Prólogo #5
Salió de entre los árboles a su espalda, detrás de su poni, y le dio tal susto al halfling que casi estuvo a punto otra vez de caer de la silla. Era hermosa y terrible, pero para Regis era, sobre todo, hermosa.
Porque conocía a esa joven, a esa poderosa drow llamada Yvonnel, hija de Gromph, amiga de Drizzt, es que sintió un gran alivio. Estaba seguro de que él no podía vencer al glabrezu.
Pero seguramente Yvonnel sí.
Ella pasó junto a él sin decirle nada, con la mirada fija en el demonio, quien se la devolvió cargada de odio mientras lanzaba a un lado la última de las espadas mágicas. La piel le colgaba a jirones, tenía una pinza cortada por la mitad y ambas manos ensangrentadas.
Sin embargo, no parecía que fuera a caer muerto todavía.
A pesar de ello, Yvonnel no vaciló en acercársele.
— Ecanti’tu Rethnorel, desper nosferat —dijo, y lo repitió.
El glabrezu rugió.
— Ecanti’tu Rethnorel, desper nosferat .
Regis no entendía las palabras (no creía que fueran en idioma drow), pero podía notar su poder.
El demonio rugió de nuevo, pero se irguió y dejó su agresiva postura encorvada, casi tirándose hacia atrás.
Yvonnel siguió acercándose decidida y con firmeza.
— Ecanti’tu Rethnorel, desper nosferat —recitaba, y los ojos de Regis se le empezaron a abrir al darse cuenta de la fuerza de esas palabras, como si el aliento de Yvonnel, al dejarlas salir, fuera el de un dragón mágico, uno especializado en ir contra de la fuerza vital de un demonio.
«Rethnorel» le sonaba a nombre; probablemente fuera el del demonio.
— Ecanti’tu Rethnorel, desper nosferat.
El halfling notó que unas sombras negras fluían hacia atrás, desde el glabrezu, como si las palabas de Yvonnel hubieran creado un viento asesino que golpeaba la forma corpórea del monstruo y se llevara volando la esencia demoniaca que animaba ese cuerpo físico.
Cada sílaba golpeaba a Rethnorel del mismo modo que el aliento de alguien que apaga la llama de una vela.
Yvonnel estaba, literalmente, ahogando a soplidos la fuerza vital de monstruoso demonio.
— Ecanti’tu Rethnorel, desper nosferat —continuó Yvonnel, y su voz se fue haciendo cada ver aún más poderosa.
Estaba lo suficientemente cerca para que el glabrezu pudiera alcanzarla con las pinzas y cortarla por la mitad.
Pero, por alguna razón, era incapaz de hacerlo.
El monstruo lo único que hizo fue permanecer muy quieto, inclinado hacia atrás.
Rethnorel parecía necesitar de toda su fuerza de voluntad para mantenerse en esa postura.
Yvonnel recitó de nuevo las palabras de poder, y luego frunció los labios, se inclinó hacia delante y sopló.
Fue tal la ráfaga de viento que salió de ella que las ramas de todos los árboles que tenía delante se sacudieron como bajo un huracán, y las sombras negras del demonio se estiraron hasta alejarse muchos pasos de ella.
Entonces, como si toda su fuerza vital se estuviera yendo con esas sombras, la enorme criatura se alzó del suelo y agitó los brazos de un modo extraño, de nuevo como ropa colgada que se seca bajo un huracán.
Se bamboleó, salió volando y desapareció.
Yvonnel calló. Se quedó muy quieta, claramente tratando de recobrar la fuerza.
Finalmente, alzó la cabeza, asintió al ver su trabajo y luego miró hacia Regis.
Este casi cae de rodillas bajo el peso sobrenatural de esa mirada, y no por gratitud sino en adoración.
Intentó darle las gracias, pero su boca temblorosa no fue capaz de formar esas palabras.
Doregardo recuperó la consciencia al caer de un pequeño muro y aterrizar pesadamente, a pesar de la multitud de manos que trataba de cogerlo.
Tardó un momento en darse cuenta de que le habían metido en uno de los vagones del tranvía y que las manos que lo agarraban pertenecían a un par de enanos y a muchos de sus propios jinetes de los Ponis Risueños.
Los miró, pero ellos no le devolvieron la mirada, porque todos estaban con los ojos puestos más allá de él, y con el horror dibujado en el rostro.
Doregardo se incorporó y consiguió echar un vistazo hacia atrás; entonces, lo entendió, porque allí estaba el mayor de los demonios del campo, el poderoso bálor de fuego y oscuridad.
A Doregardo le dio vueltas la cabeza al tratar de recordar cómo se había quedado inconsciente. ¿Lo habría tirado el bálor dentro del vagón?
Pero, no, se dio cuenta de que el tranvía estaba en funcionamiento y que comenzaba a bajar de forma acelerada por la pronunciada pendiente del túnel; en ese momento, otra forma se le hizo visible: el estilizado cuerpo de un drow, y uno que él conocía.
De pie en la plataforma elevada. No en el vagón.
Era él, pensó Doregardo. Al halfling lo había alzado sobre la pared del vagón trasero del último tranvía Drizzt Do’Urden. Que seguía estando ahí fuera. Doregardo oyó un silbido, claro y suave, pero no entendió su significado en ese momento de confusión y miedo. Porque Drizzt estaba ahí fuera.
Con los demonios.
Con el bálor.
Y, entonces, el vagón tomó otra curva, y el guerrero drow se perdió de la vista de Doregardo.