Ilimitado (Generations 2) 2. El intruso inesperado
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2. El intruso inesperado

E L INTRUSO INESPERADO

«Ve con tus maravillosos ojos, renegado. No permitas que muera nadie. Siempre busca el beneficio.»

El susurro mágico, solo para sus oídos, sorprendió a Jarlaxle, pero solo un momento.

Inmediatamente trató de identificar a la emisora, una poderosa sacerdotisa, evidentemente, pero la voz estaba disimulada.

Pensó rápidamente, tratando de resolver ese enigma.

¿Quién sabía de sus «maravillosos ojos», refiriéndose, casi con toda seguridad, a su parche mágico?

Eso le hizo pensar en la Casa Baenre, claro, porque la Madre Matrona Baenre había sido fundamental para que Jarlaxle consiguiera ese objeto tan útil.

Pero, no, ese no podía ser un mensaje de ella o de alguna de sus hijas, supuso. Las Baenre nunca evitaban anunciarse mágicamente o de otro modo. Tampoco la madre matrona de la ciudad trataba nunca con él, o con nadie, de un modo tan críptico.

La Madre Matrona Baenre no era de las que permitirían que algo de lo que mereciera hablarse dependiera de la interpretación adecuada de un oscuro mensaje.

Jarlaxle alzó su copa para beber, pero la empleó para cubrir una profunda inspiración, muy necesaria. Repitió el mensaje en su cabeza.

Por encima del borde de la copa, Jarlaxle echó una ojeada a los muchos clientes que rondaban en la gran sala común del Micónido Supurante.

Cerró el ojo expuesto y comenzó a mover suavemente la cabeza y a canturrear, como si siguiera la melodía que llegaba de un rincón en el fondo de la sala, donde un bardo tocaba el laúd, otro, la flauta y el tercero, cantaba suavemente.

Sin embargo, los que conocían bien a Jarlaxle sabían dos cosas de ese momento.

Primero, Jarlaxle nunca cerraba los ojos en un lugar público y, por tanto, segundo, el ojo bajo el parche mágico seguro que estaba bien abierto y veía con tanta claridad como si no estuviera cubierto.

Jarlaxle era todo lo contrario de lo parecía en ese momento: vulnerable.

Con cada movimiento hacia la izquierda, miraba hacia la puerta, porque siempre había un considerable ir y venir en la taberna, con los clientes saliendo con parejas para breves encuentros sexuales o en busca de sustancias para nublar las mentes más potentes que se pudieran encontrar en el bar.

Conocía a la mayoría de los clientes habituales, incluyendo a más de unos cuantos de su propia banda.

Cada vez que movía la cabeza hacia la derecha, su mirada iba al bar, y la movía un poco más fuerte al ritmo de la melodía bárdica. Se fijó en Zaknafein, que iba hacia la barra a buscar más bebida.

Jarlaxle hacía bien al ocultar su sonrisa irónica cuando pensaba en el maestro de armas.

No había visto a Zaknafein con tanta frecuencia en las últimas tres décadas, como mínimo, pero su amigo volvía a estar allí.

En las últimas dos semanas desde la carrera desde el Muro Oeste, Zaknafein había acudido al Micónido Supurante no menos de tres veces.

Era como en los viejos tiempos, y esos viejos tiempos, pensaba Jarlaxle, habían sido bastante agradables.

Tampoco pudo evitar sonreír cuando recordó un viaje que habían realizado a Ched Nasad.

Había sido entonces, cuando huía de los guardias de la ciudad, que el astuto Zaknafein había cortado el borde de un alto replano hecho de telaraña y había empleado ese borde deshilachado como una cuerda para descender.

Un movimiento muy arriesgado, y uno que podía haber convertido a Zaknafein en una simple mancha en el suelo de la sima, mucho más abajo.

Jarlaxle dejó que ese recuerdo se desvaneciera y se centró de nuevo en el otro lado de la sala, pero no en Zaknafein. Prefirió observar atentamente a Harbondair Tr’arach, cuyo rosto se agriaba siempre que miraba hacia donde se hallaba Zaknafein, o, al menos, siempre que este no lo miraba a él.

Jarlaxle había enviado a Zaknafein a buscar un par de bebidas, pero Harbondair solo puso una sobre la barra.

Luego empezó a limpiar un vaso muy concienzudamente, tomándose su tiempo, hasta que, como se fijó Jarlaxle, Zaknafein tomó un sorbo de esa primera bebida.

Entonces, el tabernero llenó el otro vaso y lo colocó sobre la barra en un instante.

Interesante.

El otro sobreviviente de la antigua Casa Tr’arach volvía a estar en la barra, cerca de la pared del fondo. Dab’nay reía y flirteaba con un maleante bastante famoso, uno de los mejores luchadores y ladrones de las Calleshediondas, que no era miembro de Bregan D’aerthe.

Más a la derecha, otro grupo de míseros maleantes se hallaba sentado ante una mesa circular; tres de ellos que ya habían sucumbido a las muchas sustancias intoxicantes consumidas y los otros dos tenían cara de estar a punto de hacerlo.

Y justo al otro lado de ellos se encontraba Arathis Hune, muy ocupado con una joven de evidentes encantos.

Jarlaxle asintió, mezclando ese movimiento con su «baile», cuando vio que su teniente aún estaba muy pendiente de todo lo que le rodeaba más allá de la atractiva mujer; sus ojos no paraban de recorrer la sala, con sutiles movimientos que Jarlaxle notó solo porque conocía muy bien a Hune.

Arathis Hune no bajaba la guardia, lo que, en gran parte, era la razón por la que Jarlaxle lo había ascendido tanto en la jerarquía de la banda mercenaria.

Jarlaxle continuó su movimiento de cabeza; estuvo a punto de girarla hasta la otra punta y luego de nuevo hacia la puerta cuando un movimiento en el fondo, a la izquierda, captó de nuevo su atención.

Un joven pasó junto a Dab’nay, muy cerca, hacia una puerta interior.

Ella reaccionó, solo un poco, muy poco, como si no quisiera que nadie se fijara en que había reaccionado.

Entonces, el joven desapareció por la puerta.

Jarlaxle siguió volviendo la cabeza hacia la izquierda y vio que Zaknafein estaba regresando a la mesa, con dos vasos en la mano. Se recostó en su silla, de nuevo recorriendo a los asistentes con la mirada, y de vuelta a la puerta.

Se estaba frustrando. Se repitió el susurro mágico.

«Ve con tus maravillosos ojos.»

Un par de hombres entraron en la taberna. Zaknafein se sentó y puso un vaso delante de Jarlaxle, quien abrió su ojo visible y cogió su bebida distraídamente, aunque seguía observando la puerta a través del parche.

Finalmente, el parche se lo mostró: ¡uno de los dos drow varones que acababan de entrar no era lo que parecía!

Se había teñido de azul la larga melena, y eso era rizar el rizo, ya que, en realidad, era una peluca.

El parche de Jarlaxle podía ver esas cosas, y le mostró el verdadero pelo del hombre: muy corto en los lados y la nuca, y más largo en la coronilla.

También era más delgado y joven de lo que parecía, porque llevaba gruesas hombreras bajo su sucio jubón, y también ocultaba debajo una buena armadura.

Ese no era ningún varón sin casa.

Su rostro estaba alterado con maquillaje, tanto mundano como mágico, pero el parche también veía a través de eso, y Jarlaxle reconoció al hombre.

Se trataba del hombre que solía ser conocido como Duvon Tr’arach.

En ese momento, el astuto Jarlaxle averiguó quién le había enviado el susurro mágico.

Y por qué.

—¿Borracho en público? —preguntó Zaknafein, colocando su vaso sobre la mesa de nuevo.

Jarlaxle notó un ligero ceceo en la voz del maestro de armas. Observó a Zaknafein alzar de nuevo el vaso, mirarlo, y luego, encogiéndose de hombros, le dio otro trago.

Jarlaxle arqueó una ceja y Zaknafein se detuvo, con el vaso justo bajo los labios.

—Un poco ácida —comentó Zaknafein—. Una pobre elaboración. —Volvió a encogerse de hombros y cogió su vaso, y Jarlaxle miró el suyo—. El tuyo seguramente sabe mejor —añadió, arrastrando las palabras de repente.

Jarlaxle lo entendió; sonrió a su amigo mientras alzaba su vaso y lo inclinaba en un brindis a Zaknafein, antes de darle un buen trago.

De nuevo, echó una mirada por toda la sala mientras bebía, fijándose en Duvon, que permanecía a cierta distancia, pero miraba en la dirección de Zaknafein.

—La mía es demasiado floja —le dio a Zaknafein—.

Puaj. —Se pasó la lengua por los labios con aparente desagrado y se levantó, negando con la cabeza; luego fue hacia la barra, como si pretendiera cambiar el vaso.

Pero no lo hizo, y en vez de eso se colocó en una posición en la que Dab’nay le podía ver las manos con claridad mientras las cerraba alrededor del vaso sobre la barra.

—Un riesgo se corre mejor con una buena apuesta —le comunicó, moviendo los dedos. Y la expresión curiosa de la mujer le transmitió que había captado su atención y que la había pillado desprevenida—. Todos los niños nobles deberían entender esto —añadió Jarlaxle silenciosa y sutilmente.

Dab’nay abrió mucho los ojos, sorprendida, a pesar de su claro esfuerzo por mantenerse impasible. Él no se acababa de referir a ella, sino a alguien que ella conocía (y sobre quien tenía información) y que acababa de entrar en el bar.

Jarlaxle acabó su vaso e hizo un gesto a Harbondair para que se lo volviera a llenar.

Lo cogió y se apartó de la barra, tratando de calcular cuánto le iba a costar el jueguecito de esa noche y de quién iba a recuperar ese gasto.

No volvió directamente a la mesa de Zaknafein, sino que se desvió en una ruta que lo hizo pasar junto a Dab’nay y un par de ansiosos jóvenes que claramente buscaban pareja para esa noche.

—Últimamente me encuentro muy solo, buena señora —dijo Jarlaxle—. Dejaré espacio en mi lecho para ti.

Uno de los drow, un joven que evidentemente no sabía lo suficiente sobre el Braeryn para asegurarse una vida larga y sana, se volvió rápidamente para plantarse ante Jarlaxle, como advirtiéndole que se fuera.

—Amigo mío, valoro este establecimiento demasiado para pintarlo con tu sangre —le dijo Jarlaxle tranquilamente, y lanzó una rápida mirada a Dab’nay, una invitación.

—Preferiría que nadie muriera en el Micónido Supurante esta noche —le dijo esta a su joven pretendiente, con mucha dulzura, pero con todo el peso de una sacerdotisa de Lloth en la voz.

Jarlaxle siguió su camino, sonriendo ante la idea de jugar con Dab’nay esa noche, algo que no había hecho desde hacía mucho, y complacido de que su socia en Bregan D’aerthe hubiera leído el verdadero mensaje en sus crípticas señas con las manos.

No por primera vez, ni tampoco por última, Jarlaxle se alegró de la decisión que había tomado hacía un siglo de no matar a Dab’nay Tr’arach.

Miró su bebida tristemente, porque esa la iba a tener que dejar en el vaso.

En ese momento, no se podía permitir nublar sus sentidos.

—Podrías haberme traído uno —dijo Zaknafein cuando Jarlaxle llegó a la mesa, y el maestro de armas de nuevo arrastró las palabras, e incluso se balanceó un poco mientras las decía.

—No parece que lo necesites, amigo mío —repuso Jarlaxle—. Sobre todo, en un lugar peligroso como este.

Zaknafein soltó un bufido y se puso en pie; entonces, comenzó a dirigirse hacia la barra. Pero se tambaleó y se fue de lado un par de pasos, para chocarse con otro cliente.

El compañero de cliente se enfadó inmediatamente.

Una espada destelló, y lo hizo mucho más de lo que nadie se esperaba, porque despidió una luz brillante y repentiza que hizo gruñir y gritar a los enfadados elfos oscuros, cegados y aturdidos.

Incluso antes de que los contraconjuros de oscuridad devolvieran la luz a su tenue intensidad habitual, Jarlaxle, quien naturalmente había lanzado una bola de cerámica con la piedra de luz encantada en su interior, lanzó una segunda igual a la anterior.

Fue a por su tercer truco: emitió un conjuro menor desde un anillo que llevaba en la mano derecha.

En el breve instante antes de que una docena de conjuros drow de oscuridad superaran la luz mágica y llenaran toda esa sección de la taberna de tinieblas, Jarlaxle vio que el cliente que atacaba, Duvon, tenía ambas espadas en las manos.

Duvon lanzó una estocada derecha hacia delante mientras que la segunda la subía con fuerza, dirigiéndola al cuello de Zaknafein.

Este desenfundó en ese momento y trazó un arco con la espada izquierda hacia el exterior para detener la estocada, mientras alzaba horizontalmente la derecha para realizar un segundo bloqueo.

Había desenfundado por partida doble de un modo tan brillante y hermoso que casi hizo que Jarlaxle riera con fuerza, tanto de admiración hacia Zaknafein como de sí mismo al haber temido que su amigo maestro de armas pudiera estar realmente ebrio.

Esa risa se le cortó de golpe, porque en el momento en que la luz parpadeaba apagándose y todo se quedaba sumido en una negrura absoluta, vio que el peso del ataque de Duvon hacía que a Zaknafein se le bajara la espada e incluso que le temblaran las rodillas.

Algo iba mal.

Dab’nay se concentró en lanzar conjuros bajo la luz parpadeante. Intentó dejar a un lado su temor de que Jarlaxle supiera más de lo que debía y su miedo aún mayor de que en ese momento le fallara y tuviera que pagar por ello, muy caro, más tarde.

Momentos antes de la segunda oscuridad, más absoluta, había lanzado su potente onda curativa, que había cubierto a los dos combatientes; llegó justo a tiempo, porque ¡ambos gritaron como si hubieran sido heridos!

Dab’nay casi se deja llevar por el pánico.

Comenzó un segundo conjuro curativo en masa, pensando en lanzarlo en la dirección de los luchadores y esperar que cayera adecuadamente.

Pero antes de que pudiera hacerlo, la luz regresó, una luz normal para la taberna, y Dab’nay trató de captar toda la situación.

Se sorprendió al ver un bloque de telarañas mágicas llenado el área donde había comenzado la lucha, con tres drow, incluidos los primeros en atacar, totalmente atrapados y con Zaknafein, casi en el borde, tratando de liberarse.

Sin embargo, otras muchas cuchillas estaban a la vista en la taberna: un semicírculo de drow, con espadas en la mano, se acercaba a los combatientes.

Dab’nay pasó la mirada sobre ellos, los reconoció y se relajó rápidamente.

Eran todos luchadores de Bregan D’aerthe, y en el centro de la formación avanzaba Jarlaxle.

—¡Basta! —ordenó el jefe mercenario—. No se derramará sangre en ese lugar esta noche.

—Demasiado tarde —masculló en respuesta Zaknafein—. Esta no es tu pelea.

—¿Cómo te atreves a detener esto? —dijo otro de los combatientes, sacándose telarañas de la boca, aunque, aparte de eso, no parecía estar haciendo muchos intentos por liberarse.

—Retrasad esto —le corrigió Jarlaxle—. Tendréis vuestra pelea justa en el callejón detrás de este mismo establecimiento dentro de tres noches. ¿Estamos de acuerdo?

—Ahora, mañana, pasado mañana o cualquier otro día —respondió Zaknafein.

—De acuerdo —dijo el otro.

—¿A primera sangre o a muerte? —preguntó Jarlaxle.

—A muerte —contestaron los dos.

Dab’nay tragó aire. Alguien importante en su vida moriría dentro de tres días.

Lo que le quedaba por decidir era qué cadáver la beneficiaría más.

O quizá no, pensó al oír a Jarlaxle.

—Mal —decía este—. Hasta que uno se rinda, con la humillación que eso comporta.

—Que es peor que la muerte.