Ilimitado (Generations 2) 5. Justa y no limpia #2
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5. Justa y no limpia #2

—Entonces, no se lanzará ningún conjuro —indicó ella—, más allá de los encantamientos que ya portéis en el equipo y de vuestras nobles habilidades. ¿Estáis de acuerdo?

Zaknafein pasó las manos por los pomos de sus espadas, armas que Jarlaxle y él habían robado hacía mucho tiempo de la tesorería de la Casa Barrison Del’Armgo.

Armas de gran calidad y, probablemente igual de buenas que las que Duvon portaba en ese momento.

Los combatientes estaban ataviados de un modo muy similar, le parecía.

—De acuerdo —dijeron los guerreros, casi al unísono.

La mujer apuntó con su varita a Zaknafein y luego pronunció una palabra de mando.

El maestro de armas sintió una pequeña ráfaga de viento, una ola de desencantos.

Cualquier conjuro que se le hubiera lanzado, o protección o encantamiento de fuerza o velocidad o agilidad, no aguantaría el hechizo anulador.

La mujer se volvió y desencantó a Duvon, luego alzó un gran orbe de cristal claro para que todos lo vieran.

—Si cae cualquier conjuro sobre estos rivales, o dentro del callejón, lo sabré —aseguró.

Zaknafein solo quería acabar con eso de una vez y comenzar a luchar, pero supuso que ese era el combate más «limpio» que cualquier drow podía conseguir en la Ciudad de las Arañas.

Aunque estaba seguro de que no iba a ser tan limpio, y esperaba que su rival no supiera que él lo sabía. No tenía ni idea de cómo los aliados de Duvon podrían hacerle llegar algún conjuro, pero Jarlaxle le había advertido y le había dejado el parche, por alguna razón.

El maestro de armas tenía ganas de escupir de puro asco. Hubiera preferido una pelea en una sala cualquiera con el mismo equipo, o sin equipo y sin mirones; un combate basado solo en la habilidad de cada uno, la suya contra el de Duvon, y que ganara el mejor.

Pero decidió que no importaba mucho, y agarró las espadas. Eso iba a pasar de todas formas.

—A rendición o a muerte —gritó la mujer, mientras se retiraba a su recoveco y la multitud se apartaba todo lo que podía—. ¡Adelante!

Zaknafein se encontró envuelto en la oscuridad mágica incluso mientras las palabras le salían de la boca. Un ataque perfectamente legal según las reglas del combate, porque era una habilidad innata, pero que Duvon lo lanzara inmediatamente sorprendió al maestro de armas.

Sabía que Duvon estaba cargando contra él; el luchador inferior buscaba una muerte rápida.

Los riesgos le parecían enormes a Zaknafein; en su mente repasaba rápidamente todas las posibles jugadas.

¿Podría Duvon adivinar correctamente la respuesta de Zaknafein y, por tanto, acercársele de un modo adecuado?

Si Zaknafein se iba hacia la derecha o la izquierda, y Duvon suponía el lado opuesto, su oscuridad se desperdiciaría tontamente.

Si Zaknafein avanzaba y Duvon suponía lo contrario, su propia oscuridad se volvería contra él, quizá de un modo catastrófico.

Era un acertijo que podría haber engañado a guerreros menos curtidos, o incluso a un veterano incapaz de procesar los cambios en el campo de batalla con la claridad o la velocidad de Zaknafein Do’Urden.

Este comprendió de inmediato los riesgos que corría Duvon al invocar un globo de oscuridad, una táctica usada sobre todo por un drow que lucha contra otro drow a la desesperada, en un momento de bloqueo o estocada fallidos, para que el combate volviera a igualarse.

A fin de cuentas, pocos eran los drow que no podían luchar bien en la oscuridad absoluta.

Duvon no iría hacia la izquierda, tampoco hacia la derecha ni directo hacia delante, porque cualquiera de esas opciones le daría un poco de ventaja si su suposición era correcta, pero le llevaría a la catástrofe total si se equivocaba.

No, había lanzado la oscuridad para emplear su repertorio completo de trucos en un repentino movimiento letal.

Zaknafein no podía verle, pero sabía dónde estaba.

Así que Zaknafein preparó sus espadas y no se movió.

Ni hizo el más mínimo ruido.

Esperó, porque entendía el juego de Duvon, y se dio cuenta de que tenía al maestro de armas de la Casa Fey-Branche encima de él.

Duvon había levitado; la segunda habilidad de los drow.

No podía volar ni podía continuar ascendiendo, simplemente era como si no pesara nada, y al saltar al aire flotaría hacia arriba hasta que acabara el conjuro.

O hasta que pudiera agarrarse a alguna cornisa sobre la que poder esperar.

Estaba arriba, esperando a ver por dónde aparecería Zaknafein para saltar sobre él.

Zaknafein esperó. Entonces, lanzó su propio globo de oscuridad hacia delante, esperando que los dos se superpusieran para confundir más a Duvon.

Y Zaknafein esperó, absolutamente inmóvil, escuchando. No gastaba energía, pero su rival, allá en lo alto, debía de tener un agarre precario. No duraría mucho más.

Oyó el ligero roce de una bota contra la piedra, en lo alto. Entonces, saltó hacia arriba, levitando, y se volvió hacia la derecha, moviendo las espadas por encima de la cabeza, por si Duvon se acercaba mucho.

Zaknafein salió por encima del globo de oscuridad justo cuando Duvon entraba, a unos cuantos palmos frente a él, fuera de su alcance, al menos del de las espadas, porque ambos combatientes usaron sus habilidades mágicas y rodearon al otro con el inocuo fuego feérico (el de Zaknafein color púrpura, azul el de Duvon).

Zaknafein alcanzó el borde del tejado del Micónido Supurante y se impulsó hacia abajo, por donde había llegado, de vuelta al interior del globo, y fue lanzado golpes de espada en el aterrizaje, la mayoría contra la nada, hasta que uno y luego un segundo chocaron contra una espada que se dirigía hacia él desde el otro lado.

Observando desde el lateral, Jarlaxle aplaudió en silencio el coraje y la inteligencia de Duvon, pero no le sorprendió ver a Zaknafein contraatacar rápida y metódicamente.

El combate había comenzado de verdad, en el interior de la oscuridad mágica, con las espadas que resonaban al chocar con golpes y arañazos.

Los espectadores ahogaban gritos y animaban; alguno se quejaba de que no podía ver el movimiento de las espadas.

Eso era una pena; Jarlaxle lo supo por la velocidad en la que resonaban las hojas. Los dos combatían furiosamente, cada uno realizando sus movimientos ensayados, adaptándolos y variándolos, en un intento de coger al otro con la guardia baja.

Jarlaxle estaba seguro de que Duvon no podía ganar así. No podría vencer a Zaknafein en la oscuridad, o incluso en la luz, pero en la luz, al menos, seguramente Duvon tenía algún otro truco sucio que emplear.

Jarlaxle se centró en los sonidos, en su dirección continuada. Zaknafein avanzaba, Duvon retrocedía.

Entonces, Jarlaxle entendió por qué Zaknafein había lanzado el segundo globo: ¡la oscuridad era su aliada contra la ayuda aún desconocida que Dubon pudiera recibir!

Pretendía acabar con Duvon antes de que la oscuridad mágica desapareciera.

Pero, en ese momento, Duvon retrocedió de lleno al interior del segundo globo y lo atravesó para salir a la luz. Finalmente, apareció tambaleándose por el otro lado, en medio de los vítores de quienes estaban reunidos al fondo del callejón.

La fabulosa armadura de Duvon ya era visible, porque Zaknafein le había hecho jirones a la capa exterior y a la camisa.

Y la primera sangre, o al menos la sangre derramada, se veía en las espadas de Zaknafein, que, en la oscuridad, había colado más de un tajo por las defensas de Duvon.

Jarlaxle asintió en agradecimiento, porque cuando Zaknafein emergió se vio que Duvon también le había alcanzado.

—Has mejorado —felicitó Jarlaxle, en voz baja, al antiguo hijo de la Casa Tr’arach. Pensó en la Casa Fey-Branche y en cuándo la Matrona Byrtyn se hartaría de Duvon. Quizá este volvería a resultarle útil—. Espero que Zaknafein no te mate.

Zaknafein medía sus estocadas y mantenía cortos sus tajos laterales, con las espadas siempre en posición defensiva. Sabía que se avecinaba algo no habitual. Duvon se había arriesgado mucho al utilizar tanto su oscuridad como su levitación en ese intento inicial de acabar con el combate.