4. Limando asperezas #3
La sombra de una sonrisa (porque él nunca reía cuando sospechaba que había ojos espiándole) le arrugó los labios mientras pensaba en quién más podría alegrarse de ver la caída de Zaknafein Do’Urden y en los métodos poco ortodoxos que esa persona podría tener a su alcance para asegurarse de que eso pasara.
Jarlaxle cambió de rumbo y se dirigió hacia la repisa alzada de la gran caverna conocida como Tier Breche, que alojaba la famosa Academia de Menzoberranzan.
La espada giró sobre su hombro derecho, alzándose mientras la blandía ante él. La soltó solo para invertir el agarre y comenzó su estocada opuesta mientras se volvía.
Zaknafein se detuvo y rugió.
Era demasiado incómodo. Los maestros en Melee-Magthere siempre habían enseñado el mantra de movimiento único: en un encuentro repentino, para realizar un ataque solo se podía hacer un movimiento después de desenvainar, solo uno; después de eso, retroceder a una postura de combate y comenzar la lucha formal.
El maestro de armas negó con la cabeza. Estaba muy cerca no solo del segundo movimiento sino también del tercero y del cuarto, y con todo ello le quitaba a su atacante cualquier otra opción excepto la retirada y lo dejaba vulnerable si no era lo suficientemente listo para huir de inmediato.
Muy cerca.
Pero el equilibrio estaba mal. Podía conseguir llevar hacia atrás la espada izquierda, podía invertirla y estocar, pero eso no conseguiría nada más que la estocada inicial. Era una táctica para perder tiempo, pensada para mantener la pelea estática durante un instante más, una vuelta más.
No conseguía ejecutar esa vuelta de un modo satisfactorio. No funcionaba. Zaknafein reflexionó sobre los movimientos de la espada y sobre su juego de pies. Quizá si añadiera un paso a la izquierda…
—Es una propuesta ridícula, incluso viniendo de ti —respondió el archimago Gromph Baenre a Jarlaxle.
Ambos se hallaban sentados en dos cómodas sillas frente a una chimenea encendida en los aposentos del gran mago, una mansión extradimensional a la que se accedía por un armario secreto en las habitaciones mundanas de Gromph en Sorcere, la escuela drow de magos.
—Pero ¿puede hacerse?
Gromph suspiró y tomó un sorbo del buen licor, el muy buen licor que Jarlaxle le había llevado; el precio que Gromph exigía en todas y cada una de las visitas del jefe mercenario.
—Cualquier cosa puede hacerse —contestó Gromph—. No todo debe hacerse.
—¿Y por qué esto no debe hacerse? Parece un encantamiento de poca importancia.
—Porque no vale la pena.
—Es simplemente una variación de un conjuro menor —protestó Jarlaxle.
—Entonces, hazlo tú.
Le tocó suspirar a Jarlaxle.
—¿Y por qué no se lo voy a pedir al mejor mago de la ciudad?
—¿Debería, entonces, pedir ayuda a Jarlaxle cuando necesito exterminar a una rata?
—Si es una rata extraordinaria, supongo que sí —contestó Jarlaxle, y luego añadió con astucia—, o incluso si es una rata mundana, pero estás dispuesto a pagar la tarifa de Jarlaxle.
Gromph soltó un bufido.
—Entonces, dime por qué.
—Porque demasiadas matronas saben las propiedades del ojo por ojo.
—Te refieres a los Oblodra —razonó Gromph—. ¿Continúas tratando con esas extrañas criaturas?
—Viven en mi desván, podríamos decir.
—Entonces, contrata a un exterminador de ratas y acaba con ellas.
Jarlaxle arqueó las cejas ante ese comentario, y Gromph se encogió de hombros y bebió otro sorbo. Jarlaxle sabía que esa era su manera de transmitir su frustración, porque incluso el poderoso Gromph se ponía nervioso ante los extraños poderes de la Matrona K’yorl Odran y su clan de psiónicos.
—Un conjuro no te serviría de mucho debido a los tiempos. Tendrías que lanzarlo tú y no sería algo menor, como dices. A no ser, claro, que desees que sea permanente, y te advierto…
—Oh, no, permanente no —interrumpió Jarlaxle—. Solo de corta duración.
—Un alquimista sería mejor elección que un mago —explicó Gromph—. ¿Has oído hablar del aceite de luz del día?
—Naturalmente. —De hecho, Jarlaxle había empleado aceite de luz del día, que recubría las pequeñas piedras metidas en las bolas de cerámica, para parar la pelea en el Micónido Supurante.
—Algo parecido a eso, creo —dijo Gromph—. Un sortilegio temporal aplicado una vez, uno que se queda sobre el objeto y no se derrama sobre cualquier cosa que toque. No tan simple como podrías creer, pero probablemente posible.
—Tengo muy buenos alquimistas —indicó Jarlaxle.
—Y yo los tengo aún mejores —replicó Gromph.
—Pero más caros.
—Vas a tener que pagar mi tarifa de un modo otro, renegado— afirmó el archimago—. Ha sido idea mía.
Jarlaxle asintió e inclinó su copa hacia Gromph.
—¿Cuándo? ¿Cuándo lo necesitas?
—En dos días.
—La tarifa se ha doblado.
Jarlaxle iba a protestar, pero se contuvo y asintió.
Pensaba ofrecer a Gromph la tarifa normal y explicarle cómo podía duplicarla él mismo con facilidad, pero luego cedió, porque realmente no quería involucrar a ninguno de los Baenre en ese pequeño combate que había organizado.
Quizá lo que haría sería apostar esa tarifa adicional él mismo.
De un modo u otro, no importaba. Conseguiría un objeto útil, salvaría a un aliado útil y en el proceso ganaría un montón de oro.