Ilimitado (Generations 2) 3. Esas extrañas criaturas Oblodran
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3. Esas extrañas criaturas Oblodran

E SAS EXTRAÑAS CRIATURAS O BLODRAN

Jarlaxle no supo qué pensar mientras trataba de averiguar quién había podido instigar el conflicto de la noche anterior. La primera pregunta en situaciones similares era, claro, del estilo «¿A quién beneficia?».

Pero en Menzoberranzan, donde todo el mundo siempre buscaba sacar algún tipo de beneficio, esa pregunta pocas veces reducía la lista de sospechosos.

En este caso, la lista de Jarlaxle incluía a algunos de sus socios más importantes, a una distinguida matrona de una de las más antiguas y respetadas casas regentes de la ciudad, e incluso a los dos sujetos involucrados en la pelea.

No iba a resolverlo antes del combate, pero llegar hasta el fondo de este asunto podía ser la única manera de mantener con vida a dos valiosos socios.

—Te preguntaría qué estás pensando, pero si quisiera saberlo ya me habría metido en tu cabeza —dijo una voz que sacó al jefe mercenario de su ensimismamiento.

Se volvió y vio a una diminuta drow: una mujer muy pequeña que aterrorizaba a Jarlaxle quizá más que cualquier otro drow de la ciudad, incluida la mismísima grande y poderosa Madre Matrona Baenre.

—¡Saludos, Matrona K’yorl! —respondió, mientras se centraba y trataba de cerrarse contra las extrañas incursiones mentales por las que K’yorl y su Casa Oblodra eran famosas.

Eran psiónicos, magos de la mente, no muy diferentes de la aterradora raza de los ilícidos (que eran conocidos, muy apropiadamente, como azotamentes). Jarlaxle sabía que, de tapadillo, Oblodra era la casa más odiada de la ciudad, pero nadie se atrevía a ir contra ellos, ni siquiera la Casa Baenre.

K’yorl sonrió, ¡siempre llevaba en la cara esa sonrisita de superioridad!

—Te advertí cuando te permití construir tu complejo aquí, en la Grieta de la Garrar, que pasaría a visitarte —dijo ella, algo que siempre mencionaba en esas ocasiones en las que simplemente se presentaba en los corredores, la mayoría naturales, del hogar de Bregan D’aerthe.

—¿Buscando sirvientes kobold? —preguntó Jarlaxle.

—Quizá.

—Entonces, buscando mis servicios —dijo Jarlaxle, recuperando un poco de su aplomo habitual.

—No mientras lleves ese parche —le soltó la matrona—. No hago negocios con nadie que me oculte sus pensamientos.

—Hemos hecho negocios antes, gran señora.

K’yorl sonrió de nuevo y Jarlaxle sintió el impulso de quitarse el parche. Instintivamente su mano lo levantó y estuvo a punto de sacárselo, pero se contuvo en el último momento.

Ella se rio burlándose de él. Jarlaxle supo que la astuta matrona estaba encontrando la manera de superar sus defensas mágicas.

—No temas, Jarlaxle Baenre —dijo ella, y el mercenario hizo una mueca al oír en un fuerte susurro su auténtico apellido.

Pocos conocían el verdadero linaje de Jarlaxle, o que el sacrificio del tercer hijo de la Madre Matrona Baenre, que dictaba la tradición, había sido una farsa orquestada por los extraños poderes mentales de la mismísima K’yorl Odran.

—Te considero un juguete útil y bastante valioso —continuó K’yorl—.

No tienes nada que temer de mí mientras permanezcas al margen de lo que va pasando en Menzoberranzan.

Jarlaxle sabe todo lo que ocurre en la ciudad, o eso dicen, y eso incluye saber cuándo debe mantenerse lejos de asuntos que no le conciernen.

—Lo intento, matrona.

—Cuando pueda confirmar eso en tus pensamientos y no solo con tus palabas, te creeré.

Jarlaxle alzó las manos y se encogió de hombros.

—¿Pronto, entonces?

—Más ponto de lo que crees —replicó K’yorl.

Jarlaxle esbozó una sonrisa, un amplio gesto que contenía demasiada alegría y luz para las oscuras sombras de Menzoberranzan.

—Debo irme —dijo K’yorl—. He venido por otras razones, pero he pensado que no sería cortes no hacer una vista al… ¿patrono?… de este cavernoso hogar.

«Has venido a demostrar que puedes atravesar las nuevas defensas de mi habitación», pensó Jarlaxle, pero no lo dijo, y confió en que su parche hubiera impedido a K’yorl «oír» eso.

K’yorl comenzó a titilar de un modo extraño, pero Jarlaxle lo había visto antes y no se sorprendió.

Y, entonces, K’yorl ya no estaba, había desaparecido, y Jarlaxle se preguntó si realmente había estado frente a él o no.

Con cualquier otro drow, podría haberse cambiado de ojo el parche mágico y eso le hubiera proporcionado un encantamiento que le hubiera permitido ver la verdad, pero con las intrusiones de K’yorl por ahí no se atrevía a tocarse las protecciones.

¡Como si no tuviera ya mucho en lo que pensar, ahora tendría que discernir por qué la Matrona Oblodra había ido a visitarle justamente ese día!

Tenía una sospecha, una que le llevaba a creer que K’yorl podía no ser el único miembro de la Casa Oblodra que hubiera bajado a la Grieta de la Garra desde su casa en lo alto.

—Puedo anticipar cada uno de tus deseos —decía Quavylene Oblodra, la hija mayor y más importante de K’yorl, a Arathis Hune mientras se tumbaba sobre él, ambos bañados en sudor—.

Sé exactamente lo que quieres. Sé exactamente cómo te sientes, y así puedo sentir lo mismo contigo. Por eso me gusta compartir tu lecho.

Quavylene respondió antes de que Arathis Hune formulara la pregunta que se le había ocurrido.

—Porque eres muy cuidadoso y reservado. Debe de ser agotador ocultarse de todo el mundo. Pero conmigo no te puedes ocultar, y así tu placer sobreviene como un lago gigante liberado de la presión de los muros de la caverna. Es un paseo que me gusta mucho.

Al saber que esa mujer, que era experta en la magia divina de Lloth y también en la magia mental de los Oblodra, estaba metida en sus pensamientos, Arathis Hune buscó con determinación alguna distracción mental. Se centró en algo que siempre se había preguntado.

—Porque lo hacemos —respondió Quavylene a su pregunta sin palabras—.

Odra y Oblodra son el mismo apellido, de un origen común.

Algunos, como la matrona, usan Odran, que era el nombre anterior a que nuestra familia aceptara formalmente a la Reina Araña como nuestra deidad, porque así presume de su casi indiferencia hacia el orden religioso de la ciudad y hacia la propia Reina Araña.

—Eres la primera sacerdotisa de la Casa Oblodra —razonó Arathis Hune—. Una sacerdotisa de Lloth. ¿Así que Odran no te serviría para esa función?

—Sí. Quizá cuando sea la matrona me cambie el nombre a Odran.

—Eres una sacerdotisa, la primera sacerdotisa de una casa importante, sin embargo, no pareces devota —se atrevió a decir—. ¿Eso no enfada a Lloth?

Quavylene sonrió y le besó el pecho desnudo.

—Oblodra es no una casa joven, y la Matrona K’yorl Odran, claramente una sacerdotisa nada devota de la Reina Araña, la ha gobernado durante dos siglos.

Nadie duda de que pronto alcanzaremos un asiento en el Consejo Regente.

La única pregunta pendiente es a qué casa remplazaremos.

Al parecer, lady Lloth nos da su aprobación, y también admite la duda y el caos que podemos portar a la ciudad.

Arathis Hune no podía rebatirle eso. Le encantaba compartir el lecho con Quavylene, pero no podía negar que ella siempre le ponía nervioso y lo descolocaba. ¿Cómo no iba a ser así cuando tan a menudo se metía en su cabeza para leerle el pensamiento?

Sí, esa extraña magia de la mente podría resultar útil algún día, quizá pronto. Y, como había notado, aportaba algunos beneficios deliciosos.

Quavylene sonrió mientras él pensaba ambas cosas, y Arathis Hune no necesitaba ser psiónico para reconocer que ella estaba contemplando también la posibilidad de que ese entendimiento pudiera resultar mutuamente beneficioso.

—¿El campo está preparado? —preguntó Jarlaxle a Arathis Hune, mientras ambos salían de la Grieta de la Garra, más tarde, ese mismo día.

—Las apuestas ya han empezado.

Jarlaxle asintió.

—Coloca todo el oro que puedas, pero disimuladamente y en pequeñas cantidades. No queremos llamar mucho la atención.

—¿Por quién?

Jarlaxle se paró de golpe y se volvió hacia su compañero; en su cara se reflejaba sorpresa.

—La sangre en esa reyerta, antes de que la onda sanadora cerrara las heridas, era de Zaknafein —le recordó Arathis Hune.

—No fue una herida grave; una mano arañada en una parada casi perfecta y nada más.

—La sangre es sangre.

—Por Zaknafein —dijo Jarlaxle, a lo cual Arathis Hune simplemente se encogió de hombros—. Conoces la identidad de su oponente, ¿sí? —preguntó Jarlaxle.

—Creo que es más que un simple pícaro de las calles.

—Sí. Quizá alguien enviado para empezar una pelea con Zaknafein.

Arathis Hune asintió; esa idea sí que se le había pasado por la cabeza. Zaknafein era muy conocido en el Braeryn y pocos se atreverían a desafiarle sin más.

—Era nuestro antiguo socio, Duvon Tr’arach —le informó Jarlaxle.

—¿El maestro de armas de la Casa Fey-Branche?

¿Por qué la Matrona Byrtyn le…? —Se calló, porque ya había advertido la respuesta.

La Matrona Byrtyn estaría muy contenta de herir a la ambiciosa y trepadora Casa Do’Urden, y realmente, incluso cien años después, ¿necesitaba Duvon Tr’arach una razón para intentar matar al hombre que, casi solo, llevó a su familia a la ruina?

—Es más formidable de lo que recordaba —contestó Arathis Hune.

—Una buena armadura, unas buenas armas, un buen entrenamiento y unos poderosos encantamientos logarán eso —le respondió Jarlaxle, secamente.

—¿Y cómo sabía que Zaknafein estaría en la taberna esa noche en concreto?

—Una buena pregunta. ¿Quién avisó de la llegada de nuestro querido amigo?

—¿Dab’nay?

—Quizá. Pero esa noche Zaknafein estaba un poco en baja forma —explicó Jarlaxle—. Creo que un pequeño exceso de hongos en su bebida.

—Entonces, ¿Harbondair?

—¿Ambos?

—¿Y quizá otros más? —aventuró Arathis Hune en un tono astuto, insinuando que él podría sospechar que Jarlaxle podría sospechar… de él.

Pero Jarlaxle se encogió de hombros como si eso no importara.

—Esta es la Ciudad de las Arañas —dijo Jarlaxle—.

Criaturas conocidas por matar después de aparearse.

Criaturas que capturan y torturan lentamente a sus víctimas hasta aniquilarlas.

Si Zaknafein no puede mantener su guardia adecuadamente alta, lo matarán.

Y diría que eso se aplica a todos nosotros. Así son las cosas.

Arathis Hune no lo negó.

—Voy a visitar a una matrona —continuó Jarlaxle—. ¿Irás tú al Micónido Supurante para comprobar qué están haciendo y comenzar a mover las apuestas? Esta noche no subas de las doscientas piezas de oro, y no apueste más de cinco de golpe.

—¿Y un tercio de eso apostado por el contrincante de un modo más visible?

Arathis Hune conocía bien la táctica: apuestas en silencio por quien Jarlaxle creía que iba a ganar, apuestas a gritos por quien se suponía que perdería.

Arathis Hune pensó que igual él también podía participar en unas cuantas de esas apuestas.

Tenía mucho que ganar aquí como para dejar pasar ese afortunado giro de los acontecimientos; disimuladamente se había conseguido suficientes socios para que fueran filtrando secretamente el dinero de un modo anónimo.

Incluso de Jarlaxle. A pesar de todos sus planes, se apostaría un montón de oro a favor de Zaknafein Do’Urden en una batalla contra un oponente desconocido, y quizá incluso más entre los que habían descubierto que el drow en cuestión era Avinvesa Fey-Branche, antes Duvon Tr’arach.

En una pelea limpia, la apuesta sería evidente.

Esa, sin embargo, no iba a serlo.

Arathis Hune decidió hacerla aún menos. La oportunidad de ganar un pequeño tesoro le atraía demasiado, y, mejor aún, quizá así Arathis se libraría de Zaknafein de una vez por todas.

Alguien había intentado envenenar a Zaknafein en el Micónido Supurante, no matarlo, sino ralentizarlo para que Duvon pudiera cobrar la pieza.

Eso había fracasado; ¡claro que había fracasado!

Y había sido un intento estúpido desde el principio.

Zaknafein era un auténtico maestro de su arte como guerrero.

¿Cuántos cientos de veces se habría envenenado a sí mismo para acabar siendo inmune a estos trucos de salón?

No, el veneno no funcionaría con Zaknafein, ni tampoco los conjuros lanzados en secreto durante la pelea para derrotarlo.

Pero Arathis Hune pensó en Quavylene Oblodra y se preguntó si habría encontrado un modo efectivo e indetectable de superar todas las precauciones del maestro de armas.