Ilimitado (Generations 2) 1. Libres #4
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1. Libres #4

—No Geldrin, estúpida —le riñó la Matrona Byrtyn—. ¿Crees que enviaría a mi propio hijo, tan prometedor, contra alguien con la reputación de Zaknafein Do’Urden?

—Ah, entonces, Avinvesa —repuso Affyn—. Por los susurros de las últimas conquistas de la Matrona Malicia, no creo que yo apostara en contra de Zaknafein Do’Urden, ni siquiera si se enfrentara Dantrag Baenre o Uthegentel Armgo. Bueno —admitió—, quizá en una pelea contra Uthegentel.

—Serias palabras, y si la Madre Matrona Baenre las oyera de ti, mataría a Zaknafein solo por despecho y te mataría a ti por insultar de esa manera a su amado hijo Dantrag.

—Puedo hablar con sinceridad a la Matrona Byrtyn —replicó la joven, tragando con fuerza.

—Sí, pero esas cosas me las dices solamente a mí, hija.

No quiero que la Madre Matrona Baenre o esas crueles criaturas de los Barrison Del’Armgo se enfaden con nosotras.

Sin embargo, has mencionado algo interesante: apuesta.

Hay dos preguntas que formular antes de hacer cualquier apuesta.

Primera, ¿puedes ayudar a quien apoyas sin que se note?

Y segunda, ¿hay alguna manera de minimizar las pérdidas en el peor de los casos?

—Parece que estás considerando como importante la noticia de que Zaknafein haya salido de los muros de la Casa Do’Urden, matrona.

Byrtyn, sumida en sus pensamientos, no respondió más que con un ligerísimo asentimiento con la cabeza.

Sabía que no tendría muchas posibilidades de ir contra Malicia Do’Urden, a no ser que tuviera que defenderse de esa ambiciosa criatura.

¿Podría complicar la situación y volverla a su favor, y rápidamente, esa misma noche?

Y más importante, ¿podría hacerlo de lejos, sin implicar a la Casa Fey-Branche?

Zaknafein había parado de correr, claro, pero aún no había ganado la carrera. Ahí, justo ante él, había dos mesas con cinco grandes jarras de oscura cerveza en cada una.

El agotado maestro de armas se llevaba la primera a los labios cuando Jarlaxle entró en la sala. La inclinaba mientras tragaba, y la vació de una vez.

Fue a por la segunda jarra.

Y lo mismo hizo Jarlaxle, que se había terminado la primera más deprisa.

Cuando iban por la tercera, Jarlaxle había conseguido una pequeña ventaja, pero ninguno de ellos consiguió tragarla con la celeridad de las otras dos.

Zaknafein se agarró al borde de la mesa, estabilizándose, calmando su estómago. Las cinco debían acabarse, sin vomitar.

Jarlaxle ya iba por la mitad de la cuarta cuando Zaknafein volvió a alzar su jarra.

Pero Zaknafein acabó esa antes, porque Jarlaxle tuvo que parar y eructar varias veces, con mucho cuidado.

Los dos se miraron sin parpadear mientras alzaban la última cerveza.

Jarlaxle fue más rápido, demasiado rápido, y justo cuando estaba acabándosela, cuando con una mano dejaba la jarra vacía en la mesa y alzaba la otra de manera victoriosa, perdió tanto la carrera como lo que tenía en su estómago.

Zaknafein dio un paso atrás y bebió más despacio; ya no tenía que correr. Eructó varias veces con la jarra todavía en los labios, calmándose el estómago, tomándose su tiempo.

Y acabó, victorioso. Había ganado a Jarlaxle.

—Veintidós a veintidós —dijo a su amigo.

—¿Lo recuerdas? —repuso Jarlaxle, sorprendido.

—Durante décadas me ha hecho apretar los dientes que estuvieras por delante en nuestra competición por una sola carrera. Qué conveniente, siempre he pensado, que después de la carrera cuarenta y tres Jarlaxle dejara Menzoberranzan durante casi dos años.

Jarlaxle rio, porque era bien cierto, aunque no se había marchado por conveniencia o por nada que tuviera que ver con su competición.

Simplemente, las oportunidades en el mundo de la superficie habían demostrado ser demasiado atractivas para quedarse en Menzoberranzan.

—¿Sabes lo que significa esto? —le preguntó a Zaknafein.

—Volveré pronto para otra carrera —le aseguró el maestro de armas.

—Lo esperaré con ganas…, sobre todo ahora que ya se tu último movimiento —le advirtió Jarlaxle, acompañado de una serie de oh .

—Y sin duda intentarás perfeccionarlo —replicó Zaknafein, acompañado de una serie de ah de los mirones.

Jarlaxle negó con la cabeza.

—Buscaré uno mejor.

—Entonces, tendré que emplear unos cuantos de los otros, de los «mejores» que he perfeccionado para otros obstáculos durante la carrera.

Los hurras habían comenzado con la promesa de Jarlaxle, pero aumentaron tremendamente con la decidida réplica de Zaknafein.

Jarlaxle chasqueó los dedos y alzó la mano para coger la varita que el tabernero Harbondair le lanzaba.

Con Zaknafein detrás, avanzó con piernas temblorosas hasta una mesa vacía en un lateral de la sala, apuntó con la varita hacia ella y pronunció una serie de órdenes, deshaciendo el espacio extradimensional que había creado para recuperar todas sus cosas y las de Zaknafein, excepto la bolsa del cinturón y el agujero portátil, que había dejado al cuidado de Harbondair y Dab’nay.

¡No sería muy aconsejale colocar ninguno de esos dos objetos en un lugar extradimensional!