Ilimitado (Generations 2) 6. Ajustando cuentas
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6. Ajustando cuentas

A JUSTANDO CUENTAS

—¡Se rinde! —gritó la sacerdotisa Dab’nay, corriendo desde la pared del callejón y comenzando a lanzar un conjuro de curación.

Zaknafein se volvió a mirarla y sonrió maliciosamente.

Era evidente que su hoja le había cortado la arteria a Duvon, aunque seguramente eso no sería letal teniendo a una poderosa clériga tan cerca.

Pero se había quedado inhabilitado para defenderse, y la punta de esa espada ya estaba tocándole el pulmón; Zaknafein sabía que con solo una ligera presión podía atravesárselo y llegar al corazón, para matarlo antes de que pudiera ayudarle ningún conjuro.

Apretó un poco y Duvon lanzó un grito ahogado.

Dab’nay se detuvo de golpe y también dejó de lanzar el conjuro.

—No, por favor, te lo suplico —imploró a Zaknafein—. No volverá a desafiarte. Has ganado. ¡Te juro lealtad! Por favor. —Se fue acercando.

Zaknafein la miró, luego subió de repente la espada derecha y posó la punta en el suave cuello Dab’nay.

—Quizá debería matarte a ti en su lugar —replicó él, y añadió con veneno en la voz—: Sacerdotisa.

Ella tragó con fuerza, pero no dijo nada.

—Quizá a los dos —añadió Zaknafein.

Dab’nay simplemente se encogió de hombros, totalmente derrotada.

Zaknafein sacó la espada del cuerpo de Duvon y este se desplomó, con la sangre aun saliéndole a chorros de la herida. Con la otra espada, Zaknafein le alzó la barbilla a Dab’nay, sonriendo.

—Tu lealtad es rara —dijo—, e inesperada.

Dab’nay siguió en silencio.

—Y tu palabra carece de valor —concluyó Zaknafein

—¿Quizá la mía, entonces? —preguntó otra persona; era Jarlaxle, que se acercaba.

Zaknafein bajó la espada.

—Prueba tu conjuro —le dijo a Dab’nay, con la espada aun peligrosamente cerca—. Te desafío.

Ella lo miró muy fijamente, pero comenzó a recitar su conjuro con obstinación.

Zaknafein se rio de ella.

Jarlaxle contuvo el aliento: ¡ahí se encontraba una sacerdotisa de Lloth aceptando el desafío de Zaknafein, a quien nada le gustaba más que matar a sacerdotisas de Lloth!

—Zaknafein —le llamó, y cuando el maestro de armas lo miró Jarlaxle negó sutilmente con la cabeza, pidiéndole que se contuviera.

Zaknafein le lanzó esa sonrisa, la que le prometía que eso no había acabado allí, pero se alejó.

Jarlaxle volvió a tener en su mira a Zaknafein casi en la otra punta de la ciudad. Pero se acercó lentamente y desapareció por un callejón, cuando se dio cuenta de que en ese momento también otros ojos se clavaban sobre ambos.

Supuso que sería obra de la Matrona Brytyn Fey, quizá para asegurarse de que Zaknafein no volviera con la Matrona Malicia, fuera cual fuera el resultado del combate.

Jarlaxle corrió hacia el final del callejón y lanzó su agujero portátil frente a él; luego atravesó la abertura y recogió el objeto mágico tras él, para solidificar la pared una vez más.

Se encontraba en un gimnasio de entreno, donde solo un par de guerreros se hallaban cara a cara, aunque en ese momento ambos lo miraban incrédulos.

Les lanzó un desenfadado saludo, cruzó el gimnasio, lanzó el agujero portátil de nuevo y desapareció por el otro lado.

Y corrió, y corrió, atajando a través de las paredes, sorprendiendo a muchos, hasta que al final llegó a la calle principal, fuera del Braeryn.

Zaknafein apareció frente a él por la esquina, caminando tranquilamente.

—¿Qué? —preguntó el maestro de armas con sorpresa. Pero ese era Jarlaxle, después de todo, y Zaknafein se calmó enseguida, una clara señal de que no debía sorprenderse.

—Sígueme, rápido —indicó Jarlaxle; lanzó el agujero mágico hacia la misma pared por la que acababa de salir, entró en él y llamó a Zaknafein con la mano para que le siguiera.

Zaknafein no lo hizo.

—¡Rápido! —susurró con fuerza Jarlaxle—. Estás en peligro.

Zaknafein cruzó los brazos sobre el pecho, pero no se acercó. Tras él, sobre un tejado bajo, Jarlaxle vio movimiento, una ballesta de mano alzándose por delante de un francotirador drow.

—¡Abajo! ¡Abajo! —gritó Jarlaxle; entonces, dio un paso rápido y se tiró dentro del agujero para cubrirse.

—¿Estás bien, maestro de armas? —Jarlaxle oyó una voz procedente del tejado.

—Si lo está —dijo otro más—. Ese solo era Jarlaxle, como esperábamos.

Confundido, Jarlaxle miró sigilosamente por el borde del agujero mágico. Ahí estaba Zaknafein, con los brazos cruzados sobre el pecho, la sombra de una sonrisa grabada en el rostro. Detrás de él, el drow había bajado la ballesta y observaba atentamente.

Jarlaxle se puso en pie y salió del agujero, luego sacó el objeto mágico de la pared, que se cerró.

—¿Crees que soy tan tonto como para salir solo esta noche? —le preguntó Zaknafein.

—¿Son Do’Urden?

—Claro.

«Muy listo, Zaknafein», pensó Jarlaxle, pero no lo dijo; no quería aumentarle a Zaknafein el ego que, sin duda, ya tenía después del combate.

Comenzó a sonreír, pero dejó de hacerlo cuando se fijó en otro Do’Urden, la desagradable y cruel hija de Malicia, Briza, que se acercaba a ellos desde un lado.

Entonces, se sintió muy vulnerable, e incluso desnudo, porque una sacerdotisa podía emplear conjuros para leerle los pensamientos o detectar si estaba mintiendo y él no llevaba su parche mágico, sino ¡un trozo de cuerno normal!

—Te pica la cabeza —los dedos de Jarlaxle le comunicaron disimuladamente a Zaknafein.

—¿Qué?

—¡Te pica! —señaló Jarlaxle con más vehemencia.

Zaknafein soltó una risita, pero aun así elevó su mano para rascarse un lado de la cabeza.

Y en ese movimiento se sacó en secreto el parche, con cuidado de esconder la cinta trasera, la única parte visible, en el puño cerrado.

Luego bajó el brazo entre él y Jarlaxle y dejó caer el objeto, que Jarlaxle atrapó.

Con un sutil movimiento, Jarlaxle hundió el parche en una bolsa secundaria del cinturón, una que había llenado con líquido desencantador, con el que limpió el ungüento de invisibilidad del objeto.

La sacerdotisa Briza se acercaba, a lo que Jarlaxle se inclinó en una elegante y profunda reverencia, empleando ese movimiento para llevarse la mano a la cara y ajustare así su parche en el otro ojo, como se sabía que solía hacer.

Con un movimiento rápido y agachándose más aún para distraer, consiguió cambiar su parche inocuo por el mágico.

—La Matrona Malicia contigo hablará —dijo a Jarlaxle la bestial hija mayor y primera sacerdotisa de la Casa Do’Urden cuando llegó ante él y el maestro de armas—. No contenta, creo.

Entonces, lo miró con curiosidad, a lo que Jarlaxle sospechó que estaba tratando de emplear algunos conjuros de tanteo sobre él.

—Por lo que me han contado, la Matrona Malicia solo está contenta en ciertos momentos —replicó.

El rostro de Briza se tensó ante la clara referencia al apetito sexual de Malicia.

—Hombres han muerto por palabras menos atrevidas —le recordó ella.

Jarlaxle simplemente sonrió.

—Infórmale de que pronto iré a visitarla —contestó. Hizo otra cortés reverencia y comentó a darse la vuelta como para irse, pero encontró soldados drow que se acercaban a él desde todas direcciones.

—Se lo puedes decir tú mismo —replicó Briza, y Jarlaxle tuvo que ir con ellos—.

¿De verdad crees que puedes poner en tal peligro al valioso maestro de armas de Malicia sin despertar su furia?

—preguntó Briza al jefe mercenario mientras caminaban hacia el Muro Oeste la caverna, donde se hallaba la Casa Do’Urden.

—Ha sido contra Avinvesa Fey-Branche —contestó Jarlaxle—. ¿Crees que Zaknafein realmente ha corrido peligro?

—Muchos de los espectadores eran agentes Do’Urden —explicó Briza—. Así que no, no permitiríamos eso.

«Y muchos otros eran agentes de la Casa Fey-Branche, que es más poderosa que la Casa Do’Urden», pensó Jarlaxle, pero se lo guardó para sí.

Era todo un juego muy tonto, las rivalidades de las casas y la animosidad agotadora, pero, al menos, Jarlaxle siempre acababa encontrando un modo de ganar algo en esos enfrentamientos. Solo necesitaba averiguar cómo hacer eso esta vez con la Matrona Malicia.

—¿Ya has recogido las monedas? —preguntó la Matrona Malicia Do’Urden a Jarlaxle cuando este dejó una gruesa bolsa de oro y plata al pie de su gran asiento en la sala del trono de la Casa Do’Urden.

—Oh, difícilmente —repuso él—. Pero no sería correcto hacer que una matrona espere por sus ganancias.

—Sabia decisión.

—Una que se me ha enseñado desde que tuve edad suficiente para entender quién estaba en el otro lado de un flagelo con cabezas de serpientes —replicó Jarlaxle, e hizo una profunda reverencia.

Malicia soltó un bufido, pero dejó el tema.

—He corrido un gran riesgo al permitir que mi maestro de armas dejara la casa por ese pequeño juego que has organizado —dijo ella.

—No tan grande —le aseguró Jarlaxle, pero se detuvo y repensó su planteamiento cuando ella le miró ceñuda—.

Es cierto que ha habido peligro, sí —pasó a decir—.

Pero estuve observando atentamente y, la verdad, Zaknafein no podía perder ante el inferior maestro de armas de la Casa Fey-Branche mientras no hubiera ninguna influencia exterior inadecuada.

Y te aseguro, como hice cuando fijamos este…

arreglo paralelo, que tenía muchos agentes vigilando contra esa posibilidad.

La apuesta fue mejor que las cuotas ofrecidas.

—¿Dos a tres? —preguntó ella.

Jarlaxle se tensó un poco y luego se encogió de hombros.

—En realidad, se acercaron más de tres a cuatro —admitió.

—Inaceptable —replicó la Matrona Malicia, con demasiada calma.

—No puedo controlar…

—Inaceptable, dado el riesgo que ha corrido la Casa Do’Urden al permitir esto.

Jarlaxle asintió.

—Lo sé, matrona —Jarlaxle asintió. Le lanzó una sonrisita astuta—. En este saco encontrarás que te he cubierto uno a uno.