6. Ajustando cuentas #2
Se dio cuenta de que la había pillado desprevenida cuando ella se sentó erguida, y por un momento pareció que iba a caerse del trono.
En realidad, las cuotas no habían cambiado como él había dicho, y, de hecho, eran casi iguales, pero Jarlaxle estaba ganándose buena voluntad y la Matrona Malicia no desperdiciaría sus recursos para ver qué cuotas se podían haber estado ofreciendo en el momento en que uno de los agentes de incognito de Jarlaxle había hecho secretamente su muy sustanciosa apuesta.
—¿El maestro de armas de la Matrona Byrtyn está muerto? — preguntó Malicia.
—Creo que vive. Al menos, una sacerdotisa lo estaba atendiendo cuando me marché, y su herida parecía estar disminuyéndose.
Malicia soltó un pequeño rugido.
—No habría tenido importancia —añadió Jarlaxle rápidamente, porque no quería que ella se fuera por la tangente—. En cualquier caso, Avinvesa no servirá en esta posición por mucho tiempo. Simplemente guarda calientes las espadas para un auténtico noble Fey-Branche.
—Aun así, ella conservará una buena espada.
Jarlaxle se encogió de hombros y luego negó con la cabeza.
—Suponiendo que no lo mate, creo que le compraré la salida de esa casa. Sin duda la Matrona Byrtyn ha perdido una considerable cantidad de monedas en ese combate, así que no le servirá de mucho que Avinvesa siga adelante.
Eso pareció apaciguar un poco a la cruel matrona, le pareció a Jarlaxle.
De nuevo, tenía que esperar que Malicia no creyera necesario comprobar la veracidad de sus afirmaciones o al menos que, si lo hacía, él hubiera creado suficiente campo de negación plausible para que sus erróneas afirmaciones se pudieran considerar simplemente como una suposición, lógica pero equivocada.
—Esto podría haber acabado mal para Zaknafein y, por ende, para ti —dijo Malicia.
Jarlaxle se encogió de hombros.
—No muy mal para mí, en conjunto.
—Tendrías que haber cedido tu banda a otro. Yo tenía tu palabra. La Madre Matrona Baenre no se hubiera puesto de tu lado.
Jarlaxle soltó una pequeña carcajada.
—Mi querida Matrona Malicia, si Zaknafein hubiera fracasado, te aseguro que yo habría cumplido nuestro trato de servir a la Casa Do’Urden como maestro de armas.
No lo deseo, no, pero pensé que era una concesión fácil que ofrecerte, ya que sabía que Zaknafein no perdería.
Es magnífico; no creo que apostara contra él fuera cual fuera su rival drow.
Había esperado animar el ambiente con su sincera aprobación y su buena valoración de Zaknafein, pero el ceño de Malicia se volvió más pronunciado.
—¿No lo deseas? —repitió ella en un tono grave y amenazador.
Jarlaxle se sintió confuso durante un momento, hasta que se dio cuenta de que la Matrona Malicia no estaba hablando del cargo formal de Zaknafein, sino más bien de los otros servicios que le ofrecía Zaknafein.
—Solo la parte de ser maestro de armas —soltó, sin elegancia.
—Eso me lo tendrás que probar —repuso Malicia, que parecía un gato con un ratón acorralado.
Jarlaxle iba a encogerse de hombros, pero fue lo suficientemente listo para apartar de su voz y su postura cualquier cosa que pudiera verse como una ambivalencia en ese momento tan delicado.
No podía negar que esa mujer ante él era fascinante, e incluso más, dada su reputación, pero tampoco podía dejar de lado que Zaknafein era su amigo.
Aunque supuso que nada de eso importaba mucho, porque él sí que era un ratón acorralado.
—¿De verdad, matrona? —preguntó animado, con ganas—. ¿Me harías tal honor?
Sin apartar los ojos del mercenario, la Matrona Malicia comenzó a desatarse su túnica.
Un desarreglado y exhausto Jarlaxle, porque por fin había descubierto que la reputación de Malicia no era exagerada, llegó a la corte de la Matrona Byrtyn Fey algo más tarde y dejó ante su trono una bolsa de plata y oro casi tan grande como la que le había dado a la Matrona Malicia.
Le había dicho a Malicia que Byrtyn estaría molesta con el fracaso de su maestro de armas porque seguramente habría perdido una considerable cantidad de dinero en el combate, pero la verdad era otra.
Siguiendo el consejo de Jarlaxle, la Matrona Byrtyn había apostado muy fuerte contra su propio combatiente.
Sin embargo, lo había hecho con desagrado y seguía sin estar contenta con el resultado del combate; pero su rabia no iba dirigida a Jarlaxle, quien le había rogado que se asegurara contra cualquier posible pérdida de estatus de maestro de armas aprovechándose del resultado más probable.
Sobre todo, cuando Jarlaxle le había prometido cubrirle las pérdidas si, de algún modo, Avinvesa resultaba vencedor.
—Ya he lanzado el rumor de que el combate no ha sido limpio —le aseguró Jarlaxle—. Alguna fuerza extraña se empleó para paralizar a Avinvesa Fey-Branche, y se vieron agentes Oblodra cerca del Micónido Supurante.
—Esos rumores no serán creíbles.
—No tienen por qué serlo —replicó Jarlaxle—. Una semilla de duda es suficiente para que la Casa Fey-Branche pueda evitar cualquier pérdida de reputación. Y esa semilla se está plantando por todo Menzoberranzan, como acordamos.
—Deberías haberlo dejado morir —dijo la Matrona Byrtyn con evidente desagrado.
—Yo también estoy asombrado de que su hermana de la Casa Tr’arach mantuviera suficiente lealtad hacia él para molestarse con los conjuros de curación —mintió. Lo estaba haciendo bastante ese día, y a mujeres muy poderosas. ¡Cómo se alegraba de haber recuperado su parche mágico!
—Es una vergüenza para mi casa —insistió Byrtyn.
Jarlaxle sacó otro saco de oro de la bolsa mágica de su cinturón, un maravilloso bolso que podía contener toda una habitación entera de objetos. La alzó y la sacudió ligeramente.
—Entonces, véndemelo de nuevo. Al mismo precio que pagaste por él.
La Matrona Byrtyn inclinó la cabeza al oír eso.
—Hoy te ha ido bien con las apuestas —dijo.
Jarlaxle no lo negó.
—Lo suficiente para que Jarlaxle se asegurara de que no iba a perder, ¿verdad?
El mercenario tragó con fuerza.
—No hice nada para infligir las reglas del combate —afirmó seco—. Y lo diría bajo tu ojo adivinador.
Ella le hizo un gesto indicándole que se quitara el parche, y comenzó a lanzar un conjuro.
Jarlaxle no pudo evitar suspirar mientras la obedecía.
Todas las matronas estaban entendiendo los poderes de ese parche mágico, y Jarlaxle se temía que esa pudiera ser una petición…
, no, una orden que oyera frecuentemente en el futuro.
Un instante después, Byrtyn Fey calló y lo miró directa e intensamente.
—No hice nada para infligir las reglas del combate —repitió con seguridad.
Ella le hizo un gesto para que ampliara la respuesta.
—Ni lo hizo nadie de los que están bajo mi control.
La matrona lo miró un rato más, con una expresión escéptica. Pero Jarlaxle no había mentido, por una vez ese día. Todo lo que había hecho había sido proporcionar a Zaknafein una defensa contra las trampas, lo que, en sí mismo, no era hacer trampas.
Finalmente, la Matrona Byrtyn asintió levemente, aunque no parecía muy satisfecha, y Jarlaxle volvió a ponerse el parche.
—Te dedicas a juego muy peligroso, Jarlaxle.
—Los peligrosos son los más provechosos —repuso él.
—Un error sería tu final —le prometió ella.
—Razón de más para tener gran cuidado.
La Matrona Byrtyn Fey era devota de Lloth y su casa, una de las más antiguas y respetadas de la ciudad.
Pero, esa vez, su sonrisa se lo dijo a Jarlaxle: aunque lo estuviera mirando con desprecio, le encantaba el juego.
La intriga, el riesgo, las apuestas peligrosas, el caos.
Sí, el caos. Veía a Jarlaxle como a un agente del caos, y ninguna matrona podía dedicar un mejor cumplido a otro drow, en particular a un drow varón, que ese.
Fue en ese mismo momento en el que Jarlaxle se dio cuenta por primera vez del verdadero potencial que tenía allí Bregan D’aerthe, una banda que había creado simplemente por supervivencia.
Estaba comenzando a apreciar totalmente la evolución de su gambito.
Las matronas, las matronas poderosas, sabían qué hacía su parche, sin embargo, muy pocas veces le ordenaban quitárselo en su presencia.
La Matrona Malicia había confiado en él, corriendo un riesgo increíble: perder a Zaknafein habría impedido sus ambiciones.
O quizá no, si ella creía que Jarlaxle era igualmente merecedor del puesto, y eso también era una asombrosa admisión por parte de ella.
Jarlaxle aún jugaba sobre todo en el Braeryn, las Calleshediondas, pero estaba involucrando a la mujer más poderosa de Menzoberranzan, la drow más poderosa de toda la Infraoscuridad, en sus juegos.