Ilimitado (Generations 2) Prólogo
2%

Prólogo

A ÑO DEL R ENACIMIENTO DE LA R AZA ENANA.

Oía la respiración trabajosa de su pobre poni, pero Regis no se atrevía a bajar el ritmo. Las sombras dentro de las sombras no se hallaban muy lejos; cosas negras, deformes, enormes y retorcidas por la maldad y por una furia implacable.

Demonios. Por doquier en el bosque, demonios.

El halfling serpenteaba entre los árboles, arreando al pobre Panza Redonda. Bajó rodeando una roca; luego el sendero se torcía hacia el sur y entraba en un claro. Hizo una mueca de inquietud al ver la capa de sudor sobre el pelaje marrón y blanco de su poni.

Al menos, ahí podría detenerse, aunque solo un momento, y solo porque Showithal Terdidy, uno de los jefes de los Ponis Risueños, entró en el pequeño claro desde la otra dirección.

—¿Dónde está Doregardo? —preguntó Regis, poniéndose al lado de su amigo.

Showithal indicó con la cabeza el camino por el que había llegado.

—El bosque está lleno de demonios —dijo—. No podremos pasar.

—Y todos van en la misma dirección —añadió Regis.

Showithal asintió.

—Doregardo está convencido de que a esos monstruos los guía alguna voluntad superior, y que conocen Viñas Sangrantes —explicó—.

Las bestias avanzan en un gran arco, según los informes que llegan de un lado y del otro, y atacarán la población todos a la vez.

—Entonces, tenéis que llegar allí antes que ellos —ordenó Regis—. Todos vosotros, dad la vuelta y cabalgad como si la vida de todos los de Viñas Sangrantes dependiera de vuestra velocidad, porque, seguramente, esa sea la verdad.

—Las granjas…, las aldeas…

Regis negó con la cabeza.

—No podéis llegar a ellas, e incluso si lo hicierais, solo estaríais guiando a los demonios hacia nuevas víctimas. Los granjeros oirán a los monstruos. Se esconderán y se protegerán. Debéis ir a Viñas Sangrantes. Todos vosotros.

—Todos nosotros, Araña Parrafín —le corrigió Showithal.

De nuevo, Regis negó con la cabeza.

—Debemos informar a Aguas Profundas —explicó Regis.

Le costó mucho decir esas palabras. Lo que hubiera preferido era dar la vuelta y galopar hasta Viñas Sangrantes, luego meterse en el tranvía con su amada Donnola y su querido Panza Redonda, y refugiarse en la seguridad de Gauntlgrym. Pero no podía. No en ese momento.

No en esa vida.

En su vida anterior, Regis había sido un simple comparsa, que a menudo les complicaba la victoria a sus queridos Compañeros del Hall en vez de ayudarles a conseguir sus objetivos; al menos así lo veía él.

En aquellos lejanos años, Regis había sido el último de los héroes.

En este tiempo, en su renacimiento, había decidido cambiar eso.

No sería una carga. Viviría como un héroe, merecedor de la amistad de Drizzt, Bruenor, Catti-brie y Wulfgar.

Y en ese momento su camino era evidente.

Tenía que llegar a Aguas Profundas, la gran Ciudad de los Esplendores, la Corona del Norte, la ciudad más influyente y poderosa de todo Faerûn.

Los señores de Aguas Profundas podrían hacer retroceder esa marea de demonios, y Regis tenía que llegar hasta ellos.

—Si vas para Aguas Profundas, entonces, no cabalgarás solo —insistió Showithal, y colocó su poni junto a Panza Redonda.

—Ve a decirles a los Ponis Risueños que regresen a Viñas Sangrantes —ordenó Regis—. Esa misión también es crucial.

Un alboroto entre los árboles en uno de los lados los hizo volverse a ambos.

Demonios.

—¡Ve! —ordenó Regis, y azotó el flanco del poni de Showithal para que la montura comenzara a correr; luego, rápidamente hizo virar a Panza Redonda y lo lanzó al galope hacia la oscuridad de la otra dirección.

Pesados pasos lo seguían mientras serpenteaba entre los árboles, y un zumbido se cernía desde lo alto, sobre las copas de los árboles.

—Lo sé, amigo —susurró en la oreja del pobre Panza Redonda—. Dame esta carrera y podrás descansar.

Regis no podía creérselo. Sabía que Panza Redonda le daría todo lo que le pidiera, pero también entendía que, con toda probabilidad, esa carrera acabaría, literalmente, con su hermoso poni de ojos azules.

Pero no tenía elección.

Estaban por todas partes. Estaban por arriba y, para su desesperación, descubrió que también estaban por abajo, porque el suelo a su lado había erupcionado de repente.

Unas enormes pinzas cortaban con facilidad las raíces de los árboles, hasta que un enorme glabrezu de cuatro brazos salió del agujero dando largas zancadas, que igualaban a las de Panza Redonda.

Por detrás de Regis, un demonio similar a un buitre salió del agujero y comenzó a perseguirlo, medio volando medio corriendo.

Panza Redonda respiraba con entrecortados jadeos, y Regis supo que ya no podría correr más que ese demonio.

Aun así, dijo: «No», y bajó más la cabeza, instando a su montura a que fuera más rápido, incluso temerariamente, confiando en no chocar contra ningún árbol.

Nunca ningún halfling había montado un poni mejor que Doregardo, creía fervientemente Showithal Terdidy, y su querido amigo se lo estaba demostrando una vez más.

Sin esfuerzo, Doregardo llevó a su negro corcel entre la maraña de árboles, apenas bajando el ritmo por los obstáculos y los matorrales, anticipando cada giro con tiempo e inclinándose para instar a su poni a avanzar siempre, con una seguridad evidente de que el animal le obedecería.

También resultaba igual de evidente que la montura confiaba totalmente en él.

Una hueste de demonios perseguía a Doregardo, incluidos varios que este había alejado, inteligente y brillantemente, de la persecución a Showithal. No pillarían a Doregardo; de eso Showithal estaba convencido.

Nadie podía atrapar al gran Doregardo de los Ponis Risueños.

Guiaba su montura cuesta abajo hacia otro grupo de árboles, mientras detrás los demonios se empeñaban en seguir cerca.

A pesar de su confianza, Showithal contuvo el aliento, y no pudo evitar una mueca de miedo cuando vio esos árboles sacudiéndose violentamente y oyó los rugidos, aullidos y chillidos de los monstruos.

Pero Doregardo salió galopando por el otro lado; su montura y él no mostraban ninguna marca, por lo que Showithal podía ver en la distancia, y no le seguían inmediatamente detrás; al contrario, la batalla en la arboleda continuaba.

Showithal Terdidy consiguió sonreír a pesar de la desesperación. Doregardo había conseguido que los demonios se volvieran los unos contra los otros, un revoltijo de arañazos, mordiscos y frenesí caótico.

Cuando se reunieron en un pequeño claro, al cabo de un rato, era evidente que Doregardo les había conseguido algo de tiempo.

—Nuestros compañeros están regresando todos a Viñas Sangrantes —informó Doregardo a su segundo al mando—. No hemos perdido a nadie, pero eso no seguirá así mucho rato.

—Demasiadas bestias —concordó Showithal.

Como si les hubiera dado entrada, los matojos a su espalda comenzaron a agitarse con violencia y un par de demonios deformes entraron en el claro.

Aunque los dos halflings ya habían partido, Doregardo dejó que Showithal lo adelantara en una carrera directa hacia la distante población, mientras él regresaba al baile del bosque.

Pero más sombras se alzaban en sus flancos, y un fuerte zumbido los seguía desde lo alto. A pesar de todos sus esfuerzos y las brillantes maniobras de Doregardo, cuando volvieron a reunirse en el camino ancho, algo más allá, supieron que tenían un problema muy serio.

—Otros conseguirán llegar —dijo Doregardo a su amigo, en un tono muy sombrío.

—¡Nosotros lo lograremos! —insistió Showithal.

Doregardo asintió, pero resultaba evidente que no estaba convencido. Ni tampoco lo estaba Showithal, porque las sombras ya se hallaban delante de ellos y a derecha e izquierda, entre los árboles.

—Muy bien, entonces —decidió Doregardo—. A la carga, tú. Cabeza agachada y al galope, por la vida de tu poni. Yo mantendré a nuestros feos amigos ocupados. Todo mi cariño para Araña y lady Donnola, ¿eh?

Le dio con los talones a su poni y se dispuso a alejarse, pero casi no llegó a moverse, porque Showithal le agarró las riendas y los retuvo a él y al poni.

Doregardo lo miró con curiosidad.

—Me abrirás camino, pero solo para que me pillen más abajo —explicó Showithal—. Y lo sabes. Solo Doregardo puede llegar a Viñas Sangrantes, y únicamente yendo solo.

—Otros llegarán allí —insistió Doregardo.

—Quizá, pero ¿es un riesgo que estás dispuesto a correr? ¿Cuántos serán masacrados si no los avisamos con tiempo?

—Entonces, avísalos, ¡y yo me reuniré contigo allí!

—No —repuso Showithal, a media voz—. ¡Vas tú, a toda velocidad!

—Te doy ventaja en la salida.

Los dos halflings, amigos de toda la vida, camaradas de armas durante décadas, se unieron en una larga mirada, de amistad y amor filial.

Y de aceptación.

—¡Vete! —dijo Showithal.

Aun así, Doregardo negó con la cabeza.

—Vas a hacer que se desperdicie mi valentía —dijo Showithal.

Doregardo quiso replicar, pero realmente no había nada que pudiera decir. No creía que ninguno de ellos pudiera salir vivo del bosque, pero si alguno tenía una oportunidad, dada una pequeña ventaja, sería, claro, él.

—Esperemos que Regis… Araña llegue a Aguas Profundas —dijo.

—Esperemos que Doregardo llegue a Viñas Sangrantes —replicó Showithal—. Y esperemos que lleve a lady Donnola y los otros a la seguridad de las poderosas puertas del rey Bruenor.

—Entonces, ¡allí te veré, amigo mío! —concluyó Doregardo—. En Gauntlgrym, donde la horda demoniaca flaqueará.

Showithal asintió, pero no encontró la fuerza para responder con palabras. Tiró de sus riendas y luego, al pasar junto a él, azotó al poni de Doregardo en la grupa.

Doregardo salió disparado y Showithal Terdidy desenvainó su espada.

Parecía muy poca cosa en comparación con las enormes formas que se movían entre las sombras.

«Que así sea.»