Ilimitado (Generations 2) 1. Libres #2
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1. Libres #2

Zaknafein iba a responder, pero se contuvo cuando el tabernero se acercó, le puso una copa delante y luego volvió a llenar la de Jarlaxle. El hombre miró a Zaknafein a los ojos, quien pensó que detectaba un poco de rencor en ellos.

—Mucha es la memoria de los tontos drow —dijo Zaknafein mientras el antiguo guerrero Tr’arach atravesaba la taberna.

—Yo diría que eso es bueno.

—Lo sería si también recordaran que aún puedo matarlos, y me alegraría hacerlo —replicó Zaknafein, y ante la mirada asombrada de Jarlaxle, concluyó—: Sí, sí, entonces, te entregaría una recompensa por robarte soldados.

—Seguro que a ese no lo quieres matar, o a ninguno de ellos, sino ya lo hubieras hecho aquel lejano día en que atacaron la Casa Simfray. Ese en concreto —dijo, señalando al tabernero—. Tenías a Harbondair abatido en el puente entre las torres, una presa fácil. Sin embargo, Zaknafein no la cobró.

—Montaba un lagarto —dijo Zaknafein, asintiendo. No recordaba a ese guerrero en concreto, pero sí que recordaba tirar a un lagarto y su jinete por encima de la barandilla.

—Su querida montura, a la que había criado desde el huevo. Vosotros, los Simfray, lo destripasteis sobre él. Lo cabalgó hasta que se le cayeron las entrañas al suelo.

—Eso explica el hedor —replicó Zaknafein, seco. Alzó su copa para beber, pero se detuvo—. ¿Debería ingerir algún antiveneno antes?

Jarlaxle rio.

—Harbondair no puede pagar tu remplazo, y no se atrevería a despertar la furia de la Matrona Malicia. Y, no, para responder tu pregunta sobre Malicia, no le pondría los cuernos a mi querido amigo.

—Debes de ser el único drow en Menzoberranzan que no lo ha hecho; además, tampoco lo consideraría así —explicó riendo; se bebió la copa de un trago y luego la levantó para que la viera Harbondair Tr’arach.

—Ella es todo lo que dicen —continuó Zaknafein—. Insaciable… y demente. Si Malicia pudiera luchar como folla, sería el mejor maestro de armas de todo Menzoberranzan.

—Bueno, claro, no me des las gracias.

—Por lo que he visto, no hacía falta que me uniera a su casa para averiguar la verdad.

—¿Y qué hay del chico, entonces? —preguntó Jarlaxle.

Harbondair se acercó con la botella, pero Zaknafein simplemente se la cogió y le despidió con un gesto.

—¿Qué pasa con él? —repuso Zaknafein.

—Dinin, ¿sí? ¿Es el…?

—¿Es qué?

Jarlaxle suspiró profundamente y se recostó en la silla, mirándolo fijamente.

—No —respondió Zaknafein—. No es mi hijo.

—Has estado muchas veces con la Matrona Malicia, ¿cómo puedes estar seguro?

—No es mío —insistió Zaknafein—. Seguramente el padre sea Rizzen. Me preguntaba si habrías sido tú, pero ya has dicho que no es así.

La expresión de Jarlaxle se tornó de curiosidad.

Zaknafein se encogió de hombros.

—Es un chico que está bien y, sin duda, uno de quien Rizzen podría enorgullecerse, después de la mediocridad de Nalfein. ¿Te he contado que Nalfein llegó a desafiarme para servir él como maestro de armas de la Casa Do’Urden?

—¿De verdad? ¿Así que la Madre Malicia vuelve a tener un solo hijo?

—No lo maté. Ni siquiera luché con él en serio, solo lo desarmé antes incluso de que él pudiera desenfundar sus armas. —Zaknafein tomó otro trago—. Se le cayeron los pantalones, también. De nuevo, y como cabía esperar, nada impresionante.

—Ah, sí —repuso Jarlaxle—. He oído rumores de que Nalfein Do’Urden ha regresado a la Academia, aunque no me he molestado en confirmarlos.

—Pero a Sorcere, no a Melee-Magthere —explicó Zaknafein— En nuestra pelea unilateral, parece que le convencí de que probara con la magia.

—¿Y?

Zaknafein se encogió de hombros.

—Es mejor que luchando. Pero, claro, de no ser así, ya se habría transformado en un tritón retorcido.

—Por los magos débiles —dijo Jarlaxle, alzando su copa para que Zaknafein brindara con él.

—Por los magos muertos —aceptó Zaknafein.

—¿Y su segundo nacido? —preguntó Jarlaxle, mientras volvía a llenar su copa—. El que dices que no es tuyo. ¿También él acabará en los intrincados pasillos de Sorcere?

—Melee-Magthere.

—Como Zaknafein —observó Jarlaxle, astutamente, pero Zaknafein negó con la cabeza.

—Es lo suficientemente listo para ser un luchador, pero favorece más una mano. Más como Arathis Hune, supongo, o quizá como Jarlaxle.

—Te he advertido muchas veces que no me infravalores.

—Y yo te he advertido muchas veces que no te creas que estás siendo infravalorado. —Zaknafein vació su copa y rápidamente la volvió a llenar—. Creo que Dinin es hijo de Rizzen —continuó—. Y de ser así, entonces, es lo mejor que Malicia va a sacar de él.

—¿Y de Zaknafein?

El maestro de armás se lo quedó mirando por encima de la copa mientras la vaciaba por tercera vez; se sirvió una cuarta.

—¿Y quién sabe? Incluso con Dinin. Quizá sea hijo de un demonio, o el resultado de alguna oscura magia. Malicia se pasó casi dos siglos cambiando de pareja veinte veces a la semana y, sin embargo, no consiguió nada excepto una horda de amantes exhaustos.

—Ya había dado a luz a dos bebés —le recordó Jarlaxle—. No es estéril.

—Ojalá lo fuera —masculló Zaknafein para sí, y si Jarlaxle no hubiera llevado una trompetilla mágica para mejorar sus ya agudos sentidos de drow, no hubiera captado ese comentario, o el siguiente—: Ojalá lo fueran todas.

Jarlaxle no comentó nada, y siguió en silencio, pensando en su amigo.

Zaknafein había llegado al Micónido Supurante muy animado, pero el buen humor nunca le duraba, no contra la realidad de Menzoberranzan.

La única respuesta, y Jarlaxle lo sabía, era un desafío. Agarró a Zaknafein por el brazo mientras este alzaba su copa para beber de nuevo.

—¿Nos damos un rodeo por las cavernas?

Zaknafein lo miró por encima del borde de la copa, incrédulo al principio.

Pero una gran sonrisa comenzó a dibujársele en la cara, y le salió con él de la taberna y hasta casi la otra punta de la ciudad, donde se encontró con Jarlaxle sobre una alta cornisa que sobresalía en el Muro Oeste de la caverna, no lejos de los balcones de la Casa Do’Urden.

Directamente a su derecha se alzaba el obelisco reloj de Narbondel, oscuro en ese momento porque la noche se acercaba.

—El riesgo —dijo Zaknafein entre risitas, meneando la cabeza.

—Eso es lo que lo hace divertido —respondió Jarlaxle, con una sonrisa burlona.

Ambos se desvistieron de las armas, los objetos mágicos y la armadura, y los escondieron. Se quedaron en calzas, camisas y las suaves botas almohadilladas que siempre usaban. Ahí estaban, solos en la noche de Menzoberranzan, casi a tres kilómetros del Micónido Supurante.

Intercambiaron una mirada, se encogieron de hombros a la vez y Zaknafein saltó.

Solo cayó unos pocos metros hasta otra cornisa, se estabilizó absorbiendo la recepción con una profunda inclinación y luego se lanzó hacia delante, girando y volteándose en el aire para caer corriendo sobre el techo de una estructura cercana.

Saltó alto sobre un caballete y plantó ambas manos sobre el umbral de la ventana que sobresalía de la torre de guardia de la estructura; luego rodó por encima de la ventana y, con una voltereta, aterrizó en el suelo.

Siguió saltando en vuelo desde el final del tejado hasta otro más bajo.

Aterrizó, hizo un mortal, luego otro y volvió a aterrizar de pie; luego, se lanzó hacia una rotación inversa, saltando hacia atrás para perder impulso y poder plantarse de pie sobre la calle de abajo.

Jarlaxle se plantó a la derecha de Zaknafein en una voltereta que lo obligó a seguir hacia la derecha, hacia una gran estalagmita, mientras Zaknafein corría rodeando por la izquierda la impresionante elevación.

Llegaron al otro lado con Zaknafein un paso por delante del mercenario, mientras otra estalagmita se alzaba ante ellos.

Por el costado corrió Zaknafein, saltando hacia una cornisa de arriba, luego hacia otra, y cogiéndose de una tercera con la mano.

Entonces, se giró para cambiar el apoyo de la mano y puso la espalda contra el muro.

Se fue alzando y metió las piernas entre las manos; se lanzó hacia atrás y superó esa sección de la roca para caer al otro lado.

Caminó apoyado en las manos para asegurar su recepción, y luego se lanzó hacia delante y salió corriendo.

Dio un salto por encima del murete de una casa menor, sin hacer caso de los gritos procedentes de unos guardias perdidos en la oscuridad, a su derecha.

Saltó desde el borde de un pequeño estanque decorativo, llevando a cabo un mortal extendido para que las piernas alcanzaran el borde de la otra orilla.

Agitó los brazos, porque estuvo a punto de caerse hacia atrás, al agua, y soltó una palabrota cuando recuperó el equilibrio, cuando Jarlaxle pasó corriendo a su lado.

—Justo a tiempo para pillar las saetas de sus ballestas —se burló el mercenario.

Pero Zaknafein lo tomó más como una prudente advertencia que como una puya, y corrió, rodó, saltó y zigzagueó hasta la siguiente avenida abierta. Creyó oír una saeta volando por encima de su cabeza, pero no podía estar seguro y tampoco le importaba.

Ya antes le había alcanzado algún dardo durante ese juego que compartían Jarlaxle y él.

Cuando llegaron a campo abierto, después de rodear otro muro y subir por el saliente de otro montículo natural, Zaknafein comenzó a imitar a la perfección los movimientos de Jarlaxle, brincando, volteando, saltando obstáculos, rodando, exactamente como lo hacía el que iba delante.

Recordaba la ruta lo suficientemente bien para saber dónde quería actuar para sobrepasar a su oponente.

Llegar el primero a la puerta del Micónido Supurante no era lo importante y no decidía quién era ganador, pero sí era una cuestión de orgullo.