Prólogo #3
Familias, niños, caballos, ganado, mascotas y tesoros llegaban con cada grupo, todos apresurándose para subir al tranvía. A pesar de la falta de aviso, la evacuación parecía progresar sin trabas.
Pero, entonces, los aullidos demoniacos comenzaron a resonar, portados por el viento, y un gran zumbido llenó el aire cuando un enjambre de demonios chasme voladores se echó encima del desahuciado pueblo.
Doregardo daba órdenes a gritos de un lado al otro, y sus subordinados las repetían.
—¡Monstruos voladores! —le dijo uno.
—Llama que se reúnan nuestros chicos y chicas —contestó Doregardo, decidido—. Lucharemos hasta el final para que nuestros amigos puedan escapar.
Ni un Poni Risueño ni un Romperrótulas parpadearon ante esa orden esperada; en muchos sentidos, era innecesario que Doregardo la diera. Ya estaban formando sin protestar.
Las orejas de los ponis se aplanaron a lo largo de toda la línea cuando la oscura nube de chasme apareció sobre una colina cercana, negra contra el cielo estrellado, y en ese momento, Doregardo se temió que la mayoría del pueblo sería masacrado.
Esa sensación solo se acrecentó cuando otra nube negra apreció, esa directamente sobre ellos, cargada con destellos de relámpagos.
—¿Qué magia demoniaca es esto? —gritó uno de la banda de halflings.
—Na —llegó una brusca respuesta que hizo que los halflings, incluido Doregardo, miraran hacia atrás, al tranvía, donde había un viejo enano mirándolos a ellos—. Solo es mi hermanito —explicó Ivan Bouldershoulder mientras los truenos comenzaban a retumbar.
Se levantó un fuerte viento, directo a las feas caras de los demonios voladores, que se acercaban lentamente. Rayos salieron de la nube, no al azar sino dirigidos, atravesando la monstruosa bandada.
—Mi hermanito —repitió Ivan Bouldershoulder, con una sonrisa de orgullo e imitando la extraña forma de hablar de Pikel.
Un segundo tranvía cargado salió de la estación elevada y entró a la oscura caverna, descendiendo hacia el interior de la montaña.
Un tercero ya subía para colocarse en su lugar; este iba lleno de guerreros enanos, soldados del clan Battlehammer, quienes saltaban y formaban una línea defensiva, mientras dejaban pasar por el medio a los halfling que huían.
El pecho de Doregardo se hinchó de orgullo y esperanza ante la precisión y la disciplina de su propia gente y la de sus valiente vecinos.
Aun así, sabía que él y sus compañeros pronto se enzarzarían en una batalla desesperada, porque la nube mágica no sería suficiente para detener totalmente el enjambre de demonios voladores.
Sujetando pesadas ballestas, una hueste de enanos Battlehammer corrió a colocarse por delante de la línea defensiva de la caballería de Doregardo.
Al unísono, se colocaron sobre una rodilla, dejando espacio suficiente entre cada uno para que un poni pudiera pasar, y alzaron las armas hacia la amenaza que se cernía sobre ellos.
Al final de la línea, no lejos de Doregardo, la comandante enana gritó la orden de esperar.
A pesar de las terribles circunstancias, Doregardo no pudo evitar una media sonrisa al ver a la enana.
No estaba seguro de si era Puño o Furia, Tannabritches o Mallabritches, las reinas gemelas de Gauntlgrym.
Pero era una de ellas, una esposa del mismo rey Bruenor, quien se encontraba ahí fuera, en la mismísima primera línea, para detener la horda de demonios.
Los chasme se acercaron. Otro rayo los alcanzó y marcó una línea de destrucción en medio de la bandada.
Hizo pedazos a algunos y quemó las delicadas alas de muchos otros, que cayeron dando vueltas para estrellarse contra el suelo.
Pero la nube de Pikel se estaba disipando y aún quedaban muchos demonios.
—¡Soltad! —gritó la comandante enana, y todos a la vez, los arqueros dispararon un enjambre de pesadas saetas al cielo nocturno; varias convergían hacia el mismo objetivo, porque los hábiles Battlehammer escogían sus objetivos en acuerdo. Una docena más de chasme cayó del cielo.
—¡Cargad! —llegó inmediatamente la orden.
—¡Por la reina Mallabritches! —gritó un enano cercano a Doregardo, lo que evidenció la identidad de la comandante.
—¡Hurraaaaa! —gritaron todos, y los halflings se les unieron.
Bajaron los demonios y pasó al ataque la caballería halfling.
—¡Cuatros! —gritó Doregardo, y los jinetes se distribuyeron en formaciones de diamante con sus monturas.
—¡En pie, Battlehammer —rugió la reina Mallabritches— y bajad a los de arriba!
Doregardo no sabía muy bien qué significaba esa orden, pero en ese momento estaba demasiado ocupado para averiguarlo. Con su cuarteto bajo su dirección, cargó contra un trío de chasme, mientras los demonios se detenían con los aguijones temblándoles, anticipando el sabor de la sangre.
Dos permanecieron cerca del suelo para enfrentarse a los halfling, pero el tercero, el central contra el que cargaba Doregardo, se alzó de repente, mientras sus compañeros se cerraban como una mordaza sobre el halfling.
Este hizo girar a su poni hábilmente, y la espada se desplazó hacia un lado para defenderse de uno de los chasme, mientras el poni se encovaba y lanzaba una patada trasera para hacer volar al otro.
Entonces, Doregardo entendió la indicación de la reina enana, porque una lluvia de saetas crepitó en el aire sobre él y se clavaron en el demonio en cuanto este se elevó por encima de su cabeza. Hizo honor a su orden «bajad a los de arriba» y mató a la bestia.
Los tres compañeros de Doregardo entraron a fondo en la lucha; un par de ellos fueron a por el chasme que él había detenido con la espada y atravesaron al monstruo medio humano, medio insecto con sus largas lanzas, para pisotearlo después con sus bien entrenadas monturas.
Al otro lado, el chasme al que había atontado el poni de Doregardo se alzó cuando el grupo galopaba hacia él, pero voló demasiado alto y una descarga de saetas enanas le hicieron pedazos.
Era un buen comienzo. Pero solo el comienzo, y Doregardo lo sabía; su grupo volvió a ser atacado antes de que hubiera rehecho adecuadamente su diamante.
De la derecha llegaban gritos de ayuda de otros jinetes mientras la caballería se esforzaba por combatir a los chasme, que contaban con mayor capacidad de maniobra y velocidad.
Muchos de esos demonios se alzaban justo por encima de los halfling cuando se enfrentaron a otra descarga de saetas de los enanos al tratar de lanzarse sobre ellos. Bastantes pasaban, y Doregardo comprendió que su apoyo aéreo finalizó cuando la reina Mallabritches ordenó: «¡Hacha!».
El halfling atravesó con la espada el cuerpo de otro atacante, luego la recuperó a tiempo de interceptar el repentino ataque de un tercero.
La afilada hoja cortó en dos la larga probóscide del demonio.
Doregardo se tomó un instante de descanso para mirar hacia las fuerzas de Mallabritches y ver si necesitaban ayuda.
Pero su mirada fue más allá de la línea de los enanos, a pesar del intenso combate que se libraba en ella, y vio que el último vagón de otro tranvía desaparecía en el interior de la montaña de camino a Gauntlgrym.
Casi inmediatamente fue remplazado por un cuarto, otro lleno de guerreros Battlehammer, y no de simpes Battlehammer, sino de la famosa Brigada Revientabuches.
Esa élite de crueles furibundos saltó del vehículo incluso antes de que este hubiera llegado a la plataforma y botaron sobre el suelo, corriendo, rodando, rebotando, no importaba; se contorsionaban de todas las maneras posibles para llegar a la lucha lo antes posible.
Eso animó a Doregardo, claro, pero también lo asustó. Creía que su único camino era cubrir a los últimos civiles que huían, luego retroceder ellos, a toda velocidad, hasta las grandes defensas de Gauntlgrym.
Fieles a su reputación, los furibundos no parecían tener ninguna intención de retirarse.
Esos locos obstinados seguramente seguirían ahí fuera dejándose llevar por su ansia de batalla incluso después de que todos los inocentes hubieran sido evacuados.
En ese caso, el jefe halfling decidió que los dejaría solos.
Se volvió hacia su equipo, y el diamante se deformó para desplazarse hacia la derecha, donde una familia de halflings corría todo lo que podía para huir de un demonio volador.
Mientras iban a interceptarlo, Doregardo notó que los distantes árboles se agitaban.
La horda había llegado e iba a saltar sobre ellos; humanoides deformes, los desgraciados demonios menores conocidos como manes, surgían trastabillando de entre los matorrales como un ejército de humanos salidos de sus tumbas.
Detrás de ellos, entre ellos, aquí y allí llegaban sus señores, los auténticos demonios de todos los tipos, suficientes para que, sin contar a los manes y los chasme, se pudieran considerar una fuerza avasalladora.
—¡Metedlos rápido, mis jinetes! —dijo a sus tres compañeros.
Acababan de colocarse entre los halflings y la bestia que los perseguía para atacar al chasme, cuando un crujido hizo que el jefe de la caballería volviera a mirar en dirección a los árboles.
Se preocupó pensando que surgiría otro enemigo.
Sin embargo, lo que vio, de pie ante la horda que se aproximaba, fue a una figura solitaria, un enano en una túnica verde que agitaba un brazo en alto.
Doregardo se dio cuenta de que lo que hacía el enano era llamar a las hierbas y a los árboles… , ¡y le estaban escuchando!