Prólogo #4
Ramas de árboles se inclinaron para barrer a los demonios; las hierbas se les enredaron en los tobillos a los manes, ralentizando a algunos y deteniendo a otros.
Floreció la esperanza, pero solo por un momento porque, entonces, un gigantesco demonio acabó con el conjuro del druida enano.
Un poderoso bálor, el mayor de todos los demonios, exceptuando los propios archidemonios, había llegado.
Todo él oscuridad y fuego, la poderosa criatura dio un fuerte pisotón y envió un torbellino de llamas para castigar a las hierbas y los matorrales que habían osado intentar agarrarle; luego avanzó decidido hacia el solitario enano, con el látigo de fuego girando en lo alto, chasqueando hacia delante y vomitando llamas letales.
Restalló justo sobre el enano, Pikel Bouldershoulder, quien se deslizó por debajo, mientras el látigo lanzaba una tremenda bola de fuego.
Aunque estaba lejos, el calor de esa bola cubrió a Doregardo. Trató de ver a través del humo para saber qué había sido del enano.
Pero no. Tendría que considerar que a Pikel, el somelier de Viñas Sangrantes, el druida de las plantas que había cuidado del maravilloso viñedo, lo habían matado.
Y Doregardo sabía que no podía ir en busca de él o de su cadáver.
Se les acababa el tiempo. Llamó a su grupo para que volviera, anunció la retirada general y galopó de vuelta a la estación del tranvía.
Otros grupos de diamantes se unieron a él y cambiaron su formación de acuerdo con esa situación, cabalgando pegados, luchando a la defensiva, alzando un muro de lanzas y espadas para alejar a cualquier chasme que se acercara demasiado.
En los tranvías, los furibundos saltaban y giraban, lanzándose sobre los demonios y simplemente haciendo trizas a las bestias con las hojas de sus afiladas armaduras; resultaban tan eficientes que la reina Mallabritches puso de nuevo a casi la mitad de sus fuerzas con las ballestas, mientras que el resto recogían a los caídos, más de una docena, y los arrastraban hasta el tranvía.
Se fue el tren y llegó otro, y más enanos se unieron a la lucha, y allí, en un semicírculo justo frente a la estación, los halflings y los enanos resistieron mientras los últimos civiles de Viñas Sangrantes, incluida la propia lady Donnola, se alejaban en el tranvía.
—Ahora morimos —dijo Doregardo a sus soldados—, así que morid bien.
Y compartió un triste asentimiento de cabeza con la reina Mallabritches.
—Deberías irte, buena reina —le dijo a esta.
—Mi hermana ya le dará sus herederos a Bruenor —respondió ella con una sonrisa y un guiño, y golpeó la maza de guerra con fuerza contra el escudo.
Llegaron los manes, y los halflings y los enanos dejaron uno donde antes había veinte, pero las desgraciadas bestias era tantas que podían soportar esa pérdida y aún continuar su ataque.
Llegó otro tranvía, aunque esta vez con menos enanos, porque resultaba evidente que Gauntlgrym estaba llamando a la retirada completa.
—¡Ponis! —gritó Doregardo, y este se repitió por toda la línea.
Luchando tan cerca, los ponis resultaban más un estorbo, pero no había un miembro de los Ponis Risueños o de los Romperrótulas que no estuviera dispuesto a sacrificar su propia vida por la de su amada montura.
Así que todos desmontaron, algo que ya habían hecho muchos, y comenzaron a llevarlos hacia el tranvía.
Pero meter un poni en un tranvía no era una tarea fácil incluso en momentos de calma, y, con el estruendo de la batalla rodeándoles, esa acción parecía ser más peligrosa que luchar contra un demonio.
Doregardo no tenía ninguna respuesta a esa situación, y lamentó que su querida montura seguramente estuviera condenada.
Incluso mientras esos melancólicos pensamientos amenazaban con hundirle, una aguda melodía comenzó a llenar el aire sobre el fragor de la batalla, el choque de las armas y los chilidos de los demonios; los halfling vieron, asombrados, como un enano, el único e irrepetible Pikel Bouldershoulder, salía de un árbol —y no de detrás del árbol, sino ¡del interior del árbol!
— tocando una flauta con sorprendente habilidad.
Su música calmó a los ponis, y estos subieron tranquilamente al tranvía mientras Pikel iba de arriba abajo por el andén, cerrando las puertas de los vagones en cuanto se llenaban.
El tranvía se fue, y Doregardo se animó al pensar que su amado poni tal vez podría sobrevivir a ese aciago día. Luego, convencido de que él no lo haría, se volvió y se lanzó contra un demonio manes.
Este respondió con una palabra suya, una combinación rasposa de sílabas duras que le sonó a Regis como si frotaran un erizo contra la piel de un sapo gigante.
Pensó en replicar irónicamente al demonio, pero, entonces, de repente, su único pensamiento fue tratar, inútilmente, de sujetar su arma, porque la magia aturdidora de la palabra de poder de la bestia infernal le sacudió la consciencia.
Atontado, casi cayó. Atontado, Panza Redonda se fue de lado.
El demonio de cara de perro sonrió malévolo y se acercó un paso…
Entonces, se tambaleó, cuando el aire ante él se llenó de repente de espadas mágicas rodantes, un muro de chirriantes armas que cortaban y mordían la carne del demonio.
Las pinzas de este se cerraban y golpeaban, y las mágicas espadas flotantes tintineaban, soltaban chispas; algunas se fueron de lado y se disiparon.
Pero otras le alcanzaron bien, y líneas de sangre se fueron abriendo en el glabrezu, aunque no retrocedió, sino que luchó obstinadamente contra las espadas, disminuyendo su número claramente, arrancándolas de ese muro de furia invocada de una en una.
Regis no sabía qué pensar de eso, no sabía cómo ese poderoso conjuro había cobrado existencia.
Sabía que era un respiro temporal, y sólo podía esperar que el demonio estuviera más gravemente herido cuando consiguiera atravesar el muro de armas enloquecidas.
Miró alrededor para buscar una vía de escape, y, entonces, la vio a ella.