Ilimitado (Generations 2) 5. Justa y no limpia
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5. Justa y no limpia

J USTA Y NO LIMPIA

Con un parche que lo único que hacía era estorbarle la visión en un ojo, Jarlaxle miraba desde lejos. Cada vez más nervioso, entró en el Micónido Supurante y se encontró a un Arathis Hune, igualmente ansioso, apoyado en la barra, dando vueltas un vaso vacío con la mano.

—¿Dónde está? —preguntó el asesino a Jarlaxle cuando este se colocó a su lado.

—El oponente está ahí detrás en el callejón.

—Con una veintena de mirones, y otros cientos observando desde las ventanas cercanas, y ciento más esperando la información de esos nombrados observadores.

—Ha pasado bastante tiempo desde el último enfrentamiento entre esos impresionantes combatientes, porque sospecho que se ha filtrado la información de que el oponente de Zaknafein es, de hecho, el maestro de armas de la Casa Fey-Branche.

—Se han oído rumores —le confirmó Arathis Hune, a media voz.

Jarlaxle no pudo evitar sonreír mientras le hacía una seña al tabernero Harbondair para que le sirviera una copa de su licor favorito.

Tenía más de seiscientas piezas de oro repartidas por las calles, casi ninguna a su nombre, y esperaba recuperar casi novecientas, porque, sorprendentemente, las apuestas se habían ido igualando.

Lo cierto era que Jarlaxle no se había esperado encontrar a tantos tomadores para sus apuestas por Zaknafein, porque ¿quién apostaría contra Zaknafein Do’Urden a no ser que el oponente fuera Uthegentel Armgo, o quizá Dantrag Baenre?

—Está en el callejón, sin duda yendo de arriba abajo, nervioso

—Sin duda.

—Expandiendo su energía. Haciendo que sus extremidades se volvieran más pesadas con cada paso…

—¿Crees que es una táctica? —preguntó Arathis Hune—. Lo más seguro es que la Matrona Malicia no deje a su soldadito de juguete salir a jugar.

—Esta noche sí lo hará —le aseguró Jarlaxle. Mientras bebía otro sorbo de su bebida, pilló al otro hombre mirándolo fijamente con evidente suspicacia.

—¿Dónde está tu parche? —señaló Hune con los dedos.

—En la cabeza —respondió Jarlaxle en voz alta, y provocó una mirada escéptica en su socio.

Jarlaxle se volvió un poco para mostrar mejor la cinta trasera del parche, que aún era visible, aunque el resto del objeto mágico no lo era.

La mirada de Arathis Hune se volvió aún más curiosa.

—Nuestros amigos Oblodra han venido a discernir qué ojo me ofrece protección contra sus incursiones y cuál me otorga el poder de ver la verdad —explicó Jarlaxle—.

Es mejor que no vean el objeto, y, si se dan cuenta de que lo llevo disimuladamente, es mejor que no puedan identificar qué ojo cubre.

Son fantásticos con sus mentes mágicas, sin duda, pero no tanto, ni siquiera el mago de la casa con la magia más mundana.

—Como ver cosas invisibles.

Sonó una campana en el fondo del bar. Entonces, Harbondair corrió hasta los estantes de vino, sacó una botella y posó la oreja sobre la abertura durante un instante.

—Zaknafein Do’Urden se acerca —informó a Jarlaxle y Arathis Hune. Jarlaxle apuró el vaso de un gran trago; Arathis Hune hizo resbalar su vaso vacío por la barra y salió con el jefe mercenario.

—¿Cómo es posible? —preguntó Arathis Hune—. Nunca he oído de tal cosa.

—Conozco a magos formidables, el más formidable, y a alquimistas sin igual —contestó Jarlaxle—. Y tengo oro. Es increíble lo que las creaciones mágicas o alquímicas de una noche pueden inspirar con oro.

Arathis Hune respiró hondo.

—Pero ¿por qué dejas la cinta visible? —preguntó, confundido.

Jarlaxle se encogió de hombros y soló una risita.

—No era visible cuando encanté el objeto por primera vez con el ungüento borrador, pero se me cayó y tardé un buen rato en encontrarlo.

—¿Ungüento borrador? —repitió Arathis Hune, pero, entonces, miró a su jefe y, finalmente, meneó la cabeza dándose por vencido.

Justo como Jarlaxle quería.

Zaknafein se llevó la mano a la oreja y se puso la cinta por encima, porque se le había resbalado mientras se la ajustaba y le había comenzado a molestar un poco.

No era nada serio, claro, solo una banda de cuero, pero cualquier rizo, cualquier arruga, cualquier distracción justo en ese momento podía ser un gran problema para el maestro de armas.

Todo tenía que estar perfecto. Él tenía que estar perfecto. No podía haber ninguna distracción, y ese regalo de Jarlaxle, incluso cuando se lo colocaba bien, le estaba molestando.

Quería sacárselo y tirarlo.

Pero no lo hizo. Por mucho que se quejara del mercenario, Zaknafein tenía que admitir, aunque fuera solo internamente, que no solo había llegado a disfrutar mucho de la compañía de Jarlaxle, sino que había llegado a confiar mucho más en él.

Cerró los ojos durante unos cuantos pasos y se compuso, reviviendo mentalmente sus sesiones de práctica, reuniendo su memoria muscular. Se sentía como si fuera a vomitar, y para él eso era bueno.

Estaba a punto para estallar.

Estaba preparado para el combate.

Sabía que muchos ojos estaban sobre él ya antes de que torciera la esquina trasera del Micónido Supurante.

Drow, muchos nobles entre ellos, flanqueaban el callejón ante él, a ambos lados; algunos subidos a los muros de la taberna, otros en el tejado, mirando desde arriba.

El edificio al otro lado había sido construido en el montículo creado por una estalagmita, como la mayoría de las estructuras drow, y ofrecía muchos asientos naturales a lo largo de su pared irregular; todos ellos estaban ocupados por espectadores.

Vio a su rival, Duvon, aun disfrazado, a medio camino, junto a otro drow, una mujer que no conocía, pero que llamaba mucho la atención.

Esta alzó la mano derecha, sujetándose el dedo medio con el índice sobre la palma y mostrando el espacio entre el dedo anular y el índice.

Bajó la mano girada a un palmo de su cara y miró a través de ese espacio hacia el suroeste.

Zaknafein echó una mirada en esa dirección y lo entendió.

La mujer estaba encuadrando el distante obelisco de Narbondel, el reloj mágico de Menzoberranzan, que medía los días con su resplandor, e iba ascendiendo hacia la cima desde el suelo, de media noche a medio día, y luego descendiendo por el gran pilar a medida que el día avanzaba.

La distancia que marcaban los dedos que tenía estirados mostraba cuánto tiempo, qué parte del brillo, permitiría que se disipara, antes de poner fin a las apuestas.

Y, sin duda, las monedas comenzaron a moverse por ese callejón, detrás de la taberna.

Zaknafein se preguntó si debía mostrarse inseguro y quizá fingir para que los que apostaban por él en esos últimos momentos consiguieran mejores cuotas.

Pero miró a su oponente al final del callejón y se dio cuenta que no podía. Ahí estaba Duvon, que había intentado asesinarle, que había hecho un arreglo para envenenarle la bebida, pensando que la droga de setas ralentizaría al maestro de armas lo suficiente para matarlo rápida y limpiamente.

Cualquier compasión que Zaknafein pudiera sentir, cualquier sentimiento de hermandad que pudiera tener por el otro varón drow, no podía atravesar esa verdad.

Zaknafein avanzó hacia el extremo más cercano del callejón y se quedó ahí a esperar.

Otra drow, una mujer cuyo nombre Zaknafein no sabía, pero a la que había visto a menudo por las Calleshedihondas, salió de un receso en el lateral, sujetando una cinta azul.

Alzó la mano para pedir silencio y todos los espectadores callaron.

—¡Fuera monedas! —ordenó—. A partir de este momento, ninguna apuesta más estará respaldada por las reglas del Braeryn.

Zaknafein oyó tintineos por los lados y en las ventanas, en lo alto; las últimas apuestas.

Había oído hablar de esos combates organizados, pero nunca había visto uno.

Sin embargo, en ese momento comprendió que la mujer que se hallaba entre Duvon y él tenía un gran poder en las Calleshediondas, era capaz de calmar a una multitud siempre alborotada.

—¿Quién pidió este combate? —preguntó la mujer.

—Fui yo, buena señora —contestó Jarlaxle, saliendo de entre las sombras de la derecha del callejón, a través de la puerta trasera del Micónido Supurante.

—¿Y estos son los participantes? —inquirió, señalando a Zaknafein y luego a Duvon.

—Sí, lo son —respondió Jarlaxle.

—¿Estás seguro?

—Lo estoy.

—¿Y por qué nombres se los conoce?

—Zaknafein ya es conocido en el Braeryn —explicó Jarlaxle—. Y en cuanto a este otro tipo… —Se detuvo y miró a Duvon, que entrecerró los ojos como respuesta—. Lo llamaremos Azul, puesto que no nos ha ofrecido ningún nombre.

Zaknafein oyó que susurraban «Avinvesa Fey-Branche» e incluso «Duvon Tr’arach» por todas partes. Otros incluso mencionaban que Jarlaxle seguro que conocía a ese tipo.

Quizá Jarlaxle no era tan listo como se creía, pensó Zaknafein. Si los apostantes sabían que Jarlaxle conocía muy bien a los dos combatientes, entonces, ¿cómo apostaría?

Zaknafein ni siquiera permitió que sus pensamientos se fueran hacia ese sinuoso derrotero. No tenía ni el tiempo ni la energía para nada de eso. Jarlaxle parecía estar muy satisfecho en ese momento, aunque eso solo ofrecía a Zaknafein teorías contradictorias.

—¿Azul? —preguntó la mujer.

—El nombre solo es importante para asegurar el sentido de la apuesta —la interrumpió Jarlaxle—. Zaknafein es conocido. El otro es irrelevante.

—¿Seguirá siendo irrelevante cuando Zaknafein yazca muerto?, me pregunto —intervino otra voz, la del propio Duvon.

Eso hizo sonreír a Zaknafein.

—¡Fuera monedas! —repitió la mujer—. Y acercaos, guerreros, a cinco pasos.

Zaknafein no apartó la mirada de Duvon y fue contestando a cada paso mientras caminaba hasta quedar a cinco pasos de la mujer que arbitraba. Duvon se colocó a la misma distancia de la arbitro por el otro lado.

—Las armas que tenéis son la vuestras —dijo la mujer—. La armadura que vestís es la vuestra. Los trucos que hagáis son los vuestros, excepto…

Se detuvo y miró a Jarlaxle.

—Guerreros, los dos —dijo él.