Prólogo #2
A pesar de la persecución, Regis tuvo que ralentizar a Panza Redonda mientras descendía una inclinada cuesta.
Con las riendas tirantes en la mano izquierda, el halfling agarró la pequeña ballesta que le colgaba del cuello y, mientras miraba hacia atrás, esperando que algún enorme demonio le fuera a saltar encima.
Sabía que estaban cerca, pero, por el momento, ninguno lo había atacado.
Respiró levemente aliviado cuando el suelo se niveló, y rodeó una gran roca al final de la bajada; entonces, volvió a galopar por lo que parecía un sendero.
Pero Regis iba a las ciegas ahí, en una zona que no conocía, y el camino resultó ser malo, sin salida. Una pared de árboles se alzó por delante. No tenía hacia dónde ir.
Se detuvo y dio la vuelta; sus únicas opciones eran volver por donde había venido o abandonar a Panza Redonda y correr a pie por la maraña de árboles.
De detrás de la roca, no muy lejos, aparecieron un par de monstruos: el gigante de cara de perro y cuatro brazos, de tres veces el tamaño del halfling, y otro, no mucho más pequeño, que parecía un extraño cruce entre un humanoide y un buitre.
Regis pensó en sus inútiles armas, totalmente convencido de que cualquiera de esos monstruos podría hacerlo pedazos fácilmente.
—Moriremos juntos, Panza Redonda —dijo mientras el par de monstruos se acercaban lentamente, en ángulos claramente coordinados que no le dejaban espacio para cargar entre ellos y pasar más allá—.
No podría haber encontrado un compañero más valiente con el que compartir estos últimos y gloriosos momentos. ¡Adelante!
Panza Redonda se encabritó y relinchó como si mostrara su acuerdo, y cuando el poni volvió a ponerse a cuatro patas, Regis se dispuso a talonearle para lanzarlo a la carga.
Pero se contuvo y tiró de las riendas con más fuerza para detener a la sudorosa montura, porque en el camino los demonios se habían vuelto… no hacia atrás, sino el uno contra el otro.
El demonio buitre, un vrock, había comenzado aquello girándose de repente de una forma tan inesperada que se tambaleó sobre su compañero, lanzando un chillido raro y medio ahogado; luego, saltó en el aire, agitando sus brazos como alas, cayó con fuerza sobre el monstruo de cuatro brazos, y lanzó la cabeza hacia delante para clavarle su afilado pico en la carne de aquel demonio.
Apuntó a su cuello y casi lo logra, lo que hubiera dado fin a la lucha inmediatamente, pero el glabrezu se volvió lo justo para recibir el golpe en el hombro.
Al instante, sus brazos con pinzas se cerraron sobre el vrock y continuó con su giro.
Al ser más pesado, se llevó por delante a su atacante y perdió el equilibrio, por lo que ambos acabaron en el suelo, por donde rodaron y forcejearon, golpeándose, mordiéndose y picoteándose.
Esas terribles pinzas se cerraban y arañaban, grabando profundos surcos en el vrock, de los que salía bilis gris y sangre negra.
Regis no sabía cómo descifrar la escena que tenía ante sí.
Sabía que los demonios eran extremadamente caóticos, sabía que matarían a cualquiera, incluso a otros demonios.
Pero nunca se hubiera esperado ese inesperado giro, no con un rollizo halfling y un más rollizo poni justo delante, listos para un simple banquete.
Estaba tan anonadado que no pudo reaccionar por un buen rato, mientras los dos monstruos colosos rodaban y se destrozaban con un abandono demoniaco.
Sí que hizo repetidas muecas ante los espantosos sonidos que se alzaban de la monstruosa pelea, y Panza Redonda bajó las orejas y retrocedió nervioso.
Regis era un jinete lo suficientemente experimentado para reconocer que su pobre poni estaba al borde del colapso, pero de miedo, no de agotamiento.
Eso sacó al halfling de su trance. Se inclinó hacia delante y le susurró palabras tranquilizadoras a su poni.
—Vamos, Panza Redonda —dijo—. Calma ahora y pasemos entre esas bestias.
Llevó el poni hacia delante y hacia el lado. Si se pudiera decir que un poni avanza de puntillas, eso era justamente lo que estaba haciendo Panza Redonda.
Regis no se volvió para mirar a los demonios enzarzados en la pelea.
Se mantuvo tirado hacia delante y continuó susurrándole a Panza Redonda al oído, preparándose para lanzarlo a toda velocidad.
Estaba a punto de hacer justo eso cuando tanto su poni como él se sacudieron de golpe, sobresaltados.
Regis se irguió y Panza Redonda retrocedió desesperado una vez más, con la cabeza alta por la sorpresa y el terror, mientras una oscura forma volaba cruzándolos.
Esa forma, el cuerpo del vrock, se golpeó contra un árbol y lo medio envolvió, para luego deslizarse hasta la base; comenzó a emerger un humo negro, mientras la cosa muerta se hundía a través de los planos de existencia hacia el ardiente Abismo.
Eso dejaba al glabrezu, que se alzó por completo, machacado pero muy vivo, y muy muy muy enfadado.
El demonio se colocó en medio del camino, con los cuatro brazos muy abiertos, como si retara al halfling a intentar pasar.
Regis sabía que no podría logarlo. Pensó en desmontar y atacar, abriéndole el camino a su querido poni.
Pero ¿adónde podría ir Panza Redonda?
—Luchemos, mi valiente corcel —dijo en voz alta, tratando de transmitir confianza y alzando su delgado florete en el aire ante él—. ¡Por Panza Redonda, por Viñas Sangrante, por los Compañeros del Hall!
Para cuando Doregardo recuperó el completo control de su asustada montura, ya había puesto distancia entre Showithal y él, y había perdido de vista a su amigo mientras su poni esquivaba y rodeaba varios árboles, y luego subía hasta la cima de una pequeña colina y bajaba por el otro lado.
El jefe de los Ponis Risueños tiró con fuerza de las riendas, y, entonces, el poni se echó hacia atrás y derrapó hasta pararse.
Luego, con las piernas y un experto control de la brida, Doregardo lanzó su montura al galope.
Montura y jinete a punto estuvieron de ser atropellados cuando el poni de Showithal los adelantó a todo galope.
El poni sin jinete de Showithal.
Solo entonces Doregardo reconoció los gritos que oía a su espalda, los alaridos de su amigo. Espoleó su poni y siguió corriendo, pero se detuvo de nuevo ante el sonido de un desesperado chillido de agonía.
La amistad de Doregardo exigía que retrocediera en busca de Showithal.
La responsabilidad hacia su gente le exigía que continuara su retirada para organizar y alertar a tantos aliados como pudiera encontrar.
Pero fue el juramento de lealtad de Doregardo a lady Donnola lo que no le dejó alternativa. Viñas Sangrantes tenía que ser avisada o centenares morirían.
—Que te vaya bien en los Verdes Campos del Monte Celestia, amigo mío —susurró al viento de la noche; de nuevo tiró de su montura para girarla y se lanzó hacia la ciudad halfling.
Por mucho que lo lamentase, y su lamento era mucho, Doregardo comprendió que había elegido bien cuando lo vieron los centinelas nocturnos de Viñas Sangrantes y lo saludaron, totalmente ignorantes del ejército de monstruos que se aproximaba, como pronto averiguaría.
—¡A las armas! ¡A las armas! —gritaron los centinelas halflings, un grito que se extendió por toda la fila, por todas partes, y luego por el pequeño pueblo, donde se encendían las velas en todas las casas.
Doregardo dirigió su montura directamente a la modesta casa de lady Donnola, y la encontró saliendo por la puerta.
—No podemos luchar contra ellos —gritó incluso antes de saludarla—. ¡A las armas, no! ¡A Gauntlgrym, o todos moriremos!
—¿Ellos?
—Demonios, mi señora. Una horda como nunca he visto ni oído descrita en las canciones de los bardos. ¡Demonios para rivalizar las huestes de dragones que arrasaron Vaasa en el tiempo del Rey Brujo!
Lady Donnola, que naturalmente era conocedora de la tendencia de Doregardo a la hipérbole, arqueó las cejas al oír eso.
—Showithal está muerto, señora —le dijo Doregardo tristemente, y resultó que el poni de Showithal no se hallaba lejos; se encontraba solitario, sin atar y sin atender.
—¿Dónde está Regis? —preguntó ella, con repentina urgencia.
—Decidido a llegar a Aguas Profundas.
—Acabas de decir… —comenzó a responder, pero la voz se le fue apagando.
Doregardo comprendió su resignación, porque ambos sabían que Regis no abandonaría fácilmente esa misión cuando esta resultaba tan vital para la supervivencia de Viñas Sangrantes.
—No podemos luchar contra ellos —le repitió Doregardo—. No podemos detenerlos. A Gauntlgrym, te lo pido, y roguemos porque las defensas del rey Bruenor puedan contener esa horda.
—¿Pones en entredicho el poder de Gauntlgrym? —replicó Donnola, meneando la cabeza.
Doregardo no respondió, sino que permaneció con rostro impasible sobre su montura.
—¿Tantos? —preguntó Donnola.
—Corre, señora, te lo ruego. Ni siquiera trates de detenerlos o de ralentizarlos. Solo corre.
La noticia pasó de Donnola a su guardia personal y de ellos a los centinelas.
Y así, la retirada hacia Gauntlgrym resonó por toda la villa.
Los halfling agarraron lo que podían cargar y corrieron hacia el túnel de entrada de la ciudad enana, donde siempre se hallaba un tranvía estacionado y preparado y otro que podía subir rápidamente de las entrañas de la montaña.
A la orden de Donnola, Doregardo cabalgó hasta la plataforma del tranvía para organizar la retirada en ese punto crítico de congestión.
Otros miembros de los Ponis Risueños y los Romperrótulas fueron entrando en el pueblo desde las colinas y los bosques que lo rodeaban, muchos con heridas recibidas en escaramuzas contra los demonios.
Cualquiera que pudiera colaborar lo hacía; el disciplinado grupo ayudó a los otros halflings a subir a los vagones, y luego enviaron el tranvía hacia la oscura bajada a Gauntlgrym, en cuanto las luces del siguiente se divisaron en el túnel de regreso.