4. Limando asperezas
L IMANDO ASPEREZAS
La importancia de esos movimientos imprevistos hacía que Zaknafein los practicara una y otra vez, cien veces al día, todos los días.
Por lo general, eran tan simples, tan directos, y los incrementos de velocidad en la segunda vuelta tan minúsculos, que muchos luchadores solo les prestaban una mínima atención.
Pero Zaknafein tenía otra opinión. Las luchas que cantaban los bardos eran casi siempre encuentros largos, con grandes piruetas por los aires y contragolpes de contragolpes de contragolpes, pero la verdad para seguir vivo era más sencilla, aunque quizá no mereciera largos versos: la mayoría de los combates se perdían o se ganaban al desenvainar.
Así que practicaba.
Lanzó al aire ante él un pequeño disco hecho de un estipe de seta tallado, y se relajó completamente mientras este se alzaba; cerró los ojos hasta que lo oyó caer al suelo frente a él, en algún punto indeterminado.
Abrió los ojos. Miró. Vio la imagen cara arriba en el disco: la mano izquierda; así que se movió de repente, pasando las manos sobre la barriga para coger las empuñaduras de las espadas, el antebrazo derecho sobre el izquierdo; esa tenía que ser la manera de derrotar al atacante, representado por la moneda, centrándose en rechazarla a ella primero, no al socio de la izquierda.
En un abrir y cerrar de ojos, las espadas ya estaban fuera, alzándose y cruzándose en un doble bloqueo a contramano.
Torció la muñeca derecha al regresar la espada, poniéndola vertical en el barrido, luego acortando el tajo, mientras que la izquierda formaba un arco perfectamente horizontal, con un seguimiento completo, incluso con un paso del pie izquierdo en esa dirección.
Ese tajo izquierdo estaba pensado para defenderse de cualquier socio que atacara; el derecho era un bloqueo corto para desviar hacia el lado una estocada de ataque y pasar a un inesperado contraataque y una estocada pensada para matar.
Matar al desenvainar.
Para acabar con la lucha antes de que realmente comenzara.
Tres veces practicó Zaknafein ese movimiento: doble bloqueo y estocada, con la mano derecha sobre la izquierda, y luego tres veces a la inversa, con la mano izquierda sobre la derecha, y la espada izquierda, retrocediendo, recortando y apuñalando hacia delante.
Con las armas envainadas, recuperó el disco de seta, sacudió el cuello y los hombros, e hizo rodar el disco una vez más.
Luego, lo repitió después de haber desenvainado seis veces.
Movimientos básicos que Zaknafein había ejecutado miles de veces en su vida.
De ahí, pasó a una serie que implicaba misma mano, misma cadera, sacaba la espada de la izquierda con la mano izquierda y la de la derecha con la derecha.
Esa era la típica técnica de desenfundado inverso, que invertía la mano sobre la empuñadura, desenvainando y ejecutando un giro de las hojas mientras se bajaban los codos, para crear un movimiento de pinza inversa con las espadas, cruzándolas en el medio con los codos extendidos y cortando hacia fuera en un tajo corto y rápido.
Ese sistema era mucho más incómodo que el primero, pero con repeticiones, infinitas repeticiones, los músculos podían entrenarse para comenzar el giro de las hojas en cuanto las puntas de las espadas salían de las vainas.
Zaknafein había perfeccionado tres ejecuciones diferentes de ese técnica: dos que reflejaban el sistema más común de sacar cruzando las manos, uno continuando por la izquierda y el otro, hacia la derecha, pero sin los pasos.
Y si se enfrentaba a un solo adversario, hacía un doble bloqueó con los movimientos inversos, paraba y tiraba hacia delante con ambas espadas después de la breve parada.
Había adquirido tanta habilidad con esto que podía incluso alterar el ángulo del ataque de esas estocadas, y dominaba todas las combinaciones de colocación de las espadas por delante, dos arriba, dos abajo o cada una por un lado, alternándolas.
Pocos guerreros drow intentarían ese tipo de desenvainado en un auténtico combate.
Era muy fácil enganchar una punta en la vaina o simplemente ser demasiado lento para cubrir un ataque si la cuchilla que hacía el bloqueo no estaba ya en posición.
Pero Zaknafein podía ejecutarlo con tanta suavidad como la forma típica de desenvainar cruzando las manos, y encontraba bastante divertidas las expresiones en el rostro de sus supuestos verdugos cuando los vencía así.
Casi podía oírlos preguntar «¿cómo?», antes de caer muertos.
Las espadas salieron varias veces rodando, bloqueando, estocando, para luego volver a sus respectivas vainas.
Satisfecho, Zaknafein asintió, se secó las sudorosas manos en una toalla que tenía cerca y respiró con profundidad y calma.
Ahora tocaba la técnica de desenvainar con la misma mano, misma cadera, pero simplemente cogiendo las empuñaduras y alzando los brazos, para inclinarlas del todo hacia abajo en un bloqueo vertical doble, con las puntas dirigidas al suelo.
En ese ejercicio, desenvainar era el primer movimiento, solo un primer movimiento, y después se iniciaba el bloqueo; una o ambas espadas tenían que cambiarse rápidamente a una sujeción normal, más cómoda y usable.
Ahí era donde Zaknafein podría distinguirse de casi todos los demás en los primeros momentos de un combate.
Desenvainar de esta manera era la extracción más rápida y limpia de las vainas, no había inversión del impulso y, por tanto, podía ser efectiva en el último instante para desviar una estocada o un tajo.
También era el movimiento más difícil de improvisar, el más limitado en segundos movimientos, con ambas espadas cogidas a la inversa.
Zaknafein había imaginado muchas maneras de arreglar eso, aunque, claro, siempre resultaba mucho más fácil verlo en su cabeza que realizar en vivo la maniobra.
—Mil veces mil —se susurró a sí mismo mientras intentaba repetidamente su movimiento más nuevo después de desenvainar. Ese era su mantra, mil veces mil; le recordaba que la repetición entrenaba los músculos y que no había atajos ni nada que la sustituyera.
—Mil veces mil —dijo cuando perdió el control de la espada izquierda y esta salió volando hacia delante.
Sin alterarse, la recogió y la metió en la vaina, luego respiró hondo y desenvainó de nuevo ambas espadas.
La derecha la soltó muy ligeramente mientras la alzaba y quedaba libre, dejando que el peso de la hoja la hiciera caer, para volver a cogerla con el mismo agarre inverso, pero ahora con el brazo que bajaba hacia atrás.
Esa era la parte fácil.
Cuando la sacó con la mano izquierda, agarró la empuñadura solo con los dedos índice y corazón rodeándola por arriba, y el anular y el meñique por detrás del mango cerca de la cruz.
Arriba fue la hoja y, en ese momento, Zaknafein soltó el pulgar y presionó con los dos dedos inferiores, redirigiendo el impulso de la subida para enviar la espada girando por abajo y luego por arriba, luego por arriba y por encima.
Luego, la volvía con la punta hacia abajo mientras llevaba la mano por debajo de la axila, detrás del hombro.
La hoja de la espada comenzó a desplazarse hacia la derecha de Zaknafein, incluso mientras pinchaba hacia abajo, con la intención de bloquear un ataque por la espalda.
Para un observador, podía ser un movimiento rápido y hermoso, pero Zaknafein gruñó frustrado, detuvo sus movimientos finales y dejó que la espada se le escapara de la mano, que cayó hacia la derecha y resonó sobre el suelo.
No había recuperado el agarre de la espada lo suficientemente fuerte para bloquear el tajo de un niño. Además, faltaban tres movimientos más, imprescindibles para completar el ejercicio de contragolpe.
Otra vez.
Jarlaxle y el joven Dinin Do’Urden vieron a Zaknafein, de espaldas a ellos, mientras realizaba sus rutinas de práctica en la sala de entrenamiento de la casa.
Su brazo izquierdo en alto, blandiendo la espada, con la punta hacia abajo, por la espalda, y siguiendo hacia arriba y por delante de él; la espada derecha lanzaba una estocada hacia atrás, justo cuando acababa de pasar la espada izquierda.
Jarlaxle retuvo a Dinin, y en silencio contemplaron al maestro de armas acabar: Zaknafein lanzó al aire la espada izquierda para invertir la sujeción y ejecutó una estocada inversa mientras retrocedía la derecha; luego, realizaba un giró bastante torpe, que le hizo volverse con una mirada de clara frustración en el rostro.
Cuando vio que tenía visitas, se irguió rápidamente.
—¿Qué estáis haciendo ahí?
—He venido para hacer negocios con la Matrona Malicie —contestó Jarlaxle, sincero—, y he decidido venir a ver cómo le iba a mi amigo en lo que podría ser el último día de su vida.
Eso le hizo sonreír de forma burlona.
—Lárgate, chaval —le dijo a Dinin.
El joven, el hijo menor de Malicia, se irguió y tragó aire, evidentemente ofendido.
Zaknafein se rio de él.
Jarlaxle le puso un brazo sobre los hombros al joven Do’Urden.
—Nunca es prudente mostrar tu rabia a aquel que te ha enrabiado —le susurró a Dinin al oído—. Y menos aun cuando esa persona podría cortarte en pedacitos antes de que ese ceño dejara tu cara.
—La Matrona Malicia me ha pedido que te escoltara —discutió Dinin.
—Y eso has hecho.
—No voy a dejar que corras suelto por la casa, renegado —replicó Dinin.
Jarlaxle hizo una leve inclinación, y respetó el valor del joven (aunque supuso que haría que lo mataran).
—Entonces, espérame en el pasillo —ofreció—. Hablaré con mi amigo a solas.
—Sal de aquí —añadió Zaknafein desde la pared lateral, de donde había cogido una toalla seca para enjugarse el sudor.
Dinin cruzó la puerta, pero no la cerró.
—¿Cuántos enemigos imaginarios acabas de matar? —preguntó Jarlaxle, acercándose a su amigo.
—Ninguno; me temo que él aún está vivo.
Jarlaxle pensó en los movimientos que había visto.
—Entonces, tú eres el muerto —concluyó.
—Desgraciadamente.
—¿Practicando tus técnicas de desenvainado y ataque?
Zaknafein asintió y se pasó la toalla por la cara.