te enfurezca.
Dab’nay simplemente volvió a encogerse de hombros.
—Eso me molestó a mí más de lo que te molestó a ti —continuó Zaknafein—.
Pero, entonces, llegué a entender que seguramente había una buena razón para ello, y una que tú entendías.
—Le acarició el rostro y el cuello otra vez—.
No cuentas con el favor de Lloth. No entonces, cuando Duvon fue vendido, ni tampoco ahora.
—Pero aún me da sus dones. Mis conjuros no me fallan.