Ilimitado (Generations 2) 1. Libres
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L IbrES

E L AÑO DEL FALSO ACUERDO

—Estás de muy mal humor, amigo —dijo Jarlaxle a Arathis Hune en la taberna conocida como el Micónido Supurante durante una noche excepcional.

—Mi camino ha sido largo —contestó el asesino, cansado e inquieto—. Y pronto lo volverá a ser, me han dicho. Parece que, cada tercer año, alguien en Ched Nasad necesita que lo asesinen.

—Eres muy bueno en eso —repuso Jarlaxle mientras brindaba en alto con un vaso del potente burbon de setas.

—Díselo al que me llena el monedero —replicó Arathis Hune, secamente, y Jarlaxle contestó con una media sonrisa a la broma del asesino…, ya que era él quien le llenaba el monedero.

—No se ha decidido nada respecto a la Ciudad de las Telaraña Relucientes… —informó Jarlaxle, después de pedirle una bebida a su socio.

—¿Ningún movimiento por parte de la Madre Matrona Baenre?

—Ninguno. Dudo que le importe lo suficiente para recordar que quería matar a alguien allí.

O, más probable, lanzó en susurros que se enviarían asesinos y eso ya fue suficiente para conseguir el cambio de comportamiento que ella quería.

Seguramente, ella… nosotros hemos matado a suficiente gente allí para que incluso un simple susurro de Baenre…

—Yo —le corrigió Arathis Hune—. Yo he matado a suficiente gente. Hace décadas que el «nosotros» no aplica a cualquier cosa que se hace en Ched Nasad.

Jarlaxle se recostó en la silla para mirar largamente al asesino, al empeoramiento de su humor desde que le había informado que no sería posible un viaje a Ched Nasad. El asesino se había enfurruñado y luego había insinuado que en realidad no quería realizar esa misión.

Entonces, ¿por qué se había puesto de tan mal humor?

El suyo también estaba empeorando. Las palabras del asesino sobre su falta de participación en las recientes misiones eran demasiado acertadas.

Bregan D’aerthe se estaba haciendo fuerte en Menzoberranzan, pero esa impresionante reputación, y su creciente número de soldados, había obligado a Jarlaxle a abandonar casi por completo los caminos más allá de la ciudad.

Bregan D’aerthe era un objetivo demasiado tentador para las matronas de las casas poderosas; ¿iría a Ched Nasad o a algún otro lugar distante solo para volver y encontrarse con que la matrona de la Casa Barrison Del’Armgo o alguna otra rival de la Madre Matrona Bruenor se había hecho con el control de su banda de mercenarios?

Jarlaxle se había pasado cinco décadas creando Bregan D’aerthe, cuyos cuarteles ya se extendían por los túneles de la Grieta de la Garra, la gran sima que dividía la caverna donde se asentaba la ciudad drow, y no tenía intención de perderla.

No, simplemente no podía arriesgarse a eso. No en ese momento. No cuando Bregan D’aerthe aún no era lo suficientemente fuerte para espantar intentos semejantes. Así que él se quedaba en la ciudad, mientras Arathis Hune se iba a realizar las importantes misiones lejos por la Infraoscuridad.

Por sí solo, eso no podía explicar el mal humor del asesino.

Jarlaxle había llegado a confiar a Arathis Hune esos importantísimos asesinatos.

Esa confianza debía causarle satisfacción, suponía Jarlaxle, ya que Arathis Hune maniobraba para convertirse en un poderoso jefe dentro de la organización clandestina.

Entonces, de nuevo: ¿por qué estaba de tan mal humor?

¿Acaso conocería el significado de ese encuentro? ¿Podría saber Arathis Hune el motivo por el que le había convocado en las Calleshediondas? En tal caso, su ceño a penas disimulado sería comprensible.

Es una idea inquietante.

Jarlaxle pocas veces dudaba de sí mismo, pero lo estaba haciendo en ese momento.

Para él, esa era una noche especial, y más importante de lo que se había esperado, porque se les iba a unir otro viejo amigo y colaborador, uno al que casi no había visto en los últimos trece años.

Alguien a quien echaba muchísimo de menos.

No podía culpar a su amigo por esa larga ausencia.

Como maestro de armas de una casa drow en ascenso, su ayuda había sido fundamental para que su matrona ascendiera de rango en la difícil jerarquía de Menzoberranzan.

Como tal, su reputación había aumentado, incluso aunque esa reputación no hiciera verdaderamente honor a su habilidad con la espada.

Todo eso había hecho que a Zaknafein Do’Urden últimamente no se le viera mucho fuera de la Casa Do’Urden.

Se había creado demasiados enemigos, y había puesto nerviosas a demasiadas matronas de casas que podían haber sido las siguientes en la cola o de aquellas que dificultaban a la ambiciosa Matrona Malicia Do’Urden en su obstinado ascenso hacia uno de los asientos en la mesa de araña del Consejo Regente de la ciudad.

Era aún más raro ver a Zaknafein fuera de la Casa Do’Urden solo, e incluso más que el maestro de armas se aventurara a ir al Braeryn, las Calleshediondas, los barrios bajos de una ciudad donde hasta en los distritos más elegantes se practicaba el asesinato.

Jarlaxle apreciaba que Zaknafein arriesgara todo eso por reunirse con él.

—He pensado que podrías disfrutar de una noche de descanso —se disculpó Jarlaxle—. Si prefieres otra cosa…

—Cien años, ¿no es así? —le interrumpió Arathis Hune.

Jarlaxle iba a responder, pero retuvo las palabras. Sí que hacía cien años desde que había extraído a Zaknafein, entonces Zaknafein Simfray, de un campo de batalla cubierto por los cadáveres de dos casas drow enfrentadas.

Arathis Hune miró hacia la barra, donde una impresionante mujer de cabello de plata se apoyaba contra la pared del fondo, con una bebida en la mano y varios hombres escuchando cada una de sus palabras, claramente embelesados y deseando una noche en su cama.

—Cien años para la sacerdotisa Dab’nay Tr’arach, también —comentó el asesino.

—Solo Dab’nay —le corrigió Jarlaxle—. Ha dejado el nombre de familia y ya no se profesa abiertamente como sacerdotisa. Pero, sí, el mil dieciocho fue un buen año para Bregan D’aerthe. Doblamos nuestro número, engrosamos nuestros cofres y adquirimos algunos colaboradores muy poderosos.

—¿Algunos?

—Tres.

—Ahora solo esa —dijo Arathis Hune, señalando con la barbilla a la antigua hija noble de la Casa Tr’arach.

—Más de uno —replicó Jarlaxle, pero lo dejó así.

Duvon Tr’arach, el hermano de Dab’nay, había quedado apartado de Bregan D’aerthe, porque Jarlaxle lo había vendido a la Casa Fey-Branche para que fuera su maestro de armas hasta que uno de los hijos de la Matrona Byrtyn llegara a ser lo suficiente hábil y veterano para asumir ese cargo.

Pero Jarlaxle lo había hecho con el consentimiento de Duvon, y le había dejado claro a este que tenía un hogar cuando llegara el momento.

Zaknafein estaba demasiado ocupado con sus obligaciones con la Matrona Malicia, y el ambiente estaba demasiado caldeado para salir por las calles, dada la creciente lista de enemigos poderosos de Malicia. Todo eso lo mantenía muy ocupado. Pero siempre sería bienvenido en Bregan D’aerthe.

De todos modos, Arathis Hune, de nuevo, no se equivocaba. Para Jarlaxle no había ninguna duda sobre qué adición había hecho aquel año, el 1018, tan especial.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Arathis Hune bufó y se fue al otro lado de la taberna para unirse a Dab’nay y algunos otros.

Jarlaxle lo observó durante todo el camino, aunque no estaba demasiado preocupado por nada en lo referente a ese hombre.

Ese pícaro podía ser un tipo encantador: reía tanto como fruncía el ceño, hacía el amor tanto como hacía la guerra y podía beber más de lo que debería un drow.

Aunque eso, sin duda, molestaba a Jarlaxle, y a veces incluso lo preocupaba, en el fondo confiaba en que entendía bien dónde se hallaban las lealtades del asesino para estar seguro de él.

—Quizá he sido demasiado severo contigo últimamente —susurró Jarlaxle para sí.

El líder mercenario asintió y tomó otro sorbo de su licor.

Aunque no había sido una constante, Jarlaxle había observado una creciente melancolía en Arathis Hune desde aquel día lejano cuando Zaknafein Simfray había sido sacado del campo de batalla; una melancolía que parecía disminuir cuando permanecía ausente durante largos periodos.

Naturalmente que esos dos magníficos asesinos eran rivales, y claro que Hune continuaría escéptico y cauteloso en lo referente a Zaknafein.

Pero esto parecía más que eso, un nivel de celos que sorprendía a Jarlaxle.

Y a Jarlaxle no le gustaba que le sorprendieran.

Suspiró, tomó otro trago y se volvió hacia la puerta…

, y casi se cae de la silla al encontrarse a un drow muy peligroso de pie justo a su lado.

Con un gesto de cabeza, Zaknafein se sentó junto a Jarlaxle y miró más allá del mercenario, hacia la barra y los otros dos poderosos miembros de Bregan D’aerthe.

—¿La sacerdotisa Tr’arach y Arathis Hune? Están planeando tu defunción, claro —dijo Zaknafein.

—No serían los únicos, ni siquiera los más peligrosos —respondió Jarlaxle, e hizo un gesto al tabernero, otro hombre que había extraído de un campo de batalla hacía un siglo y que solo recientemente había instalado en el Micónido Supurante.

Pidió una bebida para su amigo y otra más para él—.

Y ahora la llamamos Dab’nay. Ya no hay ningún Tr’arach.

—¿Ni siquiera el que está detrás de la barra?

Jarlaxle sonrió de medio lado e inclinó su copa, brindando por el observador maestro de armas.

—Pareces estar animado —comentó Jarlaxle.

—Ponto lo estaré.

—Incluso ahora.

—Estoy… relajado —admitió Zaknafein, encogiéndose de hombros.

—¿La Matrona Malicia se ha llevado toda aquella rabia?

Eso hizo que Zaknafein sonriera.

—Creía que eso lo habrías averiguado por ti mismo.

—¿De verdad? —preguntó Jarlaxle, y se agarró el pecho como si lo hubiera cogido por sorpresa.