Ilimitado (Generations 2) 4. Limando asperezas #2
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4. Limando asperezas #2

—¿Comprendes que ambos comenzaréis la lucha con las espadas en mano? —preguntó Jarlaxle.

—¿Y?

—Que no tendrás que desenvainar.

—¿Y?

—No me seas obtuso. ¿Por qué estás practicando algo que no vas a necesitar?

—Lo necesito a menudo.

Jarlaxle estuvo a punto de suspirar, pero Zaknafein continuó rápidamente.

—No en la lucha de dentro de dos días, pero ¿de verdad esperas que renuncie a mis días de práctica por tipos como Duvon Tr’arach? ¿Debería también practicar la carrera por si me asalta una rata de alcantarilla de camino a tu espectáculo?

—¿Mi espectáculo?

—Deberías haberme dejado matarlo en la taberna; allí y entonces.

—Es el maestro de armas de una casa poderosa y de larga tradición —le recordó Jarlaxle—. ¿Cuáles consecuencias habría tenido para la Casa Do’Urden que hubieras hecho eso?

—Las mismas que habrá después de que le mate en el combate preparado —replicó Zaknafein sin vacilar.

—No es cierto —contestó Jarlaxle, aunque en realidad no estaba seguro de cuál podría ser la diferencia práctica.

De una manera u otra, Duvon, o Avinvesa, parecía ir por libre en eso, así que su muerte a manos de Zaknafein, ya fuera en una pelea de bar o en un combate en el callejón, podría plantearle algunas preguntas preocupantes a la Matrona Malicia—.

No tienes por qué matarlo —añadió Jarlaxle.

—Dice el hombre que no es el objetivo de Duvon. Él fue a buscarme. Él se movió para buscar una excusa para matarme, no a ti.

Jarlaxle no tuvo contestación para eso.

—Estarías muerto, ¿lo sabes? —fue lo que finalmente dijo, y movió la barbilla indicando el centro de la sala, donde Zaknafein había estado trabajando en sus técnicas de desenvainado—. El giro era torpe y demasiado alejado de la espada.

—Cualquier cosa que exceda un segundo movimiento es una tontería —replicó Zaknafein con sequedad, repitiendo el mantra de Melee-Magthere respecto a esa secuencia crucial del inicio de cualquier combate directo.

Desenvainar y un único seguimiento eran la regla de oro.

Desenvainar y atacar, nada más, luego asumir una postura paralela a la de tu atacante, que previamente había tenido la iniciativa.

—He contado un tercero y un cuarto, aunque ese falló.

Estás mucho más allá de lo que se considera correcto.

El bloqueo sobre el hombro, como has hecho, ha sido brillante, y la estocada inversa te daría tiempo para separarte y enfrentarte directamente a quien fuera que estuviera intentando matarte.

¿Por qué intentar ir más allá de eso cuando te encuentras en tal desventaja?

—¿Querrías que jugara al contraataque para igualarnos?

—Eso fue lo que te enseñaron.

—Guerreros que caerían ante mí —replicó Zaknafein.

Jarlaxle admitió su derrota con una carcajada impotente.

—¿Por qué estás aquí? —repitió Zaknafein.

—Ya te lo he dicho.

—Me has dicho que tenías negocios con la Matrona Malicia. ¿Por qué estás aquí, en esta sala?

—Para saludar a mi viejo amigo.

Zaknafein cruzó los brazos sobre el pecho.

Jarlaxle miró hacia atrás, hacia la puerta abierta, y luego se acercó más para que el joven Dinin, que seguro estaba escuchando, no los viera, e hizo una seña con la mano.

—¿Necesitas que te organice la salida de la Casa Do’Urden la noche del combate?

—Solo si no te implica a ti —le contestó Zaknafein de la misma manera.

Jarlaxle sonrió con demasiada ironía.

Zaknafein ni se molestó en preguntar.

Poco después de dejar la Casa Do’Urden, y antes incluso de haber regresado a la Grieta de la Garra, Jarlaxle se topó con un mensajero de Bregan D’aerthe, que le entregó un pergamino.

Curioso. Después de haberlo examinado con magia para asegurarse de que no tuviera trampas, lo desenrolló y se encontró con un informe de las apuestas para el combate, acompañado de una nota de Arathis Hune, informándole de que todo el dinero inicial ya había sido compensado en las apuestas.

Jarlaxle enrolló el pergamino y consideró la situación.

En menos de medio día, ¿todas las apuestas por Zaknafein habían sido cubiertas?

Tr’arach, pensó en un principio. Dab’nay y Harbondair no eran los únicos supervivientes de esa casa que circulaban por la órbita de Jarlaxle.

Sin duda, todos conocían la identidad del asaltante de Zaknafein, y de tapadillo todos animarían a Duvon a conseguir la venganza por lo que Zaknafein le había hecho a su casa el siglo anterior.

Pero ¿apostarían por Duvon? Lo conocían mejor y, por tanto, sabían sus limitaciones. A fin de cuentas, desear que alguien ganara y apostar por ese resultado eran dos cosas muy diferentes.

—Dile que coloque hoy la otra mitad del oro y mañana toda la cantidad —indicó Jarlaxle al joven mensajero—. Cantidades similares para cada combatiente.

El joven asintió y salió corriendo.

Jarlaxle pensó de nuevo en el pergamino, incluso lo abrió para ver si el monto de cada apuesta podía darle alguna pista sobre quién estaba pensando que Duvon, Avinvesa Fey-Branche, ganaría.

De lo primero que estuvo seguro fue, claro, que alguien esperaba poder influir en el combate.

En el primer encuentro, Zaknafein había estado batallando también contra algún veneno, además de contra Duvon; de eso Jarlaxle estaba seguro.

Entonces, ¿sería capaz de volver a hacerlo?

¿O algunos de esos realmente creían que Duvon podía vencer a Zaknafein? Sin duda, Duvon iría soberbiamente ataviado, y seguramente cargado de mejoras mágicas en el cuerpo, pero por mucho que así lo hicieran, ¿podían esperar que fuera suficiente?

¿Intentarían también herir a Zaknafein? ¿Envenenarlo de nuevo? ¿Magia? Estaría protegido contra todo eso, claro. A no ser…